Thursday

Epilogo

El vehículo se detuvo por si solo tras la explosión, y completamente quieto y en silencio, permaneció al borde de la carretera durante el resto de la noche. Para cuando amaneció, el mundo había vuelto a la normalidad, al menos a la que podía ofrecer un mundo nuevo y calcinado.

Una columna de gente, no menos de dos mil personas, que avanzaba por la 55 en dirección de la ciudad, descubrió la vagoneta y a las dos niñas al interior de la misma. Estaban dormidas, seguramente tras haber quedado fuera de sí tras lo que parecía haber sido un aparatoso accidente. La gente que se apiadó de ellas y dedicó un minuto de su tiempo a sacarlas del vehículo también encontró el cuerpo de una mujer de unos treinta y tantos años de edad en el asiento trasero de la vagoneta. La mujer había sido atacada por las criaturas que todos ellos habían visto la noche anterior. Una herida descomunal en su abdomen no dejaba lugar a dudas. Eso había sido la causa de la muerte.

La columna que avanzaba sin fin por la carretera avanzaba rodeaba los cadáveres inertes de aquellas cosas horribles, esas mezclas entre animal y lo que pareció haber sido un hombre al topárselos esparcidos por el camino. Los pelajes se desprendían de la carne amarillenta como si estuviera en franca descomposición, así como secciones enteras de tal carne, al tiempo que los hocicos dejaban escapar algo parecido a la bilis de un animal enfermo. Todos guardaban silencio frente a los asquerosos restos, pero tras rebasarlos, daban rienda o reanudaban conversaciones en las cuales decían cómo habían visto morir aquellas cosas a manos de las armas de los oficiales de policía, de como algunos de ellos habían acabado personalmente con alguna de ellas, de las victimas que habían provocado, y, por increíble que resultaba, de cómo aquellas cosas murieron en agonía tras los primeros rayos de luz del sol, como si el astro les hubiera resultado alguna clase de veneno.

Muchos minutos después, cuando filas de autos ya se movían lentamente por la 55, Pilar y Laia, apenas repuestas y sin mayor sentido de lo que estaba sucediendo -como si ambas se encontraran a la mitad del mismo sueño nebuloso- se incorporaron a la columna de gente cobijadas por la generosa mano de una anciana que se hizo cargo de ellas. Inmediatamente la mujer procuró buscarles comida y la posibilidad de abordar, sin mucho éxito, alguno de los trasportes que iban por ahí, en busca de un mejor sitio que aquella tumba abierta al cielo.
Todo a la vista estaba derruido y muerto. Y en el sentido profundo de la expresión, quizá "todo" había desaparecido.
Para el medio día, aviones militares surcaban el aire en todo momento y el ejército aparecía ordenando el paso de las caravanas civiles. Las fuerzas armadas se mostraban visiblemente diezmadas y heridas tras la efímera batalla que se había suscitado en contra de fuerzas desconocidas la noche anterior. Hombres armados hablaban en clave y se movían en todas direcciones, revisando a todos los heridos en busca de algo que Pilar no podía determinar. Quizá alguna enfermedad o simplemente intentaban realizar un conteo de daños.
No importaba en realidad.
La mirada de Pilar resultaba difusa y carente de objetivo concreto. No sabía que estaba sucediendo y en realidad recordaba poco de lo que había sucedido en las horas pasadas. Su tranquilidad así lo demostraba.
Pero era como si el mundo resultara nuevo. Al menos para ella.
El sol de ese nuevo mundo resultaba intenso, tanto, que levantaba humedad del suelo, creando espejismos en el aire.

La anciana, Marta, llevó a las niñas debajo de la carpa de un puesto militar improvisado al costado de la 55, situada en un punto entre el área comercial en donde ellas habían vivido y la nada. Ahí les consiguió algo de tomar: un compuesto de agua y sales minerales que los militares repartían entre los civiles. Supo amargo en la boca, pero luego Pilar lo trago apenas en dos largos sorbos.
Se recargó en su hermana cuando sintió que el estomago se le revolvía. sintió deseos de vomitar, pero se contuvo; Sabia, sin entender el porqué, que necesitaba ese líquido dentro de sí.

-¿Estas bien, pequeña?-, pregunto Marta al darse cuenta del pálido color que Pilar estaba adquiriendo con rapidez. Ella se sonrió sobre del hombro de Llura, quien la miró con asombro y miedo al instante, descubriendo que algo no estaba bien con su hermana.

"Si, bien... mejor que nunca...", contestó lentamente
"Pero ¿te sientes bien? Estas amarilla..."
"¡Pilar! ¿Qué tienes?" exclamó Laia de inmediato.

Pilar se sonrió antes de sentir que algo le golpeaba suavemente la cabeza.
Se giró con rapidez y no vio nada, no al menos con sus ojos físicos.
Pero sus sentidos espirituales de pronto se abrieron, percibiendo todo eso que hasta ahora le resultaba velado; en un solo y mismo segundo. Y fue precisamente como un golpe en la cabeza. Frente a ella desfiló todo lo acontecido: Pilar, Llura, la separación entre ellos, el momento en ambos que salieron hacía la ciudad, la soledad en compañía de Laia; y los aullidos, el terror y las explosiones. Los colmillos, la sangre, el olor de la bestia calcinada, la vagoneta, la mirada perdida de Laia. Luego, la inconciencia.
Y acto seguido, apareció la insoportable sensación, la certeza de que ella había deseado todo eso, de que un día antes aquello era precisamente lo único que le parecía importante en la vida. Se sorprendió hasta la médula, tal y como le sucedería a quien, tras haber jugueteado tonta e inocentemente con un arma recién adquirida, fuese informado de la peor manera del destino brutal de una de sus balas perdidas.

Antes de desmayarse por segunda vez en menos de veinticuatro horas, susurró unas pocas palabras todavía.

"Estoy bien... si... mejor que nunca... Ahora, nadie me separara de mi hermana... Aún sobre mis padres..."
¿Eso era bueno, o malo? ¿Qué había sucedido? Una palidez agridulce, un temor ácido, se le coló hasta los huesos. Tembló sin poder evitarlo. Quizá existieran miles de causas para lo acontecido, pero ella sabía que, sencillamente, su deseo se había vuelto realidad, y de la peor manera posible.

Fue conciente entonces, de eso, de su responsabilidad.
Se asqueó de si misma. Sin querer evitarlo, buscó cómo volcar el contenido de su estómago.
Sus ojos se volvieron blancos.
Tuvieron que atraparla antes de que cayera al suelo, en medio de un breve estallido de gritos y miedo. Un militar se acercó corriendo e hizo a un lado a Laia y a Marta.
Colocó sus dedos en la garganta y comprobó los signos vitales de Pilar. Mandó traer a gritos a un doctor; este dictaminó a bote pronto cansancio y estrés pos-traumático.
Llevaron a Pilar al área de atención de heridos en medio de un ataque de histeria de Laia.


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TESTIGO MUDO
MAYO - 2009

1 comentarios:

Anonymous said...

¡Una historia desgarradora!
El amor verdadero es capaz de crear los vínculos más estrechos y extraños.

¡Excelente!