Thursday

5

Frente a ella estaba la casa. Plena como era. Estaba tan cerca, a no más de cuatro o cinco metros. Pilar vio como un fuego amarillo y naranja se extendía desde la planta alta y comenzaba ya a lamer la puerta de entrada. No podía verlo todo desde la perspectiva del conductor en la vagoneta, pero imaginó que la bestia atrapada en la ventana de su habitación no era ya más que materia orgánica calcinada, y seguramente la casa muy pronto la seguiría. Tenía que moverse rápido.
Buscó un botón, una palanca, cualquier cosa que tuviera que conjugar con el girar de la llave en su engrane. No encontró nada parecido, y la única palanca que tenia a su alcance era la que abría el cofre de la vagoneta; esa la conocía bien. ¿Entonces? "Quizá... alguno de los pedales..." Pilar se estiró, casi todo lo que podía y alcanzó únicamente con la punta del pie uno de los tres pedales que tenia a su disposición. Identificaba el acelerador y el freno, y sin pensarlo mucho optó por el tercero que ahí estaba, desconocido por completo para ella. Presionó con todas sus fuerzas y giró la llave al mismo tiempo.

La vagoneta se sacudió con fuerza al tiempo que hizo sonar el motor. Las niñas se sacudieron también sin poder evitarlo y Pilar perdió su posición. El vehículo se apagó de inmediato al tiempo que Laia comenzaba de nueva cuenta a llorar. Pilar apenas y prestó atención a su hermana. Había dado con la clave. Volvió a pisar aquel pedal e hizo girar la llave. Cuando la vagoneta se sacudió nuevamente Pilar hizo todo lo posible por no soltar el embrague. El vehículo, un segundo después, se encendió y así permaneció cuando Pilar con toda calma liberó presión sobre del pedal. Ella exclamó algo inentendible, algo que sonaba a una pequeña victoria. Lo disfruto un momento, luego prosiguió.
Bien, ahora ¿Qué hacer? Recordaba que Joan movía la palanca al piso situada a su costado. Intentó hacerlo pero un sonido horrible provino del motor frente al vehículo, como el sonido de metal en movimiento que rozara en contra de si mismo. volvió a mover la palanca y además del sonido, esta vez incluso percibió un feroz temblor proveniente del invisible interior mecánico de la vagoneta. Algo estaba haciendo mal de nueva cuenta. Sin saber exactamente el porqué, regresó su atención al desconocido pedal bajo sus pies. Lo presionó y movió la palanca al mismo tiempo. No pasó casi nada, solo cuando como por accidente soltó un poco el embrague. La vagoneta se movió hacia adelante unos cuantos centímetros para luego sacudirse y apagarse. Pilar asustó, pero recobró la calma de inmediato; Ahí estaba la solución.

volvió a encender el vehículo y presionó el embrague nuevamente, hasta que la vagoneta se quedó quieta con el motor encendido. comprendió lo que estaba sucediendo y, además, que no debía de aprender a conducir un automotor en ese momento, sino solo poder llevarlo hasta el otro lado de la carretera. Presionó de nueva cuenta el embrague y colocó la palanca de velocidades en primera. Había visto a su padre hacerlo infinidad de veces y recordaba cómo hacer eso. Tomó el volante y lo hizo girar tanto como pudo. Le costó una eternidad rotarlo lo suficiente como para pensar en que conseguiría enfilarse hacía afuera del jardín si lograba hacer avanzar la vagoneta. Luego comenzó a despegar el pie del pedal. Laia, a su lado, parecía estar en otro mundo, uno completamente del otro lado de la galaxia. Sencillamente la miraba con intermitencia, atendiendo también al incendio de la casa, pero sin expresión en los ojos. En todo caso, la mirada de Llura contenía algunas preguntas sin sonido: ¿Por qué perdemos el tiempo así? ¿Por qué no sencillamente corremos a trote en busca de un escondite seguro? ¿Por qué insistes en hacer todo este ruido? ¿No crees que una de esas cosas nos descubrirá y vendrá por nosotros? Pilar compartía en parte todas aquellas preguntas, pero el tamaño de una sola y sencilla respuesta que ella creía poseer rebasaba el alcance de todas aquellas dudas: Una vez que llegaran al otro lado de la carretera, necesitarían de un buen escondite, algo así como la protección metálica de aquel vehículo. No valía la pena desperdiciarlo si era posible tenerlo a la mano.

El vehículo comenzó a moverse lentamente, trastabillando. La aguja del velocímetro bailoteaba entre la primera delimitación, 5 MPH, y el cero absoluto. Pilar continuó dando vueltas al volante y muy pronto consiguió hacer girar la vagoneta en un semicírculo, enfocando el frente de la misma hacía la carretera, para de inmediato toparse con los ficus de Llura. La niña buscó con los pies - liberado del todo el embrague- el acelerador. Lo pisó cuando lo tuvo bajo su planta y el motor se agitó, revolucionándose considerablemente. Un conductor con experiencia hubiera dado paso a la segunda velocidad, pero para Pilar seguir avanzando así resultaba perfecto. La vagoneta se encaramó sobre los ficus y arbustos que los rodeaban, aplastándolos bajo las llantas y arrancándolos lentamente de raíz. Rebasó el borde del jardín y se encaramó en la acera que delimitaba el terreno de la casa. Tras varias sacudidas la vagoneta invadió el espacio de terrecería que pertenecía de lleno al área comercial, dejando atrás los espacios habitacionales.

El motor de la vagoneta estaba revolucionado al máximo y sulfuraba un graznido impotente. Pilar no le prestó demasiada atención en ningún momento. Estaba avanzando y eso le resultaba suficiente.
Miró a la distancia el primer carril de la 55, el cual estaba a unos veinte metros de distancia. Había avanzado unos cinco o seis metros cuando miró por el espejo retrovisor que prácticamente la totalidad del área comercial ardía de lleno. Le pareció una escena salida de una película de terror: la ciudad se incendiaba mientras un enjambre de monstruos arrasaba con todo por ahí. Ella se pregunto si en alguna parte de toda aquella destrucción existiría alguna clase de héroe tomando acción y encargándose del asunto. Si así fuera, quizá podría conocerlo cuando todo eso terminara, suponiendo que terminara de pronto, así como había comenzado.
La vagoneta se movía erráticamente, dejando tras de sí un rastro de cristal pulverizado y un liquido de un verde químico. Pilar no podía verlo, e incluso, de haberlo hecho, no le hubiera prestado atención. Ella desconocía por completo el concepto "anticongelante". Seguramente el vehículo estaba desangrándose por dentro, y demencialmente lo obligaban a moverse.

"Solo unos cuantos metros más..." repetía Pilar, balbuceando las silabas de aquellas palabras con una muda insistencia. A su costado, Laia permanecía en su propia burbuja, aislada del mundo real.
La vagoneta avanzó con sacudidas ininterrumpidas los últimos metros que restaban antes de llegar a la carretera. Alcanzo muy poco después el primer carril y el paso sobre del asfalto resultó completamente diferente, uniforme, suave. El motor del vehículo chirriaba para cuando Pilar logró alcanzar el otro lado de la 55. Este parecía amenazar con estallar en cualquier momento, pero resistió incluso cuando Pilar siguió avanzando sin pausa, con el pie clavado sobre del acelerador, y comenzó a recorrer de nueva cuenta la polvorienta superficie de la llanura. Por el espejo retrovisor Pilar miro cómo el área comercial - junto con todo lo que ella había conocido y llamado hogar por los últimos años- se consumía hasta los cimientos. Los incendios generalizados iluminaban todo alrededor como un millón de lámparas no hubieran podido hacerlo. El calor era intenso aún del otro lado de la carretera. Tanto, que la piel de las mejillas de las niñas estaba reseca y quemada, como si hubieran pasado un día entero en la playa sin protector solar.
Pero nada importaba en realidad. Pilar solo pensaba en qué momento resultaría oportuno detenerse y dejar de ser un blanco en movimiento para cualquiera de aquellas cosas que suponía aún seguían asechando por la zona. Esas cosas que habían acabado con la vida de Joan, con Llura y con todo el mundo que ella conocía.

En un momento indeterminado y que Pilar nunca lograría acomodar sino intuitivamente dentro de aquella cadena de sucesos, una nueva explosión se sucedió en el área comercial y una luz blanquecina que emanó el calor de decenas de toneladas de combustible.
La explosión y la luz las embistieron a toda velocidad un segundo después. Ambas, Pilar y Laia gritaron al interior de la camioneta y se sacudieron violentamente junto con el vehículo. Pilar se estrelló de lleno en contra del volante y golpeó la cabeza contra el parabrisas. Alcanzó a mirar todavía, antes de que todo se le volviera oscuro, como Laia se aferraba a todo a su alrededor, como evitando caer desde un lugar muy alto.

Luego, todo fue silencio.

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