- ¡Pilar! ¡Pilar! ¿Dónde estas?- Era Joan, y su voz sonaba urgente e indecisa.
- ¡Aquí! ¡Papá! ¡Aquí estamos! ¡Arriba!- Joan las ubicó y corrió de inmediato por las escaleras. Cuando las encontró, se lanzó hacía ellas en un abrazo desesperado.
- ¡Pequeña, pequeña! ¿Estas bien?- Su voz era una ráfaga de emociones punzo cortantes. Aunque abrazaba a ambas, se refería a Pilar con desesperación, como si, sobre todas las cosas posibles esa noche, hubiese temido no volver a verla de nuevo.
- ¿Y mamá?, Ella ¿Dónde esta?- preguntó Laia en medio del abrazo que se le prodigaba, mientras comenzaba a escaparse del mismo como en busca de su respuesta. Joan no dijo nada, pero reaccionó de inmediato. Tenia la respiración acelerada cuando recortó de improvisto su silencio.
- Bien, esto es lo que vamos a hacer- dijo soltándolas un segundo, todavía tambaleante - Allá afuera esta sucediendo algo terrible, Llura y yo logramos escapar de, de...- sus ojos destellaron, como si estuviera viendo algo que estuviera clavado muy profundo en su mente y recuerdo inmediato; algo que no pudiera definir ni procesar, - ... escapar de lo que sea que esta allá afuera, desde la misma ciudad... la ciudad ya no existe... todo pasó en un segundo... de pronto había gente en las calles y al minuto siguiente solo había sangre y cuerpos... aquellas cosas...-
- ¿Y mamá?- interrumpió velozmente Laia, ahora con la voz convertida en un cristal estallado. Joan la miró y no dijo nada. Se incorporó como un resorte y corrió a su habitación. Las niñas se sintieron repentinamente abandonadas y sin pensarlo, se extendieron en dirección del hombre. Lo siguieron y cuando llegaron al marco de la puerta, miraron como Joan abría la cajonera al costado de su cama. Rebuscaba en esta y de pronto, del fondo extrajo un objeto pesado. Pilar no sabía que su padre tenia aquella cosa en la casa, y de haberlo sabido, le hubiera obligado a deshacerse de eso. El brillante cañón de una colt .45 refuljo en la mano del hombre, segura de su poderío. En un acto mecánico Joan revisó el arma examinando el tambor para comprobar la existencia de parque. Estaba vacía, como debería de estarlo. Inmediatamente sacó de la misma cajonera una caja de cartón corrugado. La abrió y comenzó a extraer, uno tras otro, gruesos cartuchos útiles que fue introduciendo en el arma hasta que muy pronto la cargo del todo.
Se giro hacia las niñas, mirándolas con los ojos muy abiertos, quizá con los sentidos expandidos también.
- Voy a salir de la casa antes que ustedes... Quizá escuchen disparos, no lo sé... Pero en cuanto yo las llame, saldrán detrás de mí y subirán a la vagoneta a toda velocidad...- Luego de decir eso, dejo caer sobre la cama la caja de cartón tras extraer los últimos cartuchos que esta contenía. Miró a su alrededor, como buscando algo que pudiera serle útil. Evidentemente no encontró nada y descartó todo en un movimiento de su cabeza. Luego, se acercó a las niñas y las abrazo de nueva cuenta. Ellas se estremecieron, sobre todo Pilar al sentir en su espalda la pesada frialdad de la Colt en manos de su padre. Quiso rechazar el contacto pero Joan se le adelantó al incorporarse de inmediato. Entonces las apuro a moverse por el pasillo fuera de la habitación. Descendieron las escaleras y llegando cerca de la puerta de la casa, las hizo detenerse en un pequeño espacio invisible para la vista exterior.
Un aullido se escuchó allá afuera, cercanisimo.
Los tres se sobresaltaron.
- ¿Mamá?- preguntó Laia, con voz entrecortada.
Joan no tuvo, en todo caso, siquiera un asomo de respuesta a tal pregunta. Contestó lo primero que le vino a la cabeza, o a la boca, sin pasar por el cerebro.
- Todo sucedió muy rápido... en la carretera, casi volcamos... Nos golpeo aquella cosa... Suban a la vagoneta, al asiento del copiloto, ambas... no miren en el asiento trasero...-
Pilar se congeló sobre sus pies.
Joan no les dio tiempo de nada; De inmediato corrió hacía afuera.
Para las niñas, fue como mirarlo arrojarse al interior de una negra bocaza. Lo miraron extender los brazos y avanzar con el arma amartillada, como si de antemano existiese allá afuera algo a lo cual apuntarle. Joan caminó hacía la noche respirando rápidamente, con pesadez al mismo tiempo. Algo en su cabeza estaba acelerado al máximo sus pulmones, su ritmo cardiaco y, sobre todo, su andar.
Pilar y Laia no supieron qué hacer, al menos durante los cinco o diez segundos inmediatos. Parecían presa de alguna especie de trance, de una burbuja que las inmovilizó al interior de la casa.
Una burbuja que se rompió de inmediato; desde el exterior.
El inconfundible sonido de un arma disparando quebró las paredes de la tenue cobertura alrededor de las niñas, reventándola en mil pedazos. Pilar dio un grito entrecortado y sintió como Laia se le aferró aterrada. El aullido que un momento antes se había escuchado cercano, se escuchó ahora inmediatisimo. Joan detonó e arma una vez más, pero eso fue todo.
Luego, todo fue la presencia del aullido y sus consecuencias.
Un rugido furioso estrujó el aire al tiempo que un crepitar muscular desgarraba la tierra debajo de este. Se escuchó un golpe seco, de torso al descubierto y desde la perspectiva que las niñas tenían al interior de la casa, vieron como algo se movió a toda velocidad por los aires; algo que se estrelló en contra de la vagoneta mal estacionada afuera de la casa. Pilar alcanzó a mirar, no supo si Laia también fue capaz de hacerlo, como Joan -él era "aquella cosa"- voló por los aires en contra de la camioneta. Su cuerpo de estrelló de plano en contra del metal del auto, incrustándose en este y sacudiendo el vehículo por un segundo. Luego, Pilar miró a otra de esas criaturas, idéntica a la que se había incrustado en el frente del trailer de Prixamar, correr y abalanzarse rabiosamente en contra del cuerpo que no terminaba de caer aun del costado de la vagoneta.
Laia expelió un agudísimo grito de horror al mirar todo eso; quizá no al comprender lo qué estaba sucediendo, pero al mirar solamente.
El impacto en el costado de la vagoneta fue brutal. Incluso levantó del suelo el chasis. La criatura abrió el hocico hasta su máximo y justo cuando lo cernía sobre del cuerpo de Joan, Pilar, en el interior de la casa, dio un veloz paso al frente en contra de la puerta cerrándola al instante. Ambas niñas reaccionaron al mismo tiempo y corrieron aterradas hacía las escaleras, gritando y halándose de la ropa mutuamente. Antes de pisar el último escalón superior, el sonido de un enorme hueso quebrándose -o de varios relacionados, como los que conformarían la estructura general de un cráneo- atravesó el aire hasta donde ellas estaban. El estallido de algo muscular le siguió de inmediato, cortándole la respiración a Pilar, quién tuvo fuerza aún para empujar a Laia al interior de la habitación de ambas.
Se abalanzaron sobre una de las camas y se contrajeron sobre de esta y en contra de la pared que la cercaba. Laia comenzó a llorar sin disimulo alguno hasta que Pilar le tapó la boca con ambas manos, como si además de hacerla callar, también pretendiera ahogarla.
- ¡Calla! ¡Cállate! ¡Laia, guarda silencio!-
Allá afuera, en ese preciso instante, cimbrando los pocos cristales completos de la ventana, un espeluznante gruñido se levantó amenazando con ser invencible.
Desde el último extremo del área comercial, la luz del incendio producido por el accidente del transporte de Prixamar iluminó lo que se suponía era la escena al exterior de la casa, reflejando sombras al interior de la habitación de las niñas. La silueta tambaleante -tanto como las llamas- de una hilera de colmillos afilados como cuchillos se reflejó en las paredes, rozando durante un momento la cercanía inmediata de las niñas.
- ¡Muévete Laia! ¡Muevete!- La voz de Pilar era un tizón afilado. Tomó a su hermana y de un tirón la llevó al suelo, luego la jaló tras de sí, como lo haría con un muñeco, hasta quedar ambas debajo de la cama. Laia temblaba sin control y Pilar tuvo que abrazarla para evitar que en aquel pequeño espacio pudiera hacerse daño.
- ¡Tranquilízate por favor! ¡Ten calma!-
- ¡Pilar! ¡Qué esta pasando! ¡Qué son esas cosas!- . Ella aún no lo sabía, a pesar de haber visto ya a la segunda de aquellas criaturas. No quería decir "Lobo - Hombre - Lobo" porque era simplemente risible; solo hubiera conseguido asustar -todavía más- a su hermana. La ventana se estremeció de nueva cuenta, ahora sin aullido de por medio, y medio segundo después estalló en un millón de pedazos. Las niñas gritaron debajo de la cama, justo cuando en el marco apareció de un salto la criatura que acababa de asesinar a Joan. El monstruo se estrelló contra el rectángulo de madera deformándolo al instante pero sin conseguir entrar del todo por este. Había saltado desde el patio frente a la casa, quizá desde el cadáver de la vagoneta hasta el segundo piso de la casa. Desde ahí lanzó un carraspeo demencial y buscó con desesperación lo que bien sabía que estaba ahí: un par de presas vulnerables, muertas de miedo. "Esta persiguiéndonos...", pensó Pilar sin saber porqué lo hacía.
La criatura hizo temblar sus encías, evidenciando sus largos colmillos mientras arremetía contra el marco de la ventana intentando entrar por ahí, pero resultaba demasiado grande para ello. Era como mirar a un gato intentando atravesar la delicada puerta de una casa de muñecas; quizá lograría hacerlo, pero luego, el espacio de la habitación resultaría demasiado estrecho como para que pudiera moverse en cualquier otra dirección. Pilar sin saber cómo, había colocado sus manos sobre la boca de Laia. Ella alcanzaba a mirar de reojo lo que estaba sucediendo, pero su hermana solo estaba escuchando el quebrar de la madera y los jadeos animales provenientes de la pared de la habitación. La sentía retorcerse, intentar cualquier especie de grito; Si hubiera tenido la oportunidad, quizá, imprudente, hubiera intentando tener una mejor visión de aquello y la bestia las hubiera descubierto. No, no la soltaría, por nada del mundo.
La cosa en la ventana desprendió la parte superior del marco, ampliando el boquete.
Solo entonces Pilar pudo dimensionar con verdadera certeza su tamaño.
Pensó en el tamaño de un par de neveras juntas, o en la dimensión extendida de un comedor antiguo. Era gigantesco, quizá más grande que el que había atacado al transporte de Prixamar. El monstruo lanzó un nuevo rugido, como reconociendo que la ventana cedía a su poderío.
Entonces, una nueva explosión, una que hizo retumbar el suelo y las paredes, iluminó el aire afuera de la casa. Alrededor de la criatura, entre los breves espacios que se encontraban entre su musculatura y la madera de la ventana rota, todo se volvió fuego. El animal se retorció al instante y lanzó un agudo gruñido de dolor. Se sacudió violentamente solo para descubrir que ahora le resultaba tan complicado salir como entrar por aquel estrecho paso y comenzó a lanzar zarpazos hacía todos lados. Agitaba su cabeza como si estuviera ahogándose mientras bufaba sin control.
"Afuera, algo explotó y lo ha alcanzado..."- narró Pilar para sí misma.
La bestia aullaba y se sacudía sin otra posible explicación; se estaba quemando, al menos la parte de esta que estaba fuera de la casa. Del pasillo al costado de la habitación provino un resplandor anaranjado. El fuego quizá también había alcanzado la pared exterior de la casa, o quizá provenía del jardín. Pilar miró al monstruo hirviendo de dolor y rabia, intentando asirse de cualquier cosa al interior de aquel pequeño espacio. Solo conseguía golpear el suelo de manera accidental sin conseguir un punto de apoyo que le ayudase a salir de esa trampa. El monstruo bramó, escupió, aulló durante algunos minutos e incluso regurgito un líquido asqueroso en algún momento, mientras implacable, el fuego sobre su cuerpo del otro lado de la ventana se consumía sin que nada pudiera hacerse para evitarlo. Luego la bestia simplemente dejó de moverse; sus enormes brazos cayeron a los costados y con las garras erectas arañó la superficie del suelo en donde las niñas acostumbraban a correr descalzas. Una peste insoportable a pelo quemado y a hueso calcinado inundaba ya la habitación cuando la criatura al fin se quedó completamente quieta. Pilar percibió la alegría más sorpresiva de su corta vida. Se alegró, sin duda, pero de inmediato tuvo la entereza suficiente como para pensar con rapidez.
-Esa cosa se quemó, La casa, por afuera, seguro esta pasando por lo mismo-. Ella no quiso averiguar hasta dónde podía tener razón; cosa que quizá podría descubrir cuando las llamas comenzaran a rebasar el cuerpo de la bestia.
- ¡Laia, vámonos! ¡Ahora mismo!- gritó Pilar al instante jalándola tras de sí. Ambas salieron de debajo de la cama y fue hasta entonces que Laia miró la conclusión de la escena que había estado ahí desarrollándose. Gritó con todas sus fuerzas al mirar a la cosa atrapada y muerta en el marco de la ventana. Pilar no le dio tiempo de nada más; le dio un tirón y la saco de la habitación. La percibió congelada, tanto que incluso le fue necesario arrastrarla por las escaleras hasta llegar a la planta baja de la casa.
Afuera, parecía ser de día.
Una luz y un calor penetrantes se colaban hacía el interior desde toda dirección posible. Seguramente se estaba quemado casi toda el área comercial, desde la misma administración hasta las estaciones de recarga de combustible. Y seguramente una de esas estaciones fue la que explotó hasta los cielos desparramando gasolina ardiendo por todos lados.
La puerta principal de la casa seguía abierta y Pilar atisbaba por ella. Afuera no parecía existir un solo lugar seguro. Permanecer al interior no resultaba una opción a tomar. Aunque no lo percibían en ese momento, era seguro que aquella atmósfera estuviese cargándose de algún tipo de humo tóxico e invisible en ese mismo momento.
A Pilar solo se le ocurrió de momento una salida, un solo posible lugar en donde encontrar un refugio.
- ¡Laia, tenemos que salir de la casa!-
- Qué...-
- ¡Tenemos que irnos inmediatamente!-
- Pero, a dónde vamos a ir...-
- ¡Sígueme! ¡Vamos a seguir las órdenes de papá...!-
"LAS ÓRDENES DE PAPÁ... seguramente Papá era en ese instante la mancha inerte, abultada y deforme detrás de la vagoneta...", susurró mentalmente, y para sí misma Laia, cuando Pilar la tomó de la mano y la obligó a correr tras de ella para salir de ahí. Apenas habían puesto un pie fuera de la casa, cuando el aire se volvió caliente como nunca antes lo había sido, casi como el fuego mismo, un cuchillo dispuesto a tasajearlas. La visión se nubló por causa de la luz, también caliente, que provenía de todas direcciones.
Pilar tuvo que hacer acopio de valor para lo que hizo a continuación. Corrió los breves metros que distanciaban la entrada de la casa que estaban abandonando y la vagoneta a la cual Joan les había ordenado entrar cuando él hubiera despejado el camino, en la condición ideal de los acontecimientos. En cierto sentido, en el más macabro de todos, había cumplido su cometido y ahora resultaba ser el turno de ellas. Sin pensar en nada, en ninguna de las implicación es que todo aquel cuadro representaba, Pilar alcanzó la manecilla de la puerta del vehículo y se concentró en abrirla; se olvido por un segundo de mirar hacía atrás, de buscar si su padre la necesitaba en ese momento; se olvido incluso de atisbar en busca de otra de aquellas terribles criaturas. Lo único que hizo fue enfocar sus fuerzas en accionar el sistema mecánico de la manecilla que les daría paso al interior del vehículo.
El metal comenzaba a calentarse y ya comenzaba a llover un polvo fino desde el cielo cuando Pilar logró abrir la puerta de la vagoneta. dio un nuevo tirón a su hermana y sin saber cómo, ambas entraron en el vehículo en un segundo.
"¡Rápido! ¡Laia, siéntate!". Pilar se arrastró por sobre el asiento del copiloto hasta llegar al volante, pasando por encima de la palanca de cambios de la vagoneta. Laia se quedo congelada en el asiento del copiloto. Simplemente miró a Pilar cuando esta la llamó y no respondió nada; de momento eso resultó ser cosa suficiente. Laia así no servia de mucho, tampoco estorbaba. Ahora, Pilar tenía solo una cosa en mente: hacer avanzar aquel armatoste. Sabía que solo existía un posible lugar seguro en ese momento, y no era la casa ni resultaba ser el interior de aquel vehículo: era el otro lado de la carretera. A diferencia del área comercial, el otro lado de la 55 lucia oscuro y a salvo. Se adivinaban algunos pequeños incendios -seguramente arbustos en llamas y algo de vegetación seca- pero nada más. Las llaves de la vagoneta estaban pegadas, era lógico. Joan las había dejado ahí porque planeaba subir de inmediato acompañado de ellas.
Pilar había visto un millón cómo su padre encendía el vehículo, pero ahora, ahí, sola, el asunto se le figuró un rompecabezas; quizá uno para niños pequeños, con pocas piezas, pero rompecabezas al fin. hizo girar la llave sobre su engrane al costado del volante y se encendieron algunas luces en el tablero, las que indicaban corriente y avería en el motor. Pero el vehículo no arrancó. Regresó la llave a su posición original y lo intentó de nuevo, pero solo obtuvo hacer relucir aquellas luces otra vez. Algo estaba haciendo mal, pero no sabía qué cosa podría ser. O quizá no estaba haciendo todo lo que debía de hacer.
- ¡Aquí! ¡Papá! ¡Aquí estamos! ¡Arriba!- Joan las ubicó y corrió de inmediato por las escaleras. Cuando las encontró, se lanzó hacía ellas en un abrazo desesperado.
- ¡Pequeña, pequeña! ¿Estas bien?- Su voz era una ráfaga de emociones punzo cortantes. Aunque abrazaba a ambas, se refería a Pilar con desesperación, como si, sobre todas las cosas posibles esa noche, hubiese temido no volver a verla de nuevo.
- ¿Y mamá?, Ella ¿Dónde esta?- preguntó Laia en medio del abrazo que se le prodigaba, mientras comenzaba a escaparse del mismo como en busca de su respuesta. Joan no dijo nada, pero reaccionó de inmediato. Tenia la respiración acelerada cuando recortó de improvisto su silencio.
- Bien, esto es lo que vamos a hacer- dijo soltándolas un segundo, todavía tambaleante - Allá afuera esta sucediendo algo terrible, Llura y yo logramos escapar de, de...- sus ojos destellaron, como si estuviera viendo algo que estuviera clavado muy profundo en su mente y recuerdo inmediato; algo que no pudiera definir ni procesar, - ... escapar de lo que sea que esta allá afuera, desde la misma ciudad... la ciudad ya no existe... todo pasó en un segundo... de pronto había gente en las calles y al minuto siguiente solo había sangre y cuerpos... aquellas cosas...-
- ¿Y mamá?- interrumpió velozmente Laia, ahora con la voz convertida en un cristal estallado. Joan la miró y no dijo nada. Se incorporó como un resorte y corrió a su habitación. Las niñas se sintieron repentinamente abandonadas y sin pensarlo, se extendieron en dirección del hombre. Lo siguieron y cuando llegaron al marco de la puerta, miraron como Joan abría la cajonera al costado de su cama. Rebuscaba en esta y de pronto, del fondo extrajo un objeto pesado. Pilar no sabía que su padre tenia aquella cosa en la casa, y de haberlo sabido, le hubiera obligado a deshacerse de eso. El brillante cañón de una colt .45 refuljo en la mano del hombre, segura de su poderío. En un acto mecánico Joan revisó el arma examinando el tambor para comprobar la existencia de parque. Estaba vacía, como debería de estarlo. Inmediatamente sacó de la misma cajonera una caja de cartón corrugado. La abrió y comenzó a extraer, uno tras otro, gruesos cartuchos útiles que fue introduciendo en el arma hasta que muy pronto la cargo del todo.
Se giro hacia las niñas, mirándolas con los ojos muy abiertos, quizá con los sentidos expandidos también.
- Voy a salir de la casa antes que ustedes... Quizá escuchen disparos, no lo sé... Pero en cuanto yo las llame, saldrán detrás de mí y subirán a la vagoneta a toda velocidad...- Luego de decir eso, dejo caer sobre la cama la caja de cartón tras extraer los últimos cartuchos que esta contenía. Miró a su alrededor, como buscando algo que pudiera serle útil. Evidentemente no encontró nada y descartó todo en un movimiento de su cabeza. Luego, se acercó a las niñas y las abrazo de nueva cuenta. Ellas se estremecieron, sobre todo Pilar al sentir en su espalda la pesada frialdad de la Colt en manos de su padre. Quiso rechazar el contacto pero Joan se le adelantó al incorporarse de inmediato. Entonces las apuro a moverse por el pasillo fuera de la habitación. Descendieron las escaleras y llegando cerca de la puerta de la casa, las hizo detenerse en un pequeño espacio invisible para la vista exterior.
Un aullido se escuchó allá afuera, cercanisimo.
Los tres se sobresaltaron.
- ¿Mamá?- preguntó Laia, con voz entrecortada.
Joan no tuvo, en todo caso, siquiera un asomo de respuesta a tal pregunta. Contestó lo primero que le vino a la cabeza, o a la boca, sin pasar por el cerebro.
- Todo sucedió muy rápido... en la carretera, casi volcamos... Nos golpeo aquella cosa... Suban a la vagoneta, al asiento del copiloto, ambas... no miren en el asiento trasero...-
Pilar se congeló sobre sus pies.
Joan no les dio tiempo de nada; De inmediato corrió hacía afuera.
Para las niñas, fue como mirarlo arrojarse al interior de una negra bocaza. Lo miraron extender los brazos y avanzar con el arma amartillada, como si de antemano existiese allá afuera algo a lo cual apuntarle. Joan caminó hacía la noche respirando rápidamente, con pesadez al mismo tiempo. Algo en su cabeza estaba acelerado al máximo sus pulmones, su ritmo cardiaco y, sobre todo, su andar.
Pilar y Laia no supieron qué hacer, al menos durante los cinco o diez segundos inmediatos. Parecían presa de alguna especie de trance, de una burbuja que las inmovilizó al interior de la casa.
Una burbuja que se rompió de inmediato; desde el exterior.
El inconfundible sonido de un arma disparando quebró las paredes de la tenue cobertura alrededor de las niñas, reventándola en mil pedazos. Pilar dio un grito entrecortado y sintió como Laia se le aferró aterrada. El aullido que un momento antes se había escuchado cercano, se escuchó ahora inmediatisimo. Joan detonó e arma una vez más, pero eso fue todo.
Luego, todo fue la presencia del aullido y sus consecuencias.
Un rugido furioso estrujó el aire al tiempo que un crepitar muscular desgarraba la tierra debajo de este. Se escuchó un golpe seco, de torso al descubierto y desde la perspectiva que las niñas tenían al interior de la casa, vieron como algo se movió a toda velocidad por los aires; algo que se estrelló en contra de la vagoneta mal estacionada afuera de la casa. Pilar alcanzó a mirar, no supo si Laia también fue capaz de hacerlo, como Joan -él era "aquella cosa"- voló por los aires en contra de la camioneta. Su cuerpo de estrelló de plano en contra del metal del auto, incrustándose en este y sacudiendo el vehículo por un segundo. Luego, Pilar miró a otra de esas criaturas, idéntica a la que se había incrustado en el frente del trailer de Prixamar, correr y abalanzarse rabiosamente en contra del cuerpo que no terminaba de caer aun del costado de la vagoneta.
Laia expelió un agudísimo grito de horror al mirar todo eso; quizá no al comprender lo qué estaba sucediendo, pero al mirar solamente.
El impacto en el costado de la vagoneta fue brutal. Incluso levantó del suelo el chasis. La criatura abrió el hocico hasta su máximo y justo cuando lo cernía sobre del cuerpo de Joan, Pilar, en el interior de la casa, dio un veloz paso al frente en contra de la puerta cerrándola al instante. Ambas niñas reaccionaron al mismo tiempo y corrieron aterradas hacía las escaleras, gritando y halándose de la ropa mutuamente. Antes de pisar el último escalón superior, el sonido de un enorme hueso quebrándose -o de varios relacionados, como los que conformarían la estructura general de un cráneo- atravesó el aire hasta donde ellas estaban. El estallido de algo muscular le siguió de inmediato, cortándole la respiración a Pilar, quién tuvo fuerza aún para empujar a Laia al interior de la habitación de ambas.
Se abalanzaron sobre una de las camas y se contrajeron sobre de esta y en contra de la pared que la cercaba. Laia comenzó a llorar sin disimulo alguno hasta que Pilar le tapó la boca con ambas manos, como si además de hacerla callar, también pretendiera ahogarla.
- ¡Calla! ¡Cállate! ¡Laia, guarda silencio!-
Allá afuera, en ese preciso instante, cimbrando los pocos cristales completos de la ventana, un espeluznante gruñido se levantó amenazando con ser invencible.
Desde el último extremo del área comercial, la luz del incendio producido por el accidente del transporte de Prixamar iluminó lo que se suponía era la escena al exterior de la casa, reflejando sombras al interior de la habitación de las niñas. La silueta tambaleante -tanto como las llamas- de una hilera de colmillos afilados como cuchillos se reflejó en las paredes, rozando durante un momento la cercanía inmediata de las niñas.
- ¡Muévete Laia! ¡Muevete!- La voz de Pilar era un tizón afilado. Tomó a su hermana y de un tirón la llevó al suelo, luego la jaló tras de sí, como lo haría con un muñeco, hasta quedar ambas debajo de la cama. Laia temblaba sin control y Pilar tuvo que abrazarla para evitar que en aquel pequeño espacio pudiera hacerse daño.
- ¡Tranquilízate por favor! ¡Ten calma!-
- ¡Pilar! ¡Qué esta pasando! ¡Qué son esas cosas!- . Ella aún no lo sabía, a pesar de haber visto ya a la segunda de aquellas criaturas. No quería decir "Lobo - Hombre - Lobo" porque era simplemente risible; solo hubiera conseguido asustar -todavía más- a su hermana. La ventana se estremeció de nueva cuenta, ahora sin aullido de por medio, y medio segundo después estalló en un millón de pedazos. Las niñas gritaron debajo de la cama, justo cuando en el marco apareció de un salto la criatura que acababa de asesinar a Joan. El monstruo se estrelló contra el rectángulo de madera deformándolo al instante pero sin conseguir entrar del todo por este. Había saltado desde el patio frente a la casa, quizá desde el cadáver de la vagoneta hasta el segundo piso de la casa. Desde ahí lanzó un carraspeo demencial y buscó con desesperación lo que bien sabía que estaba ahí: un par de presas vulnerables, muertas de miedo. "Esta persiguiéndonos...", pensó Pilar sin saber porqué lo hacía.
La criatura hizo temblar sus encías, evidenciando sus largos colmillos mientras arremetía contra el marco de la ventana intentando entrar por ahí, pero resultaba demasiado grande para ello. Era como mirar a un gato intentando atravesar la delicada puerta de una casa de muñecas; quizá lograría hacerlo, pero luego, el espacio de la habitación resultaría demasiado estrecho como para que pudiera moverse en cualquier otra dirección. Pilar sin saber cómo, había colocado sus manos sobre la boca de Laia. Ella alcanzaba a mirar de reojo lo que estaba sucediendo, pero su hermana solo estaba escuchando el quebrar de la madera y los jadeos animales provenientes de la pared de la habitación. La sentía retorcerse, intentar cualquier especie de grito; Si hubiera tenido la oportunidad, quizá, imprudente, hubiera intentando tener una mejor visión de aquello y la bestia las hubiera descubierto. No, no la soltaría, por nada del mundo.
La cosa en la ventana desprendió la parte superior del marco, ampliando el boquete.
Solo entonces Pilar pudo dimensionar con verdadera certeza su tamaño.
Pensó en el tamaño de un par de neveras juntas, o en la dimensión extendida de un comedor antiguo. Era gigantesco, quizá más grande que el que había atacado al transporte de Prixamar. El monstruo lanzó un nuevo rugido, como reconociendo que la ventana cedía a su poderío.
Entonces, una nueva explosión, una que hizo retumbar el suelo y las paredes, iluminó el aire afuera de la casa. Alrededor de la criatura, entre los breves espacios que se encontraban entre su musculatura y la madera de la ventana rota, todo se volvió fuego. El animal se retorció al instante y lanzó un agudo gruñido de dolor. Se sacudió violentamente solo para descubrir que ahora le resultaba tan complicado salir como entrar por aquel estrecho paso y comenzó a lanzar zarpazos hacía todos lados. Agitaba su cabeza como si estuviera ahogándose mientras bufaba sin control.
"Afuera, algo explotó y lo ha alcanzado..."- narró Pilar para sí misma.
La bestia aullaba y se sacudía sin otra posible explicación; se estaba quemando, al menos la parte de esta que estaba fuera de la casa. Del pasillo al costado de la habitación provino un resplandor anaranjado. El fuego quizá también había alcanzado la pared exterior de la casa, o quizá provenía del jardín. Pilar miró al monstruo hirviendo de dolor y rabia, intentando asirse de cualquier cosa al interior de aquel pequeño espacio. Solo conseguía golpear el suelo de manera accidental sin conseguir un punto de apoyo que le ayudase a salir de esa trampa. El monstruo bramó, escupió, aulló durante algunos minutos e incluso regurgito un líquido asqueroso en algún momento, mientras implacable, el fuego sobre su cuerpo del otro lado de la ventana se consumía sin que nada pudiera hacerse para evitarlo. Luego la bestia simplemente dejó de moverse; sus enormes brazos cayeron a los costados y con las garras erectas arañó la superficie del suelo en donde las niñas acostumbraban a correr descalzas. Una peste insoportable a pelo quemado y a hueso calcinado inundaba ya la habitación cuando la criatura al fin se quedó completamente quieta. Pilar percibió la alegría más sorpresiva de su corta vida. Se alegró, sin duda, pero de inmediato tuvo la entereza suficiente como para pensar con rapidez.
-Esa cosa se quemó, La casa, por afuera, seguro esta pasando por lo mismo-. Ella no quiso averiguar hasta dónde podía tener razón; cosa que quizá podría descubrir cuando las llamas comenzaran a rebasar el cuerpo de la bestia.
- ¡Laia, vámonos! ¡Ahora mismo!- gritó Pilar al instante jalándola tras de sí. Ambas salieron de debajo de la cama y fue hasta entonces que Laia miró la conclusión de la escena que había estado ahí desarrollándose. Gritó con todas sus fuerzas al mirar a la cosa atrapada y muerta en el marco de la ventana. Pilar no le dio tiempo de nada más; le dio un tirón y la saco de la habitación. La percibió congelada, tanto que incluso le fue necesario arrastrarla por las escaleras hasta llegar a la planta baja de la casa.
Afuera, parecía ser de día.
Una luz y un calor penetrantes se colaban hacía el interior desde toda dirección posible. Seguramente se estaba quemado casi toda el área comercial, desde la misma administración hasta las estaciones de recarga de combustible. Y seguramente una de esas estaciones fue la que explotó hasta los cielos desparramando gasolina ardiendo por todos lados.
La puerta principal de la casa seguía abierta y Pilar atisbaba por ella. Afuera no parecía existir un solo lugar seguro. Permanecer al interior no resultaba una opción a tomar. Aunque no lo percibían en ese momento, era seguro que aquella atmósfera estuviese cargándose de algún tipo de humo tóxico e invisible en ese mismo momento.
A Pilar solo se le ocurrió de momento una salida, un solo posible lugar en donde encontrar un refugio.
- ¡Laia, tenemos que salir de la casa!-
- Qué...-
- ¡Tenemos que irnos inmediatamente!-
- Pero, a dónde vamos a ir...-
- ¡Sígueme! ¡Vamos a seguir las órdenes de papá...!-
"LAS ÓRDENES DE PAPÁ... seguramente Papá era en ese instante la mancha inerte, abultada y deforme detrás de la vagoneta...", susurró mentalmente, y para sí misma Laia, cuando Pilar la tomó de la mano y la obligó a correr tras de ella para salir de ahí. Apenas habían puesto un pie fuera de la casa, cuando el aire se volvió caliente como nunca antes lo había sido, casi como el fuego mismo, un cuchillo dispuesto a tasajearlas. La visión se nubló por causa de la luz, también caliente, que provenía de todas direcciones.
Pilar tuvo que hacer acopio de valor para lo que hizo a continuación. Corrió los breves metros que distanciaban la entrada de la casa que estaban abandonando y la vagoneta a la cual Joan les había ordenado entrar cuando él hubiera despejado el camino, en la condición ideal de los acontecimientos. En cierto sentido, en el más macabro de todos, había cumplido su cometido y ahora resultaba ser el turno de ellas. Sin pensar en nada, en ninguna de las implicación es que todo aquel cuadro representaba, Pilar alcanzó la manecilla de la puerta del vehículo y se concentró en abrirla; se olvido por un segundo de mirar hacía atrás, de buscar si su padre la necesitaba en ese momento; se olvido incluso de atisbar en busca de otra de aquellas terribles criaturas. Lo único que hizo fue enfocar sus fuerzas en accionar el sistema mecánico de la manecilla que les daría paso al interior del vehículo.
El metal comenzaba a calentarse y ya comenzaba a llover un polvo fino desde el cielo cuando Pilar logró abrir la puerta de la vagoneta. dio un nuevo tirón a su hermana y sin saber cómo, ambas entraron en el vehículo en un segundo.
"¡Rápido! ¡Laia, siéntate!". Pilar se arrastró por sobre el asiento del copiloto hasta llegar al volante, pasando por encima de la palanca de cambios de la vagoneta. Laia se quedo congelada en el asiento del copiloto. Simplemente miró a Pilar cuando esta la llamó y no respondió nada; de momento eso resultó ser cosa suficiente. Laia así no servia de mucho, tampoco estorbaba. Ahora, Pilar tenía solo una cosa en mente: hacer avanzar aquel armatoste. Sabía que solo existía un posible lugar seguro en ese momento, y no era la casa ni resultaba ser el interior de aquel vehículo: era el otro lado de la carretera. A diferencia del área comercial, el otro lado de la 55 lucia oscuro y a salvo. Se adivinaban algunos pequeños incendios -seguramente arbustos en llamas y algo de vegetación seca- pero nada más. Las llaves de la vagoneta estaban pegadas, era lógico. Joan las había dejado ahí porque planeaba subir de inmediato acompañado de ellas.
Pilar había visto un millón cómo su padre encendía el vehículo, pero ahora, ahí, sola, el asunto se le figuró un rompecabezas; quizá uno para niños pequeños, con pocas piezas, pero rompecabezas al fin. hizo girar la llave sobre su engrane al costado del volante y se encendieron algunas luces en el tablero, las que indicaban corriente y avería en el motor. Pero el vehículo no arrancó. Regresó la llave a su posición original y lo intentó de nuevo, pero solo obtuvo hacer relucir aquellas luces otra vez. Algo estaba haciendo mal, pero no sabía qué cosa podría ser. O quizá no estaba haciendo todo lo que debía de hacer.








0 comentarios:
Post a Comment