Thursday

3

Aún la luna vencía someramente la densidad de aquel fenómeno iluminando febrilmente el interior de la habitación. Pilar se llenó de curiosidad y lentamente, sintiendo como Laia luchaba por no soltarla, se levantó de la cama y se acercó nuevamente al marco de la ventana. Afuera, el mundo había cambiado por completo. Todo se había vuelto oscuro, denso. La neblina flotaba alrededor de todas las cosas y las difuminaba de manera increíble. Ella jamás había presenciado algo similar. No había indicio alguno que le indicara en dónde había estaba la vieja carretera, todo estaba borrado. A la lejanía, entreveía una luz roja parpadeante que señalaba la ubicación del edificio de Prixamar a la distancia. Supuso mirar las luces de algunas de los comercios alrededor del edificio, pero no podía estar segura. En su mismo jardín, frente a la casa, todo estaba transformado. La vegetación parecía haberse derretido y fundido los ficus con la crecida maleza. De entre las ramas fluía un movimiento continuo de neblina y todo estaba oscurecido. El suelo parecía haber adquirido una tesitura muy diferente, lechoso, como si estuviera conformado de fango. Los árboles repentinamente resultaron tétricos, amenazantes. Pilar pensó, sin saber exactamente el por qué, le pareció que solo restaba que en algún lugar de su propio jardín apareciera algún conjunto de lápidas para creer del todo que se encontraba en tierra maldita, en los linderos de un cementerio a media noche.
A la distancia, se levantó un sonido sin forma que Pilar logró reconocer solo hasta escucharlo un par de veces. De un vibrar atenuado y frío, el sonido se transformó en el lastimero aullido de aquel animal en sufrimiento que había rondado por ahí cuando menos desde la noche anterior. Pilar se sacudió sin poder evitarlo. Era la segunda noche que podía escucharlo; el mismo animal había estado presente cerca de su casa, tal vez del otro lado de la 55, ya durante demasiado tiempo. Desde la noche anterior, después de haber escapado de sus padres, refugiándose en su habitación, lo había percibido. Pensó en el porqué ese animal seguía vivo; suponiéndolo victima de algún tipo de accidente, y le impresionaba que ese "perro" -así contextualizaba la fuente del sonido- permaneciera aún en agonía.
Una vez había visto como un perro labrador terminaba de morir en manos de su dueño, un hombre alto que había hecho parada cerca de su casa, en el restaurante de comida rápida. El animal había descendido del auto al lado de su amo, y quizá desconocía los peligros de juguetear cerca de la carretera, ya que no pasaron más de dos minutos de jugueteos y pequeñas incursiones curiosas del animal antes de que un auto a toda velocidad en sentido de la ciudad lo arrollara y le destrozara casi todos los huesos y órganos de la cadera hacía abajo. "No había nada que hacer, sino esperar", había dicho su padre cuando se enteró de aquello y salio de su local a echar un vistazo. Ella se había asustado bastante. El sonido del golpe entre el vehículo -que no se detuvo siquiera a mirar- y el animal había sido como el de un costal lleno de alimento que hubiera caído a gran velocidad sobre un montón de metales esparcidos por el suelo. Joan extendió sus condolencias al hombre cuando ayudaron al labrador a dejar de sufrir; Pilar pensaba que ese era un término demasiado benévolo para lo que en verdad sucedió al mezclar un poco de habilidad, una bolsa de plástico y algo de corazón frío.
- No hay nada que hacer-, pensó ella en ese instante, escuchando al perro en las afuera de su casa, reviviendo la frase de su padre.

El aullido a la distancia incremento su fuerza, como si el imaginario perro en agonía hubiera encontrado su segundo aire e intentara levantarse sobre del pavimento ensangrentado, buscando el camino a casa.
Pilar intentó recrear la situación del animal según la intensidad de sus aullidos. Mentalmente lo miró padecer y temblar sobre sus piernas, pero poco a poco, según lo que escuchaba, no tuvo más remedio que imaginárselo recobrar fuerza y empeño. Muy pronto los aullidos no fueron más débiles, sino que resultaron bravíos y hasta vigorosos. Pilar pensaba ya en aquel animal como algo que estaba creciendo de la nada, volviéndose una montaña de músculos y temblores. Dos minutos después los sonidos se habían vuelto un rugir volcánico, una llamarada que parecía desgarrar la garganta que los estaba produciendo.
Al tiempo que la neblina parecía volverse más densa y la noche más oscura, los aullidos se transformaron en algo brutal. Ya para cuando Laia se acercó a ella, visiblemente asustada, el sonido era sencillamente aterrador.

- Pilar ¿Qué es eso? ¿Que hay allá afuera...?
- No lo sé, suena como, como...-

Una nueva explosión de rabia interrumpió a Pilar. Ya aquello no era un aullido solamente, sino un rugido que traspasaba todo, debilitando la fortaleza de cualquiera que lo escuchara. Las niñas se abrazaron inconscientemente.
Entonces el rugido transformo al animal que Pilar tenia en mente.

Dejo de ser un perro, según lo que estaba escuchando.
Se transformó, inevitablemente, en un lobo.
Un maligno lobo, enorme y brutal.

La luna en las alturas brillaba con toda intensidad. Continuaba envuelta en un tono amarillento, tendiente al anaranjado, difusa y estaba rodeada de nubes. permanecía quieta, como observándolo todo, tratando de adivinar qué es lo que sucedería a continuación.

Los aullidos entonces dejaron de provenir solamente del otro lado de la 55. Una nueva fuente de aquel brutal sonido provino de una distancia diferente, una que quizá estaba mucho más lejos de la casa. Y luego, apareció una más, y luego, dos o tres más en diferentes puntos, y a juzgar por el sonido y su intensidad, muy separadas las unas de las otras. Pilar no supo interpretar aquello de momento, y Laia no le ayudó a conseguirlo. Se aferró a ella con las uñas cuando una nueva explosión de aullidos se manifestó en algún punto indecible alrededor de la casa, esta vez, abrumadoramente cercana.
Pilar iba a decir algo, cualquier cosa cuando, tan cerca de la ventana como estaban, vieron correr aquello a la distancia.

De alguna manera, frente a la casa, sobre la 55, notaron que algo se movía a toda velocidad. No era un auto, tampoco una persona. Pero tenía el tamaño de lo primero, quizá el de un Buick compacto o el de un viejo Peugeot 110. Y también tenia la forma de lo segundo. O casi. Avanzaba dando grandes zancadas, golpeando con los pies desnudos el suelo, apoyándose sobre las palmas de las manos para contrarrestar los tremendos impulsos de sus piernas, tal y como lo haría un canino al avanzar corriendo. Pilar y Laia lo miraron un segundo sin reacción alguna pero apenas sucedió el primer contacto, ambas se paralizaron ante tal imagen. Cuando aquella cosa cruzó exactamente frente a la casa, la luz del alumbrado lo reveló con detalle. Estaba cubierto de un pelaje largo y parduzco que a pesar de su dureza, no alcanzaba a esconder del todo la masa de músculos que estaban cubriendo. Era horrible, asqueroso. parecía un perro al cual le hubieran reventado el hocico y que sangrando avanzara buscando su venganza ultima. Las niñas estaban demasiado lejos para mirar un último detalle, pero ambas, al mismo tiempo, aún creyeron observarlo: los ojos de aquella cosa brillaron debajo de la luz de neón proveniente de la marquesina de uno de los restaurantes, lanzando un destello demencial. Percibieron toda la frialdad del mundo, un sentimiento helado, completamente inhumano e irracional. Esa cosa se perdió de vista en apenas un momento y las niñas no pudieron evitar que un grito anidara entre ellas. De inmediato algo más fuerte que su sorpresa llevó a Pilar a salir de la habitación y a entrar corriendo en la de su padre. Pilar bien sabía que ni Joan ni Llura estaban en la casa, pero no los estaba buscando a ellos, sino la continuidad visual de la ventana en el cuarto de los adultos.
Alcanzó la cornisa y consiguió mirar aquella cosa de nueva cuenta. Se movía a toda velocidad siguiendo la ruta de la 55, como avanzando sobre de ella en dirección de las montañas. Iba recta sobre la línea amarilla intermitente que delineaba un carril de otro. Pilar no sabía que pensar, esa cosa no se parecía a nada que hubiera podido siquiera suponer con anterioridad que existía. Sus pensamientos bullían sin control y no fue sino hasta unos pocos segundos después, cuando se topó con un referente conocido y comprensible, que comprendió que lo que estaba mirando era real. A la distancia brillaron las luces de un vehículo que se acercaba a ellos. Pilar pensó, cuando vio aquellas luces, las cuales reconoció como un transporte pesado, que la criatura que se movía frenéticamente por la carretera desaparecería como por arte de magia, contraponiendo su naturaleza irreal en contra de un objeto que tenia sentido para ella.
Pero no sucedió eso. La criatura no desapareció. Sino por el contrario, se manifestó con mayor intensidad. Pilar miró como aquella cosa se contrario y cambio su actitud física; seguramente acababa de descubrir las luces del vehículo que se acercaba velozmente y de inmediato se levantó sobre sus patas traseras, como un perro que espera recibir un bocadillo de manos de su después de realizar un complicado truco.
La criatura entonces aulló, con toda su fuerza, poniendo de manifiesto la fuerza brutal contenida en su complexión. Una serie de cadenas de músculos se marcaron por toda su fisonomía al tiempo que extendía su cuello estirando su cabeza al aire, violentando su apariencia al hacer patente su hocico enorme y lleno de colmillos. Dio la impresión, en suma, de estar retando a la fuente de las luces.
- Acércate, pelea conmigo...- parecía expresar.

- Es... un lobo... un lobo... hombre... - susurró Pilar inmediatamente, sin poder creer en sus mismas palabras y recordando a la vez las imágenes que había visto sobre tales criaturas en televisión. Frente a sus ojos desfilaron largos hocicos afilados, ojos amarillentos destilando rabia y cuerpos que mezclaban lo canino con lo humano. Se llevó las manos al rostro y retrocedió un paso. Escuchó que Laia lloraba en su habitación llamándola casi a gritos, pero no hizo nada, no podía hacer nada. Se limitó a quedarse viendo lo que allá afuera estaba sucediendo.
El pesado transporte que se acercaba por la 55 no tardó en dibujarse con claridad. Era un trailer propiedad de Prixamar. En la parte trasera del vehículo, una cúpula de acero inoxidable brillaba reflejando el alumbrado público a los costados de la carretera. Quizá el hombre que lo conducía no se percató de la presencia de la criatura hasta que fue muy tarde, o quizá, si la percibió desde el principio, no dio crédito a lo que sus ojos estaban mirando. Mediaban entre ellos quizá no menos de cincuenta metros cuando aquella bestia se impulsó sobre sus patas traseras y dio un salto enorme en dirección del trailer. Golpeó el asfalto unas tres o cuatro veces y lanzando un alarido final, se abalanzó sobre el frente del transporte, justo donde el hombre que conducía permanecía atento e incrédulo al mismo tiempo. Solo un segundo antes del impacto, pudo reaccionar. Dio un giro al volante, intentando evadir a la bestia que saltaba directamente en su contra, pero resultó ser demasiado tarde. El animal se estrelló en contra de los parabrisas, haciéndolos estallar en un millón de violentas astillas de cristal y se incrustó justo en el lugar donde antes había estado la imagen del conductor. Lanzó su hocico abierto y sangrante y alcanzó en una centésima de segundo la carne del hombre quien gritó en ese preciso momento.
El transporte giró violentamente como presa del horror que envolvió la escena y no dejo de hacerlo mientras el animal sacudía violentamente su cuerpo expuesto, agitando sus mandíbulas, seguramente destrozando al conductor, quien, seguro, aún podía sentirlo todo. El trailer entonces rechinó y comenzó a colapsarse por el giro que estaba realizando. Pilar lanzó un alarido cuando vio que el vehículo comenzaba a levantarse del suelo y retrocedió violentamente cuando lo miró que comenzaba a volcarse de lado, perdiendo todo equilibrio.
La bestia seguía clavada en el frente de los parabrisas, mordiendo y aullando espasmódicamente, y no fue hasta que el transporte volcó en medio de una explosión de sonido que se liberó. La fuerza del impacto hizo volar por los aires a la criatura, que salio despedida con el hocico ensangrentado. El vehículo avanzo siguió moviéndose erupcionando chispas y reventando su estructura. Entonces Pilar vio como el trailer se abalanzó con toda su inercia en contra de los primeros restaurantes y comercios del área comercial. Solo tardó un par de segundos en impactarse en contra de la gerencia y el pequeño edificio a su lado. Se incrusto en ambos, casi desapareciendo al instante en las entrañas de concreto y plafón. Pilar gritó y salio corriendo de la habitación de sus padre y alcanzó a llegar al lado de su hermana cuando un brutal terremoto las hizo caer a ambas, aferradas la una a la otra. Afuera, se hizo de día por un segundo. La explosión sacudió el suelo e ilumino todo a su alrededor. Muchas cosas cayeron sobre ellas: objetos provenientes de los closets, artículos que resbalaron y rodaron hasta ellas. Del techo se soltaron largas trazas de recubrimiento y en la ventana se reventaron algunos cristales.
Ambas gritaron y se abrazaron al momento de caer y rodar por el suelo.
Una corriente de aire caliente llenó de inmediato la habitación y el resplandor de fuego las ilumino desde afuera. El trailer debía de haber estado trasportando alguna especie de gas flamable, era seguro, de otra manera no se explicaría la reacción tan violenta y rápida.

- ¡Pilar! ¿Qué sucede?- gritaba Laia cuando pudo escuchar de nueva cuenta. No supo que responderle. No lo sabia, podía jurarlo, no lo sabía.
Entonces, afuera, se escuchó un nuevo aullido. Con más fuerza que los anteriores. No de fuego y destrucción esta vez, sino de horror.

- Es una de esas cosas- reaccionó Pilar, - y esta cerca...-

Tenía razón. El sonido no había venido de muy lejos; al menos, no de más allá de su propio jardín. Se estremeció sin poder evitarlo. La imagen de aquel monstruo en la carretera era lo peor que jamás había pensado mirar, y algo muy dentro de ella supo que, a tan solo unos cuantos metros de distancia, otra de esas cosas estaba asechando, y quizá no era solo una. Recordaba haber escuchado por lo menos cinco o seis diferentes aullidos. ¿Las habrían detectado? Es decir, ¿Aquellas cosas sabrían que existían dos niñas al interior de la casa? ¿Tenía alguna manera de saberlo?
En ese momento se escuchó afuera de la casa un chillido trepidante, seguido por una repentina iluminación artificial. Pilar demoró un segundo en reconocer aquello, pero casi de inmediato supo de que se trataba aquello.

- ¡Vamos! ¡Laia, vamos, rápido!- , grito Pilar a su hermana.

Un vehículo, la vagoneta de Joan, se estacionó violentamente frente a la casa. Las niñas se levantaron del suelo, en donde formaban todavía una extraña especie de ovillo y se acercaron tambaleantes a la puerta de la habitación. En la planta de abajo se escuchó la puerta abrirse de un solo golpe, seguido de inmediatamente por pisadas rápidas y pesadas.

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