Pilar había permanecido despierta durante horas, a ratos mirando detenidamente a Laia; en otros momentos, descubriendo que dormitaba levemente y obligándose a seguir atenta, como si con eso pudiese encontrar una salida a tal encrucijada.
- ¿A quién podría recurrir?- Se dijo a sí misma en voz tenue, como la que usaría en una tarde calmada, hablando con alguien que estuviera muy cerca de ella. Inmediatamente supuso que no había respuesta fácil a tal pregunta. Las dos figuras más emblemáticas que existían en su entorno, su padre y Llura, no eran opciones a considerar. Eran en si mismos el problema.
Suspiró en varias ocasiones, topándose una y otra vez con la misma puerta mental cerrada.
Se levantó entonces, con suavidad, deseando no importunar a su hermana. Puso los pies en el suelo y una ráfaga de frío proveniente del suelo le recorrió las piernas. Estaba descalza. La noche anterior se había puesto una pequeña bata que usaba para dormir y Laia le había seguido en ponerse su pijama habitual. Aquellos rasgos comunes les dieron un poco de confianza; la pequeña rutina les había ayudado a sobrellevar por un segundo más todo aquel asunto.
Avanzó por el cuarto, caminado un poco sin sentido, hasta que muy pronto fue atraída a la ventana de la habitación. A través de esta pudo mirar rastros de la noche que aún se desvanecía lentamente. Un cúmulo de nubes a la distancia comenzaban a reflejar las primeras tonalidades del sol por debajo de la línea del horizonte; las nubes adquirían un grosor anaranjado, contrastado con su esencia grisácea, y daban la impresión de seres vivos que abandonaran un letargo inducido por la fría mañana. En el primer plano inferior de la vista, la carretera y las construcciones cercanas del área comercial, además de un pequeño edificio a unos quinientos metros de distancia, propiedad de industrias Prixamar, permanecían en silencio, todo envuelto todavía de penumbra.
Alta, comenzando ya a desvanecerse, seguía la luna, estacionada aún en un punto claro cercano al medio día.
Pilar la miró detenidamente durante algunos minutos. Muy pronto percibió el frío colándose a través de los cristales sin recubrimiento térmico. Chasqueó lo dedos de los pies inconscientemente, buscando calentarlos al mismo tiempo que se cruzó de brazos frente a la ventana en un movimiento involuntario. En el exterior de los cristales se asentaba un pequeño rocío que amenazaba con formar pequeños cristales de hielo en cualquier momento.
Sin prestar demasiada atención a lo que podía ver, Pilar se enfocó y deseo infantilmente hablarle a esa luna, contarle sobre aquel asunto, y recibir un consejo de su parte, cualquier posible respuesta. Le parecía señal de una sabiduría más alta, de una capaz de cosas poderosa, incluso de atisbar sobre ella, una pequeña niña, y prestar atención a su pequeña voz congelada.
- Haz algo, por favor... Mantén unida a mi familia... - dijo casi sin saber que lo estaba haciendo- Pero sobre todo, aún sobre mis padres, no permitas que me separen de mi hermana...-
"Aún sobre mis padres". Esas pocas palabras estaban llenas de verdad, poderosas en su propio contexto. Si hubiera podido escoger, al menos tener la oportunidad de expresarlo como un deseo, sin dudarlo se hubiera decantado por la compañía inamovible de Laia por encima de la de Joan y Llura. No podía evitar anidar un sentimiento ligeramente oscuro y apesadumbrado en torno a los dos adultos, situación que convertía la cercanía de su hermana en algo brillante y preciado.
Quizá, llegó a pensar sin llegar más lejos que eso, estaba alimentando algún tipo de resentimiento en contra de sus modelos y protectores. Si así era, no le importaba demasiado seguir haciéndolo. Era sincera, no podía evitarlo.
Detrás de ella, en la cama, hubo un movimiento. Era Laia, que despertaba en ese momento por causa de la voz de Pilar. A mitad de camino entre la realidad y el sueño, la miro detenidamente, sin saber a cuál mundo pertenecía. La reconoció un segundo después, y miró como ella se había alejado hacía la ventana y ahora parecía hablar con alguien. Laia no hizo nada, sino quedarse quieta observando a su hermana. Escuchó lo que decía y estuvo de acuerdo en su interior. Nunca había tenido, no como ahora, la sensación de tener una hermana mayor y lo que eso significaba: protección, un espacio en donde apoyarse, y sobre todo, alguien a quien recurrir incluso con la más pequeña de las preguntas esperando una buena respuesta.
No podía ser de otra manera.
Se despertó del todo un minuto después, cuando Pilar regresaba ya a la cama y se fundía en un fuerte abrazo con ella.
¿Qué clase de deseo podía cumplir la luna? Pensó Pilar mientras sollozaba quedamente sobre del cabello de Laia, y esta hacía lo mismo. ¿Cómo podría materializar su ayuda? Era un bonito deseo, un pensamiento muy alto, pero quizá también fuera mera fantasía, un desesperado suspiro emocional.
Alguien entonces interrumpió aquellos pensamientos. Ese alguien tocó a la puerta, del otro lado de la habitación de las niñas.
- ¡Pilar! ¡Ven, por favor! ¡Rápido!- . Era Joan, su padre.
La jovencita no contestó, sino que redobló la fuerza del abrazo que la estrechaba con Laia. Se sacudió con cada golpe sobre la madera de aglomerado. Llegó a pensar que él entraría y se la llevaría por la fuerza. ¿Se aferraría con suficiente fuerza a Laia? Tendría que intentarlo al menos, luchar lo suficiente.
Pilar no atendió, sino que permitió que Joan siguiera llamándola, cada vez con un tono de voz menos paciente y amigable. Así continuo quizá por unos quince minutos más, hasta que Joan terminó, evidentemente molesto, por alejarse de ahí.
El sol continuó su recorrido y muy pronto amaneció. Afuera, sobre los cielos, el astro permaneció durante todo el día impávido, mudo.
Pilar y Laia no asistieron a la escuela, y nadie pareció interesarse en ello. Desde temprano se perdieron entre los locales del área comercial, visitando a sus pocos amigos disponibles. Luego, comieron en casa de una amiga de la madre de Laia y pasaron las primeras horas de la tarde en el área de juegos - un terraplén de un par de kilómetros de extensión con algunos juegos infantiles y una burda cacha de fútbol- en la zona posterior de la breve comunidad.
Ya luego, tras asegurarse de que podían hacerlo sin alguna clase de interrogatorio de por medio. regresaron a su casa. Un par de horas después, del cuarto de ambas, en donde se habían autoexiliado, procedían solo balbuceos.
La parte final de la tarde había transcurrido calmada, casi en completo silencio.
Dentro de la habitación, las pequeñas se encontraban dentro de una extraña esfera, una que los mantenía en un ánimo lento, como presas de un cansancio que bordeara los linderos de lo triste. Conversaban someramente, como deseando tender puentes entre ellas, evitando que el silencio aislara a una de la otra.
Mientras conversaba con Laia, Pilar recordaba también una conversación padecida con su padre algunos días atrás.
- Nadie se ha muerto por que su familia se separa- , había dicho él cuando aquella conversación comenzaba a palidecer en medio de su inevitable conflicto emocional. Ella enjuagándose las lágrimas, por causa de lo hiriente de esa y otras frases de Joan, recriminó "llorar no por temer a morirse, sino por ver como la estabilidad que ella conocía se diluía entre sus dedos". Y recriminaba llorar porque en la nueva realidad que le tocaba afrontar, se quedaba nuevamente sola. Joan intentó abrazarla, decirle que él estaría siempre con ella, que la soledad no era una posibilidad. Ella, claro, lo rechazo tajantemente. Él había sido, antes, de mamá; después, de un par de mujeres que ella apenas y había conocido, y por último, le había pertenecido a la estúpida de Llura. Ella en sí misma, hasta ahora, solo le pertenecía a alguien más, a Laia. Y ahora las separarían para siempre.
Luego había tenido que correr de su padre, escapar de Joan, hacía cualquier parte.
Y ahora lo hacía de nuevo, solo que en pensamientos y en el breve espacio de aquella habitación.
Desde afuera de la habitación, en algún momento, Pilar les había hecho saber que iría a la ciudad, y que Laia le acompañaría. Tenían algunas cosas que arreglar, asuntos legales, y que regresarían hasta la noche. El tono de voz de Joan, duro, inflexible, no dejaba lugar a dudas. Los dos adultos irían a la ciudad a realizar exactamente eso, algo legal, no a intentar revivir cualquier clase de "chispa" o de cordialidad entre ellos. Las niñas no debían de ilusionarse con eso, como ya había sucedido en su momento. El asunto sencillamente respondía a estímulos fríos y necesarios, nada más.
Ya solas en la casa, la tarde siguió diluyéndose en medio de aquella pesada atmósfera hasta casi tornarse en noche, al tiempo que ellas jugaban brevemente, como si de momento consiguieran olvidar lo penoso de su situación, o al menos lo intentaran. Un par de muñecas baratas y un auto convertible que difícilmente ajustaba al tamaño de las mismas se paseaban entre sus manos, al tiempo que ambas improvisaban diálogos sobre una supuesta visita a la cuidad que disfrutaban sus ficticios personajes. Por la ventana de la habitación se colaban las últimas trazas de luz del día que se extinguía. La noche lo era ya en muchos sentidos. Afuera, parvadas invisibles de pajarillos susurraban quedamente entre el follaje de los árboles, anunciando que se disponían a dormir. El transito y sus bramidos, en la 55, comenzaban a disminuir, transformándose en la simple imagen mental de un arroyo de luces y sonidos motorizados.
Las niñas permanecían sin encender la luz, requiriendo acercarse en un par de ocasiones a la ventaba para seguir con su juego lleno de murmullos. De vez en vez miraban hacía afuera sin buscar nada en particular. Pilar, atendiendo muchos detalles al mismo tiempo, se concentraba levemente en la blanca y poderosa luna que se catapultaba ya por las alturas, invencible a pensar de la temprana hora. Ella recordó la pequeña oración que había levantado la noche anterior, ese "Mantén unida a mi familia... aún sobre mis padres..." que había dejado salir de sí misma con toda la sinceridad y denuedo que conocía. La frase le parecía todavía correcta; el sentimiento, había crecido.
Permanecieron así, juntas, hasta que anocheció casi por completo.
- Pilar, mira, ¿Ves eso?- Laia señaló algo a la distancia; un algo que Pilar no había podido mirar de tan concentrada como estaba en la blancura de la luna, en todo y en anda al mismo tiempo. Giró su vista, y, sí, claro que lo vio. Recortada su visión por el marco de la ventana, muy por encima de la perspectiva en la cual podía ver el contorno del edificio de Prixamar, algo parecía flotar en el aire a una altura indecible. No era algo físico, material, y tampoco era un efecto normal del oscurecimiento. Sobre todo, era inmenso. Ahora podía mirarse, pero resultaba seguro que conforme desapareciera la última traza de luz, se confundiría con la noche hasta volverse invisible.
- ¿Que es?- preguntó Laia, quien nunca había visto nada similar. Pilar no supo responderle en primera instancia. Tampoco había visto nada semejante, pero, solo como marco de referencia descriptivo, no porque fuera tal cosa, le pareció una ola, una inmensa ola que surcara los cielos, de un extremo al otro del horizonte. Algunos años atrás había pasado una temporada vacacional en las playas de Baltenerra, en compañía de su padre. Recordaba como en el sitio justo en donde el horizonte se convertía en océano, inmensas olas, lejanísimas, aparecían y desaparecían lentamente. Quizá cada una de ellas tuviera diez o quince kilómetros de extensión, sucediéndose con toda frecuencia. Parecían ser cosa de otro planeta, u otra dimensión. Pilar pensaba que debía producirse algún ruido al golpear toda esa agua en contra de sí misma, pero como no se sincronizaban con ninguno de los ruidos circundantes, adquirían un aire etéreo aún más marcado. Y de igual manera sucedía con eso que flotaba en las alturas, con esa inmensa ola que flotaba desde donde podían ver y que parecía acercarse cada vez más hasta su punto de referencia. carecía de sonido y aunque la veían moverse, parecía estática al mismo tiempo. Avanzaba con extrañeza y parecía no poder sincronizarse con nada a su alrededor. Daba la impresión, completamente, de estar fuera de contexto
- Pilar ¿De que estará hecha esa cosa?-
- ¿La ola? A eso te refieres - Pilar respondía presa de sus propios pensamientos-, de agua, de vapor, como todas las nubes...-
- Y de oscuridad...- Completó Laia.
Si, claro. Aquella cosa que avanzaba lenta y calladamente parecía, además estar hecha de oscuridad. Tenía un color negro de tonalidad penetrante, como el que adquieren las nubes cuando se formaban tormentas en esa parte del estado, en agosto o septiembre. Las nubes de tormenta eran densas, pesadas y regularmente brillaban desde sus entrañas por causas de los relámpagos que anidaban. Pero esa ola inmensa no parecía tener tales características, ni densa ni pesada. Por el contrario, daba la impresión de ser ligera, quizá apenas como una delgada capa cósmica que comenzara a cernirse sobre todo.
A la lejanía, en donde la noche resultaba ser ya plena, las luces de la ciudad se encendían y dotaban de un ambiente más amable a la vista.
Muy pronto oscureció y la ola celeste se perdió de vista por completo. Lo que habían visto les había parecido algo propio de las noticias de las diez en la televisión. Algún fenómeno que no pasaría desapercibido por el canal, lo mismo que los halos solares y las intensas oleadas de calor que de vez en cuando se reportaban sin falta alguna.
Era algo, además, que bien podía haber sido producido por la luna. Algún efecto similar a las mareas altas.
O a las plegarias contestadas.
- Debe de estar sobre nosotros, ahora- , pensó Pilar poco después. La había visto moverse cubriendo el horizonte y supuso que su trayecto, según la velocidad con que se movía, había sido completado sobre la totalidad del cielo. Laia le confirmó tal pensamiento cuando interrumpió sus pensamientos y señalo la ventana.
- Mira, también le ha afectado.-
Laia indicaba con sus pequeños dedos la ubicación de la luna en las alturas. Era como mirarla a través de un filtro que consiguiera alterarla. El cuerpo celeste había adquirido un tono amarillento, difuso. El mapa selenita había desaparecido casi por completo, reduciéndose apenas a manchones sin sentido. Pilar pensó que algo estaba mal en todo eso. Quizá la ola que habían visto fuera alguna clase de contaminante, alguna sustancia que hubiera escapado de alguna instalación fabril y que ahora estuviese dañando la atmósfera sobre de ellas. No sintió miedo, pero inmediatamente tuvo precaución. ¿Y si era algo que dañase al ser respirado? ¿O con capacidad de quemar, por ejemplo, la piel o los ojos?
- Laia, alejémonos de la ventana...-
- ¿Por qué? ¿Hay algo malo...?-
- No lo sé... solo aléjate...-
Las niñas se acercaron a su litera permitiendo que la luz de la luna que se colaba por la ventana formara un rectángulo de luz sobre del oscuro suelo de la habitación. Se sentaron sobre la cama inferior y desde ahí miraron como aquella luz parecía tener una coloración además azulada, a pesar del tono amarillento de la luz expedida por el astro. Era un tono como el de neblina.
Si, exactamente, como el de un banco de neblina que filtrara la luz del alumbrado de la carratera.
- Presta atención...- dijo Pilar. El aire afuera de la casa estaba volviéndose denso, pesado, tal y como sucedía cuando en los días de invierno la temperatura descendía dramáticamente al anochecer y se formaban bancos de humedad provenientes de los terrenos con vegetación alrededor de la casa. Pero no se sentía frío, no como el necesario para que apareciera tal cosa.
Todo aquello era completamente inusual.
Muy pronto y para sorpresa de ambas, una densa nube de rocío se manifestó del otro lado de la ventana. Las cosas en el exterior apenas podían mirarse, envueltas en la humedad pulverizada que flotaba por todas partes, recreando en apenas momentos después una espesa cortina de aquella neblina tan anticipada.
- ¿A quién podría recurrir?- Se dijo a sí misma en voz tenue, como la que usaría en una tarde calmada, hablando con alguien que estuviera muy cerca de ella. Inmediatamente supuso que no había respuesta fácil a tal pregunta. Las dos figuras más emblemáticas que existían en su entorno, su padre y Llura, no eran opciones a considerar. Eran en si mismos el problema.
Suspiró en varias ocasiones, topándose una y otra vez con la misma puerta mental cerrada.
Se levantó entonces, con suavidad, deseando no importunar a su hermana. Puso los pies en el suelo y una ráfaga de frío proveniente del suelo le recorrió las piernas. Estaba descalza. La noche anterior se había puesto una pequeña bata que usaba para dormir y Laia le había seguido en ponerse su pijama habitual. Aquellos rasgos comunes les dieron un poco de confianza; la pequeña rutina les había ayudado a sobrellevar por un segundo más todo aquel asunto.
Avanzó por el cuarto, caminado un poco sin sentido, hasta que muy pronto fue atraída a la ventana de la habitación. A través de esta pudo mirar rastros de la noche que aún se desvanecía lentamente. Un cúmulo de nubes a la distancia comenzaban a reflejar las primeras tonalidades del sol por debajo de la línea del horizonte; las nubes adquirían un grosor anaranjado, contrastado con su esencia grisácea, y daban la impresión de seres vivos que abandonaran un letargo inducido por la fría mañana. En el primer plano inferior de la vista, la carretera y las construcciones cercanas del área comercial, además de un pequeño edificio a unos quinientos metros de distancia, propiedad de industrias Prixamar, permanecían en silencio, todo envuelto todavía de penumbra.
Alta, comenzando ya a desvanecerse, seguía la luna, estacionada aún en un punto claro cercano al medio día.
Pilar la miró detenidamente durante algunos minutos. Muy pronto percibió el frío colándose a través de los cristales sin recubrimiento térmico. Chasqueó lo dedos de los pies inconscientemente, buscando calentarlos al mismo tiempo que se cruzó de brazos frente a la ventana en un movimiento involuntario. En el exterior de los cristales se asentaba un pequeño rocío que amenazaba con formar pequeños cristales de hielo en cualquier momento.
Sin prestar demasiada atención a lo que podía ver, Pilar se enfocó y deseo infantilmente hablarle a esa luna, contarle sobre aquel asunto, y recibir un consejo de su parte, cualquier posible respuesta. Le parecía señal de una sabiduría más alta, de una capaz de cosas poderosa, incluso de atisbar sobre ella, una pequeña niña, y prestar atención a su pequeña voz congelada.
- Haz algo, por favor... Mantén unida a mi familia... - dijo casi sin saber que lo estaba haciendo- Pero sobre todo, aún sobre mis padres, no permitas que me separen de mi hermana...-
"Aún sobre mis padres". Esas pocas palabras estaban llenas de verdad, poderosas en su propio contexto. Si hubiera podido escoger, al menos tener la oportunidad de expresarlo como un deseo, sin dudarlo se hubiera decantado por la compañía inamovible de Laia por encima de la de Joan y Llura. No podía evitar anidar un sentimiento ligeramente oscuro y apesadumbrado en torno a los dos adultos, situación que convertía la cercanía de su hermana en algo brillante y preciado.
Quizá, llegó a pensar sin llegar más lejos que eso, estaba alimentando algún tipo de resentimiento en contra de sus modelos y protectores. Si así era, no le importaba demasiado seguir haciéndolo. Era sincera, no podía evitarlo.
Detrás de ella, en la cama, hubo un movimiento. Era Laia, que despertaba en ese momento por causa de la voz de Pilar. A mitad de camino entre la realidad y el sueño, la miro detenidamente, sin saber a cuál mundo pertenecía. La reconoció un segundo después, y miró como ella se había alejado hacía la ventana y ahora parecía hablar con alguien. Laia no hizo nada, sino quedarse quieta observando a su hermana. Escuchó lo que decía y estuvo de acuerdo en su interior. Nunca había tenido, no como ahora, la sensación de tener una hermana mayor y lo que eso significaba: protección, un espacio en donde apoyarse, y sobre todo, alguien a quien recurrir incluso con la más pequeña de las preguntas esperando una buena respuesta.
No podía ser de otra manera.
Se despertó del todo un minuto después, cuando Pilar regresaba ya a la cama y se fundía en un fuerte abrazo con ella.
¿Qué clase de deseo podía cumplir la luna? Pensó Pilar mientras sollozaba quedamente sobre del cabello de Laia, y esta hacía lo mismo. ¿Cómo podría materializar su ayuda? Era un bonito deseo, un pensamiento muy alto, pero quizá también fuera mera fantasía, un desesperado suspiro emocional.
Alguien entonces interrumpió aquellos pensamientos. Ese alguien tocó a la puerta, del otro lado de la habitación de las niñas.
- ¡Pilar! ¡Ven, por favor! ¡Rápido!- . Era Joan, su padre.
La jovencita no contestó, sino que redobló la fuerza del abrazo que la estrechaba con Laia. Se sacudió con cada golpe sobre la madera de aglomerado. Llegó a pensar que él entraría y se la llevaría por la fuerza. ¿Se aferraría con suficiente fuerza a Laia? Tendría que intentarlo al menos, luchar lo suficiente.
Pilar no atendió, sino que permitió que Joan siguiera llamándola, cada vez con un tono de voz menos paciente y amigable. Así continuo quizá por unos quince minutos más, hasta que Joan terminó, evidentemente molesto, por alejarse de ahí.
El sol continuó su recorrido y muy pronto amaneció. Afuera, sobre los cielos, el astro permaneció durante todo el día impávido, mudo.
Pilar y Laia no asistieron a la escuela, y nadie pareció interesarse en ello. Desde temprano se perdieron entre los locales del área comercial, visitando a sus pocos amigos disponibles. Luego, comieron en casa de una amiga de la madre de Laia y pasaron las primeras horas de la tarde en el área de juegos - un terraplén de un par de kilómetros de extensión con algunos juegos infantiles y una burda cacha de fútbol- en la zona posterior de la breve comunidad.
Ya luego, tras asegurarse de que podían hacerlo sin alguna clase de interrogatorio de por medio. regresaron a su casa. Un par de horas después, del cuarto de ambas, en donde se habían autoexiliado, procedían solo balbuceos.
La parte final de la tarde había transcurrido calmada, casi en completo silencio.
Dentro de la habitación, las pequeñas se encontraban dentro de una extraña esfera, una que los mantenía en un ánimo lento, como presas de un cansancio que bordeara los linderos de lo triste. Conversaban someramente, como deseando tender puentes entre ellas, evitando que el silencio aislara a una de la otra.
Mientras conversaba con Laia, Pilar recordaba también una conversación padecida con su padre algunos días atrás.
- Nadie se ha muerto por que su familia se separa- , había dicho él cuando aquella conversación comenzaba a palidecer en medio de su inevitable conflicto emocional. Ella enjuagándose las lágrimas, por causa de lo hiriente de esa y otras frases de Joan, recriminó "llorar no por temer a morirse, sino por ver como la estabilidad que ella conocía se diluía entre sus dedos". Y recriminaba llorar porque en la nueva realidad que le tocaba afrontar, se quedaba nuevamente sola. Joan intentó abrazarla, decirle que él estaría siempre con ella, que la soledad no era una posibilidad. Ella, claro, lo rechazo tajantemente. Él había sido, antes, de mamá; después, de un par de mujeres que ella apenas y había conocido, y por último, le había pertenecido a la estúpida de Llura. Ella en sí misma, hasta ahora, solo le pertenecía a alguien más, a Laia. Y ahora las separarían para siempre.
Luego había tenido que correr de su padre, escapar de Joan, hacía cualquier parte.
Y ahora lo hacía de nuevo, solo que en pensamientos y en el breve espacio de aquella habitación.
Desde afuera de la habitación, en algún momento, Pilar les había hecho saber que iría a la ciudad, y que Laia le acompañaría. Tenían algunas cosas que arreglar, asuntos legales, y que regresarían hasta la noche. El tono de voz de Joan, duro, inflexible, no dejaba lugar a dudas. Los dos adultos irían a la ciudad a realizar exactamente eso, algo legal, no a intentar revivir cualquier clase de "chispa" o de cordialidad entre ellos. Las niñas no debían de ilusionarse con eso, como ya había sucedido en su momento. El asunto sencillamente respondía a estímulos fríos y necesarios, nada más.
Ya solas en la casa, la tarde siguió diluyéndose en medio de aquella pesada atmósfera hasta casi tornarse en noche, al tiempo que ellas jugaban brevemente, como si de momento consiguieran olvidar lo penoso de su situación, o al menos lo intentaran. Un par de muñecas baratas y un auto convertible que difícilmente ajustaba al tamaño de las mismas se paseaban entre sus manos, al tiempo que ambas improvisaban diálogos sobre una supuesta visita a la cuidad que disfrutaban sus ficticios personajes. Por la ventana de la habitación se colaban las últimas trazas de luz del día que se extinguía. La noche lo era ya en muchos sentidos. Afuera, parvadas invisibles de pajarillos susurraban quedamente entre el follaje de los árboles, anunciando que se disponían a dormir. El transito y sus bramidos, en la 55, comenzaban a disminuir, transformándose en la simple imagen mental de un arroyo de luces y sonidos motorizados.
Las niñas permanecían sin encender la luz, requiriendo acercarse en un par de ocasiones a la ventaba para seguir con su juego lleno de murmullos. De vez en vez miraban hacía afuera sin buscar nada en particular. Pilar, atendiendo muchos detalles al mismo tiempo, se concentraba levemente en la blanca y poderosa luna que se catapultaba ya por las alturas, invencible a pensar de la temprana hora. Ella recordó la pequeña oración que había levantado la noche anterior, ese "Mantén unida a mi familia... aún sobre mis padres..." que había dejado salir de sí misma con toda la sinceridad y denuedo que conocía. La frase le parecía todavía correcta; el sentimiento, había crecido.
Permanecieron así, juntas, hasta que anocheció casi por completo.
- Pilar, mira, ¿Ves eso?- Laia señaló algo a la distancia; un algo que Pilar no había podido mirar de tan concentrada como estaba en la blancura de la luna, en todo y en anda al mismo tiempo. Giró su vista, y, sí, claro que lo vio. Recortada su visión por el marco de la ventana, muy por encima de la perspectiva en la cual podía ver el contorno del edificio de Prixamar, algo parecía flotar en el aire a una altura indecible. No era algo físico, material, y tampoco era un efecto normal del oscurecimiento. Sobre todo, era inmenso. Ahora podía mirarse, pero resultaba seguro que conforme desapareciera la última traza de luz, se confundiría con la noche hasta volverse invisible.
- ¿Que es?- preguntó Laia, quien nunca había visto nada similar. Pilar no supo responderle en primera instancia. Tampoco había visto nada semejante, pero, solo como marco de referencia descriptivo, no porque fuera tal cosa, le pareció una ola, una inmensa ola que surcara los cielos, de un extremo al otro del horizonte. Algunos años atrás había pasado una temporada vacacional en las playas de Baltenerra, en compañía de su padre. Recordaba como en el sitio justo en donde el horizonte se convertía en océano, inmensas olas, lejanísimas, aparecían y desaparecían lentamente. Quizá cada una de ellas tuviera diez o quince kilómetros de extensión, sucediéndose con toda frecuencia. Parecían ser cosa de otro planeta, u otra dimensión. Pilar pensaba que debía producirse algún ruido al golpear toda esa agua en contra de sí misma, pero como no se sincronizaban con ninguno de los ruidos circundantes, adquirían un aire etéreo aún más marcado. Y de igual manera sucedía con eso que flotaba en las alturas, con esa inmensa ola que flotaba desde donde podían ver y que parecía acercarse cada vez más hasta su punto de referencia. carecía de sonido y aunque la veían moverse, parecía estática al mismo tiempo. Avanzaba con extrañeza y parecía no poder sincronizarse con nada a su alrededor. Daba la impresión, completamente, de estar fuera de contexto
- Pilar ¿De que estará hecha esa cosa?-
- ¿La ola? A eso te refieres - Pilar respondía presa de sus propios pensamientos-, de agua, de vapor, como todas las nubes...-
- Y de oscuridad...- Completó Laia.
Si, claro. Aquella cosa que avanzaba lenta y calladamente parecía, además estar hecha de oscuridad. Tenía un color negro de tonalidad penetrante, como el que adquieren las nubes cuando se formaban tormentas en esa parte del estado, en agosto o septiembre. Las nubes de tormenta eran densas, pesadas y regularmente brillaban desde sus entrañas por causas de los relámpagos que anidaban. Pero esa ola inmensa no parecía tener tales características, ni densa ni pesada. Por el contrario, daba la impresión de ser ligera, quizá apenas como una delgada capa cósmica que comenzara a cernirse sobre todo.
A la lejanía, en donde la noche resultaba ser ya plena, las luces de la ciudad se encendían y dotaban de un ambiente más amable a la vista.
Muy pronto oscureció y la ola celeste se perdió de vista por completo. Lo que habían visto les había parecido algo propio de las noticias de las diez en la televisión. Algún fenómeno que no pasaría desapercibido por el canal, lo mismo que los halos solares y las intensas oleadas de calor que de vez en cuando se reportaban sin falta alguna.
Era algo, además, que bien podía haber sido producido por la luna. Algún efecto similar a las mareas altas.
O a las plegarias contestadas.
- Debe de estar sobre nosotros, ahora- , pensó Pilar poco después. La había visto moverse cubriendo el horizonte y supuso que su trayecto, según la velocidad con que se movía, había sido completado sobre la totalidad del cielo. Laia le confirmó tal pensamiento cuando interrumpió sus pensamientos y señalo la ventana.
- Mira, también le ha afectado.-
Laia indicaba con sus pequeños dedos la ubicación de la luna en las alturas. Era como mirarla a través de un filtro que consiguiera alterarla. El cuerpo celeste había adquirido un tono amarillento, difuso. El mapa selenita había desaparecido casi por completo, reduciéndose apenas a manchones sin sentido. Pilar pensó que algo estaba mal en todo eso. Quizá la ola que habían visto fuera alguna clase de contaminante, alguna sustancia que hubiera escapado de alguna instalación fabril y que ahora estuviese dañando la atmósfera sobre de ellas. No sintió miedo, pero inmediatamente tuvo precaución. ¿Y si era algo que dañase al ser respirado? ¿O con capacidad de quemar, por ejemplo, la piel o los ojos?
- Laia, alejémonos de la ventana...-
- ¿Por qué? ¿Hay algo malo...?-
- No lo sé... solo aléjate...-
Las niñas se acercaron a su litera permitiendo que la luz de la luna que se colaba por la ventana formara un rectángulo de luz sobre del oscuro suelo de la habitación. Se sentaron sobre la cama inferior y desde ahí miraron como aquella luz parecía tener una coloración además azulada, a pesar del tono amarillento de la luz expedida por el astro. Era un tono como el de neblina.
Si, exactamente, como el de un banco de neblina que filtrara la luz del alumbrado de la carratera.
- Presta atención...- dijo Pilar. El aire afuera de la casa estaba volviéndose denso, pesado, tal y como sucedía cuando en los días de invierno la temperatura descendía dramáticamente al anochecer y se formaban bancos de humedad provenientes de los terrenos con vegetación alrededor de la casa. Pero no se sentía frío, no como el necesario para que apareciera tal cosa.
Todo aquello era completamente inusual.
Muy pronto y para sorpresa de ambas, una densa nube de rocío se manifestó del otro lado de la ventana. Las cosas en el exterior apenas podían mirarse, envueltas en la humedad pulverizada que flotaba por todas partes, recreando en apenas momentos después una espesa cortina de aquella neblina tan anticipada.








0 comentarios:
Post a Comment