Now I cry for daylight
Daylight and the sun
Now I cry for daylight
Daylight everyone
Daylight in my heart
Daylight in the trees
Daylight kissing everything...
Daylight in the fields
Daylight mountains
Fire kisses the floor
Of the lakes and makes shadows...
You gave me this Your fire becomes a kiss...
"Dayligth and the sun"
Anthony and the Jonhsons. The Crying Ligth. 2009.
Daylight and the sun
Now I cry for daylight
Daylight everyone
Daylight in my heart
Daylight in the trees
Daylight kissing everything...
Daylight in the fields
Daylight mountains
Fire kisses the floor
Of the lakes and makes shadows...
You gave me this Your fire becomes a kiss...
"Dayligth and the sun"
Anthony and the Jonhsons. The Crying Ligth. 2009.
1
- Esta decidido. No hay más...-
Joan cerró con esa frase el pequeño discurso que, por poco más de veinte minutos, había expuesto con toda dificultad. El reducido público que atendía a sus palabras esgrimía lloriqueos débiles y espasmódicos una y otra vez, y ya sin otra cosa que agregar, el gesto férreo del hombre sirvió como el colofón que dio por terminado el asunto. Todos comprendieron que cualquier otra palabra saldría sobrando.
Sin que nadie se diera cuenta del paso real del tiempo, afuera había caído la noche. Su manto protector se cernía invencible sobre toda los rincones internos y externos de la casa en donde, apenas unas cuantas almas, se reunían en lo que debió de ser una sala, pero que por su decoración y salpicado variopinto de muebles podría pasar al mismo tiempo por cuarto de lavado y televisión.
Ahora solamente era un enorme espacio sin sentido.
Afuera, frente a la casa, un viento más que discreto sacudía levemente los árboles que la cercaban, agitando sus ramas y desprendiendo el seco follaje que en esa época del año, todavía a un par de meses de distancia del invierno, comenzaba a abundar llenado de hojas muertas el suelo, las canaletas, alcantarillas y todos los rincones posibles. Frente a la casa, una colección de Ficus de no más de un metro y medio de alto se sacudían lentamente. Detrás de la misma, había matorrales y un par de rosales; estos también sucumbían al viento y dejaban escapar sus hojas rebeldes hacía la nada.
Resultaba ser pleno otoño, pero no uno de esos hermosos que uno puede mirar en postales, llenos de colores cobrizos con tonalidades rojas y azules propios de países en donde no se habla de carestía y pobreza alarmante, sino que aquel era un otoño seco y polvoriento. Una extraña combinación de circunstancias en donde abundaban los insectos rastreros y los continuos descensos de temperatura, tal y como si el clima fuera una vela que se agitara de manera caprichosa e imprevisible ante el soplido de un gigante invisible.
La casa, incrustada en el medio de una pequeña área comercial y de descanso para los viajeros, se encontraba sobre la vieja carretera interestatal #55, llamada oficial y solemnemente Carretera Interestatal Doriega, pero conocida simplemente para sus transeúntes comunes como la "55". Dicha carretera atravesaba una interminable llanura desértica a la mitad del país e iba de ningún poblado importante a ningún sitio con relevancia. A los costados del área comercial erigida al lado de tan importante carretera se levantaban dos estaciones de recarga de combustible, una franquicia de Maxi Súper, una veintena de comercios varios -algunos restoranes, dos hoteles de paso, algunas lonjas mercantiles e incluso una dulcería- además varios lotes abandonados. Al centro del área comercial, se encontraban unas quince casas habitadas por los dueños de los comercios, y a unos veinte minutos de distancia, hacía el sur, se encontraba la ciudad de Minas Seroes.
Dentro de la casa, en el mismo cuarto donde el hombre férreo que había estado hablando, estaba reunido con su pequeño público, una viejísima máquina lavadora descansaba pegada al extremo derecho de la habitación, introduciendo en la pared una tuberías de cobre romo que contrastaba con todo lo que podía encontrarse a la vista y que, tal y como si fuera el brazo de un espía alienígena metálico y cúbico, permanecía en completo silencio sumido en una sombra tenue y discreta.
En el centro del lugar se encontraban dos sillones y una mesa traída del cuarto contiguo - elemento que confundía todavía más la decoración- y que eran ocupadas por la que hasta ese momento se había conocido, ungida por el apellido paterno, como la familia ***.
Joan, el padre, miraba a las dos niñas que sentadas atendían con rostros indescriptibles el recién agotado río de palabras que había expresado. Al lado de ellas, en un love seat que había visto mejores épocas, se hallaba una mujer delgada que, imitando un gesto roedor, se había acurrucado por completo en el fondo del mismo, levantando las piernas y escondiéndolas debajo de su cuerpo.
- Es lo mejor... Debimos hacer esto hace años...- dijo el hombre interrumpiendo el silencio que él mismo había introducido.
- Pero... Papá... Esto no es posible...-
- Pilar, esta hecho... Mamá también esta de acuerdo...- contesto imperativamente Joan.
La niña se giró y miró a la mujer a su costado. Un gesto helado abundó en su rostro. Ella no era su madre, no hasta que cumplió los cinco años - lo recordaba perfectamente- y ella había llegado a la casa como una extraña intentando llenar un hueco para el que jamás estuvo siquiera capacitada. Pilar recordaba que cuando ella -ahora carecía de nombre, resultaba ser simplemente "ella"- llegó no sabía cocinar nada que requiriera de más de cuatro ingredientes para su preparación.
Valiente madre postiza.
La mujer guardó silencio y continuó mirando hacía ninguna parte, tan atenta y abstraída al mismo tiempo que la niña tuvo que obligarse a creer que ambas participaban de la misma conversación.
- Anda, díselo - dijo Joan comprendiendo que Llura se podría pasar de nueva cuenta la noche entera en silencio- ¡Anda! ¡Di algo!-
La mujer no reaccionó. No tenía caso. El asunto estaba ya perfectamente anunciado, explicado y cerrado.
Fue Pilar quien arañó el silencio.
- Papá, ¿Estas escuchando? ¿Estas ESCUCHÁNDONOS A NOSOTRAS? ¡Tenemos días hablándote a gritos! ¡Ustedes no pueden separarse!-.
Ese concepto, SEPARARSE, vibró en el aire por un segundo como si fuera un objeto incandescente que llenara con un zumbido el espacio de aquel salón. Eso era lo que estaba sucediendo y era el principal, único y, seguramente, el último motivo que reunía a la familia. La niña más pequeña, al lado de Pilar, resultaba al momento una mera espectadora de aquel asunto. Llevaba y traía su mirada de un lado a otro, atendiendo a Pilar, a Joan y a la figura de su madre sin participar de cualquier otra manera. Sus ojos llorosos también resultaban ser barreras impenetrables. Ella, a diferencia de Pilar, podía llamarla mamá. Y ahí residía todo el problema. Pilar era hija de Joan, pero apenas "amiga" de Laia, cosa que no había impedido que entre ellas se formara un lazo que rozaba en lo sanguíneo, una especie de buena voluntad capaz de cualquier cosa, y sobre todo, de dolerse hasta la muerte por causa de lo que ahí estaba sucediendo. Se amaban entre ellas como muchos hermanos carnales no lo hacían, con amor de niños que comparten un mismo y único bocado.
- ¡No lo permitirán! ¡Nadie lo permitirá!- Pilar casi gritaba al hablar, emocionada, como si repentinamente hubiese dado con algún dato importante, - ¡Nadie permitirá que se separen y lo sabes bien papá...! Hace mucho que tu negocio no avanza, y ella, ella, bueno, nunca ha trabajado en nada... todos lo sabemos... ¿A dónde iríamos nosotras? Las autoridades - ella pronunció tal palabra casi con admiración, con el respeto de quien se juega un importante comodín escondido bajo la manga- vela por el interés de los más pequeños... ninguno de ustedes dos puede cuidarnos, no por separado... juntos pueden tener la posibilidad de...-
- ¿Qué? Pilar ¿Dónde escuchaste eso? ¿Quién te ha dicho tal cosa?- Interrumpió Joan.
Ella se sonrió internamente y en su exterior alcanzo a definir una ligera mueca de gusto al contestar a su padre.
- ¡En la escuela! Lo ha dicho la profesora. Se lo preguntado, yo misma...-
- ¿Has hablado con alguien sobre esto, sobre nuestros problemas? ¡Dímelo, inmediatamente!-
- ¿TUS problemas? ¡Son mis problemas también! Pregunte por mí, y por mi hermana...-
En el love seat Llura se sonrió sin disimulos. Siempre lo había parecido chocante la actitud de esa niña malcriada, llena de iniciativas tontas, o ridículas, y hasta peligrosas; su hija estaría bien lejos de ella, no quería verla crecer rodeada de tal influencia.
- Pilar, no quiero que hables de esto con absolutamente nadie ¿Me escuchaste? ¿Lo entiendes? Esto no tiene nada que ver con ninguna otra cosa. No estamos en la pobreza total. Yo tengo algo de dinero, ahorros, estaremos bien... Tú y...- Joan estaba por concluir esa frase, pero repentinamente se contuvo. Dejo escapar el resto de la oración a través de su mirada, contemplando de lleno a Pilar. Todos comprendieron, al menos Llura y, quizá remotamente, Laia. Pero a fin de cuentas Pilar no tuvo que escuchar la frase completa para saber que es lo que estaba diciendo su padre.
El corazón se le encendió.
- ¿Qué dices? ¿Por qué insinúas algo tan horrible? ¿Acaso no nos quieres? ¿A todos, a las dos, juntas...?-
Joan iba a contestar algo, quizá lo correcto, quizá un atenuante a su frase inconclusa, pero sus ojos lo traicionaron nuevamente. Dejo escapar el real reflejo de lo que estaba pensando: "Tu y yo, nada más".
Su hija dejo escapar un suspiro inevitable. Joan estaba por decir otra cosa cuando Pilar se levantó de su lugar y caminó a lo largo de todo el cuarto, en escape pleno hacía su habitación. Azotó la puerta detrás de sí cuando se perdió por el marco de la misma dejando a su padre con una frase entrecortada en la boca.
Laia se impresionó al borde del susto y comenzó a llorar, momentáneamente en silencio. Ahora si que todo estaba roto. Lo de sus padres, muy bien, pero ¿Pilar? Su reacción la impresionó hasta el límite.
Joan agitó la cabeza y se llevo una mano al rostro. Eso era exactamente lo que no quería que sucediera: una escena nerviosa y de tintes más emotivos que racionales.
Pero claro ¿Cómo pedirle eso a un par de niñas? Había tenido el cuidado de reunir a todos con delicadeza y expresarse lo mejor que podía hacerlo. No había existido escena de gritos, insultos, llamaradas y cuentas pendientes ocultas por años y que de repente salieran volando por los aires. No hasta el último minuto.
Laia se levantó con rapidez y fue hacía su madre. Ella la recibió con un abrazo acogedor. A fin de cuentas, eran la parte más importante de su corazón. ¿Qué podía hacer sino preocuparse por ella? Quizá, también, no resultaba muy pronto como para comenzar a pensar en otra forma de mantenerla a buen resguardo, vestida y con dos comidas diarias en el estómago. Tal vez era momento de ponerse nuevamente "en circulación", si la expresión era válida. Podría comprar algo de ropa bonita y visitar algunos bares de buen gusto; a fin de cuentas, así había conocido en primera instancia a Joan. Laia se separó del abrazo de su madre y corrió entonces tras Pilar. Llegó la puerta de su habitación y entró sin llamar siquiera, cerrando tras de sí tal y como lo había hecho su hermana apenas un momento atrás.
Tal y como si Pilar hubiera esperado hasta ese momento, hasta que Laia entrara junto con ella, se escuchó correr el seguro de la puerta, aislando a las dos niñas del resto de la casa.
Pilar suspiro y miró de reojo a Llura.
Un momento después tuvo el deseo de gritarle, de violentarse con ella.
Pero no hizo nada de eso. Ese no era su carácter. Seguir tal sentimiento resultaría una cosa meramente emotiva, de esas de las cuales uno se arrepiente apenas después de haberlas hecho.
- ¿Vas a estar ahí tirada toda la noche?- Preguntó Joan, en todo caso.
Ella levantó la vista y lo miró sin sentimiento alguno, ni molestia ni aburrimiento ni nada similar. Simplemente lo miró, como a un desconocido que pregunta la hora en un sitio atestado de gente. Luego regreso la mirada sobre de sí misma, sobre sus piernas acurrucadas en el Love Seat.
- Carajo... ni siquiera puedes responder una sencilla pregunta...- Joan entonces salio dando grandes zancadas hacía su propia habitación y estrelló la puerta tras de sí cuando entró en la misma.
Igual a lo que Pilar había hecho.
Llura, sin que le importara en realidad, se sonrió sarcásticamente en medio de la repentina soledad en la que se había quedado. La pequeña era idéntica a Joan en muchas cosas, en más de las que le hubiera gustado aceptar. El mal carácter los unía, sin duda.
Solo quedo entonces, ahí, dos habitaciones cerradas y un pequeño espacio abierto, en donde ella se encontraba.
- Al menos habrá silencio esta noche.- Pensó Llura mientras se acomodaba nuevamente sobre del sillón. Pasar la noche ahí no era lo peor que le podría suceder, estaba segura.
Afuera, el viento seguía sacudiendo los árboles y desgranado las ramas de los árboles. En algún momento, el aullar de un perro comenzó a recorrer el aire a la distancia. El animal parecía estar sufriendo, de hambre, o al menos de frío. Ese anticipado invierno hacía de las suyas sobre las calles, desparramando toda clase de cosas en todas partes. Quizá complicaba también la búsqueda de comida del animal. La gente sacaba la basura de sus casas hasta la mañana, cuando el frío y el viento habían desaparecido.
Así eran las malas temporadas: todo salía, pues, sencillamente mal, y así seguía. No había excepciones a la regla, y en lo referente al ulular del invisible perro hambriento, Llura pensó que así seguiría, al menos hasta donde podía escucharlo.
Ella lo escuchó durante un buen rato, un par de horas quizás, ya entre sueños, cuando al fin se quedo dormida un rato después, pensando en qué tipo de vestido seria conveniente comprarse primero, si algo discreto, negro, o algo más jovial, un vestido rojo quizá; ¿Qué le gustaba a los hombres en esta época del año? Bueno, con un buen vestido, sobre todo corto, por encima de la rodilla, nunca podría equivocarse. Lo único que restaba por solucionar era como explicarle a Laia, y al supuesto hombre que pudiera conseguirse, la existencia de la contraparte en esa ecuación.
Bueno, quizá eso tampoco importaba.
Poco después una burbuja de sueño descendió sobre la casa y todos sus habitantes permanecieron tranquilos hasta poco antes del amanecer pleno, sin mayor contratiempo que el de un denso murmurar en la habitación de Joan y algunos sollozos en la habitación de las niñas.
Ahí, donde se encontraba una litera que compartían Pilar y Llura, las cosas resultaban un tanto diferentes a la calma que se apreciaba en la habitación de Joan y en el espacio donde permanecía Llura; esa noche las dos habían dormido en la cama inferior de la litera. Laia no se movía, dormía plenamente, pero Pilar era caso aparte.
Un destello de luz se colaba ya por las ventanas y la descubría despierta. Ella no sabía que día era, ni le importaba. Solo contaba que a partir de la noche anterior, los días en que podría dormir - tal y como lo habían hecho, rodeada y abrazando a su hermana- estaban contados. La había convencido sin problema de dormir juntas; se habían acurrucado amorosamente en una revoltura de sabanas y almohadas, la contra la otra, percibiendo, quizá en la espalda, o en un brazo, incluso en una pierna, el respirar de la otra.
Aquella había parecido una amorosa escena animal, quizás la de una camada de pequeños y hermosos roedores en el fondo de una tibia madriguera en el bosque.
Algo tenía que suceder, en definitiva, que impidiera que las separaran. Ese fue el deseo tácito expresado durante aquella larga noche.








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