Friday

PL 33

No hubo incendio al otro día y Garaitz llegó a casa después de trabajar sin contratiempo alguno.

El sábado Mikel lo pasó callado, ausente. Las entregas se realizaron a un ritmo menor que el acostumbrado, dado que el roce del metal de la bicicleta contra su entrepierna, provocaba repetitivamente un ligero destello de dolor en la herida todavía sensible.

En la mañana había sangrado nuevamente. Sucedió cuando cargó los paquetes y los montó en su pedestre transporte. Bastó un poco de papel y la incomodidad de colocárselo entre la piel y la ropa interior en el sanitario del local -como si utilizara toallas sanitarias, pensó apenado al tener que hacer aquello- para detener el ligero flujo. Luego de las primeras gotas resultó ser transparente y de duración breve. Esa era una buena noticia. Aparentemente se alejaba el fantasma de la infección con toda rapidez.

Estaba triste, sumamente deprimido.

De alguna manera, antes del enojo, del "deseo de vengarse", de actuar de alguna manera distinta a la que estaba acostumbrado, una ligereza de carácter y la clásica apatía de quien ha visto perder sus muchas cosas lo embargaron. Entregó Guppys y Artemia, recibió contra recibos, conversó con Lander, intercambió comentarios y alguna amabilidad con los clientes, y en cada caso, en cada minuto, no era él quien realizaba aquellas acciones. Era una caricatura de sí mismo, un boceto desdibujado.

Deseó hablar con alguien, con quien fuera. Su madre, Lander. Incluso por algún momento -como si el mundo estuviese limitado entre tales barreras y conocidos- con la profesora Elixabete. Le hubiera gustado decir lo que había sucedido el día anterior, y sobre todo, las extremas sensaciones que había padecido; desde aquel horroroso pavor cuando escucho a Arnalt decir aquello de "márquenlo", hasta la vergüenza y debilidad de tener que lavar su ropa en la regadera, sucia de sangre e impotencia como estaba. Pero aunque tuvo muchas veces la oportunidad -argumentar lo contrario resultaba mentir- no lo hizo; Lo que se anidaba dentro de él no era una fuente a punto de estallar, un geiser. Era una roca, algo que se había hundido pesada y rápidamente en un despeñadero que sin duda existía dentro de sí.

Mikel estaba preso, de nueva cuenta, de su inmensa capacidad para reaccionar emotiva y sensorialmente, antes que de cualquier otra manera.
Él mismo se percataba de eso. Uno no se escapa de las garras de sus reacciones de toda la vida por que un médico -al que a fin de cuentas no abandonaron, sino al que simplemente le pusieron un poco de distancia- diera algunas recomendaciones y escribiera en un papel cualquier cosa que en teoría pudiera ayudarle. Cambiar estaba lejos, sobre todo porque no sabía a ciencia cierta cómo hacerlo. Solo había recibido buenos consejos, no instrucciones, procedimientos, cualquier tipo de asesoría en forma.
("Los elementos deben ser hallados, el método, y la oportunidad")
Mikel sacudió la cabeza.

Un par de horas antes de terminar con sus labores, y mientras pensaba en todo eso, aquella frase había vuelto a rondarlo. Lo hacía con la sensación de una mosca o un abejorro volando a su alrededor, provocando un zumbido molesto y una inevitable y efímera sensación de alerta. Si tenía que atenerse a la verdad más dura e ineludible, solo las pesadillas le habían orientado, solo ellas le habían otorgado una manera de actuar.
Llegó a preguntarse si todo lo que estaba sucediéndole -adentro, al nivel de sus pensamientos- era resultado de que algo se hubiese descompuesto, o dañado en su cabeza. Recordaba todavía la pesada carga nerviosa que lo rebasó cuando lo de Zuri. Aquello no resultaba sencillo de olvidar. Luego, si lo consideraba con detenimiento, en aquellos mismos días habían comenzado los malos sueños, los pocos que sucedieron y que involucraban un sentimiento que sugería la presencia de un ser imposible, de una cosa que a la postre, había descubierto se alimentaba de, de... no sabía de qué. ¿Gente? ¿Huesos, carne putrefacta?
En todo caso, estaba yendo demasiado lejos con aquel asunto. Seguramente las pesadillas eran el resultado de todo el estrés, de la oscura cadena de acontecimientos que hasta el día anterior aún se habían extendido.

- Es mi cerebro -puntualizó- trabajando a marchas forzadas... son todas esas malditas hormonas, como dice Lander... nada más... No estoy volviéndome loco...- Se repitió a sí mismo una y otra vez, pedaleo tras pedaleo, sensación tras sensación.

(Pero, Y el aroma en el autobús ¿No fue real? ¿Recuerdas? La gente tuvo que cambiar de transporte...)

Mikel no pudo más. Se propició una reacción virulenta y detuvo violentamente la bicicleta, se bajó de ella estando aún en movimiento y la dejó caer casi al borde del muro que franqueaba en ese momento. Se llevo las manos al rostro mientras un gesto de frustración lo recorrió de arriba hacía abajo.

- ¡Maldita sea! ¡Carajo! -asestó en contra del aire en voz alta- ¡No esta sucediendo nada conmigo! ¡Nada!-

Algunos peatones se giraron a mirarlo, ya que con las manos sobre la cara y por la manera en que se frotaba la misma, daba la impresión de haber sido atacado con gas pimienta.

- ¡Carajo! ¡Hay que detener esto! ¡Que se termine! Por favor... ¡Por favor!-

En medio de un silencio demoledor, de pronto estaba llorando con mucha fuerza.
A un metro de él, derrumbada, las ruedas de la bicicleta seguían girando con toda velocidad y una mancha líquida se esparcía desde su canastilla metálica. Dentro de esta, una bolsa de Guppys había explotado al caer y los pececillos brincaban en la oscuridad, sofocándose rápidamente, abriendo los ojos al tope y expandiendo las branquias hasta donde les resultaba posible.
Mikel llegó a escuchar eso, como la bolsa se reventaba, y negaba con la cabeza, como si al mismo tiempo escuchara el discurso de alguien que desde muy lejos estuviera hablando inequívocamente para él.

- No puede estar sucediéndome nada malo... nada... Siempre he sido una buena persona... siempre...-

(Los Guppys también. Siempre han sido buenos. Tanto que solo han comido y defecado sin hacerle mal a nadie. Y están muriéndose a unos centímetros de ti, sin motivo, irracionales. No se hacen preguntas tontas, solo saben que les hace falta el elemento vital...)

- ¡Pero yo no soy como ellos! ¡Yo no soy de ellos! ¡Esto no puede estar sucediéndome! ¡No a mí!-

Algún bienintencionado debió de intentar un acercamiento a Mikel, pero este, con su mero lenguaje y actitud corporal, podía alejar a cualquiera sin proponérselo siquiera. Se movía de un lado para otro apenas perceptiblemente. Mirarlo era como atender a algo que intentaba escapar de una prisión que le ajustara demasiado, como una mariposa intentando vencer la crisálida en donde ha hibernado y crecido.
Pero Mikel no era una mariposa; claro que no. Era otra cosa.

Poco después la fuerza de su arrebato diminuyó considerablemente. Al menos lo necesario como para entresacar el rostro de las manos y volver a concentrarse en su alrededor. La tarde era cálida y agradable. El sol comenzaba a pintarse de un color anaranjado y marrón al mismo tiempo. La gente -poca en realidad- transitaba sin preocupaciones ni miramientos, y solo de vez en vez, lo observaban con algún interés disminuido, como quien mira un grafiti en la pared. Mikel buscó y encontró la bicicleta a su costado esperando pacientemente por él. Notó la macha de agua y se agachó para mirar mejor. Se dio cuenta a plenitud de lo sucedido. Levantó la bicicleta y abrió la caja metálica. Sus ojos se toparon con los de decenas Guppys inmóviles, flácidos. Tenían ya minutos de haber muerto y los ojos, como agujeros vacíos, no respondían de ninguna manera.

Al lado de ellos, encima y debajo, dos bolsas más permanecían intactas. Otros tantos pececillos se movían ahí con total indiferencia.

Mikel levanto y colocó la bicicleta en el muro a su costado. Él mismo también se recargó ahí y tras un largo suspiro se dedico a mirar, con los ojos enrojecidos y atacados por la luz del sol que caía ya casi perpendicularmente, a la gente que poco a poco pareció disminuir conforme era más tarde. Hasta ese momento reconoció el lugar en dónde estaba. Solo hasta poco antes que había conocido ese sitio. Estaba prácticamente en la desembocadura de una calle que asomaba sus perfiles en contra de pequeña plazoleta, un lugar por donde transitaba en dirección de "Ocean's Drive", un acuario que se perfilaba como un enorme cliente. Estaba a dos o tres minutos de ahí, y pensó que en definitiva la última entrega pendiente –justo para la gente de Ocean's Drive- no se completaría esa tarde, sobre todo porque se acaba de perder la tercera parte del producto. ¿Cómo se lo explicaría a Lander? Bien, aquel no era su principal problema. Seguramente su primo tenia ya algunas cervezas encima y junto con sus amigos, estaban ausentes de todo, escuchando su música para viejos.

La gente siguió desapareciendo y él continuó mirando sin motivo fijo durante un buen rato. Ya comenzaban a despuntarse los primeros asomos de la noche, cuando Mikel miró a la lejanía algo que lo sacó del incipiente estado hipnótico en que la terrible depresión, que crecía dentro de él, parecía querer sumergirlo.

A lo lejos vio una figura que le resultó familiar. Por contraste, sobre todo.

A pesar de todo, del llanto, de los pliegues de los ojos irritados, la vista de Mikel seguía siendo joven. Afinó su visión a unos veinticinco metros de distancia y el pulso respondió instintivamente. Se aceleró tal y como lo haría en un ataque de nervios.
La figura a cual atendía avanzaba con toda tranquilidad, inserta en un grupo de cinco o seis muchachos de su edad. Todos estos iban de camisa blanca y pantalones oscuros. Un par llevaba saco y uno incluso corbata. Caminaban de manera amable, despreocupados de cualquier cosa que sucediera a su alrededor. Se movían al fondo de la plazoleta, escuchando a un hombre de cabello cano y muy alto. Se veían realmente concentrados en sus palabras y por un segundo, el grupo completo dio la impresión de ser un moderno séquito siendo instruidos por algún filósofo de renombre. Parecían religiosos, o en todo caso, estudiantes de alguna escuela muy cara, una de esas de uniforme elegante. Mikel notó que todos ellos llevaban una especie de carpeta y algunos papeles sueltos. De pronto todos sonreían y afirmaban, dándole razón al hombre que hablaba calmadamente entre ellos. Era algún tipo de maestro, instructor, guía o consejero. Y a su mano izquierda estaba la figura que mantenía en vilo a Mikel. Avanzaba lentamente, como si de alguna manera mantuviera un lugar de privilegio en el grupo.

Era Arnalt. Mikel no tenia duda. No podía tenerla.

Recargado como estaba en el muro, se movió de tal manera que chocó lentamente con la bicicleta. Asió el manubrio y la tomó para salir de ahí. Se movió paralelo al muro.
Era exactamente la hora en que el sol destilaba sus últimos rayos de luz por sobre del horizonte.

- Tengo que moverme…rápido… -

El primer instinto era salir de ahí corriendo, en cualquier dirección. Pero la humedad en el metal de la bicicleta le recordó que había una entrega más por realizar.
(“No importa, escapa de aquí”)
Mikel negó con la cabeza. Importaba y mucho. Tanto que seguía aferrándose al manubrio, como si en eso se le fuera la vida. Un muchacho menos valiente, o tal vez alguien mucho más traumatizado, se hubiera orinado en ese preciso instante. Pero no Mikel. Conservaba integro su raciocinio y capacidad de reacción. Por eso supo que con escapar tenía suficiente.

Para resolver la última entrega Mikel tenía que atravesar aquella misma plazoleta, lo cual fue el único motivo que tuvo para no salir de ahí por la misma ruta por donde había llegado. Se encaramó en su pequeño transporte y pedaleó con toda la discreción que pudo mientras se adentraba en aquel espacio abierto. En cuanto pudo continuó avanzado pegado a los muros, como un ratón que se mueve furtivo ante la presencia de un ama de casa aún desapercibida de su presencia.
Fue más que suerte, sino verdadera curiosidad, la que lo obligó a mirar al grupo cuando pasó relativamente cerca de ellos. Distanciados apenas por unos tres metros, Mikel contempló el rostro del muchacho. Era Arnalt, ya no existían dudas, aunque llevaba el cabello engominado, zapatos impecables, un cinturón con una hebilla elegante y un reloj de color dorado en la muñeca izquierda. Sostenía un nutrido cúmulo de papeles y su mirada era completamente diferente, una que Mikel nunca hubiera creído podría habitar el rostro de aquel bastardo: abierta, franca, reluciente. Parecía estar listo y apto para salvar al mundo de algún tipo de decadencia moral o de volverse un excelente discípulo y modelo de algún movimiento de tipo puritano. Incluso su cuerpo de veía diferente, relajado, asertivo, confiable.

Mikel siguió pedaleando hasta pasar de completo al grupo y perderse de vista. Se internó en otra calle que desembocaba en la plazoleta, y temblando, en dos minutos estaba en Ocean's Drive. El encargado tachó la cantidad estipulada de bolsas entregadas y escribiendo la nueva cantidad –una menos- hizo que Mikel firmara también de conformidad. El muchacho salió de ahí y dando una enorme vuelta, regresó hasta el local de Lander. Cuando llegó, adentro se escuchaba música y risas. Se limitó a entreabrir la puerta y pasar con la bicicleta sin hacer más ruido. Antes de dejarla en cualquier parte al interior, limpió la caja metálica y extrajo todos los pececillos muertos. Escuchaba la voz de Lander provenir del interior del local y parecía que estaba contando alguna clase de broma. Mikel por su parte seguía temblando, absortó en retirar cada uno de los resbalosos pececillos, pensando en Arnalt, en la persona en que se había convertido de un día para otro. Resultaba casi increíble.

Se retiró del lugar y fue a casa. Garaitz lo ya esperaba con la cena lista.
Mikel comió sin pensar en lo que hacía

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