PL 33
El sábado Mikel lo pasó callado, ausente. Las entregas se realizaron a un ritmo menor que el acostumbrado, dado que el roce del metal de la bicicleta contra su entrepierna, provocaba repetitivamente un ligero destello de dolor en la herida todavía sensible.
En la mañana había sangrado nuevamente. Sucedió cuando cargó los paquetes y los montó en su pedestre transporte. Bastó un poco de papel y la incomodidad de colocárselo entre la piel y la ropa interior en el sanitario del local -como si utilizara toallas sanitarias, pensó apenado al tener que hacer aquello- para detener el ligero flujo. Luego de las primeras gotas resultó ser transparente y de duración breve. Esa era una buena noticia. Aparentemente se alejaba el fantasma de la infección con toda rapidez.
De alguna manera, antes del enojo, del "deseo de vengarse", de actuar de alguna manera distinta a la que estaba acostumbrado, una ligereza de carácter y la clásica apatía de quien ha visto perder sus muchas cosas lo embargaron. Entregó Guppys y Artemia, recibió contra recibos, conversó con Lander, intercambió comentarios y alguna amabilidad con los clientes, y en cada caso, en cada minuto, no era él quien realizaba aquellas acciones. Era una caricatura de sí mismo, un boceto desdibujado.
Deseó hablar con alguien, con quien fuera. Su madre, Lander. Incluso por algún momento -como si el mundo estuviese limitado entre tales barreras y conocidos- con
Él mismo se percataba de eso. Uno no se escapa de las garras de sus reacciones de toda la vida por que un médico -al que a fin de cuentas no abandonaron, sino al que simplemente le pusieron un poco de distancia- diera algunas recomendaciones y escribiera en un papel cualquier cosa que en teoría pudiera ayudarle. Cambiar estaba lejos, sobre todo porque no sabía a ciencia cierta cómo hacerlo. Solo había recibido buenos consejos, no instrucciones, procedimientos, cualquier tipo de asesoría en forma.
("Los elementos deben ser hallados, el método, y la oportunidad")
Mikel sacudió la cabeza.
Un par de horas antes de terminar con sus labores, y mientras pensaba en todo eso, aquella frase había vuelto a rondarlo. Lo hacía con la sensación de una mosca o un abejorro volando a su alrededor, provocando un zumbido molesto y una inevitable y efímera sensación de alerta. Si tenía que atenerse a la verdad más dura e ineludible, solo las pesadillas le habían orientado, solo ellas le habían otorgado una manera de actuar.
Llegó a preguntarse si todo lo que estaba sucediéndole -adentro, al nivel de sus pensamientos- era resultado de que algo se hubiese descompuesto, o dañado en su cabeza. Recordaba todavía la pesada carga nerviosa que lo rebasó cuando lo de Zuri. Aquello no resultaba sencillo de olvidar. Luego, si lo consideraba con detenimiento, en aquellos mismos días habían comenzado los malos sueños, los pocos que sucedieron y que involucraban un sentimiento que sugería la presencia de un ser imposible, de una cosa que a la postre, había descubierto se alimentaba de, de... no sabía de qué. ¿Gente? ¿Huesos, carne putrefacta?
En todo caso, estaba yendo demasiado lejos con aquel asunto. Seguramente las pesadillas eran el resultado de todo el estrés, de la oscura cadena de acontecimientos que hasta el día anterior aún se habían extendido.
(Pero, Y el aroma en el autobús ¿No fue real? ¿Recuerdas? La gente tuvo que cambiar de transporte...)
Mikel no pudo más. Se propició una reacción virulenta y detuvo violentamente la bicicleta, se bajó de ella estando aún en movimiento y la dejó caer casi al borde del muro que franqueaba en ese momento. Se llevo las manos al rostro mientras un gesto de frustración lo recorrió de arriba hacía abajo.
A un metro de él, derrumbada, las ruedas de la bicicleta seguían girando con toda velocidad y una mancha líquida se esparcía desde su canastilla metálica. Dentro de esta, una bolsa de Guppys había explotado al caer y los pececillos brincaban en la oscuridad, sofocándose rápidamente, abriendo los ojos al tope y expandiendo las branquias hasta donde les resultaba posible.
Mikel llegó a escuchar eso, como la bolsa se reventaba, y negaba con la cabeza, como si al mismo tiempo escuchara el discurso de alguien que desde muy lejos estuviera hablando inequívocamente para él.
Pero Mikel no era una mariposa; claro que no. Era otra cosa.
Al lado de ellos, encima y debajo, dos bolsas más permanecían intactas. Otros tantos pececillos se movían ahí con total indiferencia.
Mikel levanto y colocó la bicicleta en el muro a su costado. Él mismo también se recargó ahí y tras un largo suspiro se dedico a mirar, con los ojos enrojecidos y atacados por la luz del sol que caía ya casi perpendicularmente, a la gente que poco a poco pareció disminuir conforme era más tarde. Hasta ese momento reconoció el lugar en dónde estaba. Solo hasta poco antes que había conocido ese sitio. Estaba prácticamente en la desembocadura de una calle que asomaba sus perfiles en contra de pequeña plazoleta, un lugar por donde transitaba en dirección de "Ocean's Drive", un acuario que se perfilaba como un enorme cliente. Estaba a dos o tres minutos de ahí, y pensó que en definitiva la última entrega pendiente –justo para la gente de Ocean's Drive- no se completaría esa tarde, sobre todo porque se acaba de perder la tercera parte del producto. ¿Cómo se lo explicaría a Lander? Bien, aquel no era su principal problema. Seguramente su primo tenia ya algunas cervezas encima y junto con sus amigos, estaban ausentes de todo, escuchando su música para viejos.
A lo lejos vio una figura que le resultó familiar. Por contraste, sobre todo.
A pesar de todo, del llanto, de los pliegues de los ojos irritados, la vista de Mikel seguía siendo joven. Afinó su visión a unos veinticinco metros de distancia y el pulso respondió instintivamente. Se aceleró tal y como lo haría en un ataque de nervios.
La figura a cual atendía avanzaba con toda tranquilidad, inserta en un grupo de cinco o seis muchachos de su edad. Todos estos iban de camisa blanca y pantalones oscuros. Un par llevaba saco y uno incluso corbata. Caminaban de manera amable, despreocupados de cualquier cosa que sucediera a su alrededor. Se movían al fondo de la plazoleta, escuchando a un hombre de cabello cano y muy alto. Se veían realmente concentrados en sus palabras y por un segundo, el grupo completo dio la impresión de ser un moderno séquito siendo instruidos por algún filósofo de renombre. Parecían religiosos, o en todo caso, estudiantes de alguna escuela muy cara, una de esas de uniforme elegante. Mikel notó que todos ellos llevaban una especie de carpeta y algunos papeles sueltos. De pronto todos sonreían y afirmaban, dándole razón al hombre que hablaba calmadamente entre ellos. Era algún tipo de maestro, instructor, guía o consejero. Y a su mano izquierda estaba la figura que mantenía en vilo a Mikel. Avanzaba lentamente, como si de alguna manera mantuviera un lugar de privilegio en el grupo.
Era exactamente la hora en que el sol destilaba sus últimos rayos de luz por sobre del horizonte.
(“No importa, escapa de aquí”)
Mikel negó con
Se retiró del lugar y fue a casa. Garaitz lo ya esperaba con la cena lista.
Mikel comió sin pensar en lo que hacía





0 Comments:
Post a Comment
<< Home