PL 32
En poco tiempo Mikel se quedo profundamente dormido. Se sacudía de vez en cuando, inconciente, como si dentro de su cuerpo alguna especie de motor siguiera trabajando a marchas forzadas, acentuando o evitando algo que solo ahí pudiera discernirse.
Transcurrieron los minutos, los suficientes como para formar una y luego dos horas.
Una especie de rincón donde a veces las cosas resultan calladas, u otras tantas llenas de un ruido descrito sobre todo como incomprensible, aún sobre brutal o ensordecedor.
Existe ese terreno donde los pies ya no te sostienen, ni podrían hacerlo.
Muchos creen que es oscuro, profundo. Y por el contrario, es por completo luminoso.
Sobre todo, son evocaciones. Son difracciones, espejismos de cosas vistas mucho tiempo atrás y que parecen no cambiar. Cuando te acercas, son todas diferentes. Han mutado. Su nombre es el mismo que el de antaño, su forma y estancia parecen ser las mismas, pero sus átomos son tan diferentes que no sabrías como tal cosa ha sucedido. Y no hay esperanza posible, todo ha cambiado, todo ha desaparecido.
Ahí, mirar te cambia.
Ahí, pensar te cambia.
Ahí, imaginar te cambia.
Evocar te altera.
Revivir te trastorna."
Esa noche Mikel recibió la visita de Morgoth. Gigantesco como era, descubrió descansando parcialmente en las paredes, revistiendo con su piel cada centímetro de su habitación. Luego, aquel enorme monstruo se movió por el techo sobre un Mikel que lo miraba petrificado desde su cama. Luego, al paso de los minutos, la criatura hizo descender lentamente su cabeza al centro de la habitación, con esa prestancia y paciencia del animal que apenas se diferencia de las rocas y el polvo en cuanto a su quietud.
Estaba ahí por Mikel, por sí mismo.
No hubo voces, diálogos. Nada de eso. Solo presencia, La validación de una realidad alterna, de un segundo ser en aquel espacio. Mikel encontró que en la admiración de los pliegues de Morgoth sus heridas parecían disminuir la intensidad de su dolor. Sus ojos, a unos tres metros del rostro de Mikel, permanecían quietos, profundizando en los gestos del muchacho. De vez en vez una enorme lengua blanquecina asomaba de entre las mandíbulas repletas de pequeños comillos en completo silencio. Solo en un par de ocasiones Mikel creyó escuchar algo asociado a tal movimiento, un sonido como de arena que se corre en deslave.
Así como se miraban, larga y profundamente, el temor en Mikel comenzó a desaparecer por completo.
Extrañamente, como si existiera algún tipo de simbiosis, le quedó claro que lo que le había ocurrido la tarde anterior, a manos de Arnalt, nunca volvería a repetirse. Así de sencillo.
Mikel se encontró una y otra vez con aquellas palabras revolviéndose a su alrededor, como si el entorno las dictara una y otra vez.
Se llevó las manos ahí y encontró un hilillo de sangre, o algo que se parecía mucho a eso. Pero tenía la textura de algo viejo, de un líquido expelido mucho tiempo atrás.
Mikel estaba contagiado, sin duda. ¿De qué? Eso era lo verdaderamente importante.





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