PL 7
El ajetreo en la fabrica se adueño desde las primeras horas del día de su atención, obligándola a volcarse por completo en la mecanizada tarea que le permitía subsistir y que involucraba un movimiento permanente de sus manos, el cual, sin tregua ni descanso alguno, le exigía durante la jornada completa la mente en blanco y el tacto fino ante cualquier derrame de pegamento caliente, posicionada tal y como estaba ante una vieja engomadora de manufactura italiana.
El mismo día que su hijo invirtió en permanecer pendiente del desarrollo de las noticias alrededor de su amigo Zuri, envuelto en un halo de luz blanquecina y silenciosa, Garaitz las transcurrió inmersa en la monotonía de quien circunstancialmente se aleja de todo el mundo y se concentra en las tareas que pudieran llegar a sucederse en un espacio de dos metros cuadrados al interior de un fabrica.
Tanto así, que para la tarde, para cuando el turno, las regulaciones, las mediciones de productividad, la supervisión constante y el invencible olor a químico habían acabado, la mujer recorrió el camino a su casa con los pensamientos intactos, como si las imágenes de la vida cotidiana, la suya y la de su hijo, en ningún momento hubiesen sido manchadas ni siquiera remotamente por una noticia con alma de espinos y abrojos.
Garaitz se detuvo en una pequeña miscelánea a unas pocas calles de su casa y compró algo de pan y queso con la idea de intentar un bocadillo antes de dormir, complemento del tenue alimento que tenía ya preparado en casa. Recordó además que restaba leche suficiente como para permitirse un vaso extra en compañía del meditado bocadillo.
Todo le resultó normal y transparente hasta que tras pocos pasos después de haber salido de la miscelánea con su compra bajo del brazo, se encontró a la lejanía con algo de luz reflectada en algunas de las ventanas de su casa, iluminadas apenas perceptiblemente desde el interior. Garaitz reaccionó de inmediato con la extrañeza de quien escucha un quejido casi existente en medio del ulular de un viento al cual los sentidos están acostumbrados; Mikel debía de estar ya dormido, la rutina así lo indicaba, pero como un borboteo que emana sorpresivamente de tierra húmeda, recordó de inmediato todo aquel asunto de Zuri y la petición formulada por ella misma en la que solicitó que Mikel permaneciera despierto para compartirle toda buena nueva de la cual se hubiera enterado. Además, claro, del rumbo de la conversación que debía de haber mantenido con aquella mujer en la escuela, esa profesora de la cual no recordó el nombre al momento.
Llegó hasta la puerta con el pan y queso envueltos en un papel rugoso y tosco al tacto solo para descubrir que no precisaba de llave alguna para abrir. Mikel no había colocado la cerradura.
Cuando entró en la casa un ambiente calmo y tibio la recibió con un gesto extraño, como el de un ama de llaves inusualmente expresiva que, en silencio, le apura a entregar su abrigo mientras la conduce a un lugar muy profundo del lugar en donde una inusitada reunión conformada por íntimos espera ya con impaciencia.
Garaitz recorrió con la vista el entorno inmediato y solo encontró luces encendidas, colores afectados y sombras acentuadas por el resplandor artificial.
- ¿Mikel? ¿Dónde estas?-
No obtuvo respuesta alguna, y solo fue hasta que un momento después, tras avanzar en la dirección de su acostumbrado sillón, miró de reojo, casi por accidente en dirección de uno de sus costados y contempló a su hijo, de pie, a la mitad de la habitación contigua.
La imagen que se encontró entonces, formulada por apenas algunas insinuaciones y partículas elementales, le acompaño durante años incontables como una bandera símbolo de lo horrible y capaz de sacudirla hasta los huesos.
Mikel la miraba detrás de una barrera impenetrable de lágrimas. Sus ojos parecían haber crecido hasta casi tocarse, eliminando entrecejo, puesto que alrededor de los mismos un enrojecimiento exagerado -la marca de quien ha llorado durante horas- aparecía y resultaba imposible de ocultar. No llevaba puesta camisa alguna y solo una rala camiseta deportiva blanca de algodón cubría su torno evidentemente hiperventilado; estaba además completamente despeinado.
Pero Garaitz, en medio de un pasmoso asombro, no miró eso, en lo absoluto. Fijó su atención en otra cosa, en algo tan terrible y etéreo que la contrajo sobre de sí misma en el lugar en donde estaba de pie.
Por un segundo, con aquella especie de visión que solo una madre puede tener, miró a su hijo como si fuera una flama que languidecía sacudida por el viento; La llama que corona una vela de cera animal, interrumpida de vez en vez por una chispa de luz proveniente de una gota de grasa mal consumida. El alma de Mikel, porque eso fue justamente lo que Garaitz creyó por un instante estar mirando, no era más fuerte que la muesca reseca de una hoja muerta justo al final del invierno, o un terregón de piedra suelta al paso de un brioso caballo.
El muchacho lucía tan débil que Garaitz creyó que se desvanecía cuando adelantó un par de pasos y le extendió los brazos tal y como lo haría un espectro.
- ¡Mikel!-
El joven alcanzó a tomar las manos de su madre en el preciso instante en que un derrumbe interno se sucedía; un desgajamiento rocoso que desprendía un nuevo llanto y angustia del monte de sus actos emotivos.
- ¡Mikel! ¡Qué pasa! ¡Qué tienes!-
Por respuesta, un reflejo nervioso y un profundísimo lamento entrecortado por causa de su respiración temblorosa.
Garaitz percibió como el joven cuerpo de su hijo parecía perder resistencia y amenazaba con venirse abajo. En un acto instintivo lo rodeó y al segundo lo tuvo dentro de sus brazos. El muchacho se giro sin reconocer pretensión alguna y Garaitz se encontró abrazándolo y colocando sus propias manos sobre del torso y pecho de su hijo. Se percató entonces que Mikel iba también descalzo y que tenía el pantalón sucio de polvo y tierra en las rodillas; ese par de detalles, en ese momento aparentaron ser terribles y gigantes, tan fuera de lo normal que cortaba el aliento.
- ¡Mikel! ¡Escúchame! ¡Qué te sucede!-
Una sola cosa, una sola y débil palabra escapo como con un silbido de entre los labios del joven.
- ¡Zu...ri...!- Y como si tal enunciado pudieran materializarse, y este lo hiciera con un olor nauseabundo, Mikel giró la cabeza intentando escapar de la influencia del terrible aroma que de pronto lo inundaba desde la fortaleza de sus dientes derramándose sobre su barbilla.
Algo fuera de control estaba sucediendo en el fondo del muchacho. Garaitz reconoció el reptar de algo maligno en el alma de Mikel y no supo sino recostarlo en el suelo y tras mirar que ahí permanecía aparentemente "tranquilo" -imagen contrapuesta a la de sacudidas o fiebres intensas- salio corriendo de la casa, internándose en la boca negra de la puerta abierta que daba a la calle.
Un viento frío penetró en la casa y alcanzó a lamer a Mikel, que permaneció en el suelo minutos incontables, rescatado del mismo por su madre y un doctor que Garaitz conocía en el barrio.
Lo llevaron a su cama y el doctor identificó desvanecimiento, pupilas dilatadas pero aún sensibles a la luz, pulso acelerado y una especie de imperante taquicardia que no mostraba signos de bordear un problema físico. El galeno abrió un pequeño maletín que como estereotipo traía consigo y administró un medicamento sin negociar apenas con las venas del muchacho.
- Es un anticonvulsivo...- anunció sin que Garaitz solicitara explicación alguna pero aprobando inmediatamente la medida.
La puerta que daba a la calle permanecía abierta y muy pronto proyectó rostros y miradas. Los vecinos comenzaban a arremolinarse.





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