Friday

PL 12

Mikel despertó y se quedó dormido cíclicamente en el transcurso de las horas siguientes en medio de una intermitencia emparentada con una extraña especie de reiteración, una que le obligó a repetir dicho acto reflejo durante un nutrido atado de circunstancias interminables. Al final de aquella discontinuidad sus ojos se abrieron sin esfuerzo alguno y descubrió que una extraña claridad bordeaba los rincones de todo lo que podría mirar a su alrededor. Tal y como si estuviese amaneciendo. O quizá anocheciendo. No podía precisarlo.

Su primera intención fue la de levantarse de la cama, y a diferencia de la vez anterior en que buscó realizar tal cosa, nadie estaba ahí para impedírselo. Con todo el trabajo del mundo sacó una pierna de entre las mantas y posó la planta del pie sobre del frío suelo. De inmediato un débil relámpago ascendió por los huesos de su pierna y tras escalar su rodilla, Mikel retiró el pie de la superficie debajo de él. Respiró hondo y los pulmones se resistieron al momento. Se encontraba hipersensible a los más básicos estímulos a su alrededor y podía notarlo con cada centímetro de su cuerpo. Y sobre todo, sensible al silencio que amontonado en el lugar, parecía un objeto físico al cual podría resultar posible asirse.

Intentó hablar y llamar a zx, pero en el fondo de su garganta, justo donde toda su vida habían estado sus cuerdas vocales ahora un arbusto seco se levantaba invencible. Entonces se percató de lo sediento que estaba, de lo maltratado que su cuerpo parecía encontrarse, justo como si alguien le hubiera propinado una suave golpiza que no hubiera dejado ninguna marca visible, ningún cardenal inmediato. Solo quizá, cuando percibió con atención, dos pequeñas perforaciones en su brazo izquierdo.

- La huella de un mordisco de hombre vuelto vampiro…- pensó por un segundo, asintiendo mentalmente ante tal comentario pero sin preguntarse en todo caso de dónde había venido tal idea, tan repentinamente ajena a su natural forma de hablarse a sí mismo.

Miró aquellas dos pequeñas marcas con atención. Estaban distanciadas por apenas unos tres o cuatro centímetros y parecían ser el sello de algo que hubiera permanecido vertical al momento de marcarlas sobre la piel.

- Tanto como una mandíbula…- complementó sin dudar sobre su nuevo agregado.

Aquellas no eran sino dos puntos rojizos que brevemente erupcionaban en silencio y sin dolor, calientes y llamativos cerca de la articulación del brazo izquierdo. Mikel pasó los dedos sobre la piel enrojecida que los rodeaba y sin titubeo alguno las marcas permanecieron inmóviles. Entonces las adivinó como un par de pequeñas punciones.

Agujas, claro, no podían ser otra cosa. Inyecciones.

Levantó la vista de sobre su brazo, llevando la percepción de aquellos puntos rojizos a un segundo plano e intentó adentrar su atención en la penumbra que se mantenía inmóvil a su alrededor y que todavía se negaba a darle pista alguna sobre la condición del horizonte; Si era el día quien llegaba o la noche que pronto haría su aparición.

- Ma… má…- Un algo que tuvo más relación con un graznido que con la voz humana escapó del fondo de su boca. Un sonido que atravesó lastimando las mucosas de sus mejillas y la parte interna de sus labios, creando inmediatas cuarteadoras microscópicas que sangraron apenas unas cuentas células sanguíneas –breves puñados de plaquetas y leucocitos- que permaneciendo en el borde de lo casi invisible, se manifestaron con un dolor cierto e inevitable. Mikel cerró la boca de inmediato, sintiendo pequeñas punzadas de dolor al interior de sí mismo. Más doloroso resulto el hecho de que nadie respondiera a su llamado.

Se percató entonces que estaba solo. Su madre seguramente había salido de casa. Mikel se preguntó si tardaría, pero solo lo hizo por un segundo. Acto seguido, la necesidad de beber de inmediato lo llevó a colocar de nueva cuenta un pie en el suelo. La reacción del mismo ahora no resulto ser tan repentina, en todo caso se manifestó como una húmeda neblina que ascendió hasta la altura de su cadera cuando el por fin llegaba ya la cocina y abría la nevera. El golpe de aire frío lo hizo retroceder un momento pero Mikel volvió a ganar la distancia perdida cuando en el fondo del electrodoméstico se encontró con lo que estaba buscando: una jarra de cristal en tonos azules llena casi hasta el tope con agua completamente transparente.

Cuando la tomó del fondo de la nevera sus dedos protestaron ante el frío contacto, pero sin compartir tal opinión, dentro de su cuerpo una serie de órganos y una cantidad inimaginable de funciones fisiológicas se agolparon en cualquier dirección, chocando las unas contra las otras buscando lo que representaba las alturas, lugar desde donde presentían llegaría el revitalizánte líquido. Mikel no buscó vaso alguno, de inmediato se acercó como pudo la jarra completa a la boca y colocando los labios sobre el borde cristalino dio un sorbo sobre la superficie del líquido que hacía él ya se inclinaba.

El estomago gruño de inmediato mientras el reseco arbusto que había tenido lugar en su garganta resbalaba por la traquea arañando con sus duras ramas la delicada pared de piel mientras caía. Los intestinos se agolparon sobre de sí mismos y los órganos circundantes aparentaron colapsarse en lucha por una simple gota de líquido.

Un dolor profundo asistió el beber de Mikel, los brazos le temblaron inmediatamente un casi pudo sentir como un sentido de un color azulado le recorría los dedos y la espalda, pero ninguna de estas cosas detuvieron la incesante ingesta.

Un minuto después, cuando el equivalente a cuatro o cinco vasos de agua se dispersaba desde su estomago en todas direcciones, alcanzando ya incluso a bañar con su benéfico efecto el córtex del cerebro del muchacho, Mikel bajó la jarra y trastabillando ligeramente la colocó sobre la mesa del centro de la cocina. Una extraña sensación se apoderaba de todo su cuerpo, algo así como la rápida degradación de la condición en la que se había encontrado a sí mismo cuando despertó apenas algunos minutos atrás, como si tal situación no resultara ser sino una especie de cubierta invisible que todo lo atenuaba. El agua lo devolvía con rapidez a la conciencia de su entorno, y por obviedad, a la comprensión del mismo.

Mikel recordó en ese momento que su madre no había estado sola la última vez que la había visto. Se hacía acompañar de aquella vecina, de aquella otra mujer que apenas identificaba pero que reconocía como parte de la cotidianidad a la que estaba acostumbrado. Se pregunto dónde estarían ambas, y justo lo hacía, cuando desde el fondo de su cuerpo, quizá del mismo lugar en donde el agua recién bebida comenzaba ya a escasear por causa del requerimiento de su cuerpo, un vaho putrefacto se elevó hasta alcanzar su cabeza y el límite mismo de sus pensamientos.

Comenzó a recordar entonces, la única cosa importante que existía de fondo en aquel momento.

El rostro de Zuri se le presentó de inmediato, compuesto como por trazas de paja revueltas en el suelo de un sucio granero, mezclado con el rostro de sus amigos y compañeros que él mismo había contemplado en el momento en que todos ellos fueron notificados sobre la muerte de su compañero. No había sido otra persona sino la profesora Elixabete quien les informó, visiblemente consternada y aparentemente inconciente del alcance y sentido que tenían sus palabras sobre aquellos jóvenes corazones. De inmediato y como una ola de negrura, una terca sensación de debilidad se apoderó de casi todos ellos acompañada por un efluvio de incredulidad indefinible.

A esa edad los amigos se ausentaban de la escuela uno o dos días, se enfermaban de algo que les plagaba el rostro de granos, o los coloreaba de un amarillo ridículo; a veces se iban a visitar a sus abuelos durante toda la temporada de vacaciones a lugares lejanos como Álgida o Minas Seróes, o, como en el caso de un chico de la escuela, se iba a vivir fuera de la ciudad después del divorcio de sus padres; pero no morían.

No, eso no pasaba a la edad de Mikel.

No faltó quien retuvo en el quicio mismo de los labios la tonta pregunta: ¿Y Zuri, cuando volverá? Había que preguntarle de primera mano lo que fuera que había sucedido.

Para todos resulto ser un anuncio demoledor, pero para Mikel fue sencillamente un mal lugar y mal momento que lo pilló justo al lado del símil de una carga explosiva. No entendió de momento –aún no existía la capacidad de hacerlo- ni en lo sucesivo –carente de la estructura de pensamiento y perspectiva necesaria durante los años inmediatos- lo que significaba la muerte de Zuri. Y quizá por definición la muerte misma. Sencillamente le arrebataron el equilibrio de sus pensamientos y lo dejaron caminar sin esqueleto que le sostuviera las ideas. Lo siguiente que supo, después de que la escuela terminó temprano ese día por causa de aquella noticia y conmoción, es que vagó en dirección de su casa cuando menos un par de horas, perdido dentro de sí mismo y que arribando al fin a su hogar, las horas se sucedieron en medio de un invencible proceso de descomposición anímica, de tal manera que cuando Garaitz llegó en la noche de ese mismo día a la casa, lo encontró vuelto un manojo de nervios erosionados por el constate golpe del dolor y llanto que en si mismos se tornaron un muro invencible a su alrededor.

Luego, una oscuridad diferente a la que desde muy pequeño había conocido. Una que no precisaba de ausencia de luz para ser posible.

Mikel avanzó con paso turbio en dirección de los antiguos muebles que adornaban la sala de su pequeña casa. Se dejó luego caer sobre el sillón de su madre y ahí buscó una forma de sentirse cómodo. El nebuloso resplandor a su alrededor parecía mantenerse estático y de alguna manera inalterable, sin ganar ni perder intensidad haciendo cada vez más difícil adivinar cuando menos la hora en que el día se encontraba. Luego el silencio resultaba inquietante, como elemento extraño, como si en cualquier momento algo maligno fuera a irrumpir en el lugar, quizá desde las ventanas, destrozándolas y cayendo, como quiera que fuera a suceder eso, en medio de la habitación.

Algo como un lobo gigantesco de colmillos sangrantes y desproporcionados

- Esas son las cosas que se piensan cuando un vampiro te muerde mientras estas dormido…- Dijo una vocecilla dulce dentro del cerebro de Mikel, anidada justo del lugar en donde la impresión acusada por el acontecimiento recientemente sucedido seguía echando chispas sin control alguno.

Mikel no supo que pensar. Todo aquello le resultaba tan ajeno que resultaba prácticamente incomprensible, antes de cualquier otra cosa.

Pero supuso que era cierto.

Sobre todo la parte del vampiro. Aunque eso también sonara a locura.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home