Una especie de sonido, como de piedras en choque, como de arena dando a luz, un algo que después de mucho tiempo de escucharse aparentaba tener la tesitura de una voz, un eco deforme, una aguamarina corrupta, reinaba en todo el entorno que Mikel podía contemplar. El cielo era gris y el ambiente pardo; no había nada que mirar sino un horizonte continuo que recortaba la tierra en contra de una extraña neblina que se levantaba del borde de su mutuo encuentro. El muchacho intentó gritar varias veces pero el sonido de su propia voz, de una manera increíble, se sumó al estridente e invencible zumbido que reinaba en el aire intensificándolo de manera estúpida y obligándolo a taparse los oídos con las manos haciéndole creer que el brutal estruendo podría reventárselos en cualquier instante.
Repentinamente, y creyendo identificarlo meramente por medio de un atisbo, Mikel notó un movimiento a su costado izquierdo.
Se giró tan rápido como pudo pero no encontró nada. solo aquella montaña de estruendo.
Deseó gritar nuevamente, clamar por ayuda con todas sus fuerzas, pero supuso que de hacerlo fortalecería aquel horrible sonido y tal cosa era lo último que deseaba hacer. Deseó entonces salir de aquel lugar, estancia a la cual no sabía cómo había llegado ni que fuese posible que existiera. Parecía ser una explanada que figurara el centro de un mundo carente de todo, menos de violencia y aquel estruendo infernal.
Entonces algo interrumpió el liso panorama, algo a las espaldas del muchacho. Ahí donde creyó adivinar un movimiento apenas instantes atrás.
Aquello no le saltó encima ni mucho menos; no lo ataco suponiéndolo vulnerable. La cosa simplemente se movió detrás de él sin importarle de ninguna manera ser percibida o no por el muchacho.
Mikel giró de completo envuelto con el mismo asombro con el que contemplaba las pocas cosas a su alrededor.
La imagen resulto terrible. A mucha distancia y en un ángulo que Mikel no había contemplado con anterioridad, una enorme torre se alzaba alcanzar más allá de los cuarenta o cincuenta metros de altura. A tal altura el zumbido terrible, transformado en viento, bordeaba de manera violenta la cima de aquella construcción y aparentaba arrancarle de tajo trozos enteros de material, quizá tan grandes como ladrillos enteros. La efigie, similar a la de un Zigurat Árabe -imagen desconocida para Mikel- luchaba demencialmente en contra de sí misma para permanecer estacionada sobre la tierra mientras daba la impresión de vibrar con la certeza de un edificio que esta a punto de derrumbarse; y entonces, rumbo al Zigurat, el componente más abrumador de la imagen, distorsión de los sentidos, espejismo e inversión de lo natural, espumarajo protector de un abismo negro, un monstruo terrible colapsaba la tierra bajo la planta de sus ¿pies, patas? mientras avanzaba lentamente hacía la construcción. Mikel tembló solo de verlo y si hubiese tenido alguna conexión disponible entre su cerebro y piernas hubiera echado a correr sin duda alguna. Pero no lo hizo. No dio un solo paso. Simplemente se quedó petrificado sin permitirle siquiera palpitar al corazón.
Cada pisada de la imposible criatura -similar en su composición a un dragón que hubiese adoptado la fisonomía de un reptil cuadrúpedo y un ente abisal fluorescente al mismo tiempo- sacudía todo el entorno a su alrededor. Mikel perdía control de sus piernas en cada temblor de la superficie y muy pronto, aunque él mismo formara parte secundaria del acto que estaba desarrollándose, un caudal de lágrimas producto del horror y desconcierto llenó sus ojos y resbalaron por su barbilla hasta resbalar en dirección del castigado suelo.
Muy pronto el monstruo recorrió toda la distancia existente entre la posición en que Mikel lo había descubierto y el Zigurat empotrado a la distancia. El muchacho notó entonces algo tan incomprensible como pasmoso: el monstruo, alejándose, nunca perdió volumen a pesar de la perspectiva. Eso no significaba sino que entre más lejos se encontraba de él y más cerca de la torre necesariamente aumentaba de tamaño, al grado de que cuando estuvo justo al lado de la torre su volumen era tan abundante como la estatura de esta.
Entonces sucedió.
La criatura antinatural se levantó de sobre la tierra elevando sus patas delanteras -ojos reptilianos perdidos hacía las alturas, trazas brillantez salpicadas por toda su fisonomía transformando por comparación su piel en una malla profundamente negra- colocándose sorpresivamente sobre la torre, rozándola con su mandíbula y vientre desgastado tal y como si pretendiera copular con esta y en un movimiento tan veloz como violento, la bestia sacudió a la estructura tan fuerte que prácticamente solo bastó eso para vencerla, desquebrajándola en su base y conseguir su ruina.
El estruendo alrededor de Mikel se recrudeció entonces, como si alguien hubiese arrojado combustible a una hoguera de por sí ya fuera de control. El jovencito no tuvo más remedio que llevar una rodilla a tierra cuando a continuación sucedió algo tan prodigioso como maligno.
La criatura acercó su hocico de dragón a la torre que ya colapsaba y asiéndola de tal manera tomó el control de los movimientos de la misma, la levanto por el aire como si de un esqueleto arquitectónico se tratara. El ambiente se saturó entonces de escombros sensoriales y Mikel miró con horror como la criatura daba, literalmente, vuelta a la torre en el aire y la dejaba caer de nueva cuenta la estructura a tierra, pero horrorosamente de cabeza.
El remate del Zigurat repentinamente se transformó en su base, hundiéndose con brutalidad en la tierra y la otrora base, mostrando trazas de cimientos como si de trozos de dientes muertos se trataran, coronaba en las alturas mientras todo el edificio daba la intención de desmoronarse rápidamente. Entonces la criatura aulló con todas sus fuerzas, con voz de lija de agua y arena a borbotones. Aulló y se giró, gigantesca como era y buscó con la mirada a Mikel, quien no pudiendo evitarlo ni contenerse, gritó aturdido y conmocionado en ese preciso instante.
El estruendo alrededor ganó la fuerza de un huracán y derribó al muchacho. La fuerza del cisco, esencia de ventisca y terremoto cabalgando por el aire, sacudió a Mikel y lo arrastró por el suelo. Él gritaba sin control, ajeno a que con aquel acto recrudecía la naturaleza de todas aquellas cosas ahí reunidas y representadas.
Entonces, del corazón y entrañas del estruendo apareció una voz brillante y autoritaria, nítida y brutal. Una voz que sin duda se dirigió a Mikel.
- ¡Su nombre es Morgoth! -el viento distorsionó la entonación de las últimas letras pero no lo suficiente como para que Mikel en medio de su horror no pudiera comprenderlas- ¡Y hoy, tú, Mikel, has llegado a ser como él!-
El mensaje resultó de tal manera tan incomprensible que no hubo de parte del muchacho una sola pizca de entendimiento. Ni siquiera cuando todo, en ese momento, se difumino en medio de un nuevo rugido de la criatura -Morgoth fue su nombre señalado- y se torno el ambiente en oscuridad y desconcierto.
Las fuerzas lo abandonaron al instante y una bendita inconciencia se adueño de sus sentidos tensos al máximo.
Luego solo hubo oscuridad.
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