PL 1
El barrio donde Mikel creció siempre fue pobre, así de simple y llano. No tanto como los que apenas a unos quince minutos a pie en dirección de la Rinconada se podían encontrar y en donde las construcciones no pasaban de ser edificaciones ralas de hormigón gris arena repletas de oxidadas protecciones metálicas y en donde de vez en vez afloraba algún fragmento de color insoportable -una prenda nueva, un balón recién estrenado, una envoltura sin restregar- que solo acentuaba la dura realidad de aquel entorno. Pero tampoco se encontraba en tan buena posición como sus vecinos hacía el sur, hacia el centro de la ciudad, esos barrios en donde vivían profesionistas y no pocos funcionarios públicos; sitios en donde absolutamente todas las calles se encontraban pavimentadas y el sistema de drenaje funcionaba satisfactoriamente cada fin de año, momento en que lluvias torrenciales se dejaban caer en el noreste de la provincia y arrastraban con su cauce el acumulamiento anual de basura y desperdicios que la gente, tan sencillo, había dejado podrir al sol durante todo ese tiempo.
La casa de Mikel, hasta que salió de ella algunos años después siendo una joven promesa, siempre fue de una sola planta rematada en un jardín trasero en donde crecía un alcatraz y un rosal diminuto. Ya luego, cuando el muchacho se asentó en un trabajo estable y la fortuna le había sonreído lo suficiente, mandó construir el segundo piso para enorme beneplácito de Garaitz, su todavía joven madre.
Mikel había sido hijo único, producto de un acontecimiento que Garaitz nunca habían tenido el valor de narrarle a fondo y del cual el joven solo tenía nociones básicas que no se extendían más allá de la supuesta relación sentimental de su madre que, siendo algo apenas mayor a una niña, había sobrellevado fugazmente con un hombre que había desaparecido justo una semana después de la fecha en que Garaitz debió de haber reglado.
Alguna vez, siendo ya un adolescente, Mikel intentó que su madre le dijera toda la verdad de los hechos o cuando menos todo lo que ella sabía sobre aquel hombre.
La mujer, en esos momentos en los albores de sus treinta quizá y sumida en una especie de silencio meditativo se limitó a sonreír después de una larga exposición por parte de Mikel, y lo único que agregó en aquella ocasión al tema fue una sencilla frase.
- Hijo, hay cosas que pasan todo el tiempo, en todas partes...-
Mikel tuvo que conformarse con aquellas palabras en aquel día, y en muchos otros que vinieron después.
Siendo el único hombre -joven, pero varón al fin y al cabo- en una familia que en mejores términos podía explicarse como un dúo, desde siempre tuvo que enfrascarse en labores que ayudaran a traer algo de dinero a casa. Su madre laboraba religiosamente ocho horas al día, cinco días a la semana y cinco horas cada sábado en una fabrica que producía empaques de cartón, de tal manera que el muchacho tuvo que aprender desde pequeño a ser independiente a pesar de que no les faltaran parientes que de vez en cuando les ofrecieran algo mucho más que ayuda económica. En no pocas ocasiones uno de sus tíos les ofreció ir a vivir este y su familia; dinámica en la cual tras dividir gastos, toda aparente intromisión quedaba saldada. Pero Garaitz nunca aceptó una propuesta como esa, ni siquiera cuando provino de los abuelos del muchacho.
Siendo Garaitz mujer de pocas palabras, extendió una parca respuesta que Mikel recordó durante incontables años, respuesta plena de un orgullo y fuerza que salpicó los rincones más escondidos del alma del muchacho y creció ahí desde entonces.
- Mikel siempre ha sido mi bendición, nunca un error o un accidente. Viviremos bajo nuestro propio techo, como quien se siente orgulloso de hacerlo.-
A fin de cuentas los familiares de la mujer terminaban aceptando el hecho de que nunca contemplaría como algo malo la condición en la cual ella y su hijo se movían. Y tampoco es que resultase ser errónea, sino que simplemente podía ser mejor.
De la misma manera en que aquellos desplantes de valor y entereza que su madre ejecutaba día tras día, valiosos sobre todo cuando regresaba de la fábrica molida, con los brazos temblando y oliendo a residuos de resina y pegamento, un acontecimiento marcó para siempre la vida del muchacho, algo que sucedió alrededor del momento en que este acababa de cumplir los doce años.
El preámbulo de aquel acontecimiento podría ser perfectamente definido como una época que transcurrió en blanco para aquellas dos almas. Una de esas épocas que en realidad no se recuerdan haber vivido justo porque nada relevante sucedió en ellas. Fue un lapso de tiempo en que toda rutina fue cumplida y todo acontecimiento sucedido sin mayor novedad; Hay quien dice que esas son precisamente los días que se pueden considerar felices, dado que la supuesta condición de tal estado no es un valor que se pueda mirar mientras sucede, sino solo en la perspectiva de lo que ya se ha quedado detrás de uno.
Y justo una noche, cuando Garaitz regresaba de la fábrica acompañada de aquellos espectrales olores a resina y pegamento, que por más que tallara nunca conseguía despegar de su piel, fue que los días fueron divididos como por medio de un delicado velo.
Encontrar a su hijo, cercana ya la media noche, todavía despierto fue el primer acontecimiento que marco los nuevos días por venir.
En ropa de cama y como si de alguna manera tuviera que esperar por ella, mucho más que otros días, incluso en los de tormenta, Mikel la recibió en el quicio de la puerta y la acompañó hasta el resguardo de la casa tal y como si su madre padeciera alguna enfermedad que la obligara a asistirse del muchacho.
- Mikel ¿Por qué sigues despierto?-
- Nada, por nada... no tenia sueño y quise esperar a que llegaras.-
La voz del jovencito resultaba débil e incluso apagada, tal y como suenan las mentiras en un primerizo. Garaitz no dijo nada y se limitó entonces a buscar el mejor acomodo dentro de un mullido sillón al fondo de la casa que noche tras noche la recibía y contenía durante algunos minutos antes de tener que atender los asuntos propios de aquel hogar.
La sorpresiva pero bienvenida compañía de su hijo convirtió ese momento en uno de plática y luz, aunque la mayor parte de las palabras salieran de ella.
- ¿Y la escuela? ¿Cómo va?-
Mikel levantó los hombros mirando en cualquier dirección, como si tal mecanismo de defensa hubiera sido accionado inconcientemente al escuchar alguna palabra en aquella frase.
- Bien, como siempre...-
Garaitz dedujo al instante que una palabra clave en aquella reacción había sido "escuela". Mikel siempre había sido un buen estudiante, quizá no de los que mes tras mes se colaban al cuadro de honor o cosa semejante, pero que ella supiera -y siempre estaba al tanto- él nunca había obtenido dos veces seguidas una mala nota en una misma asignatura, y eso en realidad no hacía justicia a su carrera de estudiante, la cual destacaba por sobre el promedio y justo debajo de los sobresaliente. Por esa misma causa la reacción a "escuela" resultaba algo extraña, particularmente llamativa.
Pero una buena madre siempre conocía el mejor camino para llegar a la problemática dentro de su hijo, y si esta resultaba ser demasiado pesada para que el muchacho la sobrellevara por sí solo, ya se daría cuenta. De momento lo mejor resultaba rodearlo y crearse algunas conjeturas.
- ¿Cómo te ha ido hoy? ¿Que has hecho?-
Mikel se acurrucaba ya con ella en un pequeño hueco que encontró entre su la tela de aquel sillón en donde tantas veces la había visto quedarse dormida, comer, pensar y en no pocas veces incluso llorar.
La respuesta del jovencito tardó en aparecer, y llego de una manera discreta.
- Nada, nada que contar... vine temprano a la casa, comí, hice los deberes, leí un rato y luego me dormí. No me desperté hace mucho, como una media hora quizá...-
- ¿No viste hoy a los amigos?- preguntó Garaitz.
Un gesto frío se colocó en el rostro de Mikel cuando ella menciono "amigos".
No se debía de ser demasiado inteligente como para lograr recrear una conexión entre "amigos", la extrañeza de Mikel y "escuela", y sobre todo, para comprender que algo malo sucedía en las interacciones entre tales conceptos. Pero Garaitz aún no atacaría; todavía tenía que darle un poco más de tiempo. Desde su punto de vista resultaba todavía demasiado brusco revelarle a Mikel que ella estaba descubriendo tal contrariedad en su joven persona y decidió hacerle creer que si tal pregunta había resultado ser un escollo, mágicamente lo había librado.
La casa de Mikel, hasta que salió de ella algunos años después siendo una joven promesa, siempre fue de una sola planta rematada en un jardín trasero en donde crecía un alcatraz y un rosal diminuto. Ya luego, cuando el muchacho se asentó en un trabajo estable y la fortuna le había sonreído lo suficiente, mandó construir el segundo piso para enorme beneplácito de Garaitz, su todavía joven madre.
Mikel había sido hijo único, producto de un acontecimiento que Garaitz nunca habían tenido el valor de narrarle a fondo y del cual el joven solo tenía nociones básicas que no se extendían más allá de la supuesta relación sentimental de su madre que, siendo algo apenas mayor a una niña, había sobrellevado fugazmente con un hombre que había desaparecido justo una semana después de la fecha en que Garaitz debió de haber reglado.
Alguna vez, siendo ya un adolescente, Mikel intentó que su madre le dijera toda la verdad de los hechos o cuando menos todo lo que ella sabía sobre aquel hombre.
La mujer, en esos momentos en los albores de sus treinta quizá y sumida en una especie de silencio meditativo se limitó a sonreír después de una larga exposición por parte de Mikel, y lo único que agregó en aquella ocasión al tema fue una sencilla frase.
- Hijo, hay cosas que pasan todo el tiempo, en todas partes...-
Mikel tuvo que conformarse con aquellas palabras en aquel día, y en muchos otros que vinieron después.
Siendo el único hombre -joven, pero varón al fin y al cabo- en una familia que en mejores términos podía explicarse como un dúo, desde siempre tuvo que enfrascarse en labores que ayudaran a traer algo de dinero a casa. Su madre laboraba religiosamente ocho horas al día, cinco días a la semana y cinco horas cada sábado en una fabrica que producía empaques de cartón, de tal manera que el muchacho tuvo que aprender desde pequeño a ser independiente a pesar de que no les faltaran parientes que de vez en cuando les ofrecieran algo mucho más que ayuda económica. En no pocas ocasiones uno de sus tíos les ofreció ir a vivir este y su familia; dinámica en la cual tras dividir gastos, toda aparente intromisión quedaba saldada. Pero Garaitz nunca aceptó una propuesta como esa, ni siquiera cuando provino de los abuelos del muchacho.
Siendo Garaitz mujer de pocas palabras, extendió una parca respuesta que Mikel recordó durante incontables años, respuesta plena de un orgullo y fuerza que salpicó los rincones más escondidos del alma del muchacho y creció ahí desde entonces.
- Mikel siempre ha sido mi bendición, nunca un error o un accidente. Viviremos bajo nuestro propio techo, como quien se siente orgulloso de hacerlo.-
A fin de cuentas los familiares de la mujer terminaban aceptando el hecho de que nunca contemplaría como algo malo la condición en la cual ella y su hijo se movían. Y tampoco es que resultase ser errónea, sino que simplemente podía ser mejor.
De la misma manera en que aquellos desplantes de valor y entereza que su madre ejecutaba día tras día, valiosos sobre todo cuando regresaba de la fábrica molida, con los brazos temblando y oliendo a residuos de resina y pegamento, un acontecimiento marcó para siempre la vida del muchacho, algo que sucedió alrededor del momento en que este acababa de cumplir los doce años.
El preámbulo de aquel acontecimiento podría ser perfectamente definido como una época que transcurrió en blanco para aquellas dos almas. Una de esas épocas que en realidad no se recuerdan haber vivido justo porque nada relevante sucedió en ellas. Fue un lapso de tiempo en que toda rutina fue cumplida y todo acontecimiento sucedido sin mayor novedad; Hay quien dice que esas son precisamente los días que se pueden considerar felices, dado que la supuesta condición de tal estado no es un valor que se pueda mirar mientras sucede, sino solo en la perspectiva de lo que ya se ha quedado detrás de uno.
Y justo una noche, cuando Garaitz regresaba de la fábrica acompañada de aquellos espectrales olores a resina y pegamento, que por más que tallara nunca conseguía despegar de su piel, fue que los días fueron divididos como por medio de un delicado velo.
Encontrar a su hijo, cercana ya la media noche, todavía despierto fue el primer acontecimiento que marco los nuevos días por venir.
En ropa de cama y como si de alguna manera tuviera que esperar por ella, mucho más que otros días, incluso en los de tormenta, Mikel la recibió en el quicio de la puerta y la acompañó hasta el resguardo de la casa tal y como si su madre padeciera alguna enfermedad que la obligara a asistirse del muchacho.
- Mikel ¿Por qué sigues despierto?-
- Nada, por nada... no tenia sueño y quise esperar a que llegaras.-
La voz del jovencito resultaba débil e incluso apagada, tal y como suenan las mentiras en un primerizo. Garaitz no dijo nada y se limitó entonces a buscar el mejor acomodo dentro de un mullido sillón al fondo de la casa que noche tras noche la recibía y contenía durante algunos minutos antes de tener que atender los asuntos propios de aquel hogar.
La sorpresiva pero bienvenida compañía de su hijo convirtió ese momento en uno de plática y luz, aunque la mayor parte de las palabras salieran de ella.
- ¿Y la escuela? ¿Cómo va?-
Mikel levantó los hombros mirando en cualquier dirección, como si tal mecanismo de defensa hubiera sido accionado inconcientemente al escuchar alguna palabra en aquella frase.
- Bien, como siempre...-
Garaitz dedujo al instante que una palabra clave en aquella reacción había sido "escuela". Mikel siempre había sido un buen estudiante, quizá no de los que mes tras mes se colaban al cuadro de honor o cosa semejante, pero que ella supiera -y siempre estaba al tanto- él nunca había obtenido dos veces seguidas una mala nota en una misma asignatura, y eso en realidad no hacía justicia a su carrera de estudiante, la cual destacaba por sobre el promedio y justo debajo de los sobresaliente. Por esa misma causa la reacción a "escuela" resultaba algo extraña, particularmente llamativa.
Pero una buena madre siempre conocía el mejor camino para llegar a la problemática dentro de su hijo, y si esta resultaba ser demasiado pesada para que el muchacho la sobrellevara por sí solo, ya se daría cuenta. De momento lo mejor resultaba rodearlo y crearse algunas conjeturas.
- ¿Cómo te ha ido hoy? ¿Que has hecho?-
Mikel se acurrucaba ya con ella en un pequeño hueco que encontró entre su la tela de aquel sillón en donde tantas veces la había visto quedarse dormida, comer, pensar y en no pocas veces incluso llorar.
La respuesta del jovencito tardó en aparecer, y llego de una manera discreta.
- Nada, nada que contar... vine temprano a la casa, comí, hice los deberes, leí un rato y luego me dormí. No me desperté hace mucho, como una media hora quizá...-
- ¿No viste hoy a los amigos?- preguntó Garaitz.
Un gesto frío se colocó en el rostro de Mikel cuando ella menciono "amigos".
No se debía de ser demasiado inteligente como para lograr recrear una conexión entre "amigos", la extrañeza de Mikel y "escuela", y sobre todo, para comprender que algo malo sucedía en las interacciones entre tales conceptos. Pero Garaitz aún no atacaría; todavía tenía que darle un poco más de tiempo. Desde su punto de vista resultaba todavía demasiado brusco revelarle a Mikel que ella estaba descubriendo tal contrariedad en su joven persona y decidió hacerle creer que si tal pregunta había resultado ser un escollo, mágicamente lo había librado.





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