11v

Retrocedió espantado. Lo primero que vio cuando abrió la puerta fue un par de piernas en posición deforme. Intento llamar a los otros pero la falta repentina de aire se lo impidió. Después adivino otros dos pares de piernas. La sangre le palpitaba frenéticamente en las sienes hasta que corroboro que aquellas piernas no se movían, en absoluto.
Y después percibió aquel olor a podrido.
El estado de alerta fue inmediato. Kimera asumió una posición de defensa pero todo siguió quieto. Unos instantes después descubrió que aquellas piernas estaban unidas a tres respectivos cuerpos, los cuales colgaban de un techo extrañamente alto. Estaban colgados. Ejecutados o muertos de propia mano -no lo sabia- pero las cuerdas que sujetaban sus cuerpos se clavaban en el techo de manera recta y lineal. Había otra cuerda, pero nadie colgaba de ella.
Entró para mirar.

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No pudo creer lo que vio a continuación. De alguna parte que no pudo identificar a plenitud llegaba también ahí un vestigio de luz. Aquel lugar parecía una cámara, o una cava en donde se guardaban vinos. Era espaciosa y tenia muebles de madera antigua dispersos por todas partes. Pero no era una cava exactamente; no había vinos en los entrepaños y anaqueles que estaba mirando.

Y no podía creer lo que veía. Tomo sus precauciones para girarse y salir.

Poco después, todos estaban en esa zona del segundo piso inferior, incluso Lara, acompañándole, mirando aquellos cadáveres colgar del techo. Y después, tras adentrarse en aquella cava, miraban con una sonrisa en el rostro todo aquello que se amontonaba en los entrepaños.

Lara y Bender, a pesar de su condición, y exactamente por ella, fueron los primeros en extender las manos.

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De cualquier forma no podían dejar de tener un cuidado inmenso en cada paso que daban. Aquel lugar también tenía el piso salpicado y lleno de aquella sustancia humana y pegajosa que había encontrado Alack en su primera incursión en las instalaciones. El olor a podrido -sospecha eterna de muerte en el nuevo orden- provenía de aquellos tres cuerpos de los cuales uno de ellos estaba en estado avanzado de descomposición. Dos de ellos tenían apenas vestigios de putrefacción mientras que un tercer cuerpo casi se desgranaba a trozos. Quizás esos dos últimos infelices habían resistido más que el primero, o habían sido ejecutados después, o sabrá el demonio qué había pasado. Pero lo importante no era explicarse los cadáveres, sino que aquel lugar, en aquellos anaqueles, rebosaba –esa era la palabra- de piezas, calidos rectángulos y porciones de todas las formas posibles de pan.

Pan.
Estaba duro, manchado, negruzco y sucio.
Pero era pan.

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Bender intento comerlo así como estaba. El estomago le gruñía extrañamente. Al morder la pieza que se había alcanzado, apenas le marco sobre la superficie una ligera línea zigzagueante que figuraba sus dientes; consiguió tras unos pocos intentos desprenderle una pequeña costra rígida que engulló al momento.
La sintió caer lenta y pesada en su estomago.
Aquellos panes ofrecían toda la resistencia de la que eran capaces. Pero entonces Richthofen corrió fuera de aquel lugar seguido de la vista extrañada de sus compañeros y regreso a los pocos instantes con las manos cerradas, con un hueco formado entre el acople de las mismas. Buscó con la mirada algo en aquel lugar, un recipiente o algo por el estilo. Halló lo que parecía ser una olla, pequeña, llena de polvo; eso no importaba; dejo caer en su interior lo que traía entre manos: un puño de nieve. Lo agito con los dedos y un segundo después tenia una superficie de agua en aquel recipiente. Tomo un poco de aquella piedra comestible y ante los ojos de todos, al sumergirla, esta se ablando casi al instante.

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Todos comimos de aquel pan. Todos remojamos en el mismo recipiente nuestras porciones duras y negruzcas.

Un calor ya olvidado comenzó a moverse dentro de nosotros. Los pasajes de nuestro cuerpo abrieron sus puertas quedamente, llenas de polvo y sequedad, para dejar pasar aquello que regaba vida a su paso.

Volver a poner pan en nuestra boca era algo que pensamos que ya no nos tocaría vivir. Incluso, ahora que vivir ya no significa lo mismo que apenas hace un breve tiempo, un tenue bocado seguido de otro siembra y abre en nuestra cabeza nuevas ideas y horizontes.


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Lara intercambia miradas con todos los que estaban ahí reunidos. Sentía a todos cercanos después a vivir aquello de llevarse un simple bocado de comida a la boca. Ese sencillo acto había sido capaz de darle sentido a la necesidad de seguir vivo. Bender de vez en cuando mira incrédulo su comida, Skass, Alack y Richthofen sacan nuevas piezas de pan de los anaqueles, Kimera toma agua de nieve y remoja las piezas; Creed reparte; Chenko y Xavare miran que todos tengamos algo que comer boca en proporciones iguales.

Ojala todo el mundo, todo aquel que siga realmente vivo, tenga algo con que alimentarse en este día.

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Comieron y se saciaron; Luego, después de deambular por aquel lugar y pasado un corto rato regresaron a comer nuevamente. Ni siquiera contaron cuántas piezas de pan existían en los anaqueles, o para cuánto tiempo podrían rendir. El sentimiento de llevarse algo a la boca era superior a todo eso.
Hoy, aquí, ahora. Nada más contaba.

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Supusieron que pasaba la tarde y llegaba la noche porque desaparecía la luz que se colaba en aquellas instalaciones.

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A Creed comenzó a dolerle el estomago. Kimera se sentía inusualmente extraño, casi mareado.
Es que comieron demasiado rápido. Repetía Chenko a la vez que se sonreía. Ese era un buen dolor. Después Lara se sintió algo incomoda también. Ojala pudiéramos sentirnos así todos los días; remataba Chenko.

Todos reían junto con él.

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Solo unos momentos después comenzó a caer una tormenta de nieve. Fortísima. Los soldados únicamente podían calcular su proporción sobre la base de afectación con la que aquella estructura crujía y alcanzaba a ser sobresaltada por la perturbación climática. Si fuera necesario, estarían incapacitados para salir de ahí en no pocas horas. Pero estaban a buen resguardo. Y no querían salir de ahí, en todo caso.

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