10.3

La estructura general y sus rudimentarias cubiertas -la materialización del plan de Paulo- prácticamente fue concluida al día siguiente (¿Trece, catorce días de encierro?) y Tristan a grandes rasgos apenas y estaba enterado en que consistía aquello. Y sobre todo no encontraba utilidad alguna sobre varias cosas, por ejemplo -y sobre todo- en lo concerniente al cableado que Paulo había insistido en colocar entre los forros y la gruesa madera, cuando en realidad parecía no estar conectado a nada. Pero Paulo trabajó solo aquella tarde, mientras el muchacho se desentendía por un rato de aquel armatoste y no se daba cuenta de un progreso que sucedía en ese momento.

Únicamente tenían que salir al bosque a traer algunas piezas más que Paulo había marcado en viajes anteriores y darían casi por concluido el trabajo. Y después, a enfrentar la realidad de lo que con aquello conseguirían realizar.
Todo era cosa de mostrar valor, y un impulso tal que a Paulo le parecía todavía desconocido, pero que conforme pasaban los días -los últimos, no más de dos o tres- parecía nacer en una oscura zona del corazón de aquel hombre.

Faltaban pocos acontecimientos en realidad, para llegar al siguiente punto del plan.

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Paulo estaba en el taller y miró a través de la puerta medio abierta del mismo. Encontró con la vista un pedazo de tierra marrón recortada por el ángulo de la puerta de madera, algo de verdor que se esparcía por el suelo abandonado de conjunto habitacional -aquella mala hierba perenne que sobrevivía sin complicaciones al inverno-, y varios metros de distancia entre su vista y el fondo del conjunto. Y algo que estaba sucediendo a la vista de todos, pero de lo cual no había sido participe sino hasta ese momento por estar encerrado en el taller. Dejó de lado lo que estaba haciendo y se acerco a la puerta.
Entrecerró los ojos para observar mejor aquello. En el horizonte sucedía algo impresionante e indescriptible: Desde aquella mañana, desde la madrugada del día anterior, se habían acurrucado en un rincón del cielo un número creciente de nubes, fenómeno al cual estaban muy próximos a acostumbrarse y por lo cual ya no era significativo en lo absoluto; Pero ahora aquellas nubes en formación desde aquella misma mañana se habían convertido en verdaderas montañas flotantes esculpidas en el cielo. Paulo supo reconocer que aquellas nubes eran algo superior a una simple amenaza de lluvia. Para darle una justa dimensión bastaba reconocerlas como una terrible amenaza, una completa irrupción a los sentidos. Se movían de forma gravitatoria sin que pudiera entenderse que era lo que sucedía en realidad con aquellos cúmulos de agua condenadamente negros, lentos y porosos. Aquella debía ser la tormenta más grande que jamás hubieran visto en formación. Los cúmulos se venían venir desde muy lejos, cubriendo inmensas extensiones de kilómetros a la redonda y giraban en torno a un eje común que apenas y alcanzaba a mirarse de tan lejano que se encontraba. Al salir del taller en donde trabajaba, Paulo sintió fuertes corrientes de viento frió que de pronto habían salido de la nada y que se metían en el cuerpo de forma impresionante.
Comenzaba a descender la temperatura de forma inaudita. Y en medio de eso, la sensación de que aquellas nubes, aquella tormenta que bien podía ya presagiarse, tenia poco de natural y normal.
Pero con el mundo de cabeza, como ahora estaba, de muchas cosas podía decirse lo mismo.

Pero pensar en eso no aligero la impresión de aquella tormenta que estaba formándose sobre de su cabeza

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Había dado apenas unos cuantos pasos cuando proveniente de un punto ciego del conjunto habitacional -después de unas casas que se recortaban en su cercanía al boquete en el muro- adivinó de reojo la figura de su hija Minia que parecía acercarse corriendo hacía él.
Parecía querer decirle algo, y no solo con la muda voz entrecortada que solo aparentaba salir de su garganta -alejada de Paulo algunos metros insalvables- sino con sus gestos y
sobre todo con una extraña impresión que asomaba en su rostro. Después, miró que detrás de ella Tristan corría como si quisiera darle alcance. Pensaba muchas cosas de Tristan y tenia la impresión que la mayoría de esas cosas no eran agradables. Tristan había venido a representarle un muchacho indeseable en el cual no podía ni debía depositar plena confianza, y al parecer ahora estaba corriendo detrás de su hija como en una especie de juego extraño en el cual Minia había tenido que ir y refugiarse en la cercanía de su padre.
Paulo estaba a punto de decirle algo a aquellos dos -apenas estuvieran más cercanos a él- cuando de pronto todo perdió su esencia de juego y no importó si Tristan corría de tras de Minia en uno u otro sentido, porque sin esperarlo siquiera, del ángulo ciego de donde habían salido Minia y Tristan apareció una figura alta, negra, deshilachada y destruida. E increíblemente rápida, sobre todo para el nivel de degradación en el que estaba imbuida. Y aún cuando la voz de su hija acercándose a toda velocidad le representaba un mero gesto inaudible, un bramido seco y rasposo fue perfectamente perceptible en la lejanía, emanando de aquella negritud que ahora los había identificado y se movía en dirección de ellos.
Uno lo consiguió. Uno de ellos había entrado al conjunto habitacional.

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Un estremecimiento se apodero de Paulo de forma inmediata. Fue incapaz de contener un temblor que le recorrió de la cabeza a los pies, los cuales se quedaron clavados en el suelo de forma irracional e imposible. Minia entonces ya estaba a unos cuantos pasos de su persona; aparecieron entonces los gritos de su hija en el aire y luego los gritos de Tristan que le bramó algo que de momento no pudo entender. Paulo tenia la vista clavada en aquella cosa, en aquella criatura que estaba a unos veinte metros de distancia de donde él se encontraba parado. Paulo intentaba identificarlo, otorgarle una forma cualquiera, pero aquello solo podía figurársele una enorme tarántula de solo tres patas, dos de ellas apoyadas en el suelo y una moviéndose violentamente en el aire, por encima lo que debería de ser el abdomen natural de uno de esos insectos gigantes. Pero no era una tarántula, era una ebullición de piel ennegrecida -quizá hasta quemada- y deforme que colgaba expandiéndose sobre el cúmulo de músculos y huesos que figuraban los restos de un hombre reducido a la nada. Solo tenía un brazo, e inservible, el cual apenas colgaba de un accidente muscular que se resistía a desprenderse del todo del torso de aquel hombr... de aquella cos... de aquello, del infec... del monstr...
Minia entonces se refugio a un par de metros detrás su padre mientras lloraba violentamente, Tristan derrapó cerca de ella y al levantarse un segundo después lo hizo envuelto en un gesto aterrado que reflejaba la verdadera edad de aquel muchacho, aparentando ser casi un niño, uno increíblemente asustado e indefenso.

Los bramidos de aquella cosa se acrecentaron en apenas unos segundos conforme avanzó a una velocidad hipnótica e increíble.
Tristan gritó detrás de Paulo; gritó algo que ni Minia ni Paulo pudieron entender y se escuchó entonces que se adentro en el taller algo cayó al suelo, algo que hizo un fuerte sonido metálico. Tristan parecía tomar nuevamente la iniciativa frente a la espantosa amenaza que venia al encuentro, pero Paulo entonces reacciono y corrió también al taller; de uno de los rincones tomó casi por instinto en una barra de hierro de aproximadamente cincuenta centímetros de largo que habían traído del avión. Y mientras salía de ahí casi de forma inmediata miró de reojo a Tristan, el cual luchaba con algo que intentaba sacar de una de las cajas de herramientas; Paulo corrió dejando al muchacho detrás de sí y se dirigió nuevamente hacía el lugar en donde se había quedado Minia petrificada ante la vista de aquella enorme tarántula humana, la cual seguía acercándose de forma asquerosa hasta ellos. Todo fue cosa de unos segundos. Paulo no se detuvo a defender a su hija en aquel lugar sino que arranco el encuentro directo de aquella cosa. Dio varias zancadas enormes con aquella barra en sus manos, la cual apretaba hasta cortar por entero la circulación de sus dedos. Aquella cosa corría bramando salvajemente, como si maldijera en un idioma extraño y de construcciones apenas bisílabas. El brazo del infectado -lo que antes había sido un brazo pero ahora era un organelo muerto que saltaba sin control alguno de un lado para otro- simulaba el movimiento demencial de un látigo que golpeaba en todas direcciones, incluido el cuerpo y rostro deformado de su poseedor sin que este repara un solo segundo en aquello. Paulo entonces, corriendo a todo lo que le daban las piernas y el alma grito tan fuerte como aquella cosa que había entrado al conjunto y habiendo levantado la barra apenas a un par de metros de distancia del monstruo, la dejó caer con todas sus fuerzas -sintiendo el enorme tirón muscular que aquello le representó- hasta impactar de forma directa y brutal sobre lo que antes debió de haber sido el intersticio entre el cuello y la clavícula de un hombre, y que ahora aparentaba ser la enorme bocaza de un monstruo de tres brazos y rostro deforme. El crujir de huesos fue claro y estridente. La inercia de la carrera y el movimiento que vino después del golpe hizo que en ambos cayeran al suelo envueltos en nubes de polvo que los absorbieron de inmediato. De una de ellas, de la más grade, se levanto Paulo casi sin que nada lo detuviera, como si lo hiciera volando, como si nunca hubiera caído o tocado siquiera el suelo. La inercia de la carrera arrastro violentamente al monstruo por un par de metros hasta detenerse, se convulsionó entonces en el suelo, sumergiendo violentamente lo que antes había sido su rostro en la tierra revuelta, golpeándose sin piedad, destruyendo y deshilachando lo que antes había sido el cartílago de su nariz intentando incorporarse posesionado por una ira demencial e incontrolable. Pero sin brazos aquello le resultaba imposible. Era un enorme gusano negro que emanaba de la tierra de una forma feroz y salvaje. Paulo entonces se acerco por detrás y tras una enorme bocana de aire descargó con toda su fuerza aquella barra de metal sobre la tarántula vencida y que se revolcaba en el suelo. Tres, cuatro impactos directos y la tarántula perdió varios miembros, y en un último impacto pareció de repente quedar desconectada y diluyo su fiereza en un movimiento sordo que la llevo a la nulidad.
Apestaba, apestaba como un maldito demonio destripado. Flujos indescriptibles salieron del monstruo e hicieron que Paulo retrocediera levemente. El polvo no terminaba aún de asentarse y Paulo ya había vencido al monstruo. Lo había derrotado a mano limpia. Carajo, todo le temblaba y le dolía la espalda como si se hubiera desgarrado algún músculo trascendental. Tenia la vista clavada en aquel nefasto ser. Lo miraba mientras intentaba controlar sus jadeos. El monstruo estaba acabado, no quedaba duda de aquello.
Giró y vio que Tristan y Minia lo observaban incrédulos. Tristan tenía un martillo en la mano, lo sujetaba dubitativamente, tal y como si fuera incapaz de hacer algo con eso.
Entonces a lo lejos miró a Laura y a Berbiz. Se acercaban rápidamente. Venían tomadas de la mano, terriblemente asustadas. Ellas no sabían lo qué había ocurrido, únicamente escucharon los gritos de Tristan, el llanto de Minia y los bramidos, aquellos infernales bramidos.
Paulo no se alegro de verlas, en lo absoluto.
Les hizo una seña a la distancia y ellas se detuvieron.

Paulo le gritó algo a Minia y la niña corrió con su madre.
Se dirigió entonces a Tristan.

De donde había venido el monstruo, podían llegar otros.

Tristan intentó explicar lo qué había sucedido, y lo hacía mientras corría al lado de Paulo hacía el boquete en el muró.

1 comment:

Anonymous said...

Genial, sencillamente genial. Mejor que el CELL de Stephen King, pero unas cuantas veces. Buenas descripciones, así que te permites imaginar los escenarios. Sigue así que está el asunto que arde.