
ESTRELLA POLAR
Garaitz miraba de reojo y con cierto desconcierto el pequeño receptáculo de madera, laqueado en rojo, que Artzai sostenía entre sus manos. Esa pequeña caja no podía medir más allá de cinco centímetros de largo; quizá dos o tres de alto. Sus esquinas brillaban con un destello dorado apenas perceptible, pero cierto. Artzai, por su parte, la aprisionaba con un marcado gesto de fuerza. Contabilizaba ya un par de días llevándola consigo sin pausa, negándose a la tregua de soltarla siquiera por un segundo. Artzai se aferraba al pequeño artefacto, no temiendo perderlo o que alguien se lo arrebatara; no, esa no era la causa de sostenerlo con tanta vehemencia; La caja no debía ser abierta, bajo ninguna circunstancia; Resultaba imperativo no hacerlo.
La pareja se movía a toda velocidad sobre de un destartalado Caprice 77 conducido por Garaitz, rumbo al norte, alejándose cada vez más de la ciudad en donde ambos habían vivido toda su vida. Recorrían en ese momento la interestatal 63, atinados en un rumbo demasiado general como para decir que en verdad se dirigían a un punto en concreto.
Era necesario alejarse de todo punto poblado, de cualquier concentración humana importante. Y luego, llegado a tal punto, cualquiera que este fuese, esperar.
Esperar por cualquier cosa que pudiera suceder.
El sol entraba de lleno en el auto, de manera que Garaitz sudaba de manera visible. En cualquier otra circunstancia, hubiera dejado cualquier cosa -cualquier cosa- que hubiese estado haciendo para dirigirse a un sanitario o a un lugar tranquilo a limpiarse el rostro y aplicarse un poco de maquillaje. Pero ahora, tras lo sucedido, ¿Cómo resultaría posible siquiera pensar en algo así?
Decenas de ideas revoloteaban en su cabeza. Casi todas ellas, confusas.
- Artzai -dijo Garaitz, interrumpiéndose los pensamientos- lo que quiero decir es que ya han pasado muchas horas... El efecto puedo haber disminuido, o incluso desaparecido. La caja es demasiado pequeña para que cualquier cosa significativa perviva ahí dentro por un lapso de tiempo considerable...-
El hombre no respondió nada.
Momentáneamente la única cosa que pudo hacer fue pensar en lo que había visto en las últimas horas. Toda esa gente sencillamente desvaneciéndose en el mismo sitio donde un segundo antes se habían encontrado brillantes, alegres y en perfectas condiciones.
Gente, animales, plantas.
Hace algunas horas -muchas, lejanas, según la perspectiva de la pareja- sucedió algo que no tenía explicación posible, y giraba en torno a la cosa que Artzai sostenía entre sus manos. Un segundo antes de que accidentalmente la caja fuera abierta por aquel estúpido policía que los detuvo a las afueras de la ciudad tras perseguirlos por su evidente exceso de velocidad, existía alrededor de todos un mundo perfectamente normal, y un segundo después, un extraño e indefinible silencio. Luego, golpes, cosas cayendo al suelo, luego autos colisionando.
Artzai no iba a olvidar eso con facilidad.
- Eso no importa. Lo que cuenta es lo que ya ha sucedido. No podemos confiar en nada.-
Garaitz asintió y guardo silencio. No podía hacer otra cosa ante tal sugerencia; La más importante de todas, sin duda. Ella se contenía, por más que el sentido común intentase convencerla de que algo en todo aquello estaba erróneamente planteado. Quizá fuese el subconsciente el que requería asegurarse de que en realidad se encontraba en medio de una situación tan enloquecedoramente peligrosa que resultaba increíble. Una parte de ella llegaba no aceptaba su entorno, pero otra parte de sí, la inmediata y que respondía a los estímulos primarios de vista y tacto, continuaba gritando que todo aquello era cierto y evidente. Frente a ella habían estado todos aquellos montones de animales muertos, toda esa vegetación seca a la que tuvieron que prenderle fuego. Aunque Artzai no le permitió ver ninguno de los cadáveres que asegura haber reunido en la parte trasera de aquel conjunto de casas con el que se habían topado en su loca escapatoria, estaba segura de que eran "de verdad". Porque si no hubiera sido cierto que "todos aquellos cadáveres" estaban ahí reunidos, ¿a qué otra cosa Artzai le había prendido fuego? ¿A qué otra cosa que desprendiese un olor tan asqueroso, penetrante, carnico?
No había que confiarse; era lo único cierto.
- ¿Y nosotros? ¿Por qué nada nos ha sucedido a nosotros? -
Artzai suspiro. Había pasado por la misma pregunta un centenar de veces. Todavía no tenía una respuesta satisfactoria. ¿Algo en sus cuerpos, en la sangre?, ¿Era aquel un signo providencial, estaban destinados a un acto importante?, ¿Resultaban estúpidamente afortunados?
Por respuesta, se encogió de hombros, aseguró sus manos alrededor de la caja y afinó la vista al frente, al fondo de la carretera.
Las siguientes dos horas las recorrieron en silencio, kilómetro tras kilómetro, mientras la distancia entre ellos y los poblados existentes que alcanzaban a recordar por los alrededores aumentó de manera gradual, hasta llegar al punto en que Artzai y Garaitz se convencieron de encontrarse en un punto ciego, en una extensión prácticamente desierta; una impresión en blanco en cualquier mapa de carreteras de la región.
A la distancia, siguiendo de manera lateral al camino, un breve macizo de montes de regular tamaño se levantaba en silencio. El sol comenzaba a descender y cada vez con mayor frecuencia el auto se movía entre las ya muy alargadas sombras de aquellos colosos.
Artzai y Garaitz miraban como el día comenzaba a agonizar. Muy pronto la noche caería de pleno y se encontrarían avanzando en la oscuridad.
Alrededor de ellos se miraban indicios de bosque, típicos de la región. Recortados contra las faldas de los montes, era imposible no creer que en algún lugar de aquella cada vez más poblada marañe de pinos y abetos, existían sitios llenos de humedad que alimentaban la vida de todo tipo de animales. Uno llegaría a creer en la existencia no solo de mapaches y toda clase de aves, sino incluso en la presencia de algún pariente cercano a un alce, o incluso de algún oso.
Una voz interrumpió aquella visión.
- Hermoso, ¿Verdad?-
Garaitz había lanzado aquel breve comentario casi como un suspiro apenas audible. No obstante, Artzai lo había escuchado y reaccionaba al mismo. Miraba hacía los montes, hacia el bosque cada vez más tupido y asentía con la cabeza.
Los últimos dos meses en aquella región habían sido de un buen clima. Los días, largos y llenos de sol, se alternaban con noches frescas y silenciosas, plagadas de estrellas y buenas historias. Los atardeceres, justo como el que tenían frente a ellos, habían resultado pacíficos y amigables. El sol daba en la cara sin quemar, el viento, tibio y agradable, parecía llevarse todas las cosas malas del mundo a cualquier otro sitio, dejando tras de sí un delicado aroma a hierba recién nacida, a hojas yéndose a dormir sin preocupaciones.
Artzai se dirigió a Garaitz en medio de aquella contemplación.
- Garaitz, sal de la carretera. Ve hacía los montes. Oscurecerá muy pronto.-
Ella no reaccionó de inmediato; incluso creyó no haber escuchado con claridad lo que Artzai había dicho.
- ¿A los montes? ¿Fuera de la carretera?-
- Si... A los montes...-
Garaitz no obedeció de inmediato, sino hasta unos cuantos metros después. Cuando lo hizo, el movimiento del auto resulto titubeante, acrecentando de manera exponencial el cambio entre la superficie lisa del asfalto de la carretera y lo irregular y violento del internarse en el polvoriento terreno árido. Por un segundo Artzai tuvo temor de las inmediatas sacudidas. El pequeño receptáculo entre sus manos se estremecía junto con la estructura del auto mientras lo aferraba con el doble de fuerza. Garaitz sostenía el volante mientras este se agitaba como pretendiendo salirse de todo control. Por un segundo ella intuyo que deberìa disminuir la velocidad; no pretendía involucrarse en cualquier tipo de estúpido accidente.
Todo aquel asunto, ese apenas intuido plan de acción que consistía en alejarse de todo lo que pudiera representar un punto de tragedia era apenas un esbozo. Y uno muy bastante idiota. No resultaba admisible bajo ninguna lógica, y sobre todo, parecía que moverse sin control por las carreteras del país exponenciaba cualquier peligro, llevando consigo aquella cosa que habían encontrado en el doble fondo del sótano de un extraño lugar, esa vieja casona que Artzai y su equipo de trabajo, ingenieros todos ellos, habían tenido por misión demoler como parte de un proyecto inmobiliario en el barrio más antiguo de la ciudad; Misión que se encontró con el exabrupto de la muerte súbita de todos los involucrados en ella, con la milagrosa excepción de Artzai y Garaitz, quienes aparecieron en la escena algunos minutos después de la supuesta muerte de todos aquellos hombres y el descubrimiento de aquella pequeña caja en un rincón oculto y clausurado de la construcción.
En ese momento y lo que sucedió a continuación -si Garaitz quizá hubiere hecho caso de lo más evidente- hubiera tenido otra conclusión. Los acontecimientos de pronto sucumbieron.
Ella no descendió la velocidad del auto en ningún momento.
No antes de encontrarse con esa engañosa depresión en el terreno.
Lo siguiente que ambos supieron, fue sentirse lanzados por el aire, despegando los neumáticos de la tierra. Frente al vehículo apareció repentinamente una zanja, invisible a la distancia e inevitable en la inmediatez.
El golpe en contra de la pared lateral de la hondanada, a sesenta kilómetros por hora, resultó brutal. El parabrisa del auto estalló al instante y arrojó por el aire muchas de las cosas que se encontraban al interior del auto.
Entre estas, la pequeña caja que hasta un momento antes Artzai había sostenido entre las manos.
Esta voló por el aire y cayó un par de metros adelante del sito en donde el auto se colisionaba.
Cuando se estrellò en contra del suelo, su pequeña tapa superior se desprendió por completo.
Un segundo después, mientras el polvo y el ruido del accidente se levantaban constriñendo el aire, las plantas inmediatas a la caja se secaron en un parpadeo. Fue como si de pronto colapsaran desde su interior mismo. A unos centímetros se encontraba un ciempiés que se encogía sobre de si mismo por la terrible vibración del suelo en sacudida. Pero al instante, también, relajó abruptamente su pequeña conformación, muerto al instante por causa de lo invisible, intangible y inidentificable que existía dentro de aquella pequeña caja roja.
En el auto, Garaitz vivió dos segundos más. Lo había estado al momento del impacto, luego, cuando se estrelló contra el volante seguía viva. Cuando el golpe la impulsò de regresó a su posición sobre su asiento, seguía viva.
Quince minutos después el auto comenzó a incendiarse.
Los cuerpos estaban expuestos y la caja quedó abierta.
Del cielo y muy cerca del accidente cayo una pequeña ave, muerta mientras volaba.
La primera de muchas de ellas.
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TESTIGO MUDO
NOVIEMBRE - 2009








