
Las divisiones son para comodidad del lector)
2009
Disculpen, hoy no hay entrada.
Esta mañana me senté frente al ordenador en el trabajo y tras la rutina acostumbrada de revisar los correos y abrir el archivo del relato para comenzar a escribir en segundo plano –entre registros, llamadas, revisiones y una que otra esporádica reunión con el personal- y dejar caer gota a gota en el papel lo que tenía planificado que debía suceder en el Jardín del Edén, el día comenzó a descomponerse muy pronto, de tal forma que, al final del mismo, ahora que debería de estar colgando el texto, un sentimiento -de esos que te insinúan que debes tirar por borda todo esfuerzo de tus manos dado que tu actividad profesional no vale la pena, o que en realidad un detalle estúpido se convierte en el fiel de la balanza con la cual la gente te mide- me esta rondando, lanzando escupitajos de veneno y queriéndome hacer sentir peor de lo que ya estoy, mirándome postrado en el suelo y cubierto del polvo.
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Solo falto insultarnos y liarnos a golpes. Y todo por un cliente embravecido que supuso una crisis en donde solo había un procedimiento detenido por las mismas políticas que rigen a la empresa.
Vaya insignificancia.
Al final del asunto el cliente decidió saltarme y hablar con mi superior; y todo para terminar exactamente en dónde había comenzado. En nada y en lo mismo.
Claro, el superior se la tomó conmigo y aunque al final termino reconociendo que no había sido ni mi culpa ni responsabilidad, ahora mismo me marchó a casa con algunas huellas de zapato caro y fino sobre del ego y orgullo.
Vale, que esta NO-ENTRADA, vaya dedicada a todos los que escribimos y leemos desde el trabajo.
Un abrazo, voy a dormir.
TM
Richthofen despertó casi treinta y seis horas después. Estaba dentro de un cuarto oscuro cuyas ventanas estaban completamente tapiadas con gruesas maderas y recubiertas de retazos de tela en todas partes. Sus ojos viajaron lentamente por aquella oscuridad y muy pronto descubrió alguna especie de decoración que se esparcía cuidadosamente por el cuarto en el cual se encontraba; se reconoció a sí mismo en una mullida y pequeña cama de sencilla disposición. A los pies de la misma se encontraba una pequeña mesa donde observo un puñado de fibras plásticas, lodo endurecido, remates y costuras reventadas que reconoció como los zapatos que había utilizado desde que el comandante Heart lo había integrado circunstancialmente en una ya olvidada misión.
De alguna manera cierto tipo de luminosidad flotaba en el ambiente y le permitía a Richthofen observar esas y otras cosas que se encontraban en la habitación. No muy lejos de ahí una puerta medio abierta invitaba a observar a través de ella. Detrás su perspectiva se observaba un pasillo estrecho también tenuemente iluminado.
Richthofen intentó levantarse pero un dolor terrible en sus piernas, cadera y espalda lo impidió. Era como si sus músculos se desquebraran como viejas losetas asfálticas al intentar moverlos. Su cuerpo era una colección de estallidos musculares y accidentes fisiológicos. Estaba completamente arruinado.
- Ahí estas, bello durmiente.-
Richthofen se sacudió en la cama y buscó con violencia la fuente de aquella voz. Por un costado de aquella habitación apareció la delicada figura de una jovencita, quizá no mayor a los veinte años. El soldado intentó incorporarse nuevamente acelerado por aquella presencia.
Si uno pudiera definir ese dolor, Richthofen sintió desgarrarse la piel de sus piernas y pies tal y como se desgarra la piel de una naranja al ser comprimida con fuerza. Fue percibir un sangrar inmediato y microscópico.
- ¿Quién esta ahí? ¿Quién esta hablando? ¿Quién carajos...? ¡Xavare! ¡Skass! ¿Dónde estamos?-
Richthofen se sacudió sobre la cama e intentó despojarse de la delgada manta que lo cubría.
- ¡No te levantes! ¡estas mal herido!-
- ¡Quién eres! ¡qué quieres de mí!-
- ¡Recuéstate! ¡No puedes estar de pie!-
- ¿Por qué estoy herido; dónde estoy?-
- Estas en un lugar seguro. Solo necesitas saber eso; somos amigos.-
Richthofen dejo de moverse, más por causa del dolor que por creer en aquellas palabras. Se dio cuenta que la jovencita traía consigo una especie de rustica charola; Apenas era una superficie rígida que sostenía un plato translucido que humeaba la insinuación de un liquido caliente. Acompañaba con un vaso de agua en el que parecía haber licuado algún tipo de fruta. Richthofen intentó establecer qué fruta pudieron haber utilizado para obtener eso, pero solo algo del color de una zanahoria podía dar una apropiada respuesta.
- Voy a dejar aquí su comida; ya me marcho.-
- No, no te vayas, por favor... Quién eres, cómo te llamas...-
- Maria, me llamo Maria.
- Maria, dónde están mis compañeros.-
- Descansando, están descansando.-
- ¿Están bien; a salvo?-
- Si, todos. Los encontramos casi muertos, pero ya mejoran notablemente. Fue difícil creer todo el daño que presentan. ¿Qué les sucedió? ¿Dónde estuvieron?-
Richthofen dudó.
- Resucitamos Maria... Estuvimos muertos.-
+
Transcurrió otro día para que los cuatro hombres volvieran a verse las caras, y sucedió en el núcleo de todas aquellas construcciones; alguien había tenido la idea de tapiar con madera y cualquier material disponible todas las ventanas y puertas de un conjunto de nueve o diez casas -casi todas ellas de madera- y unir las mismas creando una red de rústicos Skywalkers terrestres que comunicaban al fin las unas con las otras. La sensación final era la de un hormiguero compuesto de varias cámaras que no arrojaba evidencia de estar habitado. El lugar estaba poblado por un mínimo de treinta personas, incluyendo algunos niños y algunos jovencitos, Maria entre ellos.
Los cuatro soldados se descubrieron alegremente vivos y en medio de una especie de repentina recuperación en la cual antes ni siquiera hubieran creído.
- Richthofen, Richthofen... Lo logramos.-
- Si, estamos vivos, estamos vivos y a salvo...-
Inevitablemente aquellas personas que los habían acogido preguntaron de dónde habían llegado y qué les había sucedido. Richthofen contó la historia. En la misma el comandante Heart aparecía como un héroe luminoso e invencible; Lara, una mujer hermosa y valiosísima; una simple victima de algo que los rebasó a todos.
Bender, Dreed y Sinner fueron retratados como caballeros que lucharon sus propias batallas y tuvieron el infortunio de perder apenas en el último segundo.
Y Chenko, en su momento, según Richthofen, siempre estuvo al frente del escuadrón; de tal manera que eso había desembocado en la supervivencia de los cuatro hombres restantes del escuadrón.
Los enemigos fueron retratados brevemente, todos con características de vampiros, reptiles e insectos abominables.
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Aquella comunidad también tenía su historia y los antiguos S.T.A.R.S. la escucharon con atención, asombrados de lo que aquella gente tuvo que pasar para sobrevivir.
Luego, al final, quedó sobreentendido que Kimera, Xavare, Skass y Richthofen pasaban a formar parte de la comunidad; si aquel fuese su deseo.
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Algunos días después, cuando tuvieron la oportunidad, se reunieron para conversar en privado.
- Richthofen, ¿crees que sea posible?-
- No lo sé; tal vez todo es simplemente un sucio pensamiento.-
- ¿Será verdad? ¿Algo de todo eso podría ser cierto?
- Pues así parecía, juraría que no nos equivocamos con esto...-
- La verdadera pregunta es otra: ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo vamos a esperar?-
- Tiene que llegar la primavera, y tenemos que estar completamente recuperados.-
- No entiendo -dijo Kimera- la necesidad que aparentemente tenemos de regresar a ese maldito cementerio. En este preciso instante debe estar rebosante de monstruos, y si todo sucedió como se suponía, si eso fue lo que pasó, el mismo Chenko -Kimera dijo ese nombre con lentitud y profundidad, como cuando se pronuncia con propiedad la palabra abismo- esta ahí, pendiente de contagiar de infierno a cualquier victima que pueda caer en sus manos.-
- Pero, ¿Qué otra cosa podemos hacer? No podemos permitir que eso se pierda; si alguien merece poseerlo, somos nosotros.-
- Tenemos que ponerlo a consideración de los demás; no podemos actuar solos.
- Si, tienes razón, pero no ahora, cuando sea propició...-
- ¿Y cuándo será eso?-
- Después, cercana la primavera...-
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Los hombres discutían sobre El Recurso, aquello que escucharon de voz de Papish y que suponían algún tipo de combinación de arma, transporte, refugio y otras decenas de cosas al mismo tiempo.
Querían regresar por eso, saber qué era y sobre todo, saber si podía beneficiarles en algo.
Querían -necesitaban- saberlo a pesar del peligro que representaba regresar al complejo bajo tierra.
- Ahora debemos descansar- concluyó Richthofen- ahorrar energía y fuerzas. Debemos ser inteligentes; en un mundo donde ya no existen las municiones ni las armas de fuego, un plan perfectamente claro y realista debe ser el equivalente de una bomba atómica amartillada y teledirigida.-
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Los hombres se dispersaron entonces, antes de levantar cualquier posible sospecha; regresaron a la integración que les sucedía en aquella comunidad.
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Esa noche, los cuatro hombres en distintas secciones de aquel panal, compartían una misma sensación.
Percibían que lo vivido los había afectado de una manera que aún no alcanzaban a comprender. Quizá toda esa desesperación los había marcado para siempre. Incluso, tras pensarlo detenidamente, habían llegado a intentar un ejercicio de comprensión sobre el comportamiento de aquellos que alguna vez habían llamado malditos, extraños, engendros. De alguna manera los habían encasillado simplemente como humanos; humanos con una distorsión de sus sentidos; y quizá nada más.
Ya después durmieron tranquilos, tal y como lo habían hecho las noches pasadas.
Tanto, que incluso su ritmo cardiaco parecía desacelerarse.
Tanto, que incluso perdían respiraciones.
Tanto que incluso no caían en cuenta que las últimas palabras que habían expresado durante su incipiente y privada conversación sobre El Recurso, era el discurso seminal que Papish y los suyos habían sostenido durante todo el tiempo de su pesadilla compartida.
Los antiguos S.T.A.R.S. durmieron sin remordimientos aquella pensando en El Recurso y en cómo fue posible que hubiera nacido aquella pesadilla en que estuvieron involucrados.
Sostuvieron toda aquella noche aquel tipo de actividad mental que se confunde fácilmente con imaginaciones.
Pero no estaban imaginando; estaban teniendo visiones. Y las visiones lo cambian a uno. Desde lo profundo.
- ¡Tenemos que irnos inmediatamente! ¡Inmediatamente!-
Los cuatro hombres estaban temblando por causa de la explosiva revelación a la cual exponían sus sentidos; además de los gritos desgarradores que alcanzaban a percibir desde el otro lado del complejo -de lo inmediato detrás de aquellas paredes. Chenko, su líder, alguien a quien no habían comprendido del todo, en ningún momento, estaba en ese mismo instante acabando con los enemigos que por poco les habían arrebatado la vida.
Los cuatro se acercaron a la salida del complejo y cuando la abrieron una ráfaga velocísima de aire congelado les golpeo el rostro y las articulaciones. Un dolor como de minúsculos cuchillos inmediatamente los azotó y los hizo retroceder por un segundo; pero ninguno de ellos permanecería de voluntad propia en aquel lugar un segundo más. A unos cuantos metros de ahí el cuerpo inerte de aquel que en algún momento se había identificado como Daviwolfy seguía pendido del remate del sistema de calefacción que desembocaba en el lugar.
Su presencia era una amenaza latente. Los malditos que ahora debían estar comprendiendo -antes de sucumbir por completo- que estaban contaminados, debían conocer todos y cada uno de los recovecos y laberintos de aquella instalación, y los monstruos en los que ahora se convertían no debían de tardar en aparecer por cualquiera de los rincones que abundaban en todas partes.
Afuera era de día, increíblemente de día. Tantas horas encerrados en aquel lugar habían borrado de sus concepciones la noción del tiempo y antes de abrir el acceso hubiera sido imposible para ellos determinar si aún siquiera existía el sol y la luna.
Los cuatro que quedaban de nueve seres humanos que habían entrado en aquel complejo pensando que este era un refugio al cual asirse confiadamente, se descubrían a sí mismos más temerosos del interior del mismo que del exterior en donde reinaba la tormenta. Tras intercambiar miradas entre ellos se aventuraron a salir y al cabo de un par de minutos tenían las piernas enterradas en no menos de treinta o treinta y centímetros de nieve que colapsaba debajo de sus pasos. Se movían con toda dificultad y era perfectamente visible que uno de ellos, Kimera, era el más debilitado de todos; reiteradamente se rezagaba al punto de que en unos cuantos minutos de marcha frente al furioso clima, quedaba detrás de los tres hombres que le precedían por lo menos en unos cuatro o cinco metros. Skass regreso por él y le indico a señas apoyarse de su cuerpo. Así lograron avanzar al unísono aquellas cuatro figuras durante no menos de tres horas.
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Al cabo de ese tiempo la tormenta aminoró su furia de tal manera que daba la impresión de llegar a ser solo una llovizna de nieve reblandecida. Los cuatro hombres observaron como el entono que los envolvía se despejaba y comenzaba a dejar entrever la configuración del lugar en el que se encontraban. Después de aquellas horas de caminata en contra de los elementos una especie de cordillera se dejaba mirar a la distancia. Sobre aquella imagen las nubes comenzaban a guardar silencio y unos pocos rayos de luz penetraron hasta acariciar el rostro de los sobrevivientes que parecían despertar de un largísimo letargo en el cual hubieran caído como por arte de magia. El sol poco a poco apareció en el horizonte tornando el panorama en una combinación de colores brillantes e intensos. Parecía que todo regresaba a la vida, los impulsos de la naturaleza penetraban y atravesaban el alma de aquellos hombres. Incluso un intenso aroma a naturaleza emanaba de todas partes intensificando la inexplicable sensación de estar vivo, de haber escapado del embrujo de un pozo sin final en el cual jamás se dejaba de caer.
Lo suyo era la sensación que debía tener un hombre dispuesto contra el paredón y que al momento del fusilamiento, todas las armas del pelotón hubieran fallado. Todas.
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Los hombres continuaron caminando y cuando fueron capaces de darse cuenta, su rastro sobre la nieve era ya una línea interminable que se perdía en el recorte del suelo en contra del horizonte. Ahora que todo les parecía favorable, inexplicablemente les asistían fuerzas invisibles e irreconciliables con su figura desquebrajada.
- Richthofen, Richthofen ¿A dónde nos dirigimos?-
Las voces se escuchaban entrecortadas y ateridas. El frío calaba hasta los huesos a pesar del imponente sol que ahora hacia brillar toda la superficie del mundo.
- No tengo idea… la más mínima… Puede que estemos caminando hacía ninguna parte, a un vació indefinido.-
- Richthofen- dijo Skass – ellos, ellos hablaban de una población cercana al complejo. Quizá haya gente ahí todavía, gente… gente buena…-
- Debemos estar ya muy lejos de ese lugar, si es que en verdad existía; no estoy tan seguro de las buenas intenciones de aquellos malditos al hacernos concientes de aquella información.-
- Richthofen... tiene... razón...- Dijo Kimera – no debemos regresar... bajo ninguna... circunstancia…-
- Esas fueron las palabras de Chenko…- remato Xavare.
- No regresaremos entonces- sentenció Richthofen – no regresaremos; seguiremos en esta misma dirección hasta topar con algo; con lo que sea.-
- Richthofen, dime, dime por favor… ¿Todo ha sido un sueño, una pesadilla? ¿Sucedió de verdad?-
Richthofen dilató su respuesta.
- No lo sé, no lo sé Xavare…-
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Caía ya la noche cuando los hombres encontraron una enorme extensión de terreno cubierta con lo que parecían ser una cantidad inimaginable de huellas.
No eran huellas humanas, era evidente. Parecían de alguna especie de animal. Cuadrúpedos, caninos. Tenían que haber sido centenares los animales reunidos para marcar todo aquel territorio. En muchas partes se veían amontonamientos de heces congeladas. Era imposible concebir por qué tal cantidad de animales se reuniría en un solo lugar y después desaparecía como un solo ente.
- Solo sé que no quiero toparme con ellos, de ninguna manera.-
- Skass ¿recuerdas que nos obligamos a entrar al complejo por causa de algo que vimos desplazarse velozmente sobre la nieve? ¿Recuerdas? ¿Habrán sido estos mismos animales?-
- Lo recuerdo… tal vez… ¿Qué otra cosa podría ser?-
- Hay que encontrar una dirección a la cual dirigirnos, ahora es imperativo; no podemos deambular si hay algo como esto movilizándose por este terreno.-
- Podemos seguir la orientación general de la estrellas del norte; eso debe conducirnos a alguna parte.-
- Muy bien... al norte.-
Un par de horas después de caminata nocturna los hombres se aprestaron a descansar. Simplemente se recostaron cerca el uno del otro. La visión de las estrellas sobre sus cabezas era de una belleza y simplicidad que hizo llorar a sus corazones.
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Sin que nadie pudiera haberlo creído posible, al día siguiente hubo un amanecer.
El pequeño comando reinicio su caminata extendiéndola hasta muy entrado el día. No habían probado alimento en una ya indeterminada cantidad de horas; no sabrían precisar cuánto tiempo había pasado desde la última ocasión en que se habían llevado algo a la boca, aunque esto no hubiera sido mas allá de dos o tres días, a lo sumo, los cuales tenían que sopesarse en acontecimientos, no contabilizarse en horas.
Una especie de desfallecimiento se sucedía intermitentemente dentro sus cuerpos y mentes, debilitándolos, ensimismándolos, volviendo cada vez más lenta su interminable marcha.
Tiempo después, el brillo del sol sobre la nieve comenzó a cegarlos y a confundirlos. Muy pronto nuevamente estaban completamente perdidos. Se detuvieron varias veces, sobre todo cuando comenzaron a volver el estomago de cansancio; de pronto se encontraban mareados, débiles, heridos casi de muerte, deshidratados y con la química interna de sus cuerpos alterada tal y como si hubieran ingerido algún tipo de veneno.
Con cada hora transcurrida pensaban menos y simplemente extendían la actividad física en la que sus cuerpos se hallaban imbuidos.
Por eso creyeron que se trataba de algún tipo de visión o espejismo cuando en un lejano costado de su errático caminar se configuro la imagen de una serie de inexplicables construcciones. Bien pudieron haber sido considerada la idea general de una aldea en medio de la selva o a los pies de una playa, pero en aquel paisaje nevado resultaba sobrado y chocante.
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Los hombres bien pudieron haber pasado de largo y terminar extraviados y muertos en cualquier punto anónimo de aquellas llanuras nevadas, pero un par de gestos, además de sus contrastantes figuras oscurecidas en contra de la blancura circundante, revelaron su presencia ante algunos humanos que se encontraban en aquellas construcciones que ignoraron a su paso, las cuales eran jodidamente reales.
El primer gesto fue la asistencia en que el cuarteto envolvía a Kimera. El soldado era el de condiciones más precarias; de vez en vez se apoyaba alternadamente en Richthofen, luego en Skass y por último se apoyaba exclusivamente en las buenas intenciones de Xavare por ayudarle, pues este último simplemente no podía sostener más peso que el suyo propio.
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Alguien a la distancia conversaba rápida y desesperadamente con alguien más sobre aquellas cuatro figuras.
- Un infectado no ayuda a otro a caminar; te digo que son humanos. Esta perdidos... Hay que ir por ellos...-
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Tras unos cuantos minutos de caminata el disminuido escuadrón fue alcanzado de forma increíble por una breve comitiva de dos o tres humanos que intentaron acercarse a ellos. Los soldados amenazaron con matar a esos hombres si se atrevían a ponerles una sola mano encima.
- ¡Tienen que venir con nosotros! ¡Aquí ronda una cantidad ingente de fieras salvajes! Morirán si no vienen de inmediato con nosotros...-
- Estamos demasiado débiles... No podemos luchar; por favor déjenos ir... No nos necesitan... déjenos solos.-
- No podemos hacer eso... No los lastimaremos... Queremos ayudarles...-
Los soldados siguieron caminando mientras una suerte de ruego se escuchaba detrás de ellos; aquellas personas -jóvenes casi todos- prácticamente estaban suplicándoles que se refugiaran a su lado. Muy pronto un trastabilleo de Kimera les hizo detenerse y darse cuenta de su terrible condición; y reventar, desmoronarse y caer de lleno en la nieve envueltos en el reconocimiento de su fragilidad.El pálido sabor salado de sus lágrimas lastimó las comisuras de sus labios desquebrajados.
Chenko cayó al suelo cuan largo era. El golpe le tomo enteramente por sorpresa. Había sido Richthofen. Quien más sino Richthofen.
Y se le hubiera lanzado encima a seguir con aquellos golpes sino hubiera sido porque Xavare lo detuvo, no sin lamentarlo inmediatamente.
- ¿¡Qué quieres, qué buscas!? ¿¡No estas satisfecho con la horrorosa burla que nos has hecho pasar¡?-
- Richthofen, Richthofen, escúchame…-
- ¡Tú escucha esto, cabrón!-
Entonces Richthofen venció la resistencia de Xavare y se le dejo ir a Chenko encima, quien no presento resistencia. No interpuso siquiera las manos cuando Richthofen le propino dos tremendos puñetazos en el rostro y algunas patadas sobre el cuerpo caído. Xavare tardó mucho en volver a sujetar a Richthofen, compartiendo de esa manera el mismo sentimiento de ira y desahogo que el hombre dejaba recaer sobre su antiguo líder.
- Deja… deja… de… golpearme… deja… deja…-
- ¡Te lo mereces! ¡Te mereces cada golpe! ¡Te mereces que te matemos y nada más! ¿Ahora suplicas? Eres una mierda sin nombre…-
- Deja… deja… de golpearme… déjame…-
- Cabrón... ahora suplicas… cabrón…-
Chenko se incorporó lentamente mientras Xavare y ahora Skass sostenían con dificultad a un Richthofen que bien hubiera continuado golpeando a Chenko hasta reducirlo a nada. Los cuatro –incluyendo a Kimera que permanecía al lado de Sinner en el suelo- miraban a Chenko con un dejo de desprecio y odio en la mirada. Sencillamente el antiguo líder de los STARS se había ganado a pulso la repulsión de todos aquellos –amigos y enemigos- que lo rodeaban.
Pero a él no parecía importarle, no al menos en ese instante, en que se medio incorporó y les pidió que -en medio del dolor de todo su cuerpo- le prestaran algo de atención.
- Solo tenemos… un segundo para hablar…-
- Hablar de qué maldito.-
- Richthofen, escúchame… escúchame por favor… Lo que va a suceder a continuación… es una pesadilla terrible.... Tienen que resistir en todo momento... Quédense muy cerca de la salida al exterior…-
- ¿Qué dices Chenko? Contesta primero a qué has regresado…-
- No hay tiempo…- dijo incorporándose y tomando tras un momento de pausa el ritmo normal de su respiración – ya no hay tiempo que perder. Los mal nacidos tienen razón al decir que la tormenta esta cediendo, recién he podido comprobarlo…-
- Chenko, ¿Estas planeando algo? ¿Porqué has regresado?-
El soldado no contestó a la pregunta ni parecía tener intención de contestarla. Muy en el fondo de su mirada se contemplaba algo oscuro, algo sin sentido o interpretación, y eso, fuese lo que fuese, era posiblemente la causa que lo obligaba a estar de regreso en aquel tétrico lugar.
- Solo quiero decirles que me parece comprender que la humanidad esta en proceso de extinción. He salido del complejo, y ya no existe nada allá afuera; todo es difuso, intangible. Estamos perdidos; no solo como especie, sino como lumbrera y peñón de razón al cual asirse. Pero tengo mis dudas sobre si eso significa y autoriza que los sobrevivientes tengamos que degradarnos hasta donde sea posible; Tal y como lo han hecho esos malditos…-
Una voz delicada y atronadora a la vez interrumpió entonces su conversación.
- ¡Chenko! ¡Chenko!- era la voz de Papish –¡Aceptamos la oferta y estamos listos para dejarlos ir! ¡Sal de donde quiera que estés!-
Chenko miró a sus hombres.
–Resistan; traje una especie de varilla de metal del exterior del complejo y lo he dejado apenas cruzando la puerta del túnel; al salir utilícenlo para trabar por fuera la puerta. Eso los detendrá el tiempo suficiente.-
- Chenko ¿En verdad estas cambiando lugar con nosotros? ¿Entiendes que quizá no tengamos la intención de organizarnos de alguna manera y regresar por ti?-
- Eso es exactamente lo que quiero que hagan; No regresen bajo ninguna circunstancia. No importa nada, ahora solo cuenta que traben la puerta de salida con la fuerza suficiente mientras doy cuenta de todos ellos. –
- Chenko, qué dices…
- Y por favor no me juzguen por lo que les hice, y lo que voy a hacer. No hasta que todo haya terminado…-
Los hombres no comprendían casi nada de lo que Chenko estaba diciéndoles. Detrás de su voz, se sobreponía la de Papish que continuaba llamándolos a salir del fondo de aquel oscuro túnel.
- ¡Chenko, carajo, estas en el peor de los papeles! ¡Sal inmediatamente de esa ratonera antes de que me arrepienta de dejar ir a tus hombres!- gritaba Papish.
Chenko retuvo un segundo más a los soldados antes de conducirlos al exterior.
- Carajo… jamás volveré a verlos…-
- Chenko, aún podemos salir todos de aquí.- Dijo sorpresivamente Xavare, de alguna manera haciendo relucir una velada intención en el corazón de todos ellos.-
– Ya es demasiado tarde.- respondió el antiguo líder al soldado que se había expresado. Entonces Chenko avanzó hacia el fondo de la cámara y sus antiguos compañeros lo siguieron como pudieron.
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-¡Papish! ¡Mis hombres están listos! ¡Debes cumplir tu palabra como lo hiciste conmigo! ¡Pero tengo dos peticiones que hacerte!–
Si el ambiente estaba enrarecido, el comentario de Chenko no hacia sino encabritar a todos los corazones que escuchaban sus palabras. Parecía que tenía demasiada suerte al conseguir intercambiar su posibilidad de salvación con sus hombres y resultaba exagerado aún intentar negociar otra cosa con los mal nacidos que a todas luces estaban nerviosos a tope y dispuestos a todo en aquel mismo instante.
Aún así Papish respondió con cierta frialdad al comentario.
-Dime Chenko… te escucho con atención…- Su voz era filosa, como la de un cuchillo perfecto.
-¡Dos peticiones! La primera respecta a uno de mis hombres. Tú sabes que uno de ellos esta gravemente herido ¡Lo sabes bien! ¡Es imposible que él vaya con los demás y escape con el resto! ¡Es peso innecesario!-
Richthofen asumió de inmediato una posición defensiva. Chenko hablaba de Sinner, quien a todas luces estaba gravemente lesionado. Hasta el momento había resistido valientemente pero una exposición a la intemperie a todas luces acabaría con el en pocos minutos.
- ¡Papish! ¡Deja que acabe con su vida con mis propias manos!-
El asombro se apoderó de todos ellos y Richthofen extendió su defensa hacia Chenko, quien en ese momento pareció indicar que se acercaría al grupo. Los hombres se contrariaron de inmediato. En pocas palabras lo que se expresaba era la condena de Sinner.
-¡No quiero que ustedes lo toquen!-
- ¡Chenko!- gritó Richthofen - no voy a permitir eso…-
- Será un placer mirar el espectáculo. Has lo que tengas que hacer…- remató Papish.
El hombre se acercaba ya al grupo cuando Xavare y Richthofen le cortaron el paso. Chenko inmediatamente los increpó e intentó disuadirlos de la mejor manera antes de llegar al contacto físico, pero Xavare se agotó demasiado rápido esa posibilidad. Se lanzó en su contra y Richthofen lo siguió al instante. Ambos se encontraron con una pared que los reboto inmediatamente, pero se pudo observar que los movimientos de Chenko fueron perfectamente medidos, con la tenue intención de no lastimar a los hombres. Solo quería hacerlos retroceder. Aún así cuando los contempló en el suelo, solo tuvo para ellos una especie de mirada cargada de odio; Había algo muy malo en el interior de los ojos de Chenko, algo negro y maligno.
Kimera y Skass permanecían junto de Sinner, y al contemplar aquello y ante su débil condición, nadie pudo culparlos cuando se retiraron asustados, dejando el cuerpo a merced de Chenko que se acerco al mismo con un gesto desfasado e incomprensible.
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Chenko colocó sus dedos alrededor de la garganta de Sinner quien de alguna manera dispersa lo observaba en medio de la terrible lesión que lo acosaba. El cerebro de aquel hombre parecía desconectarse a ratos pero ahora parecía estar presente en aquel momento y lugar.
Sinner había sido un excelente compañero y la perspectiva de tenerlo conciente justo en ese momento agrió el espíritu del antiguo líder.
Sinner sonrió como último legado y recuerdo.
- Eres irremplazable; no hubiera llegado hasta este punto sin tu ayuda y apoyo. Gracias Sinner.- Susurró Chenko, y entonces presionó con todas sus fuerzas.
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Fue imposible detenerlo; a unos cuantos metros, habiendo formado nuevamente un cúmulo protector, Richthofen, Xavare, Skass y Kimera miraban a Chenko con todo desprecio; de forma imperdonable. Casi como si lo que observaran fuera a un infectado atacando a un compañero. Un minuto después Chenko se incorporó, justo cuando Sinner llevaba varios segundos sin moverse tras varias sacudidas involuntarias.
- Esta hecho… listo... ¡Listo! ¡Papish! ¡Esta hecho!-
Desde el remate de la cámara en donde había presenciado todo, Papish reía sin control. Aquello en realidad le parecía una cosa muy divertida que le había traído una especie de angustiosa variedad y diversión a sus días dentro de aquel maligno complejo. Cuando salieran del mismo y se esparcieran victoriosos por toda aquella comarca, todo eso sería una increíble anécdota que se divertirían rememorando.
-¿Tú segunda petición, Chenko?- Dijo Papish tras concluir con su ataque de risa involuntaria.
-¡Deja ir a mis hombres primero!-
- ¡Claro, claro! ¡Pueden irse sin ningún problema! ¡Ahí esta la puerta!-
El acceso se abrió nuevamente y prácticamente sin mirar atrás -comprendiendo que posiblemente no tendrían nuevamente una oportunidad como esa- Kimera, Skass, Xavare y Richthofen se apresuraron hacia la negrura de aquel acceso. Cuando atravesaron la puerta y la cerraron tras de si, una visibilidad nula se apodero de ellos. Tras unos cuantos pasos localizaron en el suelo el pedazo de metal que Chenko había traído desde la parte exterior del complejo. Richthofen regreso con Xavare y juntos trabaron fuertemente el acceso. Cuando lo hicieron, a pesar de no ver absolutamente nada, cada quien adivinaba en su par un gesto de odio y angustia mal contenida; más allá de la intención de escapar y no ser alcanzados, cerraron aquella puerta con la idea de dejar tras de sí al maldito traidor que ahora encontraban en su antiguo líder.
- Ojala quede atrapado ahí para siempre.- susurró Skass en medio de aquella penumbra.
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Cuando Chenko estuvo completamente seguro de que sus hombres estarían ya casi a punto de atravesar el pasillo que los conduciría hasta la posible escapatoria, volvió a hablar.
Ahora presentaba su última petición.
El túnel de acceso por el cual Chenko había desaparecido se abrió lentamente, como si del otro lado del acceso se encontrara un ser tímido o debilitado, pero la tosca y violenta mirada del hombre, al tiempo de adentrar su violenta corpulencia en aquella oscura cámara, desquebrajo aquella impresión.
Lo primero que Chenko pudo notar fue que la cámara estaba vacía por completo, con excepción de que en una de las esquinas oscurecidas se encontraba el amorfo cuerpo de Zombie Killer. Alguien lo había retirado del centro del lugar y lo había abandonado ahí. Seguramente aquel engredo seguiría vivo, tal y como resultaría ser durante los próximos ¿días? ¿Meses? ¿Años?, sin que nadie le pusiera la más mínima atención; solo el cuidado necesario para no acercársele demasiado.
El escenario entonces esta puesto, y Chenko como su principal actor en ese momento, tenia la intención de darle inicio y fin al último capitulo de toda aquella grotesca parodia que simulaba ser la nueva condición de la vida de los hombres.
Él sabía que su presa, su objetivo, no debía encontrarse lejos del lugar.
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- ¡Papish! ¡Papish, zorra! ¡Maldita! ¡Papish, sal de donde quiera que estés!-
Los gritos de Chenko retumbaron tal y como lo haría una avalancha de nieve derramándose brutalmente sobre un tranquilo valle habitado por unos cuantos pacíficos alpinos. Cada recoveco intensifico el bramido de aquella voz cavernosa hasta hacerla llegar sorpresivamente a los oídos de cuantas personas estuvieran en aquel lugar. Amigos y enemigos al mismo tiempo se sobresaltaron y atendieron de manera estrepitosa al llamado de aquel bramido.
Solo los cuatro sobrevivientes de lo que un día fue denominado un comando STARS parecieron tomarse aquello con algo menos de sorpresa y algo más de cautela que el resto de los que se encontraban ahí -aquellos malditos que de inmediato se apresuraron a la cámara de donde provenían los gritos- y esto era por causa de que reconocieron de inmediato la voz de Chenko, y desconfiaron de ella.
- ¡Papish! ¡Papish, maldita! ¡Deja de hacer porquerías y ven aquí inmediatamente!-
Muy poco tiempo después, no más de un minuto o dos, en el remate de la cámara que para ese momento había ya adoptado las características de un palco desde el cual se podía observar de mejor manera la representación que durante las horas pasadas se había presentado, apareció Papish envuelta en la negrura que solo una persona conocedora de los recovecos de la muerte puede generar en sí misma.
Una sonrisa extrañada y vulnerable –de fácil afectación- se mostraba en el rostro de la mujer. Detrás de ella, Nimind se balanceaba torpemente, como poseído por el influjo de alguna droga o alguna necesidad mal satisfecha.
Los actores estaban de nuevo reunidos, como si nunca hubiera sucedido un corte de escena en el correr de los acontecimientos y solo tras retomar un sencillo dialogo todo podía reanudarse en el presente e indescifrable punto.
- Me parece una estupidez que hayas regresado Chenko, una soberana estupidez. Pensábamos cumplir nuestra palabra... -
- No me importa lo que tengas que decir Papish. Hagamos todo rápido y directo, sin perder el tiempo en estupideces.-
- ¿Qué dices Chenko? ¿A que regresaste?-
- Papish, sencillo: mi vida por la de ellos.- De manera franca, todos entendieron lo que el hombre quería decir. A no mucha distancia de ahí, Richthofen, Kimera, Xavare, Skass e incluso Sinner, parecían escuchar atentamente lo que sucedía allá afuera. Por un segundo una llama de duda afloro en los corazones de aquellos hombres. Quizá Chenko tenía todavía un plan debajo de la manga, un as que no hubiera mostrado a nadie, ni siquiera a sus compañeros y que estuviera dispuesto a jugar en ese momento, con la intención de arrebatar por entero el Pot acumulado de las puestas.
Inmediatamente los hombres de Papish, sus cómplices que se movían detrás de ella y de Nimind como barcos a la deriva en un mar cubierto e neblina, refunfuñaron y se mostraron claramente en desacuerdo con aquella proposición. Tenían sus razones, las cuales se acentuaron por causa del rojizo resplandor que emanaron los ojos de Papish al momento de escuchar aquella proposición. El rostro de la mujer brilló como poseído por un resplandor que nada tenia que ver con la luz, sinónimo de bienestar o alegría, sino con algo más parecido a un malsano deseo que estaba a punto de volverse realidad.
Los hombres alrededor sabían que Chenko no era sino un capricho de Papish, algo que ella no dejaba de comentar y de traer a colación desde que lo habían dejado ir. Las insinuaciones de la mujer eran similares al escuchar a un niño que vio perder un juguete irremplazable por un error propio y que tuviera que aceptar como extraviado tras someterse a un ejercicio de resignación.
Pero para los demás hombres, para todos los demás, los prisioneros significaban recursos, fuerza, energía, posibilidades.
- Chenko, Chenko… ¿Crees que puedes engañarme? ¿Crees que puedes jugar conmigo y hacerme parecer estúpida?-
- No, no puedo hacerte parecerte parecer. Creo que eres inmensamente estúpida, pero así era antes de que yo apareciera por aquí… Voy a tomar la segunda opción; deja ir a mis hombres.-
Mis hombres.
Las palabras parecieron levantar un vuelo como de aves en medio de un amontonamiento de piedras. Eran palabras con la capacidad de levantar el espíritu de un hombre agónico, y en el fondo de aquel permeable y oscuro túnel en el que los sobrevivientes del comando STARS se amontonaban, algo pareció encenderse -sobre la duda y la desconfianza-, algo como un halito de luz y aliento.
- Chenko, mis hombres parecen declinar tu amable oferta. Ya has decidido y ahora son nuestras las consecuencias. ¿Gustas quedarte con ellos? Te aceptaremos con todo gusto.-
- No puedes retractarte ahora… mujer… ahora todo es blanco y negro. Aquí estoy, tómame…-
Papish sonrió por un instante y como si hubiera cometido un enorme fraude y salido avante, se torno hacía sus hombres.
Les pidió acercarse.
- Vamos a aceptar la oferta de este idiota…-
- Pero Papish, él es solo uno… solo uno…-
- Aceptaremos; en cuanto los demás se hayan alejado, mataremos a este e iremos por los demás. Ni siquiera habrán conseguido salir de los túneles cuando caigamos sobre ellos. Vamos por todo, por absolutamente todo.-
- ¡Papish!- Interrumpió Chenko - ¡Deja el parloteo un momento y escúchame!-
Desde el remate de la cámara la mujer lo miró de reojo con un claro desprecio en la mirada. Sin voz y sin volumen le preguntó a la distancia lo qué quería.
- Déjame hablar con mis hombres, solo un momento, mientras explicas a tus estúpidos lo que sea que este hablando con ellos…-
Con un casi invisible movimiento de mano Papish le señalo hacía donde estaban los prisioneros. El túnel había estado permanentemente vigilado pero en aquel momento la sombra que lo resguardaba se retiro rápidamente. Chenko pudo acercarse con libertad a la boca de aquella oscura ratonera.
- ¡Richthofen! ¡Richthofen! ¡Skass! ¡Xavare!-
- Chenko, aquí…-
- Acérquense a la luz… no puedo verlos…-
Un puñetazo limpio y directo sobre el rostro de Chenko fue la mejor bienvenida que le dieron aquellos que antes habían confiado en él y ahora no lo veían con mayor respeto de lo que hubieran podido vera una sabandija destripada debajo de un pesado transporte militar.
Casi una hora después, cuando en el fondo de aquel oscuro y congelado túnel Richthofen explicaba su plan a los demás hombres, y Papish ajustaba en algún lugar del complejo sus planes a las nuevas contabilizaciones de cómplices y recursos, Chenko regresó, con la intención de renegociar el trato.
Papish sonreía por dentro y en un segundo alcanzo a mirar de reojo a Nimind.
El plan había funcionado. Cada palabra había tenido su propio sentido y era parte integral de un todo; la mujer no había expresado un monosílabo de mas ni de menos. Zombie Killer, como ella le llamaba –aunque desconocía su verdadero nombre- no se había infectado luchando contra una intromisión reciente de la infección en el complejo –no era un superdotado, ni siquiera un militar- sino que había sido un mecánico herido circunstancialmente antes de la clausura total en el complejo en algún momento en los meses pasados y confinado al encierro desde hacía muchísimo tiempo. La historia sobre los cadáveres en el área de las cavas no era sino una invención espontánea de Papish. La única intención de todo aquello había sido sembrar en Chenko -quien fertilizo y dio a luz a la idea- la frase perfectamente orientada de “hay momentos en que no se podía confiar en los demás, sino en el impulso de uno mismo.”
Nimind le había orientado apropiadamente: Divide et vinces; El hombre citó correctamente a Julio Cesar en su consejo y dejó en manos de Papish la estructuración del plan más antiguo del mundo.
De cualquier manera y con cualquier desenlace Papish había ya vencido.
No existía ninguna posibilidad de que Chenko derrotara al infectado, no solo; aún siendo un don nadie, el infectado era verdaderamente un hombre corpulento y musculoso, rápido y eficaz; como todo buen mecánico. Ya cuando el monstruo lo derrotara, ella y los suyos acabarían con ambos. Eso no era complicado. Entonces se habrían librado del liderazgo de Chenko y arrebatar al resto de las presas sería cosa sencilla.
Ambos intercambiaron una sonrisa maligna.
+
Mientras, abajo, en el fondo de la cámara, la puerta se sacudió pasado un instante.
Del interior de aquel túnel sellado comenzó a moverse algo, algo enorme y oscuro.
Entonces el acceso se abrió, lentamente, como si lo que estuviera allá adentro luchara en contra de la tenue luminosidad de la cámara. Y salio de ahí.
Los colores de la piel de aquella cosa no eran ni siquiera animales. La oscuridad del encierro había hecho mella en aquel cuerpo de montaña, cedro y valle.
Era indescriptible; por lo menos debía de medir de más de dos metros de alto y estaba ensangrentado por todas partes, con los ojos desorbitados y las manos destrozadas de golpear y arañar las paredes.
Respiraba torpemente, como quien es rescatado de debajo de una montaña de escombros y aturdido escupe saliva que simula un lodo blanquecino.
Pero apenas un momento después fijó sus ojos en la diminuta figura de Chenko y algo sucedió en su interior, en su cerebro miniaturizado que observaba aquella tenue figura delante de sus ojos. Dentro de su cabeza deforme e implosionada por la infección, el contorno de aquel humano de pronto pareció iluminarse y resplandecer, tornando a negro todo lo demás. Y el resplandor era del mismo color del fuego y encendió una extraña chispa y sed en el alma corrupta que aún habitaba su cuerpo.
Colmillos mentales entonces relucieron, dando paso a los dientes amarillentos y desquebrajados de aquella cosa. Retractiles garras mentales se conjugaron, dando paso a los dedos tensos y despellejados del monstruo. Entonces un rugido enorme estalló en el aire y cayo directamente sobre aquel contorno de hombre compuesto de fuego y ardor. Una virulenta explosión de ira y lava inundó cada centímetro de aquel inmenso cuerpo infectado que de pronto recupero el salvajismo y vicio que había permanecido latente durante tanto tiempo. Y toda aquella furia de pronto tuvo receptor y este fue Chenko.
El soldado entonces advirtió como aquel toro ensangrentando y deforme se abalanzaba sobre de él emitiendo un rugido craneal, erguido en dos patas y con un rostro que la furia y la saña deformaban hasta el máximo.
El infectado se movió rápidamente a pesar de su peso y del gigantesco daño en su cuerpo; tanto así que en dos o tres segundos Chenko lo tenía casi encima. Pero un salto repentino del soldado lo libró del embate directo de aquella cosa. El soldado se incorporo en un segundo solo para observar como el monstruo de nuevo retomaba impulso, y esta vez mucho más cerca de él, embestía nuevamente hacía su posición. Chenko sin salida por la cercanía de la bestia saltó en contra del monstruo y ambos se estrellaron a pocos pasos de sus posiciones originales. El impacto fue brutal. Chenko había lanzado sus brazos hacía adelante -tal y como una maza medieval- y el monstruo había abierto el hocico hasta el máximo, como si intentara tragar al hombre de un solo movimiento. Aquella cueva maligna que emanaba un aliento a podredumbre, un segundo después, al contacto de la maza a toda velocidad, estalló en el aire quebrándose el hueso de la quijada en decenas de astillas que explotaron en el interior de los tensos músculos de la cabeza del monstruo.
Ambos cayeron violentados, y fue el monstruo el primero en levantarse.
Sin dolor, sin percepción, solo con necesidad y urgencia, afilo sus enormes colmillos cerebrales y se abalanzó sobre la figura de Chenko que aún se revolvía en el suelo buscando un punto de equilibrio. Pero en el suelo el soldado levantó como mástil una pierna y golpeo el centro del pecho del monstruo y en un movimiento envolvente lo levantó y lanzó por los aires hasta una de las esquinas más alejadas de la cámara.
Chenko se incorporó de inmediato para observar como el engendro se convulsionaba en el suelo, confundido por la repentina perdida de perspectiva, regurgitando bramidos y lanzando mordiscos al aire.
Hasta ese momento fue que Chenko se percato de todo el disturbio que estremecía el aire. Los cómplices de Papish y Nimind levantaban un alboroto como el que se escucha en las corridas, y en suma podría ser el mismo, pues el espectáculo era igual de sangriento y ventajoso. Aplaudían y vitoreaban, lanzaban insultos mientras que los antiguos compañeros de Chenko permanecían acurrucados, formando un montículo de miradas y respiraciones entrecortadas en el fondo de la cámara.
El monstruo se revolvía a unos cuantos metros de Chenko y el soldado obtuvo algunos valiosos segundos para pensar en lo que tenía que hacer a continuación; en alguna forma de vencer a su enorme oponente.
Entonces se desabrocho el pantalón.
Todos los que miraron a Chenko maniobrando su cinturón y corriendo el ziper no dieron crédito a lo que miraban. La ropa interior del soldado asomó de inmediato cuando el pantalón había descendido hasta la altura de las rodillas. El monstruo ya se incorporaba y Chenko estaba demasiado ocupado buscando algo entre el bolsillo de su pantalón y el remate de tela que cubría su pierna izquierda. La criatura se incorporó del todo cortando con su cuerpo de montaña casi toda la luz del lugar y miró de reojo a Chenko mientras este desgarraba la tela –la pierna izquierda- y luchando con rapidez se levantó el mismo y abrochó el cinturón, ziper y algún botón que ahí existía. Chenko entonces en un segundo se había hecho de un remate de tela de un poco más allá del metro de longitud; tal y como si fuera una bufanda confeccionada con un material ultra-resistente y por la cual habían pasado por muchas cosas.
El monstruo se abalanzó nuevamente, y Chenko, exponiendo además una pierna descubierta, fue a su encuentro velozmente. El impacto, de darse, sería como el dos trenes brutales.
Pero en el último segundo Chenko se giró sobre de sí mismo y evadió el impacto directo del monstruo, quien a pesar del movimiento evasivo del soldado alcanzó a golpearlo en las costillas con un estiramiento de sus brazos. Chenko bramó de dolor y cayó en cuanto sintió el golpe sobre su cuerpo. Rodó un par de metros y quedó extrañamente fuera de combate. Alguna intención había tenido Chenko al enfrentarse con tanta temeridad al monstruo pero algo había salido mal - había salido terrible- y lo habían derribado. El monstruo se aventajó sobre el soldado y se lanzó con toda su furia sobre la derrotada figura. Entonces Chenko en medio de un evidente rictus de dolor giró -se arrastró- por el suelo rápidamente y el monstruo se estrelló contra la dura superficie en donde antes había permanecido el hombre derribado.
Aquella fue la oportunidad de Chenko.
El monstruo aterrizó violentamente levantando polvo y derramando gruesos goterones de sangre junto de él, apenas rozándolo, y Chenko se incorporo rápida y medianamente sosteniendo con todas sus fuerzas aquel retazo de tela con un extremo en cada mano. Buscó entonces la cabeza del monstruo. Con aquella tela no conseguiría estrangularlo o algo similar, así que -durante la fracción de segundo que duró aquella escena contemplada por todo aquel cúmulo de testigos incrédulos que asistían el espectáculo- lo que pensaba y hacía no tuvo sentido.
Pero eso cambió cuando Chenko se montó velozmente sobre el monstruo y con un movimiento felino colocó aquel retazo de tela en la cabeza del engendro, no en el cuello, no en los ojos, sino cubriendo toda la cara -como quien coloca una brida en el hocico de un caballo- y en una milésima de segundo, teniendo al monstruo en el suelo, comprimido por su propio peso y el del soldado encima de él, Chenko tiro con todas sus fuerzas hacia atrás, en sentido contrario al movimiento natural del cuello de un ser humano.
El movimiento en la cabeza del engendro se observo tal y como le sucedería al cuello de un desafortunado pasajero que viajando en un vehiculo, fuera impactado a gran velocidad desde la parte trasera del mismo.
Se formo de inmediato un arco que violentaba la disposición de tendones, huesos y estructuras internas.
Cervicales fracturadas al instante.
Un crujido como el de una caja de galletas cayendo desde el remate de una alacena muy alta.
La descomposición de los contactos medulares; la pérdida de comunicación entre el cuerpo y el cerebro.
+
Medio segundo después los chispazos que se sucedían en el cuerpo del engendro dejaron de fluir por los principales neutros nerviosos y periféricos que conectaban cada rincón de su fisonomía. El cuerpo del monstruo se desparramo sobre el suelo en el que se hallaba postrado, inmóvil, como un fardo de granos que cae de poca distancia al suelo. La inmovilidad se apoderó de aquel engendro inmediatamente.
Peor no estaba muerto.
Solo estaba lesionado a nivel de la medula y cervicales, con movilidad de la punta de la nariz hacía arriba: parpados, cejas, frente.
Aquella era una lesión permanente y que dejaba fuera de combate al monstruo, incapacitado para siempre; convertido en un podrido saco de papas. Inofensivo.
+
Pero ahí no terminaba el efecto del ataque del enemigo.
Chenko miró a su enemigo postrado, desconectado.
Y se miro a sí mismo salpicado con la sangre de aquella cosa.
Tomó un momento para volver la vista hacía el remate de la cámara, en donde Papish y sus cómplices agotaban el flujo de vítores y lo transformaban en un mutismo impresionado. El monstruo estaba completamente inmóvil en el suelo, boca abajo, y así permanecería hasta que muriera por causas desconocidas, presa de sí mismo. Papish y los suyos devolvieron la vista a Chenko quien al tiempo de mirarlos a ellos, tornaba su atención al temeroso cúmulo de hombres que antes habían sido sus subordinados.
Para Chenko aquel momento era de confusión y extrañeza. Mezclaba emoción y urgencia. Había vencido, su estrategia había funcionado al primer intento. Aquello era demasiado bueno, y casi figuraba en la percepción del soldado un aro de luz detrás de la puerta que se aseguraba era la salida de aquel oscuro y mortífero complejo.
Pero al mismo tiempo fue un momento de preocupación. Chenko se tocaba los brazos y revisaba su pierna expuesta. Había sangre en varios puntos, y no sabía si propia o ajena.
Cerca de su rodilla izquierda se veía un pequeño montículo deforme. Piel constreñida. Un raspón y un amoratamiento.
Chenko llevo sus dedos con temor a la rodilla, y al tocar ahí, un pequeño derrumbe de piel se sucedió. Se desprendió la capa superior de la piel y quedó entre los dedos del soldado.
Una perfecta puerta de entrada.
Una puerta cerrada.
+
Debajo de aquella piel todo estaba intacto, aquello no era suyo, ni nada en los brazos indicaba penetración de fluidos al cuerpo de Chenko. Este levanto la vista y miró, ahora con un gesto de victoria en el rostro, la humedecida y parda mirada que Papish dejaba caer sobre él.
- Pero aún es mi victoria…- susurró Papish al momento de escuchar de parte de Chenko un grito rabioso.
Quizá habría razón en esas últimas palabras, pero en el fondo de la mente de Chenko y los demás hombres afloraba un maligno elemento expresado en la conversación: Un militar contaminado era una cosa tétrica desde la simple mención. Todo el asunto tenía pinta de ser una trampa más, una que exploraba otras latitudes mentales y emocionales en aquellos hombres. Sobre todo porque si en verdad Papish y sus cómplices esperaban conservar a los soldados para su propio uso, no los expondrían a un infectado, tal y como aseguraban. Pero quizá existiera la posibilidad de que aquellos extraños ya solo estuvieran interesados en deshacerse de ellos, así sin más, y estuvieran enviándolos a una muerte segura.
- Antes del infierno desatado, al hombre que tenemos ahí en el túnel, ya podías definirlo como un ser enorme y violento. Era muy efectivo, tanto que fue él el responsable de los cadáveres –Chenko recordó los cuerpos que pendían de cuerdas en el acceso a la cava del pan, tal y como una señal de lo maligno que ahí dormía- en la sección por la cual ustedes entraron al complejo. Desafortunadamente la suerte dejó de asistirlo justo cuando faltaba muy poco para librar al complejo de una muy molesta intromisión de la infección. Creyó que tenía todo bajo control; su error fue confiar demasiado en algunos de sus compañeros y estos le fallaron en el último momento, no en mala voluntad, sino en pésima ejecución de un asunto extraordinariamente vital. -
- ¿A que viene todo esto, perra?-
- Solo quiero que tengas el panorama completo, de lo bueno y malo que va a suceder a continuación.-
- ¿Tú que ganas con eso?-
- Me gustaría además saber si organizaras a tu gente como espero que lo hagas... Sabes, esto en todo caso, todo esto se ha convertido en algo muy divertido…-
La mente de Chenko viajo a mil kilómetros por hora. ¿Organizar a la gente como ella esperaba que lo hiciera? Si había algún momento en que estaba más disgustado y en desacuerdo con la idea de ser el líder de aquel escuadrón, era precisamente ese. Pero recordaba haberles dejado perfectamente claro que ahora cada quien veía por su propia cuenta y era responsable solo de sí mismo. Y nada había cambiado en torno a eso. De alguna manera, secretamente, Chenko deseaba abandonar aquel lugar sin que importara quien viniera o no detrás de él. No temía a las consecuencias de sus pensamientos y sabía que las cosas en cualquier parte del mundo eran similares a esta situación: cualquier sobreviviente debía preocuparse solamente por sí mismo y nada más.
Cada quien ponderaría si contaba los recursos suficientes como para pagar el precio de su propia vida y libertad.
Aún así, por otra parte, un dejo de comunidad aún existía en la comprensión de su entorno; no dejaba de mirara a los demás hombres como sus acompañantes, parte integral de un núcleo del cual formaba parte él mismo.
Pero todas las visiones estaban revueltas, absortas y mudas, sobre todo por las palabras que Papish acababa de pronunciar, evidentemente para confundirlo.
+
Entendía a medias lo que la mujer estaba intentando. Papish estaba atacando desde muchas perspectivas al mismo tiempo: quería disminuirlo anímicamente al señalarle como un caso fortuito la derrota de los hombres que intentaron asesinarlos; amedrentarlo con la idea de un enfrentamiento con el peor tipo de infectado –que real o no, parecía que iba a comprobarlo en breve-; impacientarlo con la posibilidad de escapar por aquel acceso; e influir en la estrategia que en todo caso utilizaría para afrontar lo que viniera a continuación.
Y entonces la mujer agregó un elemento que enrarecía todavía más la ecuación en donde colocaba –como en un sartén ardiente- a los ex STARS.
- ¡Traigan a los prisioneros!- gritó Papish con el asentimiento de Nimind detrás de ella.
Un minuto después algunos de los cómplices de Papish de hacían descender desde el remate de la cámara el cuerpo amordazado de Kimera, y con una postura a todas luces desquebrajada el cuerpo casi inerte de Sinner, quien se veía en un gravísimo y deplorable estado físico, pero aún vivo.
- Chenkkoooo… Cheeeeennkkkkooo…- repetía el hombre, Sinner, mientras parecía intentar alcanzar algo con las manos, algo que solo él, dentro de su cráneo semi-destrozado, podía observar.
+
Chenko de pronto vio renovado al escuadrón, y eso lo resintió como quien muerde una fruta podrida por accidente. A su lado y siendo asistidos inmediatamente los unos por los otros, se encontró con las siluetas de Xavare, Kimera, Sinner, Richthofen y Skass. De haber visto también ahí a Lara, Bender y Dreed, quizá hubiera percibido invencible al escuadrón. Pero ellos no estaban ahí, y las cosas no podían entenderse de aquella manera.
El otro panorama de aquella imagen era el desastre. Sinner y Kimera estaban completamente fuera de combate; Una serie de gruesos cardenales recorría el cuerpo de Kimera.; se adivinaba que además de Chenko, alguien, alguien realmente furioso, le había puesto la mano encima. Sinner tenía una evidente fractura en la parte trasera de su cráneo y estaba en el borde de lo agónico; quizá ni siquiera había sido necesario darle especial vigilancia, sino solo ignorarlo. Xavare y Skass -aunque en segundo plano- aún manifestaban el deterioro de aquel virulento trance que ocurrió después de que comieron aquel pan maldito. Estaban todavía pálidos y con gruesas manchas oscuras debajo de los ojos y salpicadas por el cuerpo. Estaban incapacitados para pelear, eso era seguro.
Solo quedaba Richthofen a la mano, pero algo muy dentro de él gritaba a viva voz que no podía estructurar ningún tipo de estrategia con solamente otro hombre a su lado; solo quizá un movimiento defensivo. Podía mantener a Richthofen en la retaguardia, al tanto de los demás hombres, mientras él mismo se enfrentaba a lo que fuera a suceder a continuación.
Chenko se encontraba inmerso en aquellos pensamientos cuando se riñó a sí mismo en un instante. Estaba pensando nuevamente como líder, como la persona que ya no era. Si no tomaba las cosas de frente y con la mente despejada, la indecisión -el pisar muchos terrenos a la vez- iba a pasarle una factura complicadísima de pagar.
- ¡No son mis hombres! ¡No soy su líder! ¡Cada quien ve por si mismo y pelea por su propia vida!-
Los soldados entonces miraron la sombra y figura de Chenko. Richthofen y Xavare de inmediato intercambiaron sus miradas llenas de preocupación. Chenko nuevamente los estaba abandonado y esta vez lo hacía frente al enemigo. Aquello era irremediable. Inmediatamente vieron dibujarse entre él y ellos un abismo enorme. Insalvable. Mientras, en la mente de Chenko hervían las palabras de Papish – las que había expresado como un evidente defecto en su discurso- y las mismas parecían tatuarse en su piel: hay momentos en que no se podía confiar en los demás, sino en el impulso de uno mismo.
- ¡Pero si estas ofreciendo una batalla que abra las puertas de esta maldita ratonera, aquí tienes un guerrero! ¡Y si ellos vienen detrás de mí, no se los impediré!-
- No esperaba menos de ti Chenko, nada menos de ti…- Respondió Papish al instante - ¡Abran el acceso! ¡Rápido!-
Entonces aquella pesada y oscura puerta se agitó. De alguna manera los cómplices de Papish tenían un control a distancia de los accesos, algo mecánico seguramente. Una leve nube de polvo salió flotando de los goznes de la puerta.
Inmediatamente los soldados que rodeaban los cuerpos de Kimera y Sinner se aprestaron a replegarse hasta el fondo de aquella oscura cámara. El total de cinco hombres se refugiaron en un recoveco sin luz; de entre todos ellos solo Richthofen podía entablar algún tipo de combate con verdaderas probabilidades de tener éxito, pero a diferencia de Chenko, Richthofen estaba verdaderamente comprometido con sus compañeros y se quedó con ellos, pensando en defenderlos si fuera necesario, y a la vez tenuemente esperanzado en que el hombre que guardaba compostura en el centro de la cámara aún recordara que alguna vez fue su guía y luchara con ahínco, entregándose a la batalla con todas su fuerzas.
Entonces hablo Papish nuevamente.
- ¿Te dije que nuestro amigo era efectivo? Eso es poco decir; era grandioso en su trabajo, tanto así, que le llamábamos Zombie Killer.-
- ¿Te parece Chenko, que aún hay posibilidades de salvación?-
- Me parece que ustedes disminuyen las suyas con cada minuto que nosotros transcurrimos aquí adentro.-
- Tal vez tengas razón, tal vez tengamos que darnos cuenta de eso y aceptarlo. Pero entiendes también lo que ustedes representan para nosotros; se han integrado como elementos imprescindibles en nuestro plan.-
- ¿Y estos cadáveres que acabo de regalarte aquí? ¿No te sirven?-
- Tanto como un puñado de tierra seca.-
- Jamás obtendrás nada de nosotros…-
- Sabes que tampoco cederé terreno alguno.-
- Podemos vencerlos. Tal vez a fin de cuentas verdaderamente disfrute escuchando como se rompen todos y cada uno de tus ligamentos.-
- Te propongo algo Chenko; simplemente no los dejare ir como si aquí nada hubiera sucedido.-
- Más te valdría, sabes que no tienes más remedio.-
- Estás en mis manos; debes darte cuenta.
- Acércate un momento y descubrirás lo contrario.-
- Te propongo un trato, algo sencillo, simple.-
- No negociaremos nuestra libertad; de ninguna manera.-
- Yo haría lo mismo –dijo con lentitud y tacto Papish- exactamente lo mismo; no negociaría absolutamente nada. ARREBATARIA mi libertad.-
- ¿Me estas sugiriendo que subamos y terminemos en sus cuerpos lo que iniciamos aquí abajo?-
- Digo que yo en tu lugar, demarcaría mi terreno y dejaría perfectamente claro mi capacidad e intenciones de salir de aquí…-
- ¿Qué tienes en mente, perra?
- ¿En verdad quieren salir de aquí?
- ¡Sorda o estupida! ¡Escoge lo que quieras que piense de ti!-
- Jejeje… muy bueno… el asunto corre de manera simple. En el fondo, creemos que aun podemos someterlos y utilizarlos en nuestro provecho. Pero tras el destrozo que vemos nos han causado tenemos algunas débiles dudas alrededor del asunto; así que no nos arriesgaremos a nada. En suma, lo único que impide que realicemos alguna especie de trato con ustedes es que demuestren para nosotros y a ustedes mismos que somos incapaces de dominarlos.-
- ¿No te basta lo que has visto? ¿Lo fácil que hemos acabado con tus hombres?-
- No; eso pudo haber sido casi un accidente, un evento fortuito.-
- Fortuito… perra…-
- Déjame decirlo rápido y sencillo; y en realidad esto será algo muy bueno para todos: En uno de los túneles, uno que entiendo estuvieron aporreando con la estupidez que los caracteriza, se encuentra un compañero nuestro. En algún momento fue un hermano para nosotros: pero un momento después cometió un error imperdonable, y, y pues… no pudimos perdonarlo.-
- ¿A que te refieres?-:
- A que en uno de los túneles –el que estaba sellado- se encuentra un infectado. Uno de los pocos que quedan en toda esta zona. Era un buen elemento, bastante jovial, sobre todo cuando no estábamos en una bañera hirviente siendo perseguidos por una jauría de demonios infernales. Era uno de la compañía de Drazziel, uno de los pocos militares que se quedaron por aquí antes de se volviera imposible escapar del todo. Pero se contagio y no pudimos acabarlo, no del todo, así que nos limitamos a darle un confinamiento más o menos seguro, y a esperar que muriera. Pero tenemos una sospecha: el túnel en dónde lo confinamos no era del todo una prisión sin salida. Pensamos que el maldito puede entrar y salir del complejo. Incluso sospechamos haberlo visto afuera, cuando nos ha sido posible atisbar al exterior.-
- ¿Y nosotros que tenemos que ver en su estupida historia?-
- Claro y sencillo Chenko, sin trampas: váyanse de aquí. Lo único que tienen que hacer es salir por ese túnel.-
- ¿Cómo dices maldita?-
- Puede ser un día de suerte; el infectado puede estar ya muerto, o lejos de aquí. Y si eso es posible, ustedes también lo estarán en unos cuantos minutos. Y si no fuera así, entre todos ustedes pueden derrotarlo con toda facilidad.-
Las cuerdas habían sido rápidamente recogidas.
El gesto en el rostro de Papish y sus acompañantes aún en el remate de la cámara cuando se asentó el sonido del cuello reventado de su compañero dejo claras las cosas: Los soldados allá abajo no estaban jugando, tenían sus cartas sobre la mesa y se sobreentendía que de tener la oportunidad acabarían con todos ellos. Papish comenzó a considerar la situación en otro tono. En verdad no importaba en lo más mínimo haber perdido en un momento a cinco hombres; eso solo significaba más espacio, posibilidades y alimento para todos. Lo que le preocupaba era perder las vigorosas y saludables presas –rebosantes de carbohidratos, proteínas, vitaminas y sangre… sangre…- que ya consideraba aseguradas. Aquellos soldados demostraban ser un hueso duro de roer, más de lo que los malditos habían supuesto al principio.
- Nimind- dijo Papish acercándose al hombre que montaba una guardia perpetua detrás de ella - ¿Qué debemos hacer? Siempre has sabido aconsejarme… ayúdame una vez más…-
Papish se refirió entonces a una larga y oscura sombra que se levantaba sobre el suelo de manera compleja y desequilibrante. Si fuera posible decirlo, aquel hombre no proyectaba sombra alguna, sino él mismo sería la oscuridad que debió proyectar un cuerpo humano alguna vez, en un pasado remoto.
Aquel hombre detrás de Papish miraba maléficamente a los soldados apostados a unos cuatro o cinco metros debajo de ellos, mientras que ellos permanecían a la espera de una nueva reacción de su parte. El rostro de Nimind era el de un pedernal vivo, seco, duro, casi como extraído de una oscura película de horror, que al tiempo que dibujaba en su rostro la mirada de un lobezno, complementaba con tenuidad la sonrisa de una hiena diabólica. Aquel no era ya un rostro naturalmente humano, parecía también la combinación con algún ser de otras latitudes dimensionales, o una deformación a la cual nadie supiera acercarse.
- Mi pequeña serpiente… me parece que estas criaturas son un rezago del mundo antiguo… sin cabida en el nuevo mundo del mañana… mi pequeña serpiente, acércate a mí… guarda silencio…-
Papish se acercó entonces hacia el resguardo de sombras que conformaban al hombre. Si hubiera existido una escena para describir la intima conversación que se sucedió entonces –pausada, lenta, casi ausente, como quien reza a un ídolo antiguo y prohibido- hubiera sido necesario invocar la imagen de un vampiro, un ser de corazón oscuro aspirando el aroma del cuello de una dulce y pálida victima; una escena llena de una visceral sensación eléctrica.
La mano de aquel hombre, en aquella cercanía e intimidad que se produjo en un instante, jugó un momento alrededor del cuerpo de Papish, flotando a su alrededor, para luego descaradamente posarse en el costado de la mujer, y ascender luego lentamente en dirección de los senos. Un segundo después aquella mano dibujaba un símbolo repetitivo y abominable sobre la ropa de Papish, sobre el lugar en donde debieron de haberse encontrado los pezones. Solo transcurrido un momento estos respondieron marcándose notoriamente sobre la ropa raída mientras la delicada figura femenina escuchaba con atención la invisible voz de Nimind y sonreía subliminalmente, como si fuera poseída por más de un tipo de placer al mismo tiempo.
Sobre todo, uno mental.
Los acompañantes aún vivos de aquellas dos abominables figuras habían desviado la mirada, como si supieran que aquello era lo que les convenía.
+
- ¡Eh cabrón! ¡¿Divirtiéndote?!-
El estruendo de la voz de Skass pareció desquebrajar una invisible cúpula de cristal que flotara en el lugar. Los demás soldados rieron estruendosamente mientras Papish y Nimind no parecían siquiera haberlo escuchado.
- ¡Oye! ¡Que yo también quiero hablar con la dama…! ¡No vayas a gastarlos del todo…!-
La reacción de los soldados fue entonces de una especie de histeria en segundo plano; haber vencido tan fácilmente a los hombres que supuestamente iban a darles fin los había envalentonado a lo sumo. Ahora se sentían capaces de todo, de cualquier cosa. Gesticulaban y parecían poseídos por algún tipo de prisa. Al mismo tiempo estaban completamente enfurecidos y expectantes de lo que fuera a suceder a continuación; cosa que sucedió un momento después cuando Papish separo su cuerpo –nadie se percató de que tan cerca habían llegado a estar- de las sombras de Nimind y lentamente se giro hacia los soldados.
- ¡Vaya par que tienes allá arriba! ¡Por qué no bajas un segundo y me permites mostrarte algunas gracias que conozco…! ¡Eh, maldita! ¡Ya encontré una profesión a tu medida! ¡Baja que voy a titularte!-
Papish miró a los hombres con desden y cansancio, el suficiente para que en pocos momentos sus pezones completamente erectos se difuminaran lentamente entre sus ropas raídas. Ella junto con Nimind se daba cuenta de una cosa: que cualquier intentona en contra de los soldados era un esfuerzo innecesario, inútil, y ahora todas las concepciones que los regían -su famoso plan- se basaba en el precepto del ahorro de fuerza y energía. De tal forma, dilapidando recursos físicos y anímicos, jamás llegarían a la primavera que tanto ansiaban y El Recurso se perdería, junto con ellos, para siempre.
Y la resolución de Papish y Nimind tenía nombre y rostro: Él, Chenko, era el verdadero esfuerzo innecesario. Alguien y algo que podía echar por tierra los planes a los que con tanta fuerza se aferraban los malditos. Chenko era el guía –declarado o no- de aquel grupo y debía ser eliminado. Nimind había resuelto que la muerte de aquel hombre debía sucederse de inmediato; todo aquel circo no era sino consumo de fuerza que tendría que ser utilizada en algún otro momento.
- ¿Quiénes son ustedes?- Se atrevió Richthofen a la pregunta.
- ¿Tus perrillos hablan sin permiso?- dijo la mujer refiriéndose a Chenko- Eso es una falta imperdonable, ¿no lo crees?-
- No son mis hombres, no soy su líder. Cada uno tiene una boca y la utiliza como mejor le parece.-
- Eso crees… eso tú crees, incluso ellos pueden creerlo… pero tú actúas aún como líder, SU líder… Y tan cierto como eso, es que esta noche estarán todos muertos, y mañana, mañana, mañana estaremos conociéndonos a fondo… no saben cuanto…-
- Estoy preguntando quiénes son ustedes.- repitió Richthofen.
- Bueno perrillo, ya que hablas, responderé. Somos ángeles, caímos del cielo el año pasado junto con la infección y hemos estado aquí desde entonces. Mira, este al lado mío se Gabriel, y aquel es Rafael… yo soy Semiramis…-
- ¡Basta ya de estupideces!- grito Skass -¡No importa quiénes son! ¡Vamos a salir de aquí ahora mismo y ustedes no van a impedirlo!-
La mujer sonrió nuevamente. El ambiente iba tornándose denso, agregando un cierto sentimiento de violencia contenida que flotaba ya en el aire y se notaba en el rostro de todos, que tensándose cada vez más, indicaba que las conversaciones tenían los minutos contados.
- Lo fascinante del asunto es que tienen tanta esperanza de sobrevivir como posibilidades de no conseguirlo. Ese es el error de todos los que conocimos antes. Hay esperanza, prudencia y esfuerzo, pero no hay plan, no se han sentado un segundo a pensar las cosas. Y las cosas las más de las veces requieren de más de un segundo para aflorar en la mente. A veces requieren sangre, cosa que en ustedes abunda, y toda será nuestra….-
- Maldita seas…-
- Como sea… ningún insulto ni amenaza hace ya mella en nosotros. Hemos visto todo lo que el asco, la desesperación, el horror y la angustia es capaz de obligarle a hacer a un hombre. Nada nos impresiona. Si allá afuera creíste ver la antesala del infierno, aquí adentro, cuando aún éramos muchos, vivimos las entrañas del fondo de las llamas y el gusano eterno. Tanto así que antes éramos una mezcla de militares, civiles e investigadores. Ahora solo somos una mezcla.-
- Que asco, todos ustedes me enferman… ¿Qué sucedió con los demás? ¿Profanaste a todos, cuando aún eran muchos? –
- No, no… eso vino después.-
- ¿Entonces?-
- Entonces –dijo ella, y con eso vino una tétrica respuesta- entonces, después de correr de lugar en lugar, ejerciendo emocionales actos de valentía que se sucedieron demasiadas veces, nos cansamos de ser perseguidos, de evitar ciudades tenebrosas, de la luz del sol negro que pende en el cielo, de hordas de infectados y asesinos salvajes, y decidimos no tener ya más miedo, de nada en el nuevo mundo contaminado y venido a menos, del orden de las cosas que ahora existe. Por decirlo de alguna manera, tuvimos el suficiente sentido común como para darnos por vencidos y sentarnos a la orilla de la carretera ardiente y llena de cadáveres, reconociendo que sus humos tóxicos estarían presente en todas partes, en todas latitudes, en todos los sueños. Y con cuidado y tomando todo el tiempo necesario comenzamos a planificar cualquier posible salida de este mundo apestado, hasta que llegamos a la conclusión de no tener más miedo de la raíz de la maldición que nos asola: el hombre mismo; y en un momento de brutal desesperación probamos su carne y calentó nuestras entrañas y nos hizo sentir vivos. Perdimos el respeto a la especie y trastocamos el aura de santidad alrededor del ser humano… ¿Crees que hicimos mal?-
- Creo que se han degradado a lo sumo, hasta donde ya no hay perdón… James, ¿James estaba al mando de todo esto?-
- ¿James? No, era uno más, uno con carisma y que bien pudo haber provocado un levantamiento entre nosotros. Nunca entendió que lo que requeríamos aquí era unidad, no tribus guiadas por algún concepto más o menos deforme, como la moral o el bien. Lo mantuvimos entre nosotros hasta hace muy poco tiempo. Me cuenta Drazziel que los presento. Debió haber sido realmente cómico todo eso; Se opuso a todo lo que tuvimos que hacer, que no era sino lo que habíamos acordado, la estructura del plan.-
- ¿El plan? ¿Qué plan?-
- El que junto nos mantendrá vivos otro año, otro largo y oscuro año, del que saldremos para utilizar El Recurso.-
¿El Recurso?
Algo, algo sabía, algo poseía aquella mujer y sus hombres que escondían de todos los demás; Estaban demasiado confiados como para que resultara de otra manera. Ellos eran los verdaderamente esperanzados en que todo saliera según sus consideraciones, para después dar uso a eso que llamaban El Recurso.
- James –Continuo la mujer- se opuso radicalmente a la respuesta que nos permitió seguir vivos. Hace algunos meses tuvimos un accidente en este lugar, en el cual antes de que la infección alcanzara por completo todas las latitudes del globo, se desarrollaba una respuesta efectiva ante la misma, pero como una ironía cósmica aquí hubo un terrible accidente, el cual que derivo en una enorme explosión que daño estructuralmente el complejo. Este lugar, por si no lo sabían, esta cayéndose a pedazos. Muchos murieron, decenas, y sobrevivimos apenas un puñado de afortunados; como colofón al accidente el fuego consumió las considerables reservas de comida que aún existían. El Recurso no sufrió daño alguno y tuvimos la oportunidad de darle buen resguardo, pero murieron muchos técnicos y mecánicos imprescindibles en la culminación de su construcción. Pensamos que era el fin, que no había salida hasta que un día nos atrevimos sobre los cadáveres. James gritaba y gesticulaba, nos llamaba de cualquier forma posible, e irónicamente después –fue algo muy gracioso- colaboró ampliamente con la causa. De la mejor manera…-
- Si tienen un plan, deben dejarnos salir, no les servimos en lo absoluto. Solo les causaremos problemas, nos esforzaremos en ello; ténganlo muy claro…-
- El plan tiene que ver estrechamente con elementos como ustedes; mejor dicho: con ustedes. Así como será con ustedes, fue con ellos. La carne de nuestros hermanos ayudó a calentar nuestro corazón y cabeza. Los sobrevivientes aprendimos a mirar con atención y nos dimos cuenta que El Recurso estaba casi terminado, solo restaban pocas adiciones, sobre todo en sus mecanismos de autogestión, y solo un elemento importante minaba su efectividad: el frió ante el cual no tenia los recubrimientos necesarios. Invertimos mucho tiempo en discernir eso, y también en organizarnos, de tal manera que no supimos al principio conservar las reservas de cadáveres de manera apropiada y perdimos una importantísima remesa. Paso el tiempo y no esta por demás decir que estábamos a punto de echar suertes entre nosotros para decidir que se sacrificaría por los demás cuando ustedes llegaron. Ahora tenemos comida al menos para soportar el tiempo necesario.-
- ¿El tiempo necesario? ¿Alguien vendrá por ustedes? ¿Esperan refuerzos? Nosotros haremos todo lo posible para retrasarlos, los mataremos si tenemos la oportunidad. Deben dejarnos ir…-
- ¿Qué si esperamos por alguien? Ya nadie más existe, entiéndanlo, nunca recibirán ayuda que no tengan en este momento a la mano. Nosotros debemos esperar un poco más; cerca de aquí hay un poblado. Sabemos que esta habitado, y sabemos también que sucede ahí la misma hambruna que aquí. Pero esos idiotas prefieren morir cayendo uno sobre otro antes que aprovechar las múltiples opciones que nosotros ya disfrutamos. El plan –si tienen tiempo para escucharme- consiste en conservar de la mejor manera los cuerpos que existen aquí adentro y esperar que las continuas tormentas de nieve conserven allá en el poblado la mayor cantidad posible de cuerpos, y cuando las condiciones lo permitan y los sobrevivientes allá afuera sean pocos y estén débiles iremos por ellos y nos daremos un festín, en muchos sentidos. Quizá el invierno dure otros tres o cuatro meses y con suerte podremos conservar carne suficiente para sobrevivir hasta la primavera. El Recurso es demasiado propenso a las fallas en un clima tan adverso como el invierno presente como para arriesgarnos, debemos se pacientes entonces. Pero cuando salga a la luz, cuando sea visto por todos será comprendido y validado. Entonces nos enfrentaremos a todos y aprenderemos a reconocer el nuevo mundo, a jugar pieza por pieza, partida por partida sin adelantarnos a los acontecimientos; el único gesto humano que sobrevivirá a este nuevo mundo oscuro será la inteligencia; valioso elemento que nosotros poseemos y que nos ayudara a posicionarnos en ese universo. Todo es un plan perfectamente preconcebido que ustedes –y su materia - nos ayudaran a concretar con éxito…-
Aquel hombre, con una mirada que de pronto se volvió profunda y negrísima -casi macabra- retrocedió un par de pasos sobre el remate en el cual se hallaba parado, al mismo tiempo que Chenko y sus hombres inconcientemente tensaron los músculos de su cuerpo esperando cualquier cosa que aquel engendro fuera a hacer o a mostrar.
El maldito seguía mirándolos a pies juntillas y tras un movimiento lento y pesado abrió el ángulo de sus piernas, tal y como si por un segundo fingiera montar un caballo, para después inclinarse y por un momento adivinarse inmerso en el movimiento de una gimnasta olímpica dando un giro en el aire -las piernas abiertas y el tronco inclinado hacia delante firmemente posado en tierra-, y lo que vino entonces fue una respuesta brutal que desentrañó los aparentes laberintos invisibles en los cuales Chenko y los suyos estaban atrapados.
Aquel macabro hombre acercó una de sus manos a su rostro.
Miró de reojo a Chenko y sonrió con saña y una burla infinita antes de introducir sus largos y huesudos dedos en su boca. Comenzó a introducir solo un par de ellos pero casi al instante introdujo toda su mano. Lo hizo tan lentamente que daba la impresión de que al tiempo de no querer hacerlo, no se detendría jamás. Un momento después quizá había introducido la extremidad hasta la muñeca, hasta que una torpe convulsión lo detuvo repentinamente y un segundo después extrajo rápida y violentamente los dedos salpicados de humedad.
Inmediatamente regurgito explosivamente, liberando una cosa pegajosa que viajó por el aire superior de la cámara hasta caer a unos metros de distancia de Chenko y sus hombres. Era una mezcla asquerosa de saliva, jugos gástricos hiperconcentrados y pequeños grumos blancos porosos. Un asqueroso olor fue de inmediato perceptible y se expandió de inmediato por toda la cámara. Olía a entrañas ennegrecidas, a enfermedad, a muerte, a tumba.
El hombre se tambaleó y recuperó en un segundo, su rostro había palidecido hasta la transparencia, y a pesar de su difusa y carcomida imagen en un momento estalló en una serie repetitiva de carcajadas enfermas.
Si en ese momento Chenko hubiera tenido un arma, ya tan solo por el asco producido y no por la necesidad de una venganza necesaria, le habría volado la cabeza sin dudar un solo instante.
Entonces aquel maldito engendro pareció enloquecer.
- ¡Ahí esta James! ¡Un placer presentarlos!-
Chenko y sus hombres miraron aquella asquerosa mezcolanza intentando entender lo que estaba sucediendo.
El ambiente se cargó de una macabra energía eléctrica cuando el hombre volvió a gritar con un profundo odio en el fondo de su voz y, levantando sus manos y señalando al grupo de sobrevivientes, intento amedrentarlos intensificando las burlas sobre ellos.
- ¡MALDITOS! ¡MUY PRONTO LOS VAMOS A JODER A TODOS! ¡Como a sus amigos! ¡Como a la mujer! ¡Como a su mujer, que delicia! ¡Primero nos turnamos sobre ella uno tras otro hasta que dejó de gritar, hasta que ninguno de nosotros pudo seguir! ¡Luego, luego peleamos por lo mejor de ella! ¡Fue la primera vez que guste de lamer la comida que me llevaba a la boca! Lastima… lastima que no venga entre ustedes otra como ella… la pudimos haber conservado más tiempo; pero el deseo, el deseo quema las entrañas… más que el hambre…-
+
Chenko entendió todo. Todos lo comprendieron. Lo mismo que le sucedía a los grandes reductos de sobrevivientes dispersos por el planeta estaba sucediendo aquí adentro, en los invisibles laberintos mentales en los cuales se hallaban inmersos. El hambre estaba consumiendo a la especie por entero y los hombres que se movían en la oscuridad de aquel complejo, cuantos hubiera, buscaron y encontraron la forma de sobrevivir, la forma de extenderse sobre la crisis: Estaban comiendo lo único vedado, el único animal prohibido.
Los nervios se pusieron a tope; los hombres tuvieron que vencer una resistencia natural al peligro inmediato que apareció frente a ellos y se quedaron congelados en el lugar en donde estaban, mientras que el cerebro les bombardeaba cada músculo del cuerpo con la orden irrevocable de huir y regresar por donde quiera que hubieran llegado, desentendiéndose de aquella mierda de enfrentarse a la oscuridad intentando ganar cualquier ventaja imaginaria.
Pero los hombres resistieron y se quedaron quietos, al menos todo lo que pudieron en ese momento. Chenko comenzó a realizar una serie de manoteos en el aire que los demás miraron y comprendieron al instante. Si bien ya no eran un grupo militar en lo formal, aún tenían todas las herramientas de comunicación y entrenamiento necesario como para poder sobrevivir a todo eso; sobre todo si conservaban la calma suficiente y lograban mantenerse organizados detrás de un muro de coordinación y esmero.
Las señales de Chenko no significaban sino “Hay que ir tras eso, sea lo que sea, sea quien sea”.
Richthofen cortó el aire con un movimiento de brazo, ofreciéndose de manera casi instantánea para ir por aquel maldito que -escondido en algún rincón oscuro- estaba evidentemente frente a ellos.
Chenko aprobó en silencio. Richthofen se adelantaría y los demás cubrirían la retaguardia. El soldado -en una vida anterior y ahora desaparecida- había realizado ejercicios de seguimiento y captura, consideraba sentirse aún lo suficientemente en forma como para realizar la tarea. Un segundo después recorrió silenciosamente los metros restantes entre el grupo y le desembocadura de aquel túnel, con los ojos padeciendo un leve dolor que no terminaba por desaparecer ante la exposición a la luz, y un segundo después estaba corriendo con todas sus fuerzas, acercándose velozmente a la boca de luminosidad de aquella cámara.
Algo pareció desquebrajarse cuando Richthofen entro corriendo en la cámara, algo invisible y que emitió un lamento casi transparente. Richthofen solo tuvo una micra de segundo para identificar su blanco, el cual se movía a unos cuantos metros de él. Era un hombre, definitivamente era un hombre; encorvado por alguna causa inexplicable y difuso por la velocidad con la que Richthofen se le acercaba. Entonces aquel hombre se giró velozmente hacía Richthofen, dándole a entender al ex S.T.A.R.S. que se acercaba a toda velocidad que de ninguna manera lo estaba tomando por sorpresa. Y una mezcla de miedo y esfuerzo se miro en el demacrado rostro del maldito frente a Richthofen cuando realizó un movimiento extraño, entresacando algo de sus ropas raídas y señaló a Richthofen.
Pero en verdad estaba apuntándole.
Y entonces un destello luminoso apareció de entre las manos de aquel maldito y algo salio despedido de ahí. Richthofen esquivó aquello solo por apenas una fracción de milímetro. Una hola afilada atravesó y cortó en parte la ropa de Richthofen mientras dejaba la carne intacta y atravesaba el resto de la cámara a una velocidad impresionante. El maldito había lanzado una navaja, un cuchillo increíblemente afilado, pero al fallar dejó en manos de Richthofen toda la inercia de la situación, y este ya se encontraba a solo dos o tres paso de la extraña y demacrada figura que aún resentía la fuerza del movimiento que había realizado al lanzar el cuchillo.
Richthofen lo embistió de manera brutal y de inmediato ambos cayeron al suelo, convertidos en un nudo ciego de músculos y golpes instantáneos.
Lo que ocurrió a continuación sucedió en apenas segundos.
El intercambio de impactos fue breve y en un momento después la extraña figura se había ya reincorporado y echaba a correr mientras Richthofen hacía lo mismo. Esta vez las zancadas del soldado no fueron suficientes como para ponerle la mano encima en los primeros instantes, sino que el extraño incrementó fácilmente la distancia entre ambos por causa de una explosión descontrolada de adrenalina en todo su cuerpo.
Entonces Chenko y los demás aparecieron en el borde del túnel y observaron como el maldito estaba comenzando a realizar una estupidez incomprensible: huía de Richthofen corriendo en círculos. Miraba enloquecido una serie de túneles que se encontraban en el lado opuesto de la cámara por donde el grupo entraba y en un momento su rostro se volvió duro como una piedra y sus ojos destellaron un pánico que brotaba desde lo más profundo de su ser. Era como si de repente en su loca carrera hubiera visto la imagen de un demonio infernal que hubiera parecido delante de él. O quizá aquella era la mirada de alguien que tras un estornudo ha perdido algo muy importante, algo que iba a salvarle la vida.
El extraño entonces pareció elegir uno de aquellos túneles y casi al azar se dirigió a uno a mediana distancia.
Entró corriendo en el túnel a toda velocidad y solo un instante después -cuando solo restaban unos pocos pasos para que Richthofen entrara también en aquel nuevo pasillo- el maldito que conducía aquella loca carrera fue rebotado violenta y torpemente después de haber penetrado la densa oscuridad. Richthofen alcanzó a esquivar el cuerpo que parecía regresar del embate de contra de un animal prehistórico. Richthofen miró de reojo algo que explotaba en el centro del tórax del extraño. Justo ahí destelló algo enorme, blanco y reluciente. Cuando cayó al suelo Richthofen identifico que era aquello: era un enorme y afilado trozo de metal clavado a la altura del esternon. El maldito entonces explotó en una convulsión de sangre y gritos sin aire. Chenko, Xvare y Skass entraron corriendo desde el otro pasillo a la cámara y se acercaron al cuerpo que se revolvía en el suelo, a unos tres metros de distancia de la entrada de aquel terrible túnel. Como una visión increíble de mirarse descubrieron que aquel pedazo de metal que prácticamente atravesaba el pecho del extraño mostraba en su remate al aire libre una especie de fibra, algo bien podrían haber sido una cuerda, pero estaba hecha de metal. Es un alambre, un grueso y enorme alambre.
Entonces la cuerda se tensó adentrandose en el túnel y tiró del cuerpo de aquel maldito extraño.
- ¡Es un anzuelo, maldita sea, es un jodido anzuelo!- gritó Chenko con una voz casi desesperada y retrocedió por instinto al igual que sus hombres, justo cuando el alambre incrementaba su fuerza tal manera que levanto del suelo el cuerpo sangrante de aquel hombre y lo hizo volar por los aires.
Como la lengua de algún animal submarino atrapando una presa en un ambiente abisal, la cuerda en un repentino abrir y cerrar de ojos absorbió dentro de la invencible oscuridad el cuerpo de aquel hombre, perdiendolo en ella enmedio un sonido de quebranto de huesos y pulmones que estallaban.
Los hombres estuvieron en un momento de estupidez a punto de seguir la trayectoria de aquel cuerpo, pero Chenko detuvo todo eso. Lo más idiota seria adentrarse en ese lugar, correr hacia la negrura.
Apenas pudo controlar a sus hombres.
Todos tenían el corazón palpitando a mil kilómetros por hora.
- ¡Daviwolfy…!-
Aquel grito se extendió durante varios minutos hasta que pareció alejarse y perderse en las profundidades de la oscuridad de aquel segundo nivel, tal y como sucedería si se extraviara dentro de uno de los anillos del infierno de Dante, el más oscuro de todos.
Aquello parecía algo bueno, que aquel grito y su emisor se perdiera, pero Chenko sabia algunas cosas sobre la conducta de cualquier cazador –el posible enemigo- al perder a su presa de forma tan inmediata: le parece sencillamente imposible que se haya desvanecido y no desiste, y ronda el último lugar en donde vio la silueta de su victima y solo hasta después de mucho tiempo abandona la búsqueda. Y siempre de haberla perdido por primera vez, regresa, y quizá regresa acompañado.
En los pensamientos de Chenko aquel extraño gritando era un gesto sintomático –nuevamente- de un comportamiento de ratas: si hay una, hay tres, y si hay tres, hay diez; y después de eso es imposible mantener cualquier equiparación numérica.
Chenko se giró sobre de si miso con suma cautela y llamó con la vista a sus hombres. Todos ellos parecían extraídos de una fabula de final triste y acontecimientos dramáticos; se miraban demacrados, débiles emocionalmente por todas las semanas anteriores de hambre y exposición al frío, aún asustados por haber ingerido pan contaminado y haber visto morir a varios de sus compañeros, y sobre todo, ahora apabullados por la aparición de un nuevo elemento en toda aquella tétrica ecuación.
Pero Chenko entendía que solo reproduciendo la situación que les había ayudado a capturar al tal Daviwolfy podían generar cualquier posibilidad de salir con vida de aquella situación, sobre todo si en el lugar parecían comenzar a reproducirse las ratas compañeras de Daviwolfy.
Cuando Chenko miró a sus hombres era solo para comunicarles un mensaje que para ellos comenzaba a ser evidente en todo aquel asunto: nuevamente, y más que antes, solo tenían a su favor el factor sorpresa. Y no debían desperdiciarlo.
Ahora que aquel extraño llamando a Daviwolfy parecía estar alejandose, ellos tenían que salir de los conductos de ventilación e ir por él. No podían ceder la iniciativa de las acciones.
Un segundo después los cuatro hombres salieron en silencio de los conductos y tras dejar el cuerpo inerte de Daviwolfy en el interior de los mismos, se acercaron al descenso hacía la profundidad del segundo nivel, hacía aquella negrísima sensación, intentado asir la iniciativa de lo que fuera a suceder.
+
Al encontrarse en el segundo nivel, escuchando sus pasos adherirse al suelo y adivinar que aquella sustancia no era sino sangre coagulando y quizá alguna otra cosa, optaron por avanzar hacía donde antes no habían estado: hacía lo que suponían eran muros sumergidos en oscuridad. Quien fuera que hubiera estado ahí abajo gritando no había tenido otra posible ruta de avance. Lo demás eran paredes visibles y cavas que no conducían a ninguna parte.
Pero seguir caminando representó muy pronto un peligro evidente: la oscuridad tras unos cuantos pasos sería total.
Los hombres tuvieron que detenerse un momento y comprender lo que estaban haciendo, y sobre todo revalorar la motivación que existía detrás de sus actos. Tomar la iniciativa de las acciones parecía una cosa buena estando escondido en un ducto de ventilación, pero un segundo antes de ser engullido por la más densa oscuridad jamás pensada, aquel pensamiento parecía deformarse hasta lo irreconocible.
Para Chenko y sus hombres ese era justo el momento en que, como en las películas, alguien decidía ir a buscar al monstruo justo cuando parecía tener la puerta de escape a su costado, lista para usarse. El momento justo en que la madre de cuatro, soltera, decide a mitad de la noche bajar las escaleras de la casa por que ha escuchado el blandir de un cuchillo en la sala, sospechando la presencia de un ladrón en la casa.
Era claro también para todos que la tormenta podía extenderse aún por horas interminables, pero era comprensible pensar que se detendría en algún momento. No podría durar para siempre. Pero –el maldito pero- tampoco podían permitir que cualquier cosa se les acercara demasiado. En este caso, adentrarse en la oscuridad y dejarse ser devorado por la misma, buscando a quien había proferido aquellos gritos en busca de Daviwolfy, era demarcar un perímetro y territorio que quizá les preservaria con vida.
Quizá.
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Después de un momento de espera y de afinar el oído hasta lo animal, avanzaron hacia el recóndito lugar donde antes supusieron paredes. Y solo tras unos pasos descubrieron una ligera corriente de aire. Se adentraba en la oscuridad con el ruido del aleteo de una mariposa elemental. Avanzaron con ella de la mano dando pequeños y firmes pasos, dejándose conducir como niños pequeños.
Todo eso era un juego de voluntades y esfuerzos indefinibles.
La oscuridad no les permitía mirar siquiera sus propios pensamientos y ellos de pronto avanzaban confiados en nada y en todo al mismo tiempo. Aquello parecía un largísimo pasillo que los hombres imaginaban poblado de lámparas en las alturas invisibles. De cuando en cuando los sonidos de sus pisadas era el único elemento que les indicaba que en realidad seguían vivos en medio de la negrura; pero solo unos cuantos momentos después, de procedencia indefinible escucharon algo diferente a ellos. Escucharon lo que parecían ser los apagados ecos de voces humanas.
Se quedaron quietos entonces. Bien podría haber estado al borde del abismo o del mar y no se hubieran percatado de ello.
El sonido de aquellas voces –una conversación- parecía florecer de pronto de las paredes y de pronto del suelo; de la espalda o del costado del compañero. Intentaron escuchar durante algunos minutos pero el sonido solo era una aproximación difusa a lo humano. Si alguien estaba conversando lo estaba haciendo a mucha distancia de ahí. Chenko intento asir algo en la oscuridad, a quien estuviera más cerca de él. Se encontró la manga de Richthofen y a base de tirones que se esparcieron en un momento, trasmitió la orden de seguir avanzando.
+
Cuando dieron con una pared que los freno en seco parecía que llevaban mucho tiempo caminando en la densa oscuridad. Todos la palparon y siguieron sus contornos hasta llevarse la impresión de que aquel lugar no conducía a ninguna parte. Mientras más revisaban la extensión de la superficie, más se convencían de que ahí no existía una salida. Pero, entonces –pensaban todos- qué sucedió con la corriente de aire.
Bastó regresar un par de metros para dar con ella nuevamente y entender que de alguna manera aquel largo pasillo que recorrían a oscuras concluía su camino en algún punto ciego, pero su continuación se hallaba unos metros atrás, como una conexión más que una continuación.
Y después de algunos pasos más se toparon con otra esquina, y al fondo, aún lejana, como una pálida luciérnaga, observaron un poco de luz.
Siguieron avanzando intuyendo que sus pupilas debían de estar dilatadas al máximo, tanto que incluso el más tenue flotar de átomos de luz parecía provocar un difuso dolor en las cuencas de sus ojos.
Solo un buen rato después pudieron acercarse en perfecto silencio al final del oscuro camino que recorrían. Parecía que habían invertido en eso un par de horas, aunque en realidad no hubieran pasado más de veinte o treinta minutos en total.
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Al final del pasillo se adivinaba una desembocadura que asomaba en lo que parecía ser una cámara tenuemente iluminada al centro.
Aún estaban Chenko y sus hombres a unos seis o siete metros de la salida de aquel túnel cuando de la nada, en silencio y con perfecta calma, una figura oscura, irreconocible y solo humana en su contorno, atravesó por el centro de la cámara, sin prisa alguna, cojeando y encorvada, perdiéndose en un oscuro pasillo lateral, uno como en el que ellos estaban.
Si la figura iba completamente calmada, Chenko y sus hombres no supieron sino estremecerse y con todas sus fuerzas retener dentro de sus cerebros un grito enorme que hubiera revelado estupidamente su posición.
Ahí se desató la segunda parte del infierno.
Chenko, Skass, Richthofen, Lara, Dreed, Sinner, Xavare, Kimera, Bender.
¿Qué significaron esos nombres un día?
Significaron un puño en contra de los temibles vientos que transformaban la tierra en un cementerio agónico; un cementerio en el cual sus muertos se empecinaban en perseguir todo rastro de vida y contaminarlo con ellos mismos.
Chenko, Skass, Richthofen, Lara, Dreed, Sinner, Xavare, Kimera, Bender.
¿Qué significan ahora?
Son la clara presencia de un dejo de vida y esperanza
+
Ahora Bender, Lara, Kimera, Sinner y Dreed han desaparecido. Se los ha tragado la oscuridad.
La mente de Chenko iba y venia recorriendo los rostros de sus hombres perdidos en las últimas horas en el interior de aquel maldito lugar. Le parecía increíble pensar en lo que había sucedido: el pan contaminado, la apagada histeria que se había sucedido entre ellos; Pensaba luego en la desaparición de Lara, donde hubo sangre inmiscuida, y en la desaparición de Kimera y Sinner, en donde solo hubo duda y silencio. Recorría luego con la mente las implicaciones del silencio de Skass y Xavare, un silencio seguramente lleno de resentimiento y deseos de devolver el golpe, todos los golpes. A ese momento la fidelidad de Richthofen no estaba sobre la mesa, acusada de fragilidad. Pero lo cierto es que las cosas estaban totalmente enredadas y que ya nada se podía tomar por cierto. Solo la esencia de la duda penetrando los átomos de todo.
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Quizá la estrategia de esperar a que la tormenta amainara era estupida e inútil, pero era la única que Chenko tenía.
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Entonces se escuchó un grito, un macabro grito masculino que sacudió todo el lugar con su estridencia. Quizá no fue tan fuerte como pareció de primera instancia, pero rompió de tal manera el silencio del lugar que bien pudo haberse figurado como un volcán vomitando animales salvajes, un cocodrilo blasfemando a los oídos de alguien que se recupera de un severo accidente.
- ¡Daviwolfy! ¡Daviwolfy! ¡Dónde carajos te has metido! ¡Los malditos se fueron! ¡Los dejaste escapar! ¡Daviwolfy! ¡Ven aquí inmediatamente!-
Chenko y los suyos se estremecieron de tal manera que parecieron de pronto poseídos por un temblor de tierra brutal y de fortaleza desconocida hasta entonces. El grito se extendió haciéndose cada vez más fuerte y localizado. La voz que lo expresaba era áspera y difícilmente se antojaba humana.
- ¡Estas muerto cabrón, bien muerto! ¡Los dejaste escapar! ¡Se fueron los malditos! ¡Estas muerto y sabes perfectamente qué va a sucederte!-
Aquel grito se acercaba dramáticamente hasta la reservada posición en la que Chenko y los suyos se encontraban. En medio de ellos, atado y sometido, Daviwolfy temblaba ante los gritos que se acercaban rápidamente. Cualquiera pensaría que ante los suyos se envalentonaría y haría todo lo posible por revelar la posición de los hombres, pero Daviwolfy fue el primero en querer esconderse y quedar petrificado. Richthofen se acercó a Daviwolfy y lo sometió de manera precautoria. El extraño entre ellos estaba temblando y mostraba una palidez inexplicable por todo su cuerpo.
- ¡Ahora mismo te estas perdiendo de una alegra fiesta! ¡Tenemos dos nuevos invitados, incluso James esta por aquí! ¡Uno de los nuevos invitados es una bellísima mujer, verla desnuda, atada y, y lista, tú entiendes, es algo que no debes perderte! ¡Sal de donde estés Daviwolfy, sal antes de que te encuentre!-
Lara, pensó Chenko, Lara esta con ellos. Pero... ¿No esta infectada entonces...?
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Daviwolfy se quebró. Comenzó a temblar de una manera increíble. Y luego balbuceo y en un segundo estuvo a punto de responder a la voz de aquel grito que se expandía polifónicamente por todo aquel lugar pero la dentadura lo traicionaba y se sacudía violentamente, hasta que claramente intento gritar desde aquel fondo del ducto de ventilación. Entonces Richthofen lo sujeto aún con más fuerza e intensifico el abrazo precautorio hasta que Daviwolfy se torno un verdadero problema unos segundos después. Richthofen lo golpeo en el rostro con toda la violencia de la que fue capaz. Y lo golpeo hasta conseguir callarlo, hasta que logro someterlo del todo, hasta que algo crujió detrás de la nuca de aquel extraño y se quedo quieto de inmediato con un gesto de angustia en el rostro.
- Mierda...- Chenko, desde un ángulo complicado descubrió que su soldado había dejado fuera de combate a Daviwolfy. Desde aquella distancia Richthofen recibió la silenciosa aprobación de su líder.
Un rato después, dentro de aquel complejo semisepultado por una de las tormentas de nieve más virulentas imaginadas por cualquier hombre, los cuatro habían extraído la suficiente información como para hacerse una idea general de lo que estaba sucediendo de forma inmediata a su entorno, y aunque no profundizaban lo deseado, daban grandes pasos en la resolución de algunas interrogantes.
Y todas las respuestas que aquel hombres les había ya entregado, lo había hecho sobre una bandeja de silencio y terquedad. Pero aquello era más que suficiente.
- Si estuvieras verdaderamente solo, desde el principio te hubieras acercado a nosotros.-
- ...-
- Claro, solo falta saber cuántos hay contigo.-
- Me preocupa -le dijo Chenko- que tú y los tuyos sean como ratas. Cuando ves una, sabes que hay veinte bajo tierra, cuando ves cinco, hay cien escondidas vigilando tus pasos.-
- ...-
- Y lo que más preocupa, es que cuando atrapas a la primera, significa que el cúmulo de roedores se ha vuelto confiado y flojo. Ya pronto no les importara ser vistos... ¿Debo preocuparme James, debo preocuparme?-
Por alguna razón desconocida ese hombre, ese prisionero del ex escuadrón S.T.A.R.S. al escuchar el nombre de James alteraba perceptiblemente el gesto secundario de su rostro. Su faz podría ser la misma roca inamovible en todo tomento, pero sabias cuando en el fondo de sus facciones existía un dejo de burla, y era perceptible cuando el gesto detrás del gesto cambiaba, y era serio y preocupado, como si Chenko y los demás hubieran tocado una fibra sensible.
- No- dijo el hombre al cabo de varias reiteraciones de la pregunta - yo no soy James... nunca lo he sido... hasta que me obligaron...-
- ¿Qué dices imbecil? ¿Qué dices?-
- No soy James, solo eso...-
- ¿Te obligaron? ¿Quién eres? Solo necesito saber eso.-
- Otro.-
- ¿Otro? Tu nombre, tu nombre mal nacido, dame tu nombre...-
- ¿Por qué te importa eso?-
- Por que sí, porque quiero saberlo.-
- Me dicen Daviwolfy, y solo eso. Nada más.-
- Bien, ya tengo un nombre con el cual llamarte cuando este rompiéndote todos los huesos del cuerpo.-
- Haz lo que quieras...-
- ¿James? ¿James Steward? ¿Esta por aquí?- pregunto Richthofen.
- Si, de alguna forma...-
- ¿Dónde? ¿Dónde exactamente?- exclamo Chenko.
- ¿Exactamente?- Los ojos de Daviwolfy se fijaron muy profundos en los del líder del minado escuadrón -pues, exactamente, aquí, conmigo...-
Los soldados ya intuían la presencia de más personas vivas en aquel complejo, pero el único que habían interceptado parecía estar loco, completamente afectado de la cabeza. Todos consideraban secretamente que el deterioro físico era la causa de aquellas respuestas erráticas y dispersas. Nada en lo que decía tenia sentido, pero una cosa parecía ser cierta: que entre nebulosa y bruma, algo de verdad y acierto debía de estar asomándose en las palabras de aquel hombre. Y si aún en medio de la disminuida condición de su cerebro decía que el tal James Steward estaba aquí, con él, más valía vigilar los flancos, al menos hasta que dieran con este y lo retuvieran también perfectamente atado a una silla.
- Pero... pero lo peor de todo...- susurro Daviwolfy - lo peor de todo aún esta por venir...-
- ¿Lo peor de todo? ¿Qué carajos?
- Lo peor de todo es que ella los ha descubierto, y se ha fijado en ustedes, y se ha encariñado contigo...- Dijo el prisionero clavando nuevamente la vista en los ojos inexpresivos de Chenko.
- ¿Quién, quién ella? Responde maldito, responde rápido...-
- Ella, la que viene a matarnos a todos.-
Los soldados creyeron comprender de inmediato las palabras de Daviwolfy. Claro, en todo esto había una ella, y su condición era de sospecha y ausencia. Lara.
Claro, Lara.
Si lo que fuera que estaba allá afuera había infectado de algo a la miliciana y Daviwolfy había tenido un asiento de primera fila en el espectáculo. Seguramente el maldito había visto a otro u otros infectados, como el de las cavas de pan, dar fin a la mujer. y ella ahora debía rondar el lugar, quizá acompañada de Kimera, buscando la mejor manera de sorprenderlos y acabar con ellos.
- Estas jodido del cerebro Daviwolfy, bien jodido.-
- ¿Entiendes que ella va a matarnos a todos?-
- Desafortunadamente tendremos que responder con la misma moneda; nuestra estimación hacía Lara es sincera, pero el juego consiste en seguir vivo, sin que importe el costo...-
- ¿Tu amiga se llamaba Lara?-
- Si, ese fue su nombre.-
- La vi, y vi lo que hicieron con ella. No imaginas siquiera...-
Chenko no estaba ahora para historias de corte Gore. La ausencia de Lara ya era sombra suficiente como para todavía ennegrecerla con más asquerosas historias.
- Y debe estar y venir ya con ellos, como James...-
+
Por un segundo Chenko tuvo una visión en la mente: Lara preparándose para atacarlos.
Y deseó, deseó con toda su fuerza que el virus que la había contagiado fuera todavía el mismo que asoló por completo la tierra, con sus invencibles capacidades para degradar el cuerpo humano.
No quería pensar siquiera en la posibilidad de que anduviera por ahí un infectado con sus capacidades humanas casi intactas, con entrenamiento militar codificado ya por instinto y sin la capacidad de dolor, y envuelto en una furia y violencia animal.
No, no quería pensarlo.
- No podemos salir de aquí, el acceso al exterior esta completamente borrado.-
- ¿Cómo dices, Chenko, no podemos salir, qué sucede?-
- Sucede que estamos atrapados en este lugar. El lugar por el que llegamos desapareció debajo de una montaña de nieve y escombros.-
- ¿Cómo, cómo es posible?-
- La chimenea que daba al exterior se ha derrumbado en algún momento del ataque de la tormenta.-
- ¿Qué vamos a hacer, Chenko, qué vamos a hacer?-
- Quizá cuando la tormenta ceda podamos encontrar una salida entre los laberintos de toda esa nieve, pero antes será imposible hacerlo.-
La explicación parecía haber terminado, pero todavía una palabra salio de su boca.
- Además, hay que recordar que Lara se perdió ahí afuera, quién sabe que pueda estar esperando por nosotros en el exterior...-
- Chenko, entonces hay tiempo de regresar por Sinner, mirar si esta bien, si aún podemos contar con él...-
Chenko respondió con una razón llena de severidad.
- Lo más seguro es que Sinner tenga el cráneo partido en pedazos; vimos una hondonada en la parte trasera de su cabeza. Xavare, ¿A ti se te hunde el cráneo por donde piensas? No, ¿verdad?-
- Pero quizá, Chenko, quizá Sinner no están tan mal, hay que revisarlo, por amor de...-
En ese momento el gesto facial de Chenko cambio completamente.
Se volvió gélido, aterido, y a la vez, apenas de forma perceptible, pareció comenzar a respirar con mucha más cautela, mas que la que hasta la que ese momento había guiado sus acciones. Y sudó ligeramente, y aquella respiración y aquel tenue sudor era el mismo que Chenko manifestaba en medio de la batalla.
- Chenko, ¿Por qué ibas a abandonarnos?- Pregunto Skass entonces, con una herida en sus ojos, no física, sino una espiritual.
El líder del escuadrón no contestó, parecía que su mente se había trasladado a otro lugar.
- Chenko, dime ¿Te fallamos alguna vez? ¿Por qué querías deshacerte de nosotros?-
El hombre simplemente no contestaba. Parecía estar pensando en algo, cualquier cosa que pudiera explicar lo que había sucedido en las últimas horas, algo que hilara y le diera sentido a todo eso que hasta el momento habían estadio viviendo. Pero también era evidente que no podía concretar nada en ese momento.
Entonces Xavare, que hasta entonces había aparentado tranquilidad, fue vencido por las circunstancias y tras solo encogerse de hombros se lanzó hacía su líder como un animal salvaje, con furia en los puños y odio en el cuerpo; con la subliminal y única intención de hacerle hablar; con la necesidad de explotar y liberar toda la tensión y crear una catarsis con la cual vaciar su alma.
Chenko no se percato al instante de Xavare pero cuando lo hizo, un momento después, su atacante ya le asía del cuello e intentaba golpearlo. Chenko reacciono casi por instinto y dio un golpe brutal a Xavare en la boca del estomago, haciéndolo retroceder y caer al suelo. Entonces Skass acompañó la ofensiva de Xavare y se lanzo en contra de Chenko, pero se topó con un muro de músculos que ya lo esperaba. El impacto del puñetazo de Chenko en el rostro de Skass fue abrumador y dejó fuera de combate al hombre. En solo tres segundos Chenko había vencido a dos de sus hombres y contemplaba amenazadoramente a Richthofen, quien miraba a sus propios compañeros a la defensiva esperando que a él también alguien lo atacara.
Chenko se desentendió de Richthofen y acercándose a Xavare lo levanto del suelo y en vilo comenzó a gritarle y volvió a golpearlo un par de veces en el aire.
Lo dejó caer entonces y se alejo violentamente de ellos.
+
Algo estaba mal con Chenko.
Algo, muy mal.
En el fondo de sus ojos parecía que una neblina comenzaba a formarse, algo así como un encharcamiento de agua negra que comenzara a cubrir los destellos brillantes de sus ojos. Quizá su alma estuviese siendo reclamada en aquel mismo instante por una fuerza turbia y descontrolada. Estaba al borde de lo irreconocible, irreconciliable con el hombre que antes había sido. Le había dado una paliza a Kimera, casi sin tener razón para hacerlo; posiblemente había inutilizado al soldado y entregado a merced de quien fuera que estuviera en aquel lugar, en manos de cualquier monstruo que estuviera pendiente de ellos.
-¡Aquí se acaba! ¡Aquí se acaba toda esta mierda!- gritó entonces el que hasta entonces había sido el líder de aquellos hombres, vivos y muertos -¡Oficialmente estoy disolviendo nuestro escuadrón! ¡Las fuerzas S.T.A.R.S. a este punto adoptan la condición de desaparecidas! ¡Si alguien quiere seguir acompañado y por ende vivo, tiene que seguirme o formar su propia comitiva! ¡No somos más una elite militar, sino sobrevivientes y ahora todo vale!-
Richthofen miraba a Chenko pendiente de cada una de sus palabras. Entendía perfectamente la desesperación de aquel hombre y entendía el punto de quiebre al que estaban llegando. Pero no justificaba su comportamiento y sospechaba del mismo. Quizá el mismo fuera el único remanso de cordura en todo eso y desde su perspectiva podía observar que algo muy extraño le sucedía al hombre que en ese momento renunciaba a ser su líder. Era el producto de algo más allá del influjo de la tensión y muerte a su alrededor. Era algo dentro de Chenko.
Entonces este se le acercó y tras mirarlo profundamente a los ojos se desvío y levanto a Xavare del suelo. Incorporó al hombre doliente y lo puso de pie a la fuerza. Skass regresaba en si en ese momento, Chenko también lo levanto.
- Escúchenme bien… ambos están muertos, bien muertos; ya sea por la mierda que comieron o por estar atrapados aquí conmigo. Ustedes decidan la causa. Pero una cosa va a quedar bien clara en este momento. Yo voy a sobrevivir, y no permitiré que nadie me complique las cosas. Ya no soy su líder, soy un tipo al que conocieron circunstancialmente y que estaba dispuesto partirles todos los huesos del cuerpo en caso de que se descontrolaran. ¿Vamos quedando claros?-
Xavare, Skass y Richthofen lo miraban comprendiendo el sentido de sus palabras. Pero Skass volvió a preguntar. Solo porque él necesitaba una respuesta.
- Chenko ¿En realidad ibas a deshacerte de nosotros?-
Se acercaron entonces cada uno por un costado a Sinner. Aquel no era el momento de especular ni de ser condescendiente. Los soldados se repartieron posiciones en medio de un plan que fue hurgándose en segundos.
Richthofen golpearía la cabeza y Chenko la columna, ambos al mismo tiempo, asegurándose cada uno de escuchar el crujido que evidenciaría un cráneo roto y una columna destrozada.
El entrenamiento militar y de tácticas especiales les había dotado de aquellas estrategias que llamaban de Contacto Unísono, muy efectivas al desmantelar comandos enemigos con el mínimo de recursos y sin llamar innecesaria la atención de algún otro enemigo cercano.
Por un segundo dejaron de mirar en aquella figura al compañero y amigo que había sido por mucho tiempo y transformaron su visión en la percepción de una posible fuente de peligro. Cada uno quedó a unos cuantos centímetros de cada costado de Sinner y entonces Chenko levanto una mano abierta y comenzó a descontar dedos de la misma, indicando una cuenta regresiva que no se extendería más allá de tres o cuatro segundos.
Entonces Sinner levanto el rostro y miro de lleno a Chenko.
Sus ojos.
Los ojos de Sinner.
Todavía eran humanos.
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El golpe que lanzó Chenko alcanzó a desviarse en el último segundo en medio de una increíble flexión de la pierna de este último, pero Richthofen dio de lleno en la cabeza de Sinner, quien con la vista perdida intentaba limpiar de su rostro los últimos vestigios de aquellos fluidos de sobre su piel.
El sonido de algo quebrándose ahí adentro no se hizo esperar.
Chenko gritó en el último segundo, pero para cuando el sonido de si voz surcó el aire alrededor de Sinner, este ya caía repentinamente vencido por el impacto brutal de la bota de doble casquillo de Richthofen.
El soldado rebotó en el suelo como un saco de huesos sin control alguno de sus acciones. NI siquiera pudo meter las manos entre su rostro y el duro suelo de concreto de aquel lugar. Un segundo después Alack Sinner se había transformado en un bulto oscuro que había dejado de moverse en el suelo casi inmediatamente después de haber golpeado aquella negra superficie.
Richthofen comprendió todo una micra de segundo después, cuando intercambió con Chenko el destello de una mirada fría e impávida. El golpe que había recibido Sinner había tenido toda la intención de asesinarlo y ahora, inmóvil en el suelo, la sensación de un hombre muerto entre Chenko y Richthofen se elevo invencible como una montaña que de pronto hubiera nacido de la tierra y crecido hasta el cielo.
Ninguno de los dos hombres se movió de inmediato, pero al cabo se acercaron y revisaron al soldado. Tenia pulso, respiraba tenuemente, pero algo en su cabeza, en la parte posterior de la misma, parecía hundida en una hondonada de quizá tres centímetros de diámetro y algunos milímetros de profundidad.
-¡Chenko...!-
-Carajo.- Respondió el líder de un escuadrón conformado por un solo hombre. No había nada que hacer, lo que había sucedido sobre Sinner era el buen trabajo de un soldado con órdenes de cazar y ejecutar.
Se acercaron cautelosamente hasta donde Chenko abandonó el cuerpo sangrante de Kimera. Lo había dejado caer dentro de una de aquellas cavas en donde se amontonaba el pan que había tocado el infectado. Chenko recordaba que había sido la segunda o tercer puerta, y al acercarse y mirar dentro de su primera opción, se encontró con un lugar completamente vacío. Deseó entonces con todas sus fuerzas que el cuerpo del soldado se encontrara en la puerta siguiente, que él mismo hubiera errado en el primer intento de ubicar el lugar en donde había encerrado a su subordinado. De otra manera, cualquier cosa ahora podía ser posible y algo terrible estaría desarrollándose sobre sus cabezas sin que ellos fueran aún capaces de mirarlo.
Chenko abrió la puerta de la cava contigua y retuvo el aliento por un segundo.
Lo sabía.
Ahí adentro no había nadie.
Los tres hombres asomaron el rostro al interior de ese lugar, que olía como si alguien hubiera derramado litros y litros de sangre y viseras y ahora estuvieran en pleno proceso de descomposición.
-¿Dónde están? ¿Dónde están Chenko?- pregunto Sinner visiblemente conmocionado. El rostro de Richthofen estaba pálido y retraído sobre sí mismo. -¿Dónde carajos se han escondido?-
-No tengo la más jodida idea de don…-
La respuesta llego por si misma.
En ese momento un rugido tenso y deforme se escucho detrás de la puerta que los hombres habían abierto. Un violento golpe cayó sobre la madera y sorprendió a Chenko y a sus hombres. Entonces apareció detrás de la misma una hilera sangrante de dientes y un entrecejo violento, envuelto de piel llena de sudor y vasos sanguíneos explosionados. Casi dio alcance a Chenko y solo por la pericia y la sorpresa de este último no quedo debajo de dos increíbles garras que inmediatamente asomaron del fondo de aquella impenetrable oscuridad. Un bramido imposible surcó el aire y amenazo -perdiendo a su primera presa- de inmediato a Sinner que atinó a revolverse y retroceder aterrado cuando una boca abierta hasta su límite, desparramando sangre se abalanzo sobre su cuello, enseñando un par de encías derretidas y dientes ennegrecidos. El monstruo alcanzó al soldado y lo derribo en el impulso de una loca y torpe carrera. Quedaron en el suelo el monstruo sobre el soldado, cuyo rostro de pronto se vio salpicado de espumarajos calientes en los que se entremezclaban gruesos coágulos que contenían al virus más destructivo que jamás hubiera conocido la raza humana.
Sinner no grito, no. Ni siquiera abrió los ojos. Lanzo un puñetazo instintivo, pero según los instintos de un militar curtido en batalla que comprendía la peligrosa cercanía de su contrincante. Lo golpeo no en el rostro, en donde un golpe directo a los huesos hubiera cortado la piel de su puño y lo hubiera infectado de inmediato. Sinner golpeó a la altura del pecho, haciendo retroceder al infectado y botándolo a un lado. Sinner apretaba los ojos y los labios hasta donde podía hacerlo muscularmente. Estaba ciego y mudo, y si hubiera podido hacerlo, hubiera cerrado los orificios de su nariz para evitar que siquiera la mas mínima porción de saliva y sangre penetrara y tuviera contacto con las comisuras de su cabeza.
Cuando Sinner hizo de lado al infectado apareció Richthofen de alguna parte y de una patada hizo volcar al infectado un par de metros de distancia del elemento caído. Luego el soldado saltó sobre el cuerpo de aquel monstruo. Aprisiono su garganta contra el suelo utilizando su pierna y dando de puñetazos estrello la cabeza del engendro rápida y brutalmente en contra del suelo. Unos momentos después algo crujió al interior de la cabeza de aquel monstruo y se quedo quieto tras exhalar una nube caliente y de un asqueroso olor a muerte.
- ¡Carajo, carajo!- Comenzó a balbucear Richthofen en la sofocación que estaba padeciendo sobre el cuerpo ya inerte del infectado -¡Es Dreed! ¡Es Dreed, maldita sea! ¡Lo mate, yo mate a Dreed! ¡Chenko! ¡Chenko! ¡Ayudame! ¡Chenko, es Dreed!-
El líder del comando ya estaba al lado de su hombre y rápidamente le ayudo a incorporarse de sobre aquel engendro infectado.
Mierda, si era Dreed. Mierda.
La infección lo había alcanzado. El rostro del soldado estaba completamente transformado. No se parecía ni remotamente el hombre que durante tanto tiempo había compartido suerte con ellos. Parecía que algo horrible, un terremoto gigante le había pasado por encima, destrozándolo por completo, pero al mismo tiempo toda esa destrucción era interna y se manifestaba en todos los aspectos de la morfología del soldado caído.
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Entonces Chenko y Richthofen se dieron cuenta de que Sinner permanecía a unos metros de ellos, dándoles la espalda sentado en el suelo, quieto, en completo silencio, y ajeno a todo lo que estaba sucediendo.
Eso era lo último que los soldados esperarían encontrarse. Creerían que Sinner estaría aterrado como ellos pero parecía estar ahí, tranquilo. No se lo explicaban, a menos, por supuesto, que estuviera sucediendo la única cosa obvia en todo el asunto, después de que, la mutación en que se había convertido Dreed, lo bañara en aquellos fluidos contaminados directamente al rostro.
Chenko se lo imaginó y transmitió con un intercambio de miradas aquella misma sensación a Richthofen.
El contacto de la infección en Dreed debería de estar en ese mismo instante repercutiendo y apoderándose del organismo del soldado.
Carajo, aquello parecía no tener fin.
Había pasado ya una hora. Chenko y los suyos habían demarcado un territorio mínimo en el cual estaban aposentados, pendientes de cualquier movimiento en el ventanal o en el acceso que conducía a la chimenea derribada, y al mismo tiempo observaban el remate de las escaleras que conducía al piso inferior del complejo, donde, los hombres en perfecto estado y que integraban el grupo de Chenko escuchaban los gritos y maldiciones de dos de los cuatro hombres que habían hecho descender.
Los gritos eran de Skass y Xavare. De lejos se podía adivinar que estaban sufriendo. Pero era imposible determinar a ciencia cierta el porqué de esos exaltados lamentos. Aquellos gritos eran de dolor, de angustia; intermitentemente daban la impresión de ser los gritos de un infectado, aunque luego parecían los lamentos de un humano simplemente enfermo, hasta llegar a confundirse con bramidos y sonidos guturales propios de algún animal.
Los soldados restantes a ratos se miraban dubitativos, sin saber en verdad cómo reaccionar. Luego miraban a su líder, y en el fondo de los ojos de Chenko adivinaban tensión y duda, más ya no temblor o quebranto.
Luego se escuchaban más vociferaciones y como alguien regurgitaba en medio de grandes arcadas.
Pero Chenko no estaba escuchando eso, no; aquello no le importaba en lo más mínimo. Incluso era una buena señal de las cosas. Le daba gusto, sobre todo por Skass, a quien consideraba uno de sus mejores elementos.
Chenko atendía a lo menos obvio, a lo invisible.
Tenía puesta su atención en los dos hombres restantes, en Dreed y Kimera, quienes no emitían ningún ruido y parecían haber desaparecido en la oscuridad del fondo de aquel lugar.
Dejaron pasar un par de horas más antes de supones que el tiempo ya había sido el suficiente. Entonces de común acuerdo llamaron a gritos a los cuatro hombres que aullaban de dolor. Les pidieron acercarse a las escaleras y mostrarse a la tenue luz que flotaba en el lugar. Después de un rato solo Skass y Xavare aparecieron en el borde inferior de las escaleras. Ambos estaban pálidos, manchados consigo mismo y visiblemente débiles. Parecían simplemente presas de una intoxicación horrible que afortunadamente y por una razón desconocida no se había extendido a los demás hombres que habían comido aquel mismo pan. Chenko les pregunto por los dos hombres restantes. Ni Skass ni Xavare tenían alguna posible respuesta, así que Chenko les ordenó regresar al lugar que habían escogido para padecer aquel terrible dolor y cuando ambos desaparecieron, el líder del grupo, con un grito pardo y brutal, llamó directamente a Dreed y Kimera; y junto con los únicos dos soldados que no manifestaban malestar alguno, Sinner y Richthofen, quedó a la espera de una respuesta que, algo muy dentro de él, le indicaba que jamás iba a llegar.
Y tras casi otra hora, cinco desde que todos habían comido aquel pan contaminado -y desde la muerte de Bender y la desaparición de Lara- Chenko descendió por las escaleras en dirección del piso inferior de aquel complejo, acompañado de sus hombres.
+
-Chenko, mira…- La voz de Richthofen era débil, apenas un susurro. Señalaba el suelo oscurecido mientras con un movimiento de la mano indicaba a los otros dos hombres detenerse. Ahí, donde señalaba Richthofen, no había nada. El piso era llano y recto; pero la perceptiva entrenada de Chenko conseguía entrever lo que Richthofen hacia resaltar. Y no era una buena cosa.
- Maldición… no puedo creerlo…-
- Imposible…-
Un temor denso y oscuro se escurrió entre los hombres tal y como lo hubiera hecho una helada ráfaga de aire. Los hombres descendían con la intención de corroborar la situación de Dreed y Kimera, a quienes el silencio y la oscuridad parecían haber consumido. Para ese momento debían de ser obvias las primeras manifestaciones de la infección, y sus soldados, en caso de estar padeciendo aquellos síntomas, serian completamente vulnerables. La infección comenzaba por destrozarles el sistema inmunológico y tras una intensa batalla de fiebre y explosión de vasos sanguíneos, la conjuración de un no-muerto nacería en el fondo de sus entrañas.
Aquel era el momento justo cuando, aprovechando la batalla interna del cuerpo, podrían dar muerte al cerebro con un golpe brutal y un mazazo contra la columna.
A Chenko no le importaba perder a uno o dos de sus hombres si con eso creaba un certero campo de fuerza alrededor de los demás. Sobre todo a Skass y Xavare, que manifestaban cada vez con más fuerza la sintomatología de un complejo trastorno estomacal, que incluso quizá les estuviera arrancando a mordidas la capa enterica de sus estómagos o la flora intestinal, pero que en definitiva los estaba libres de la sospecha de haber caído en garras de la licuadora genética que asolaba al mundo y que los transformaría en monstruos.
Pero ahora mismo había muchas cosas que atender, aquello que habían visto en el suelo de aquel piso inferior y que nunca escucharon suceder. Reaccionar de la mejor manera ampliaba las posibilidades de todos de salir de aquel atolladero. Eso que vieron en el suelo podía embrutecer con un pánico acido la mente de un hombre normal si no se asimilaba de forma segura.
- Chenko, ¿Regresamos?-
- Si, regresemos, vigilen los flancos. Conformación Diamante al momento de subir por las escaleras.
Cuando los tres hombres estuvieron en el piso superior sabían que estaban metidos en algo gordo. La tormenta de nieve en las afueras del complejo se recrudecía minuto a minuto y ahora todo indicaba que era sencillamente imposible escapar, y vaya que aquello era necesario. Tampoco faltaba ser un genio para darse cuenta de que tenían que hacer algo inmediatamente.
- ¿Cuántos pares de huellas viste allá abajo?-
- Por lo menos seis Chenko, y un par que me parecía difuso.
- Así que no estamos solos… maldita sea…-
- Pero ¿Quién… quién carajo podría estar… ahí?
Un silencio se alternaba con los apagados lamentos de Skass y Xavare y la conjunción de ambas cosas solamente era desquebrajada por la susurro de millones de copos de nieve cayendo en el exterior del complejo, enterrándolo un centímetro por vez y cayendo de lado al instante siguiente.
Allá abajo habían descubierto un reguero de pisadas que no parecía corresponder a la actividad de los soldados.
- No Chenko, no, son nuestras propias pisadas; las que dejamos detrás nuestro cuando bajamos para comer aquel pan, las que marcamos cuando subimos corriendo detrás de Lara. Chenko, son nuestras huellas…-
- ¿No podrían ser incluso las posadas de Skass y Xavare? ¿O las primeras huellas de Dreed?- Pregunto Sinner con un dejo de angustia en la voz, dirigiéndose a su líder.
- ¿Y por qué las huellas giran en círculos alrededor del rastro de sangre de Kimera? ¿Y porqué se detienen ante eso? Explícame…-
El acumulamiento de huellas parecía haber sido recientemente marcadas por todo el lugar. Eran varios pares y se movían erráticamente por toda la zona que pudieron atender en aquel mínimo instante que permanecieron en el piso y al subier por las escaleras.
Pero carajo, esas no eran pisadas de infectados.
La cantidad necesaria de monstruos para marcar todas esas huellas fácilmente se traduciría en un maniático ataque en contra de ellos, que muy probablemente hubiera sucedido ya mucho tiempo atrás.
¿Entonces?
- Entonces- respondió Chenko –entonces, toca averiguarlo.-
- ¿Qué hacemos Chenko?-
- Bajamos por la escalera y vamos hacia donde deben estar Dreed y Kimera. Las huellas se redondean alrededor de su rastro. Ahí vamos a encontrar una respuesta, cualquier respuesta.-
Sinner y Richthofen siguieron a su líder, nerviosamente tensos y listos para lo que fuera que podría suceder a continuación. Las escaleras eran una boca de lobo abierta que parecía invitarlos a escabullirse por ella.
Un nervio maligno sacudió el cuerpo de los tres hombres cuando se acercaron a los primeros peldaños y comenzaron a descender por ellos.Entonces, del fondo de aquella negrura se escuchó un prolongado lamento. Seguramente provenía de Skass o Xavare; todavía era un lamento humano, pero profería un tono extraño. Aquello parecía ser un macabro preludio de lo que habría de venir a continuación.
Richthofen corrió en un segundo la distancia que mediaba entre aquella especie de sótano y el acceso al exterior. Buscó la fuente de aquellos gritos y muy pronto la descubrió. Venían de detrás de la puerta que conducía al pasillo que les llevaba a la cámara de contaminantes y que asomaba al exterior por la chimenea. Lara estaba detrás de aquella gruesa puerta, expuesta a la monstruosa tormenta de nieve que azotaba con todas su fuerzas. Y expuesta a los terribles seres que Chenko había definido como Enemigos y que solo conseguían imaginar torpemente. Y ni siquiera eso.
Muy pronto los hombres que lo seguían le dieron alcance. Entre ellos Chenko y Kimera. Lara profería varios metros detrás de aquella pesada puerta algunos gritos pardos y medianamente apagados. Quizá se encontrara hasta la cámara de recepción de contaminantes. Intentaron abrir aquel pesado acceso. Ni siquiera consiguieron moverlo de entrada. De alguna manera Lara la había trabado desde afuera. La mujer estaba aterrada, de eso no quedaba duda. Se escuchaba tal y como si estuviese hablando a gritos consigo misma, después se alternaban largos intervalos de silencio. Después se escuchó –levantando un sentimiento de ira y lastima entre los hombres- el inconfundible sonido de las arcadas con las cuales Lara intentaba expulsar de su cuerpo el veneno que, tal y como todos, había ingerido.
¿Todos? ¿Estaban todo ellos condenados? ¿Hasta dónde el malestar de los hombres que se habían quedado alrededor del cadáver de Bender era producto de aquello que imaginaban: la infección contagiada por vía oral? Y ¿hasta dónde podía ser la necesaria y natural descomposición física que un mendrugo de pan seco causaba al recorrer las entrañas ya hacía mucho tiempo clausuradas? Y todavía quedaba algo para la pensar: ¿No podía ser todo aquello causa de un alimento sencillamente descompuesto que estuviera reaccionado de mala manera dentro de sus organismos, y hasta ahí?
Había muchas preguntas en el aire, y obtuvieron una única e inmediata respuesta.
Lara comenzó a gritar nuevamente. Estaba histérica, como si se hubiera vuelto loca.
Pero una mente desquebrajada no provoca el tipo de sonido que inmediatamente siguieron. Sonidos transformados en maldiciones, en griteríos, y después, en el sonido de un ataque violento y desenfrenado. Se escucharon rugidos potentísimos del otro lado de aquella puerta, como producidos por un monstruo mitológico. Inmediatamente se escucharon golpes que se acercaban y alejaban; se había desatado una batalla cuerpo a cuerpo. Detrás de aquella puerta Lara seguía gritando desesperadamente mientras, mientras, carajo, luchaba con algo o alguien ahí. Los tumbos lo evidenciaban, y una serie de bramidos inconexos, sonidos casi animales, lo confirmaban. Los hombres de la unidad elite S.T.A.R.S intentaron nuevamente abrir el acceso. Parecía estar fundido en sus contornos. Golpearon con todas sus fuerzas pero todo fue inútil. Poco a poco escucharon que los gritos de Lara -mientras profería toda clase de maldiciones- se producían debajo de lo que suponían era una lluvia de golpes salvajes y despiadados. Los soldados forzaron el acceso y solo lo consiguieron muchos minutos después. Ni siquiera importó la posibilidad de encontrarse cara a cara con un infectado, o un enemigo, o con varios; lo único que contaba era salir y pelar al lado de Lara, sin importar lo que había hecho con Bender.
Cuando abrieron el acceso una ráfaga de luz y una ventisca terrible los golpeo despiadadamente. Eso era inexplicable. Tenia que significar que la chimenea no existía más y que el acceso al complejo estaba completamente descubierto. En cuanto lo comprendieron se expusieron al peligro que representaba la intemperie. No había nadie, no había rastros de Lara o de sus atacantes. Solo sangre, sangre por todas partes. Varios charcos oscuros que la tormenta que se introducía en el complejo aún no alcanzaba a cubrir por completo. Intentaron adivinar algún posible rastro descrito por aquella negrura, pero inmediatamente se contuvieron. El aire a temperatura bajo cero los convenció al final de retroceder. Los infectados no tomaban prisioneros, quizá tampoco los imaginarios enemigos. Y la única razón para que el cuerpo de Lara, si es que estaba muerta, no hubiera sido encontrado a los pies de aquella puerta, era por la sencilla razón de que ella, bueno, ya no era miembro de la especie de los hombres.
+
Cerraron el acceso justo cuando el resto de los hombres llegaban al mismo.
Contabilizaban dos bajas, mierda, dos bajas en menos de cuarenta minutos. Habían sobrevivido semanas completas y en un parpadeo se había desquebrajado la integridad del núcleo. Una tensión eléctrica los recorrió cuando se dieron cuenta de que el complejo les daba la impresión de estar maldito.
- Los cadáveres que encontramos nos estaban advirtiendo que algo terrible rondaba el lugar. Nos ha sucedido tal y como le sucedió a aquellos que abrieron la tumba de los antiguos egipcios. Una maldición nos ha caído encima.- Dijo uno de ellos.
Los hombres palidecieron al escuchar aquello. El mundo se había vuelto un lugar en la que la superstición volvía cobrar la vida y fuerza de las épocas de oscuridad que la humanidad había dejado detrás de sí. La única diferencia es que de esta época quizá los hombres no pudieran levantarse nuevamente.
Fue entonces que escucharon -a pesar de la tormenta de nieve- como encima de ellos algo que se arrastraba afuera del complejo, recorriendo el exterior del mismo. Era increíble la capacidad adquirida que se había apoderado de sus sentidos para percibir y discernir sonidos de entes móviles de los sonidos producidos por el simple entorno. Estaban allá afuera, rascando el metal y concreto desquebrajado de la chimenea por la cual habían ellos entrado. Eran los asesinos de Lara, estaban completamente seguros. Entonces, por el ventanal superior que permitía colar algo de luz al interior de aquel complejo, se recorto una figura que lo recorrió de arriba para abajo. Los soldados no creyeron lo que estaban viendo. A muchos metros de altura una figura que de repente les pareció humana atravesó el ventanal, escalando a la inversa el mismo, tal y como lo hubiera hecho un animal con ventosas en las patas, una lagartija o un geko. Pero les había parecido humana, una figura negrísima avanzando rápidamente y solo exponiendose a la vista por unos tres o cuatro segundos. A todos les recordó la figura de un vampiro recorriendo enceguecido la pared superior de una caverna, sobre los cuerpos de otros de aquellos horribles animales.
El lugar estaba maldito, innegablemente poseído por alguna especie de espíritu infernal, alguna clase de monstruo que no podían observar.
Tenían que abandonar ese lugar, inmediatamente. Pero la tormenta exterior incrementaba su furia, y salir seguramente significaría una muerte inmediata e estupida.Entonces Chenko tuvo una idea para hacerse del control de las cosas. Y en ese momento la prudencia parecía la mejor de las técnicas de combate que pudieran haber aplicado.
Chenko ordenó explosivamente fue que nadie se acercara al cadáver de Bender, y eso era determinante. El cuerpo de aquel hombre estaba perdiendo sangre a carretadas y no sabían si estaba o no infectado. Chenko se había visto demasiadas veces en circunstancias en las que el enemigo interno era más grande que cualquier amenaza provenirte del exterior, y aquello era mil veces peor que cualquier cosa. Así que lo primero que hizo –maldita sea, tenia que ser bien claro- fue dar un mensaje a cada uno de los hombres en su alrededor inmediato. Aunque dispersos por lo que acababan de mirar y vivir, los miró a cada uno a los ojos y hablo de forma clara, autoritaria y sin rodeos:
- Mierda, lo peor que podemos hacer es desquebrajarnos ahora. Que me reviente la puta madre si no estamos jodidos, enteramente jodidos con este cadáver a los pies y con Lara completamente trastornada quién sabe donde, pero lo peor que podemos hacer, lo peor que podemos hacer es separarnos ahor…-
Un grito terrible interrumpió a Chenko. Un horrible grito de mujer.
Los hombres apenas y se movieron, todavía estaban en estado de shock por la terrible muerte de Bender que habían presenciado en manos de Lara.
Solo Richthofen atinó a hacer algo. Salio corriendo de ahí en dirección de donde la mujer había gritado.
Chenko increpó algo, pero eso no impidió que algunos hombres salieran corriendo detrás de Richthofen. Os demás permanecieron impávidos, recargados en aquellas vetustas y ennegrecidas paredes. Únicamente Alack parecía estar conciente de lo que sucedía ahí y permaneció quieto un momento más para contemplar de manera ausente el cadáver de Bender.
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Varios eran los motivos por lo que aquellos pocos hombres permanecieron quietos y no salieron corriendo tras de Richthofen. Y uno de ellos, muy importante, era que se sentían mal.
No había forma alguna de admitir el horror que se encerraba en aquello.
Se sentían físicamente mal.
- ¿En qué mierda nos hemos metido? ¿Qué ha sucedido…- dijo Lara con el rostro desencajado- Sinner, Richthofen, díganme qué mierda sucedió aquí…-
Todos aquellos hombres estaban dándose cuenta de la situación. El infectado había puesto sus asquerosas manos y recargando su cuerpo putrefacto en aquel pan; y luego ellos se lo habían tragado todo.
La mirada de varios de ellos era espantosamente seria.
- El virus, el virus… ¿También se transmite así, comiéndolo?- pregunto Dreed, quien todavía tenia algunas migajas pegadas a la ropa.
El hombre había realizado la pregunta correcta.
Intercambiaron miradas entre ellos. La ventisca que azotaba el exterior pareció recrudecerse, otorgándole al ambiente una carga eléctrica que de un momento a otro se volvía cada vez más pesada y tensa.
Chenko, debía hacer algo, decir, explicar, tomar cartas en el asunto.
- ¿Y quién puede saber eso?- respondió -Ninguno de nosotros la lamido jamás a un infectado. Lo único que sabemos es que al cabo de algunas horas una persona normal se convierte en uno de ellos, sin que pueda hacerse algo para evitarlo.-
Entonces Lara volvió a hablar, visiblemente nerviosa.
- ¿Cuánto tiempo tenemos? ¿Cuánto tiempo tenemos antes que alguno de nosotros… todos… cualquiera…?-
Sinner se acerco a Lara y e intento tranquilizarla. La mujer se estremecía por causa de los pensamientos que cruzaban velozmente por su mente y por el descuido que en ese momento tensaba su herida, la cual sometía a la presión y movimiento de un cuerpo sano y agazapado, como si esperara que algo viniera a enfrentarse a ella. Cuando Sinner la tomo del brazo e intento asirla, ella reculo y se alejo de él dándole un golpe seco en el pecho, el cual hizo retroceder al soldado.
- ¡No me toques cabrón! ¡Ya cualquiera de nosotros puede estar lleno de aquella ponzoña!-
Lara los miraba como si de pronto todos ellos se hubieran convertido en sus enemigos.
- Y no dudare en matar a ninguno de ustedes…-
Agrego casi como un susurro mientras buscaba algo entre sus ropas.
Entonces se escucho que alguien, detrás de ellos, volvía el estomago.
Era Bender.
Estaba visiblemente pálido.
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Lara no espero explicación alguna. Del fondo de su enorme abrigo saco un cuchillo. Aquello parecía una extensión diabólica de su cuerpo. Bender la miraba pasmado. Tenía el estomago revuelto por la impresión de haber comido esa mierda y en un segundo el asco lo había vencido. El enorme dolor gástrico que había sentido durante mucho tiempo y que lo estaba consumiendo en vida, ahora se conjugaba con la profunda y oscura sensación de tener las entrañas al borde de la garganta; Lara lo miró solo por un instante. Bender tenía un aspecto demacrado, lastimado, sospechoso…
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No dudo un momento, se abalanzo sobre Bender. Lara tenía los nervios a tope y estaba lista para reaccionar frente al peligro, aunque reaccionar de esa manera, en contra de la gente que tenia alrededor, fuera una locura.
Una locura como la que no dudo en cometer.
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Con un movimiento felino salto hacía Bender, y en un destello fugaz, el cuchillo diabólico de Lara lo atravesó por entero a la altura del pecho y exploto sangrientamente del otro lado de su espalda, retrocediendo ambos y despostillando con la velocidad de un rayo la pared que se encontraba detrás del hombre. Los ojos de Bender y de Lara se encontraron por un segundo e intercambiaron miradas. Los ojos de Bender era un cuestionamiento vivo, una sorpresa que no tenia nombre ni proporción; su respiración se entrecorto casi de inmediato. En cambió, la mirada de Lara estaba congelada, carente de emoción alguna. Eran los ojos de alguien que había visto una infinidad de cosas horribles, y que había acabado con todas ellas. En realidad Lara no estaba mirando a Bender; miraba al virus dentro de la carne de Bender, tal y como alguien mira a través del aire.
Lo dejo caer entonces al suelo, como si lo hiciera desde una altura muy pronunciada.
Una sorpresa negra invadió a todos ahí cuando, después de haber visto aquello -apenas Bender tocando el suelo en su caída- en un espectacular giro Lara extendió y amenazó a todos con aquel cuchillo envuelto en la sangre caliente de lo que antes había sido su compañero de viaje y tragedia; y gritó, gritó como solo puede hacerlo una mujer herida, aterrada y perfectamente capaz de valerse por si misma:
- ¡Nadie, nadie se me acerque! ¡Nadie me toque! ¡Estamos muertos, estamos todos muertos!-
Entonces Lara, casi de manera inconciente, echo a correr. Se dirigió con toda violencia al acceso por el cual habían llegado, abrió aquella pesada puerta que les había llevado hasta ahí y la cerro con todas sus fuerzas por el otro lado, por fuera. Ahora, entre el complejo y el acceso que conducía a la chimenea y desembocaba en la brutal tormenta de nieve, estaba una mujer presa de una oscura emoción, de la ira y de un terror muy profundo.
Entonces lo escucharon. Tal vez fue Lara, con su sexto o séptimo sentido de mujer, quien lo adivino venir. Hubo tiempo de alertar a todos, a nadie le tomo por sorpresa. Apenas perceptible, apenas presente, en el fondo de lo que parecía aquella cava identificaron lo que parecía ser un recoveco, una enorme hendidura entre dos anaqueles empotrados a la pared de la cual nadie se había percatado y de ahí provenía un ruido deforme, desconcertante, Ahí se percibió un arrastrarse de algo. Todos los soldados reunidos estaban con la vista fija y los sentidos agudizados al límite esperando ver aparecer lo que sabían que ahí estaba. Era imposible que fuera otra cosa.
Y apareció al poco.
Primero se mostraron sus pasos envueltos en un movimiento lento y desesperante, luego el torso y al final, al final esperaban una cabeza, una mirada, un gesto, pero no vieron nada. De primer momento aquello que venia por entre las hendiduras parecía no tener cabeza. Luego un bufido animal retumbo en el aire, emanando directamente del cuello de aquel ser. Era un infectado, un maldito infectado con la cabeza desencajada. Todos miraron aquel adefesio. Tenia el cuello roto, quebrado y lo que antes había sido su cabeza caía grotescamente en dirección de su espalda, casi invisible al mirar de frente. Estaba incompleta, amoratada, hinchada y con amplias secciones de un color negro necrosado.
Se movía con una lentitud increíble, apenas parecía poder dar aquellos pasos. Los soldados entendieron casi de inmediato la situación de aquel maldito: Un cúmulo reticular de nervios destrozados se desprendía de su cuello. Aquello debió de ser el conjunto de canales que conectaban la cabeza y su mando con el sistema nervioso alojado en el cuerpo, la columna y su universo. Su lentitud se debía a que apenas y tenia conexiones que unieran el cuerpo con la cabeza, quizá únicamente los sistemas motores que estaban en funcionamiento. Quizá aquel monstruo fuera inofensivo en el peor sentido de la palabra.
Poco después aquella cosa bufo nuevamente.
Percibía a los soldados.
Se encaramo en dirección de ellos, pero era ridícula su velocidad, su forma de andar y su estrategia era a tope deficiente: se recargaba en todo lo que tenía a la mano, todo lo tocaba y en todo se apoyaba para seguir caminado. Los soldados lo miraban como al monstruo que era, y esperaban que algún otro viniera del mismo lugar de donde este había salido.
No salio ya nada más de ahí adentro, pero entonces se desato la primer parte del infierno.
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El monstruo en su andar percibía la proximidad de aquellos hombres. Caminó hacia el lugar en donde Alack y Richthofen lo miraban atentos. Aquello era ridículo. Los soldados de apartaron de ahí en unos cuantos pasos y el monstruo siguió caminando torpemente en línea recta hasta toparse con pared y bufar furiosamente ante la huida de sus presas, mucho rato antes.
Chenko dio algunas instrucciones con señas. Aquella cosa era la más torpe y ridícula que jamás habían visto, pero por otra parte no dejaba de ser un maldito infectado que intentaba darles alcance. Arrastraba tras de si coágulos enormes de sangre en lo que antes habían sido sus piernas y pies. Estaba completamente bañada en sangre, quizá su propia sangre, y Lara estaba completamente segura que aquella cuerda vacía que pendía el techo de la cava le correspondía a la criatura. Alguien tal ves había intentado ejecutarlo antes de que incubara la infección, pero habiéndose roto el cuello de tal forma, logro escurrirse de ahí arriba y había pasado los últimos días deambulando torpemente por todo el lugar.
Por todo el lugar.
Por… todo… el... lugar…
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El infectado se encamino hacía donde estaba Bender: se apoyaba en las paredes, y para llegar hasta donde estaba el hombre, tuvo que usar todas sus fuerzas. Dos pasos después se apoyo en un anaquel, lugar de donde habían tomado para comer, y rozó con su carne expuesta los panes que se hallaban ahí. No dejó siquiera una marca en ellos.
El movimiento fue visible para todos. Xavare, harto de mirar como aquella cosa estaba quitándoles el tiempo, busco algo, cualquier cosa, y halló algo que se parecía a la pata de una mesa, la cual tomo y con un movimiento felino golpeo de tajó la cabeza de aquel monstruo.
Se escucho un tirón carnoso y un vibrar líquido al momento en que la cabeza de aquel ser se desprendió violentamente y reculo estrellándose fuertemente en el suelo. Rodó por algún lugar mientras que su cuerpo se sacudió por un breve instante y luego se quedo totalmente quieto. Se derrumbo un segundo después, como hundiéndose en un pestilente lago negro.
El ambiente se relajo. Todo había acabado para ese pobre infeliz infectado
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Lara fue la primera en entender la situación.
Había pisadas sobre un fondo negro y húmedo por toda la cava, por todas partes. Aquel monstruo había pasado mucho tiempo ahí, al menos el tiempo que podía indicar el avanzado estado de putrefacción en los cadáveres que colgaban del techo; quizá había ido y venido en todas partes, buscando algo que encontró hasta que ellos llegaron a las instalaciones. Parecía seguro pensar que no había otro se aquellos seres deambulando por ahí, ya hubieran tenido noticias de eso.
Pero otra cosa vibraba en la mente de Lara, y se confirmó cuando se acercó a los anaqueles evadiendo el cuerpo del putrefacto. Las pisadas de la criatura estaban por todas partes, en todas direcciones. Se diferenciaban claramente de las pisadas que ellos habían realizado porque las primeras eran definitivamente más viejas y se notaban los indicios de los coágulos que había arrastrado el monstruo. Y llegaban hasta los anaqueles. Y se miraban manchas negruzcas en los entrepaños. Como manos marcadas en todas partes. En el pan.
Y ellos habían comido.
Y Lara, Creed y Kimera se percibían ya afectados después de comer. Y quizás alguien más.
Carajo.
Retrocedió espantado. Lo primero que vio cuando abrió la puerta fue un par de piernas en posición deforme. Intento llamar a los otros pero la falta repentina de aire se lo impidió. Después adivino otros dos pares de piernas. La sangre le palpitaba frenéticamente en las sienes hasta que corroboro que aquellas piernas no se movían, en absoluto.
Y después percibió aquel olor a podrido.
El estado de alerta fue inmediato. Kimera asumió una posición de defensa pero todo siguió quieto. Unos instantes después descubrió que aquellas piernas estaban unidas a tres respectivos cuerpos, los cuales colgaban de un techo extrañamente alto. Estaban colgados. Ejecutados o muertos de propia mano -no lo sabia- pero las cuerdas que sujetaban sus cuerpos se clavaban en el techo de manera recta y lineal. Había otra cuerda, pero nadie colgaba de ella.
Entró para mirar.
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No pudo creer lo que vio a continuación. De alguna parte que no pudo identificar a plenitud llegaba también ahí un vestigio de luz. Aquel lugar parecía una cámara, o una cava en donde se guardaban vinos. Era espaciosa y tenia muebles de madera antigua dispersos por todas partes. Pero no era una cava exactamente; no había vinos en los entrepaños y anaqueles que estaba mirando.
Y no podía creer lo que veía. Tomo sus precauciones para girarse y salir.
Poco después, todos estaban en esa zona del segundo piso inferior, incluso Lara, acompañándole, mirando aquellos cadáveres colgar del techo. Y después, tras adentrarse en aquella cava, miraban con una sonrisa en el rostro todo aquello que se amontonaba en los entrepaños.
Lara y Bender, a pesar de su condición, y exactamente por ella, fueron los primeros en extender las manos.
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De cualquier forma no podían dejar de tener un cuidado inmenso en cada paso que daban. Aquel lugar también tenía el piso salpicado y lleno de aquella sustancia humana y pegajosa que había encontrado Alack en su primera incursión en las instalaciones. El olor a podrido -sospecha eterna de muerte en el nuevo orden- provenía de aquellos tres cuerpos de los cuales uno de ellos estaba en estado avanzado de descomposición. Dos de ellos tenían apenas vestigios de putrefacción mientras que un tercer cuerpo casi se desgranaba a trozos. Quizás esos dos últimos infelices habían resistido más que el primero, o habían sido ejecutados después, o sabrá el demonio qué había pasado. Pero lo importante no era explicarse los cadáveres, sino que aquel lugar, en aquellos anaqueles, rebosaba –esa era la palabra- de piezas, calidos rectángulos y porciones de todas las formas posibles de pan.
Pan.
Estaba duro, manchado, negruzco y sucio.
Pero era pan.
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Bender intento comerlo así como estaba. El estomago le gruñía extrañamente. Al morder la pieza que se había alcanzado, apenas le marco sobre la superficie una ligera línea zigzagueante que figuraba sus dientes; consiguió tras unos pocos intentos desprenderle una pequeña costra rígida que engulló al momento.
La sintió caer lenta y pesada en su estomago.
Aquellos panes ofrecían toda la resistencia de la que eran capaces. Pero entonces Richthofen corrió fuera de aquel lugar seguido de la vista extrañada de sus compañeros y regreso a los pocos instantes con las manos cerradas, con un hueco formado entre el acople de las mismas. Buscó con la mirada algo en aquel lugar, un recipiente o algo por el estilo. Halló lo que parecía ser una olla, pequeña, llena de polvo; eso no importaba; dejo caer en su interior lo que traía entre manos: un puño de nieve. Lo agito con los dedos y un segundo después tenia una superficie de agua en aquel recipiente. Tomo un poco de aquella piedra comestible y ante los ojos de todos, al sumergirla, esta se ablando casi al instante.
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Todos comimos de aquel pan. Todos remojamos en el mismo recipiente nuestras porciones duras y negruzcas.
Un calor ya olvidado comenzó a moverse dentro de nosotros. Los pasajes de nuestro cuerpo abrieron sus puertas quedamente, llenas de polvo y sequedad, para dejar pasar aquello que regaba vida a su paso.
Volver a poner pan en nuestra boca era algo que pensamos que ya no nos tocaría vivir. Incluso, ahora que vivir ya no significa lo mismo que apenas hace un breve tiempo, un tenue bocado seguido de otro siembra y abre en nuestra cabeza nuevas ideas y horizontes.
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Lara intercambia miradas con todos los que estaban ahí reunidos. Sentía a todos cercanos después a vivir aquello de llevarse un simple bocado de comida a la boca. Ese sencillo acto había sido capaz de darle sentido a la necesidad de seguir vivo. Bender de vez en cuando mira incrédulo su comida, Skass, Alack y Richthofen sacan nuevas piezas de pan de los anaqueles, Kimera toma agua de nieve y remoja las piezas; Creed reparte; Chenko y Xavare miran que todos tengamos algo que comer boca en proporciones iguales.
Ojala todo el mundo, todo aquel que siga realmente vivo, tenga algo con que alimentarse en este día.
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Comieron y se saciaron; Luego, después de deambular por aquel lugar y pasado un corto rato regresaron a comer nuevamente. Ni siquiera contaron cuántas piezas de pan existían en los anaqueles, o para cuánto tiempo podrían rendir. El sentimiento de llevarse algo a la boca era superior a todo eso.
Hoy, aquí, ahora. Nada más contaba.
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Supusieron que pasaba la tarde y llegaba la noche porque desaparecía la luz que se colaba en aquellas instalaciones.
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A Creed comenzó a dolerle el estomago. Kimera se sentía inusualmente extraño, casi mareado.
Es que comieron demasiado rápido. Repetía Chenko a la vez que se sonreía. Ese era un buen dolor. Después Lara se sintió algo incomoda también. Ojala pudiéramos sentirnos así todos los días; remataba Chenko.
Todos reían junto con él.
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Solo unos momentos después comenzó a caer una tormenta de nieve. Fortísima. Los soldados únicamente podían calcular su proporción sobre la base de afectación con la que aquella estructura crujía y alcanzaba a ser sobresaltada por la perturbación climática. Si fuera necesario, estarían incapacitados para salir de ahí en no pocas horas. Pero estaban a buen resguardo. Y no querían salir de ahí, en todo caso.
Adentro el ruido de lo que fuera estuviese en el exterior se difumino al entrar al salón y unos minutos después desapareció por completo. Luego de un rato de incertidumbre y duda, los sentidos y nervios se relajaron y el grupo tuvo la impresión de hallarse en un lugar confortable. Se dispersaron por el lugar.
- Chenko, ¿Qué crees que es eso que esta allá afuera?-
El líder del escuadrón endureció su rostro.
Como un líder, cuando no tenía una respuesta, sabía que simplemente no debía abrir la boca de buenas a primeras. El silencio era su mejor forma de mantener el control sobre las circunstancias, además que pudiera ser también el mejor de los caminos para encontrar la palabra o respuesta que estaba buscando.
Así que expreso lo único que se le venia en mente y de lo cual estaba seguro.
-Enemigos, enemigos. No puede ser otra cosa.-
Bender había encontrado muy cerca de Chenko una silla donde sentarse. Desde ahí asintió ante las palabras de su líder. Era la verdad pura en cuanto a él le concernía y no necesitaba más explicación o aclaraciones. La plática finalizo en ese momento, y luego de que todos se esparcieran, alguien busco una para la persona del grueso abrigo, la cual se movía penosamente por el salón. Aquella herida de bala había hecho mucho daño, un deterioro progresivo que excedía ya por mucho el impacto original de la munición. Le acercaron una silla entonces y agradeció con un movimiento de la cabeza. Se sentó y tuvo que quitarse el abrigo para hacerlo.
Aquello fue como mirar un flor abrirse en el inicio de la primavera, una primavera oscura y colmada de devastadores incendios forestales.
Al quitarse el abrigo revelo el cuerpo de una hermosa mujer, una bellísima mujer. El abrigo resbalo por sus hombros finos y ceñidos de músculos. La caricia derramada por la tela sobre la piel salpicó la vista de aquellos hombres que estaban a su alrededor.
Las cosas se observan por aquellos que tienen ojos para mirarlas.
La mujer llevaba debajo de aquel abrigo apenas un ajustado jersey que le llegaba hasta las rodillas y una ligera prenda que hacia de camisola, y que en otro tiempo –un tiempo ahora remoto- hubiera sido considerada como atrevida y reveladora. Los contornos de su cuerpo se marcaban perfectos y deslizantes desde el interior y contra su ropa, brillantes incluso, fuera de lugar. Pero desentonaba de todo aquello una enorme mancha negra en su costado izquierdo, un surco algo negro que se aferraba a su carne y la hacia titubear. Era aquella herida de bala, transformada ahora una extensísima lesión que corría desde debajo del nacimiento del brazo hasta la parte alta de la cintura. Si alguno de los hombres que estaban ahí reunidos hubiera mirado por primera vez aquel desastre, hubieran especulado sobre una posible gangrena que ponía en duda la condición inmaculada de aquella mujer. Pero todos habían estado presentes cuando había sido producida, en la aeronave y sabían que cualquier gangrena era fulminante y que la herida sobre la carne de esta mujer tenía ya semanas de existencia. De cualquier manera debía de ser dolorosísima.
Richthofen se acerco a la mujer.
- Lara, ¿Necesitas algo, te sientes bien?
La mujer asentó. Todo estaba bien. Únicamente necesitaba descansar un poco.
El resto de los militares se encargaron de revisar la inmediatez de aquel lugar. Al poco se dieron cuenta de que era un emplazamiento de dos plantas. Ellos habían accedido desde el nivel superior y solo se acercaron de reojo a la segunda, la cual no fue revisada de primera mano. No había luz que llegara hasta aquel lugar. Únicamente se limitaron a mantener despejada la escalera que conducía hacía abajo.
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Poco después decidieron revisar aquel segundo piso inferior, aquel nivel en el que de entrada no habían querido penetrar. Chenko designó. Skass, Richthofen y Kimera fueron los encargados de eso. Cuando descendieron por aquellas escaleras la oscuridad fue de pronto y de nuevo total. Hubiera muy tonto de su parte encender cualquier clase de luz para orientarse –si es que hubieran conseguido hacer algo como eso- así que de acuerdo al nuevo orden que regia el mundo, tuvieron que esperar a que la vista se acostumbrase a las penumbras, y entonces, una vez habituado a ellas, avanzar y ser engullido.
Pronto se dieron cuenta de que aquel segundo nivel inferior alguna vez había tenido un uso muy diferente a cualquiera que habían imaginado para el resto de la instalación. Seguramente todo el complejo había sido destinado a la investigación o monitoreo científico. Algo así como aquellas unidades que se apostaban en el ártico para mirar pingüinos y osos polares disfrutar de su vida diaria y hábitos normales. Con la diferencia de que aquella instalación habría servido quizás como un nódulo de encuentro entre científicos, quizás como un lugar de descanso entre un punto y otro. En las paredes se hallaban colgados los afiches de varias instituciones de intercambio de información técnica y científica. Se hallaban algunos escritos en algo que parecía holandés, o un idioma nórdico, aunque el inglís y alemán abundaban también en aquellas paredes.
Y aquel segundo nivel parecía destinado a ser un comedor.
Aquello era una broma terrible. Hacia semanas que aquel comando no tenía un poco de alimento decente con la cual calmar la ansiedad que les brotaba en los estómagos, al igual en que el resto del mundo -si aún existía alguien, una comunidad o sociedad organizada que mereciera tal denominación- seguramente lo estaría padeciendo. Los últimos pensamientos que podían traer a colación sobre los grandes centros de concentración humana, era que después de los infectados –causa principal de millones de decesos- una hambruna generalizada y voraz debería de estar atacando y diezmando a los sobrevivientes.
No podía ser diferente.
Había quien imaginaba una lucha interminable en contra de la infección, disparando municiones interminables y vagando de una posición de defensa a otra. Eso era un pensamiento infantil. Después de algunos meses simplemente la reserva de armamento de tal envergadura tendería a diluirse. El mundo había invertido sus recursos en armas de destrucción generalizada, no en armas cortas o en municiones. Justo en ese momento debían de estar pudriéndose al sol instalaciones militares capaces de interceptar misiles trasatlánticos; submarinos y barcos con cabezas nucleares dormidas en su interior y perdidos en el fondo del mar, y así una larga lista de elementos militares pensados en grande, para destruir una ciudad o medio país en cuestión de minutos.
Porque así se librarían las guerras del futuro.
Sin intervención humana directa en los frentes.
Y se dejó de invertirse en la defensa personal, en la instrucción de trinchera.
Por eso también el avance triunfal de los infectados, porque fue imposible detener una columna de avance con un misil Tomahock o un Patriot. Hubiera sido preferible tener una Luger Parabellum en lugar de un par de ojivas nucleares, pero aquellas armas de mano yacían expuestas ahora en los silenciosos y abandonados museos del mundo.
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La imagen de los comedores casi a oscuras era tan poderosa como el calibre más pesado de cualquier armamento imaginable. Los hombres de Chenko casi podían percibir el olor del alimento caliente y la charla animosa de muchos científicos impregnada en las paredes de aquel lugar. Al fondo, lo que parecían los restos oscuros y carbonizados de una cocina en desuso atrajeron la atención de los soldados y ahí rebuscaron algo para llevarse a la boca. No encontraron nada.
Ya luego siguieron buscando.
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Kimera había tenido buena fortuna en las últimas semanas. Así lo percibía, y a la orden de Chenko de descender y registrar el lugar se sintió confiado en su buena suerte. Pensaba en encontrar algo valioso, armas quizá. Y caminaba gustoso. Él fue el que abrió aquella puerta, una pequeña y que parecía casi inocente con la poca percepción que podía recrearse con la casi nula iluminación que flotaba en el lugar.
A la mañana siguiente con luz del sol, no podían creer lo que veían. Había estado ahí, tan cerca de ellos, pero no habían podido mirarlo en toda la noche. A no menos de setecientos metros, escondido detrás de algunas dunas de nieve que desaparecieron en el transcurso de la noche, una especie de chimenea se levantaba en el horizonte. Una chimenea industrial que cortaba la línea del horizonte en ángulo recto.
Prácticamente corrieron hacia aquel lugar.
Encontraron que la chimenea sobresalía prácticamente del suelo, como si estuviera clavada en la tierra, y no perteneciera a un complejo fabril o algo por el estilo. Uno de los militares se dio cuenta de la realidad de las cosas. La chimenea si pertenecía a un complejo, pero este se hallaba bajo tierra. No sabían si era un complejo subterráneo o simplemente una edificación que ahora se hallaba sepultada bajo la nieve.
Y sobre todo, no sabían el status de aquel lugar. Si sencillamente estaba enterrado por las intensas nevadas, entonces era posible que tuvieran una oportunidad de posesionárselo. Pero si el lugar había sido originalmente construido bajo la tierra, posiblemente estaban hablando de peligro inmediato, porque nadie, en su sano juicio, habría abandonado tan brillante posición de defensa. Y aquello no les ofrecía signo inmediato de vida.
No tenían armamento alguno, solo sus fuerzas, en caso de necesitar defenderse.
Pero tampoco tenían hacia donde dirigirse, y si aquel lugar les ofrecía una posibilidad de sobrevivir en aquel mal tiempo, la tomarían.
A unos cuatro metros de altura, la chimenea tenía un respiradero. Podían llegar hasta aquel agujero y penetrar por ahí.
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Pero algo estaba mal, muy mal en todo eso y les impedía simplemente ir y acercarse a ese lugar. Entonces sus sentidos se alertaron de manera automática. No sus sentidos como personas o como compañeros, sino sus sentidos como soldados. Algo no estaba bien en aquel lugar, era una tentación demasiado buena como para resultar cierta. El lugar parecía un refugio perfecto y por ende debería de estar repleto hasta el techo de sobrevivientes, soldados quizá, comandados por algún general o comandante con un par de dedos de frente y que reconociera a primera vista las obvias ventajas de aquel lugar.
Pero estaba vacío.
Se veía a todas luces y desde todos los ángulos.
Igual de vacío que el maldito transporte aéreo que habían abordado y en el cual no habían aprovechado la oportunidad de rescatar con vida al comandante Heart.
Igual que todo el difícil terreno que habían recorrido en los pasados días de caminata.
Vacío.
Aquello era terriblemente turbio, negro como el fondo de una pesadilla, y Chenko estaba en busca de una respuesta, un incentivo que lo ayudara a tomar una decisión cuando este llego por si mismo.
Y se pudo observar su avance desde muy lejos.
Los soldados se percataron prácticamente al mismo tiempo de algo que se sucedía en el horizonte; cuando todavía se pintaba como un amasijo sin control de formas y ángulos que se volvían y quebraban sobre si mismos. Parecía una avalancha de nieve pero se movía horizontalmente, sobre el suelo, atacando con su incomprensible imagen al panorama calmo que amanecía sobre todo aquel territorio. Solo un segundo después comenzó a escucharse el ruido que producía aquella especie de avalancha incomprensible. Era el estruendo de mil sirenas de batalla, de cien aullidos de toro bicéfalo; era el esplendor de la marcha de mil caballos de guerra. Era, era, algo que no podían comprender.
Pero era, en pocas palabras, algo que se movía brutalmente sobre la superficie nevada, y emitía un sonido estridente mientras avanzaba a una velocidad descomunal. Y se dirigía hacia ellos.
Y Chenko gritó, y sus hombres atendieron al grito y corrieron hacia la figura de aquella chimenea recortada en el nuevo amanecer. De pronto un furor inconcebible se había apoderado de ellos y aquel territorio había dejado de ser una alfombra blanca sobre la cual únicamente podían deambular. Ahora estaban huyendo, no sabían de qué, y de alguna forma, aparentemente, tenían a su disposición aquella chimenea en la cual refugiarse.
Subir por ella a toda velocidad no fue cosa fácil, sobre todo para Bender. La persona del grueso abrigo fue la penúltima en subir, cuando los demás habían penetrado sin pensar siquiera en revisar para encontrar cualquier señal inmediata de peligro. Prácticamente se dejaron caer todos ahí adentro al mismo tiempo, mientras que aquel horrible sonido en el exterior crecía hasta volverse como una lluvia de piedras sobre charcos de sangre. El sonido era indescriptible y cuando estuvo exactamente al lado de ellos, al otro lado de la chimenea, bien pudo haber sido el eructo de un millón de sapos incendiados al mismo tiempo. Los soldados, amontonados furtiva y velozmente en el fondo de la chimenea, los unos sobre los otros, solo podían sostener la vista de un circulo artificial en el tope del cielo -el recorte de la chimenea- y el cielo blanco y azulado que contrastaba su aparente tranquilidad con los bramidos –ni animales ni humanos, ni de infectado ni de cosa que ellos hubieran escuchado antes- que parecían taladrar el exterior. De pronto incluso se escucharon golpes sobre la superficie de la chimenea, como producidos por enormes patas o cráneos reventando contra el concreto.
Los militares en medio de aquella infernal y trepidante maraña de sonidos se incorporaron como pudieron y haciéndose entender a señas buscaron un conducto de salida en aquella chimenea. Si algo salía de ahí desde alguna caldera o instalación semejante, también podía entrar.
Uno de los soldados dio con una especie de filtro de acero con rejas muy amplias en un costado de la estructura, la cual conducía a un pasaje interno de mediano tamaño, e indicándoles a todos con un par de gestos de las manos, sobre el espeluznante sonido que parecía reventar la chimenea desde afuera, indico que iba a entrar. Aquella era la única opción que tenían de escapar de ahí.
La chimenea se sacudió entonces, se sacudió solo un momento.
Carajo, si lo que fuera que estuviera allá afuera, tenia la fuerza suficiente como para conmocionar una estructura de concreto de varios metros de alto, lo mejor esa salir por piernas y no enterarse de la clase de naturaleza que poseía aquel ser, o seres, todavía invisible.
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El hombre que fue el primero en adentrarse por el conducto de aquella chimenea completamente a oscuras y sin más defensa que sus puños dispuestos y vendados con su experiencia, fue un soldado que en épocas anteriores había llegado a ser un miembro importante en su tropa, pero que después de que esta desapareciera, se había vuelto un miliciano más; con mucha experiencia, pero sin rango alguno.
-¡Ten cuidado Alack!- grito Chenko sin muy buenos resultados cuando aquel hombre fue tragado por la oscuridad.
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Sinner se dejo caer por lo que parecía ser un conducto deslizante lleno de hollín acumulado y tras unos metros en caída plena, penetró en lo que parecía ser una pequeña cabina o receptáculo de contaminantes. Un hombre podía fácilmente mantenerse de pie ahí adentro y dar unos cuantos pasos a la redonda, pero eso lo adivino hasta pasados unos momentos, puesto que la oscuridad era plena y no permitía observar nada, deformando incluso las imágenes mentales del hombre, quien palpo todo a su alrededor hasta dar con lo que parecía ser la continuación del aquel conducto, y estuvo a punto de dejarse caer nuevamente por ahí, cuando sus manos toparon en la oscuridad con lo que parecía ser una asidero. Un maldito asidero. Sinner se incorporo nuevamente y rebusco otra de aquellas cosas. Y muy pronto la hallo. Siguió su rumbo aproximado y topo con lo que parecía ser una prótesis de madera inserta en aquellas paredes de concreto recubiertos de capas y capas de hollín. Si, claro, era una puerta. Si aquella cámara era de dimensiones tales que podía contener a un hombre, era porque estaba construida con esa razón. No le costo trabajo destrabar la puerta y abrirla. Sinner controlaba perfectamente su respiración hasta volverla un susurro apenas trazado en el aire. Todavía envuelto en penumbras logro orientarse y avanzar por un pequeño pasillo hasta llegar y topar con una pesada puerta de madera. Palpo la misma y ubico espacialmente su conformación, y dispuesto a golpear a mansalva giró la manija de aquel acceso, el cual ofreció la resistencia de una chapa cerrada. Bajó la guardia por un segundo y acerco el oído a la cerradura para verificar por medio del sonido producido que la misma que estuviera cerrada con llave, pero al momento de girar nuevamente la manija comprobó que solamente era polvo lo que le impedía girar al mecanismo. No la habían utilizado en meses quizás. Abrió y entró en el lugar a donde lo condujo aquel acceso.
Inmediatamente se encontró con algo inusual, algo que lastimo por un segundo sus ojos. Había luz, luz natural, que extrañamente provenía de alguna parte. Tras un momento enceguecido, Sinner busco con la mirada y se encontró un inmenso ventanal lateral que tras un extraño giro en su estructura alcanzaba a filtrar la luz del exterior. Aquel ventanal no estaba del todo cubierto de nieve y permitía una clara y suficiente iluminación interior. Y ahí mismo el sonido de aquel ejercito de sapos ardientes que bramaba en el exterior parecía intensificarse de nueva cuenta. Pero estaba lejos, y eso era bueno.
Sinner se encontró con un salón muy amplio lleno de muebles, todos estaban pegados a las paredes, como si alguien hubiera buscado hacer espacio para un gran baile o algo por el estilo. Dio algunos pasos e inmediatamente percibió un sonido extraño en el suelo. Eran pisadas, sus propias pisadas. Los zapatos se le quedaban adheridos al suelo. El piso estaba pegajoso. No tenia que inclinarse para saber sobre qué cosa estaba caminando. Un tenue aroma a sangre vieja le indicaba la naturaleza de aquello en el suelo. Ahora bien, eso no importaba. Lo que contaba en realidad era no encontrarse con la persona o la cosa que había regado todo aquello por ahí.
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Sinner recorrió rapidamente aquel lugar, pensando en todo momento en sus compañeros, los cuales allá afuera, al interior de aquella chimenea, debían de estar soportando de manera increíble el embate de lo aquello que habían someramente visto acercarse hacía ellos. Solo le bastaron reconocer algunos indicios para caer en cuenta que el lugar estaba limpio, ausente de cualquier cosa que hubiera podido o querido encontrar. Regreso a la puerta y recorrió rapidamente de regreso el pasillo hacia la cámara de contaminantes. No le sorprendió en lo absoluto encontrar ahí al grupo de soldados, ya muy cerca del pasillo, impacientes como eran todos. Los oriento y juntos entraron en el salón.
Algo había que hacer. No podían permanecer a la intemperie. La nevada incrementaba su fuerza hora tras hora.
No podían recurrir de forma permanente al sistema de resguardo que hasta ese momento les había permitido seguir con vida, no hasta donde ellos podían pensar con lógica. Compactarse como una manada de renos dándole la espalda a la ventisca era una buena idea, pero no era una idea o plan permanente.
Y eso quedaba de manifiesto en momentos como ese, que azotaba una intensa nevada de fuerza inusual. En el centro del compacto grupo habían quedado dos personajes: Bender, que casi podía contarse como la próxima baja del equipo y una figura algo más delgada que los demás, en quien fácilmente se podía reconocer la silueta de aquel elemento del escuadrón herido de bala durante la fracasada toma del transporte aéreo orquestado por el comandante Heart.
Aquella figura, aquella persona, era quien retenía aquella especie de abrigo de las milicias todo-terreno que aparentaba ser lo único que ofrecía protección ante la intensa temperatura. Y como consecuencia de su lenta convalecencia, había quedado al centro del grupo.
La ventisca aminoro su intensidad un par de horas después. Y transcurrido ese tiempo todo quedó calmo. El azote celeste se había detenido abruptamente hasta reducirse a casi nada. Los militares lentamente se desenvolvieron extrañados. Aquello era como si de repente alguien hubiera cortado el flujo de la nieve de un segundo a otro, como con un grifo o algo similar. Mejor para ellos.
Ahora todos se quejaban de un dolor que les atravesaba todo el cuerpo, a la par del avance de un enorme sol que despunto en el cielo al cabo de otro par de horas. Tal vez ahora podrían avanzar otro trecho de camino, aunque en la mente de algunos de ellos, en algún rincón oscuro de su cabeza, en donde los pensamientos envejecían y se amontonaban, olvidados, como ropa que a la postre ha de podrirse en una casa abandonada, se llegaba a la difícil conclusión de que no tenia ningún sentido seguir con aquella infernal caminata, y que si las próximas nevadas tuvieran cuando menos la fuerza de las inmediatas anteriores, aquello sería una bendición que daría fin a sus ya de por si demasiado extendidas existencias.
Pero aún el sentido que obligaba a sobrevivir indicaba que tenían que encontrar algo en alguna parte, buscar y encontrar refugio.
***
Siguieron deambulando por algunas horas casi hasta que el sol se ocultó en el horizonte. Entonces, un grito se escucho retumbando en aquellas llanuras desprovistas de todo. Fue Richthofen quien lo encontró. Era un boquete enorme en la tierra. Los demás se acercaron sombriamente. Habían visto cosas semejantes en lo últimos meses pero nunca nadie les habían dado una explicación realista. Parecían excavaciones que se multiplicaban a lo largo y ancho de todas partes. Algo, alguien, había realizado tales enormes agujeros en la tierra. Lo único que sabían era que habían aparecido al mismo tiempo que los infectados.
Y que no eran fuente de peligro, sino lo contrario.
Se acercaron hasta los límites del mismo, en algún punto de la caminata habían tenido suerte con aquellas cosas en el suelo y ahora esperaban que fuera igual. Tres de ellos saltaron hacia el límite último de aquel boquete. Los tres se conocían de mucho tiempo atrás, habían realizado muchas cosas juntos, pero ahora que bregaban por salvar sus vidas una vez más cada día, los lazos parecían incluso de sangre.
Se inclinaron hacia el fondo del boquete.
-Dreed, hazlo ahora- dijo Skass casi en perfecto silencio.
***
Dreed lanzo una piedra al fondo del boquete. En aquello consistía la estrategia y tecnología de punta a la que aquellos soldados podían recurrir a este momento. La roca trazo una parábola perfecta hacia el centro de aquel boquete. Cinco o seis segundos después, seguía reinando el silencio. Skass hizo una seña a Dreed y a Xavare para que estuvieran listos. Skass contaba mentalmente, “unmillónuno, unmillóndos, unmillóstres, unmillóncuatro, unmillóncinco, unmillónseis…”
Entonces se levanto y salto hacia el interior de aquel boquete. Los otros dos hombres lo siguieron. Se escucho como tocaron fondo. Cayeron quizás a cinco metros de la superficie. El fondo de aquel lugar, como lo habían experimentado en ocasiones anteriores, estaba lleno de agua hasta la altura de las rodillas.
La oscuridad era casi total. Permanecieron en posición defensiva hasta pasados unos momentos. Entonces, cuando se aseguraron que estaban solos, aquellos tres hombres se inclinaron y bebieron. El agua estaba fría; clara. Tal y como la necesitaban.
Desde la superficie les pasaron algunas de las destrozadas cantimploras amarradas a unos débiles jirones de tela. Arriba, los seis militares que restaban bebieron casi desesperadamente, casi arrebatándose las cantimploras que descendían y regresaban llenas de agua.
Los tres hombres en el fondo de aquel boquete decidieron subir una vez que la sed estaba más que satisfecha. Sus estómagos gruñían pero ahora de una forma diferente. Los días pasados lo habían hecho con un hambre atroz que iba creciendo. Y aquello daba para pensar en la casi segura hambruna generalizada que azotaba al mundo con la misma fuerza que meses antes lo habían hecho los infectados y que debía ser el panorama general de todos los sobrevivientes que aun se pudieran moverse sobre la tierra.
Ahora los estómagos de aquellos soldados vibraban por causa del líquido frío que habían colocado en ellos. Era lo más cerca que habían estado de una buena comida en mucho tiempo. Salieron de aquel boquete ya caída la noche. La ventisca había regresado. Se quitaron la ropa mojada antes de que esta se congelara, haciendo lo mismo con ellos. Ahora, con las piernas y pies desnudos, eran ellos quienes ocupaban el centro del cúmulo protector en el que habían aprendido a vivir.
Lo que vino a continuación fue una historia de supervivencia.
De la más cruel y violenta supervivencia.
La nave resultó ser una trampa en si misma y recordaba las antiguas herencias de viejos decrépitos que vivían sus últimas horas de vida, los cuales, incapaces de gastar un solo centavo más por su propia cuenta, se aferraban a sus exorbitantes amontonamientos de dinero amenazando al medico que podrían otorgar una muerte tranquila, pensando que estaba ahí solo para robarles y hacerse de su riqueza.
Más allá de algún reemplazo de botas de tipo militar, algunos uniformes y la fortuna de un par de gruesos abrigos para la milicia todo terreno, la nave era una completa inutilidad; no servía para nada sin combustible y su sistema eléctrico consumia velozmente cualquier carga aún posible en las baterías de alta densidad que poseía el aparato, y tras varios días de mantener una ubicación constante alrededor de aquel montón de chatarra, Chenko dio la orden desestimar aquel objeto como algo valioso y de avanzar en cualquier dirección disponible, la cual, como buenos soldados, orientaron según su posicionamiento bajo la colocación de las estrellas.
Esos días fueron el preludio de lo que vino después, preludio que se manifestó como un animal hirviente que hincaba sus colmillos de manera despiadada en las pocas debilidades que le sobrevivían al hombre moderno, al hombre post-infección, al sobreviviente de todo el mundo.
Y el ataque y preludio de aquel animal hirviente daba inicio y concluía en una sola y misma palabra: hambre.
Cerca del lugar de aterrizaje no habían encontrado nada que pudiera satisfacer esa previsible necesidad humana. Así que de tal suerte que comenzó entonces una larga caminata, una extenso andar de nueve figuras oscuras y reblandecidas por los efectos de la debilidad y del penoso clima que azotaba aquellas tierras, en donde la temperatura del ambiente descendía cada vez más hasta dar la impresión de que no en mucho tiempo comenzaría a formar cúmulos aéreos de hielo amontonado, y así hasta que comenzara a nevar.
Aquellas figuras Iban en busca de algún posible refugio, de alimento y contacto con otros seres humanos entre los cuales olvidar los acontecimientos que los habían llevado hasta ese lugar. Tal vez inventar algunas mentiras y un curso de los acontecimientos completamente diferente al que en verdad había sucedido, y poder pasar desapercibidos entre los sobrevivientes que pudieran haber encontrado. Eso los salvaría de la condena del pecado de asesinato con alevosía que habían cometido y solapado e