ESTRELLA POLAR




And if a ten-ton truck
Kills the both of us...

There Is A Light And It Never Goes Out
THE SMITHS




- ¿Será posible todo esto? La caja es pequeña, demasiado...-

Garaitz miraba de reojo y con cierto desconcierto el pequeño receptáculo de madera, laqueado en rojo, que Artzai sostenía entre sus manos. Esa pequeña caja no podía medir más allá de cinco centímetros de largo; quizá dos o tres de alto. Sus esquinas brillaban con un destello dorado apenas perceptible, pero cierto. Artzai, por su parte, la aprisionaba con un marcado gesto de fuerza. Contabilizaba ya un par de días llevándola consigo sin pausa, negándose a la tregua de soltarla siquiera por un segundo. Artzai se aferraba al pequeño artefacto, no temiendo perderlo o que alguien se lo arrebatara; no, esa no era la causa de sostenerlo con tanta vehemencia; La caja no debía ser abierta, bajo ninguna circunstancia; Resultaba imperativo no hacerlo.

La pareja se movía a toda velocidad sobre de un destartalado Caprice 77 conducido por Garaitz, rumbo al norte, alejándose cada vez más de la ciudad en donde ambos habían vivido toda su vida. Recorrían en ese momento la interestatal 63, atinados en un rumbo demasiado general como para decir que en verdad se dirigían a un punto en concreto.
Artzai, que comprendía apenas un poco mejor que Garaitz lo que estaba sucediendo, intuía que el único plan al cual podrían terminar apegándose sería el que les propondría el mismo vehículo y su tanque de gasolina, medio lleno, medio vacío. Y todavía eso resultaba peligroso, hasta lo impredecible.

Era necesario alejarse de todo punto poblado, de cualquier concentración humana importante. Y luego, llegado a tal punto, cualquiera que este fuese, esperar.
Esperar por cualquier cosa que pudiera suceder.

El sol entraba de lleno en el auto, de manera que Garaitz sudaba de manera visible. En cualquier otra circunstancia, hubiera dejado cualquier cosa -cualquier cosa- que hubiese estado haciendo para dirigirse a un sanitario o a un lugar tranquilo a limpiarse el rostro y aplicarse un poco de maquillaje. Pero ahora, tras lo sucedido, ¿Cómo resultaría posible siquiera pensar en algo así?
Decenas de ideas revoloteaban en su cabeza. Casi todas ellas, confusas.

- Artzai -dijo Garaitz, interrumpiéndose los pensamientos- lo que quiero decir es que ya han pasado muchas horas... El efecto puedo haber disminuido, o incluso desaparecido. La caja es demasiado pequeña para que cualquier cosa significativa perviva ahí dentro por un lapso de tiempo considerable...-

El hombre no respondió nada.

Momentáneamente la única cosa que pudo hacer fue pensar en lo que había visto en las últimas horas. Toda esa gente sencillamente desvaneciéndose en el mismo sitio donde un segundo antes se habían encontrado brillantes, alegres y en perfectas condiciones.
Gente, animales, plantas.
Hace algunas horas -muchas, lejanas, según la perspectiva de la pareja- sucedió algo que no tenía explicación posible, y giraba en torno a la cosa que Artzai sostenía entre sus manos. Un segundo antes de que accidentalmente la caja fuera abierta por aquel estúpido policía que los detuvo a las afueras de la ciudad tras perseguirlos por su evidente exceso de velocidad, existía alrededor de todos un mundo perfectamente normal, y un segundo después, un extraño e indefinible silencio. Luego, golpes, cosas cayendo al suelo, luego autos colisionando.
Artzai no iba a olvidar eso con facilidad.

- Eso no importa. Lo que cuenta es lo que ya ha sucedido. No podemos confiar en nada.-

Garaitz asintió y guardo silencio. No podía hacer otra cosa ante tal sugerencia; La más importante de todas, sin duda. Ella se contenía, por más que el sentido común intentase convencerla de que algo en todo aquello estaba erróneamente planteado. Quizá fuese el subconsciente el que requería asegurarse de que en realidad se encontraba en medio de una situación tan enloquecedoramente peligrosa que resultaba increíble. Una parte de ella llegaba no aceptaba su entorno, pero otra parte de sí, la inmediata y que respondía a los estímulos primarios de vista y tacto, continuaba gritando que todo aquello era cierto y evidente. Frente a ella habían estado todos aquellos montones de animales muertos, toda esa vegetación seca a la que tuvieron que prenderle fuego. Aunque Artzai no le permitió ver ninguno de los cadáveres que asegura haber reunido en la parte trasera de aquel conjunto de casas con el que se habían topado en su loca escapatoria, estaba segura de que eran "de verdad". Porque si no hubiera sido cierto que "todos aquellos cadáveres" estaban ahí reunidos, ¿a qué otra cosa Artzai le había prendido fuego? ¿A qué otra cosa que desprendiese un olor tan asqueroso, penetrante, carnico?
No había que confiarse; era lo único cierto.

- ¿Y nosotros? ¿Por qué nada nos ha sucedido a nosotros? -

Artzai suspiro. Había pasado por la misma pregunta un centenar de veces. Todavía no tenía una respuesta satisfactoria. ¿Algo en sus cuerpos, en la sangre?, ¿Era aquel un signo providencial, estaban destinados a un acto importante?, ¿Resultaban estúpidamente afortunados?

Por respuesta, se encogió de hombros, aseguró sus manos alrededor de la caja y afinó la vista al frente, al fondo de la carretera.












Las siguientes dos horas las recorrieron en silencio, kilómetro tras kilómetro, mientras la distancia entre ellos y los poblados existentes que alcanzaban a recordar por los alrededores aumentó de manera gradual, hasta llegar al punto en que Artzai y Garaitz se convencieron de encontrarse en un punto ciego, en una extensión prácticamente desierta; una impresión en blanco en cualquier mapa de carreteras de la región.

A la distancia, siguiendo de manera lateral al camino, un breve macizo de montes de regular tamaño se levantaba en silencio. El sol comenzaba a descender y cada vez con mayor frecuencia el auto se movía entre las ya muy alargadas sombras de aquellos colosos.
Artzai y Garaitz miraban como el día comenzaba a agonizar. Muy pronto la noche caería de pleno y se encontrarían avanzando en la oscuridad.

Alrededor de ellos se miraban indicios de bosque, típicos de la región. Recortados contra las faldas de los montes, era imposible no creer que en algún lugar de aquella cada vez más poblada marañe de pinos y abetos, existían sitios llenos de humedad que alimentaban la vida de todo tipo de animales. Uno llegaría a creer en la existencia no solo de mapaches y toda clase de aves, sino incluso en la presencia de algún pariente cercano a un alce, o incluso de algún oso.

Una voz interrumpió aquella visión.

- Hermoso, ¿Verdad?-

Garaitz había lanzado aquel breve comentario casi como un suspiro apenas audible. No obstante, Artzai lo había escuchado y reaccionaba al mismo. Miraba hacía los montes, hacia el bosque cada vez más tupido y asentía con la cabeza.
Los últimos dos meses en aquella región habían sido de un buen clima. Los días, largos y llenos de sol, se alternaban con noches frescas y silenciosas, plagadas de estrellas y buenas historias. Los atardeceres, justo como el que tenían frente a ellos, habían resultado pacíficos y amigables. El sol daba en la cara sin quemar, el viento, tibio y agradable, parecía llevarse todas las cosas malas del mundo a cualquier otro sitio, dejando tras de sí un delicado aroma a hierba recién nacida, a hojas yéndose a dormir sin preocupaciones.
Artzai se dirigió a Garaitz en medio de aquella contemplación.

- Garaitz, sal de la carretera. Ve hacía los montes. Oscurecerá muy pronto.-
Ella no reaccionó de inmediato; incluso creyó no haber escuchado con claridad lo que Artzai había dicho.
- ¿A los montes? ¿Fuera de la carretera?-
- Si... A los montes...-

Garaitz no obedeció de inmediato, sino hasta unos cuantos metros después. Cuando lo hizo, el movimiento del auto resulto titubeante, acrecentando de manera exponencial el cambio entre la superficie lisa del asfalto de la carretera y lo irregular y violento del internarse en el polvoriento terreno árido. Por un segundo Artzai tuvo temor de las inmediatas sacudidas. El pequeño receptáculo entre sus manos se estremecía junto con la estructura del auto mientras lo aferraba con el doble de fuerza. Garaitz sostenía el volante mientras este se agitaba como pretendiendo salirse de todo control. Por un segundo ella intuyo que deberìa disminuir la velocidad; no pretendía involucrarse en cualquier tipo de estúpido accidente.

Todo aquel asunto, ese apenas intuido plan de acción que consistía en alejarse de todo lo que pudiera representar un punto de tragedia era apenas un esbozo. Y uno muy bastante idiota. No resultaba admisible bajo ninguna lógica, y sobre todo, parecía que moverse sin control por las carreteras del país exponenciaba cualquier peligro, llevando consigo aquella cosa que habían encontrado en el doble fondo del sótano de un extraño lugar, esa vieja casona que Artzai y su equipo de trabajo, ingenieros todos ellos, habían tenido por misión demoler como parte de un proyecto inmobiliario en el barrio más antiguo de la ciudad; Misión que se encontró con el exabrupto de la muerte súbita de todos los involucrados en ella, con la milagrosa excepción de Artzai y Garaitz, quienes aparecieron en la escena algunos minutos después de la supuesta muerte de todos aquellos hombres y el descubrimiento de aquella pequeña caja en un rincón oculto y clausurado de la construcción.












En ese momento y lo que sucedió a continuación -si Garaitz quizá hubiere hecho caso de lo más evidente- hubiera tenido otra conclusión. Los acontecimientos de pronto sucumbieron.

Ella no descendió la velocidad del auto en ningún momento.
No antes de encontrarse con esa engañosa depresión en el terreno.

Lo siguiente que ambos supieron, fue sentirse lanzados por el aire, despegando los neumáticos de la tierra. Frente al vehículo apareció repentinamente una zanja, invisible a la distancia e inevitable en la inmediatez.
El golpe en contra de la pared lateral de la hondanada, a sesenta kilómetros por hora, resultó brutal. El parabrisa del auto estalló al instante y arrojó por el aire muchas de las cosas que se encontraban al interior del auto.
Entre estas, la pequeña caja que hasta un momento antes Artzai había sostenido entre las manos.

Esta voló por el aire y cayó un par de metros adelante del sito en donde el auto se colisionaba.

Cuando se estrellò en contra del suelo, su pequeña tapa superior se desprendió por completo.
Un segundo después, mientras el polvo y el ruido del accidente se levantaban constriñendo el aire, las plantas inmediatas a la caja se secaron en un parpadeo. Fue como si de pronto colapsaran desde su interior mismo. A unos centímetros se encontraba un ciempiés que se encogía sobre de si mismo por la terrible vibración del suelo en sacudida. Pero al instante, también, relajó abruptamente su pequeña conformación, muerto al instante por causa de lo invisible, intangible y inidentificable que existía dentro de aquella pequeña caja roja.

En el auto, Garaitz vivió dos segundos más. Lo había estado al momento del impacto, luego, cuando se estrelló contra el volante seguía viva. Cuando el golpe la impulsò de regresó a su posición sobre su asiento, seguía viva.
Pero cuando, lo que fuera que existía adentro de la caja alcanzó el área del accidente, dejó de estarlo.












Quince minutos después el auto comenzó a incendiarse.
Los cuerpos estaban expuestos y la caja quedó abierta.

Del cielo y muy cerca del accidente cayo una pequeña ave, muerta mientras volaba.
La primera de muchas de ellas.





______________
TESTIGO MUDO
NOVIEMBRE - 2009

HERMANAS

(La siguiente historia debe entenderse como un texto lineal.
Las divisiones son para comodidad del lector)

1

Now I cry for daylight
Daylight and the sun
Now I cry for daylight
Daylight everyone
Daylight in my heart
Daylight in the trees
Daylight kissing everything...
Daylight in the fields
Daylight mountains
Fire kisses the floor
Of the lakes and makes shadows...
You gave me this Your fire becomes a kiss...

"Dayligth and the sun"
Anthony and the Jonhsons. The Crying Ligth. 2009.


1

- Esta decidido. No hay más...-

Joan cerró con esa frase el pequeño discurso que, por poco más de veinte minutos, había expuesto con toda dificultad. El reducido público que atendía a sus palabras esgrimía lloriqueos débiles y espasmódicos una y otra vez, y ya sin otra cosa que agregar, el gesto férreo del hombre sirvió como el colofón que dio por terminado el asunto. Todos comprendieron que cualquier otra palabra saldría sobrando.
Sin que nadie se diera cuenta del paso real del tiempo, afuera había caído la noche. Su manto protector se cernía invencible sobre toda los rincones internos y externos de la casa en donde, apenas unas cuantas almas, se reunían en lo que debió de ser una sala, pero que por su decoración y salpicado variopinto de muebles podría pasar al mismo tiempo por cuarto de lavado y televisión.
Ahora solamente era un enorme espacio sin sentido.

Afuera, frente a la casa, un viento más que discreto sacudía levemente los árboles que la cercaban, agitando sus ramas y desprendiendo el seco follaje que en esa época del año, todavía a un par de meses de distancia del invierno, comenzaba a abundar llenado de hojas muertas el suelo, las canaletas, alcantarillas y todos los rincones posibles. Frente a la casa, una colección de Ficus de no más de un metro y medio de alto se sacudían lentamente. Detrás de la misma, había matorrales y un par de rosales; estos también sucumbían al viento y dejaban escapar sus hojas rebeldes hacía la nada.
Resultaba ser pleno otoño, pero no uno de esos hermosos que uno puede mirar en postales, llenos de colores cobrizos con tonalidades rojas y azules propios de países en donde no se habla de carestía y pobreza alarmante, sino que aquel era un otoño seco y polvoriento. Una extraña combinación de circunstancias en donde abundaban los insectos rastreros y los continuos descensos de temperatura, tal y como si el clima fuera una vela que se agitara de manera caprichosa e imprevisible ante el soplido de un gigante invisible.
La casa, incrustada en el medio de una pequeña área comercial y de descanso para los viajeros, se encontraba sobre la vieja carretera interestatal #55, llamada oficial y solemnemente Carretera Interestatal Doriega, pero conocida simplemente para sus transeúntes comunes como la "55". Dicha carretera atravesaba una interminable llanura desértica a la mitad del país e iba de ningún poblado importante a ningún sitio con relevancia. A los costados del área comercial erigida al lado de tan importante carretera se levantaban dos estaciones de recarga de combustible, una franquicia de Maxi Súper, una veintena de comercios varios -algunos restoranes, dos hoteles de paso, algunas lonjas mercantiles e incluso una dulcería- además varios lotes abandonados. Al centro del área comercial, se encontraban unas quince casas habitadas por los dueños de los comercios, y a unos veinte minutos de distancia, hacía el sur, se encontraba la ciudad de Minas Seroes.

Dentro de la casa, en el mismo cuarto donde el hombre férreo que había estado hablando, estaba reunido con su pequeño público, una viejísima máquina lavadora descansaba pegada al extremo derecho de la habitación, introduciendo en la pared una tuberías de cobre romo que contrastaba con todo lo que podía encontrarse a la vista y que, tal y como si fuera el brazo de un espía alienígena metálico y cúbico, permanecía en completo silencio sumido en una sombra tenue y discreta.
En el centro del lugar se encontraban dos sillones y una mesa traída del cuarto contiguo - elemento que confundía todavía más la decoración- y que eran ocupadas por la que hasta ese momento se había conocido, ungida por el apellido paterno, como la familia ***.
Joan, el padre, miraba a las dos niñas que sentadas atendían con rostros indescriptibles el recién agotado río de palabras que había expresado. Al lado de ellas, en un love seat que había visto mejores épocas, se hallaba una mujer delgada que, imitando un gesto roedor, se había acurrucado por completo en el fondo del mismo, levantando las piernas y escondiéndolas debajo de su cuerpo.

- Es lo mejor... Debimos hacer esto hace años...- dijo el hombre interrumpiendo el silencio que él mismo había introducido.
- Pero... Papá... Esto no es posible...-
- Pilar, esta hecho... Mamá también esta de acuerdo...- contesto imperativamente Joan.

La niña se giró y miró a la mujer a su costado. Un gesto helado abundó en su rostro. Ella no era su madre, no hasta que cumplió los cinco años - lo recordaba perfectamente- y ella había llegado a la casa como una extraña intentando llenar un hueco para el que jamás estuvo siquiera capacitada. Pilar recordaba que cuando ella -ahora carecía de nombre, resultaba ser simplemente "ella"- llegó no sabía cocinar nada que requiriera de más de cuatro ingredientes para su preparación.
Valiente madre postiza.
La mujer guardó silencio y continuó mirando hacía ninguna parte, tan atenta y abstraída al mismo tiempo que la niña tuvo que obligarse a creer que ambas participaban de la misma conversación.

- Anda, díselo - dijo Joan comprendiendo que Llura se podría pasar de nueva cuenta la noche entera en silencio- ¡Anda! ¡Di algo!-
La mujer no reaccionó. No tenía caso. El asunto estaba ya perfectamente anunciado, explicado y cerrado.
Fue Pilar quien arañó el silencio.

- Papá, ¿Estas escuchando? ¿Estas ESCUCHÁNDONOS A NOSOTRAS? ¡Tenemos días hablándote a gritos! ¡Ustedes no pueden separarse!-.

Ese concepto, SEPARARSE, vibró en el aire por un segundo como si fuera un objeto incandescente que llenara con un zumbido el espacio de aquel salón. Eso era lo que estaba sucediendo y era el principal, único y, seguramente, el último motivo que reunía a la familia. La niña más pequeña, al lado de Pilar, resultaba al momento una mera espectadora de aquel asunto. Llevaba y traía su mirada de un lado a otro, atendiendo a Pilar, a Joan y a la figura de su madre sin participar de cualquier otra manera. Sus ojos llorosos también resultaban ser barreras impenetrables. Ella, a diferencia de Pilar, podía llamarla mamá. Y ahí residía todo el problema. Pilar era hija de Joan, pero apenas "amiga" de Laia, cosa que no había impedido que entre ellas se formara un lazo que rozaba en lo sanguíneo, una especie de buena voluntad capaz de cualquier cosa, y sobre todo, de dolerse hasta la muerte por causa de lo que ahí estaba sucediendo. Se amaban entre ellas como muchos hermanos carnales no lo hacían, con amor de niños que comparten un mismo y único bocado.

- ¡No lo permitirán! ¡Nadie lo permitirá!- Pilar casi gritaba al hablar, emocionada, como si repentinamente hubiese dado con algún dato importante, - ¡Nadie permitirá que se separen y lo sabes bien papá...! Hace mucho que tu negocio no avanza, y ella, ella, bueno, nunca ha trabajado en nada... todos lo sabemos... ¿A dónde iríamos nosotras? Las autoridades - ella pronunció tal palabra casi con admiración, con el respeto de quien se juega un importante comodín escondido bajo la manga- vela por el interés de los más pequeños... ninguno de ustedes dos puede cuidarnos, no por separado... juntos pueden tener la posibilidad de...-
- ¿Qué? Pilar ¿Dónde escuchaste eso? ¿Quién te ha dicho tal cosa?- Interrumpió Joan.

Ella se sonrió internamente y en su exterior alcanzo a definir una ligera mueca de gusto al contestar a su padre.

- ¡En la escuela! Lo ha dicho la profesora. Se lo preguntado, yo misma...-
- ¿Has hablado con alguien sobre esto, sobre nuestros problemas? ¡Dímelo, inmediatamente!-
- ¿TUS problemas? ¡Son mis problemas también! Pregunte por mí, y por mi hermana...-

En el love seat Llura se sonrió sin disimulos. Siempre lo había parecido chocante la actitud de esa niña malcriada, llena de iniciativas tontas, o ridículas, y hasta peligrosas; su hija estaría bien lejos de ella, no quería verla crecer rodeada de tal influencia.

- Pilar, no quiero que hables de esto con absolutamente nadie ¿Me escuchaste? ¿Lo entiendes? Esto no tiene nada que ver con ninguna otra cosa. No estamos en la pobreza total. Yo tengo algo de dinero, ahorros, estaremos bien... Tú y...- Joan estaba por concluir esa frase, pero repentinamente se contuvo. Dejo escapar el resto de la oración a través de su mirada, contemplando de lleno a Pilar. Todos comprendieron, al menos Llura y, quizá remotamente, Laia. Pero a fin de cuentas Pilar no tuvo que escuchar la frase completa para saber que es lo que estaba diciendo su padre.
El corazón se le encendió.

- ¿Qué dices? ¿Por qué insinúas algo tan horrible? ¿Acaso no nos quieres? ¿A todos, a las dos, juntas...?-

Joan iba a contestar algo, quizá lo correcto, quizá un atenuante a su frase inconclusa, pero sus ojos lo traicionaron nuevamente. Dejo escapar el real reflejo de lo que estaba pensando: "Tu y yo, nada más".
Su hija dejo escapar un suspiro inevitable. Joan estaba por decir otra cosa cuando Pilar se levantó de su lugar y caminó a lo largo de todo el cuarto, en escape pleno hacía su habitación. Azotó la puerta detrás de sí cuando se perdió por el marco de la misma dejando a su padre con una frase entrecortada en la boca.
Laia se impresionó al borde del susto y comenzó a llorar, momentáneamente en silencio. Ahora si que todo estaba roto. Lo de sus padres, muy bien, pero ¿Pilar? Su reacción la impresionó hasta el límite.
Joan agitó la cabeza y se llevo una mano al rostro. Eso era exactamente lo que no quería que sucediera: una escena nerviosa y de tintes más emotivos que racionales.
Pero claro ¿Cómo pedirle eso a un par de niñas? Había tenido el cuidado de reunir a todos con delicadeza y expresarse lo mejor que podía hacerlo. No había existido escena de gritos, insultos, llamaradas y cuentas pendientes ocultas por años y que de repente salieran volando por los aires. No hasta el último minuto.
Laia se levantó con rapidez y fue hacía su madre. Ella la recibió con un abrazo acogedor. A fin de cuentas, eran la parte más importante de su corazón. ¿Qué podía hacer sino preocuparse por ella? Quizá, también, no resultaba muy pronto como para comenzar a pensar en otra forma de mantenerla a buen resguardo, vestida y con dos comidas diarias en el estómago. Tal vez era momento de ponerse nuevamente "en circulación", si la expresión era válida. Podría comprar algo de ropa bonita y visitar algunos bares de buen gusto; a fin de cuentas, así había conocido en primera instancia a Joan. Laia se separó del abrazo de su madre y corrió entonces tras Pilar. Llegó la puerta de su habitación y entró sin llamar siquiera, cerrando tras de sí tal y como lo había hecho su hermana apenas un momento atrás.
Tal y como si Pilar hubiera esperado hasta ese momento, hasta que Laia entrara junto con ella, se escuchó correr el seguro de la puerta, aislando a las dos niñas del resto de la casa.
Pilar suspiro y miró de reojo a Llura.
Un momento después tuvo el deseo de gritarle, de violentarse con ella.
Pero no hizo nada de eso. Ese no era su carácter. Seguir tal sentimiento resultaría una cosa meramente emotiva, de esas de las cuales uno se arrepiente apenas después de haberlas hecho.

- ¿Vas a estar ahí tirada toda la noche?- Preguntó Joan, en todo caso.

Ella levantó la vista y lo miró sin sentimiento alguno, ni molestia ni aburrimiento ni nada similar. Simplemente lo miró, como a un desconocido que pregunta la hora en un sitio atestado de gente. Luego regreso la mirada sobre de sí misma, sobre sus piernas acurrucadas en el Love Seat.

- Carajo... ni siquiera puedes responder una sencilla pregunta...- Joan entonces salio dando grandes zancadas hacía su propia habitación y estrelló la puerta tras de sí cuando entró en la misma.
Igual a lo que Pilar había hecho.
Llura, sin que le importara en realidad, se sonrió sarcásticamente en medio de la repentina soledad en la que se había quedado. La pequeña era idéntica a Joan en muchas cosas, en más de las que le hubiera gustado aceptar. El mal carácter los unía, sin duda.
Solo quedo entonces, ahí, dos habitaciones cerradas y un pequeño espacio abierto, en donde ella se encontraba.

- Al menos habrá silencio esta noche.- Pensó Llura mientras se acomodaba nuevamente sobre del sillón. Pasar la noche ahí no era lo peor que le podría suceder, estaba segura.

Afuera, el viento seguía sacudiendo los árboles y desgranado las ramas de los árboles. En algún momento, el aullar de un perro comenzó a recorrer el aire a la distancia. El animal parecía estar sufriendo, de hambre, o al menos de frío. Ese anticipado invierno hacía de las suyas sobre las calles, desparramando toda clase de cosas en todas partes. Quizá complicaba también la búsqueda de comida del animal. La gente sacaba la basura de sus casas hasta la mañana, cuando el frío y el viento habían desaparecido.
Así eran las malas temporadas: todo salía, pues, sencillamente mal, y así seguía. No había excepciones a la regla, y en lo referente al ulular del invisible perro hambriento, Llura pensó que así seguiría, al menos hasta donde podía escucharlo.
Ella lo escuchó durante un buen rato, un par de horas quizás, ya entre sueños, cuando al fin se quedo dormida un rato después, pensando en qué tipo de vestido seria conveniente comprarse primero, si algo discreto, negro, o algo más jovial, un vestido rojo quizá; ¿Qué le gustaba a los hombres en esta época del año? Bueno, con un buen vestido, sobre todo corto, por encima de la rodilla, nunca podría equivocarse. Lo único que restaba por solucionar era como explicarle a Laia, y al supuesto hombre que pudiera conseguirse, la existencia de la contraparte en esa ecuación.
Bueno, quizá eso tampoco importaba.

Poco después una burbuja de sueño descendió sobre la casa y todos sus habitantes permanecieron tranquilos hasta poco antes del amanecer pleno, sin mayor contratiempo que el de un denso murmurar en la habitación de Joan y algunos sollozos en la habitación de las niñas.

Ahí, donde se encontraba una litera que compartían Pilar y Llura, las cosas resultaban un tanto diferentes a la calma que se apreciaba en la habitación de Joan y en el espacio donde permanecía Llura; esa noche las dos habían dormido en la cama inferior de la litera. Laia no se movía, dormía plenamente, pero Pilar era caso aparte.
Un destello de luz se colaba ya por las ventanas y la descubría despierta. Ella no sabía que día era, ni le importaba. Solo contaba que a partir de la noche anterior, los días en que podría dormir - tal y como lo habían hecho, rodeada y abrazando a su hermana- estaban contados. La había convencido sin problema de dormir juntas; se habían acurrucado amorosamente en una revoltura de sabanas y almohadas, la contra la otra, percibiendo, quizá en la espalda, o en un brazo, incluso en una pierna, el respirar de la otra.
Aquella había parecido una amorosa escena animal, quizás la de una camada de pequeños y hermosos roedores en el fondo de una tibia madriguera en el bosque.

Algo tenía que suceder, en definitiva, que impidiera que las separaran. Ese fue el deseo tácito expresado durante aquella larga noche.

2

Pilar había permanecido despierta durante horas, a ratos mirando detenidamente a Laia; en otros momentos, descubriendo que dormitaba levemente y obligándose a seguir atenta, como si con eso pudiese encontrar una salida a tal encrucijada.

- ¿A quién podría recurrir?- Se dijo a sí misma en voz tenue, como la que usaría en una tarde calmada, hablando con alguien que estuviera muy cerca de ella. Inmediatamente supuso que no había respuesta fácil a tal pregunta. Las dos figuras más emblemáticas que existían en su entorno, su padre y Llura, no eran opciones a considerar. Eran en si mismos el problema.
Suspiró en varias ocasiones, topándose una y otra vez con la misma puerta mental cerrada.
Se levantó entonces, con suavidad, deseando no importunar a su hermana. Puso los pies en el suelo y una ráfaga de frío proveniente del suelo le recorrió las piernas. Estaba descalza. La noche anterior se había puesto una pequeña bata que usaba para dormir y Laia le había seguido en ponerse su pijama habitual. Aquellos rasgos comunes les dieron un poco de confianza; la pequeña rutina les había ayudado a sobrellevar por un segundo más todo aquel asunto.

Avanzó por el cuarto, caminado un poco sin sentido, hasta que muy pronto fue atraída a la ventana de la habitación. A través de esta pudo mirar rastros de la noche que aún se desvanecía lentamente. Un cúmulo de nubes a la distancia comenzaban a reflejar las primeras tonalidades del sol por debajo de la línea del horizonte; las nubes adquirían un grosor anaranjado, contrastado con su esencia grisácea, y daban la impresión de seres vivos que abandonaran un letargo inducido por la fría mañana. En el primer plano inferior de la vista, la carretera y las construcciones cercanas del área comercial, además de un pequeño edificio a unos quinientos metros de distancia, propiedad de industrias Prixamar, permanecían en silencio, todo envuelto todavía de penumbra.
Alta, comenzando ya a desvanecerse, seguía la luna, estacionada aún en un punto claro cercano al medio día.
Pilar la miró detenidamente durante algunos minutos. Muy pronto percibió el frío colándose a través de los cristales sin recubrimiento térmico. Chasqueó lo dedos de los pies inconscientemente, buscando calentarlos al mismo tiempo que se cruzó de brazos frente a la ventana en un movimiento involuntario. En el exterior de los cristales se asentaba un pequeño rocío que amenazaba con formar pequeños cristales de hielo en cualquier momento.
Sin prestar demasiada atención a lo que podía ver, Pilar se enfocó y deseo infantilmente hablarle a esa luna, contarle sobre aquel asunto, y recibir un consejo de su parte, cualquier posible respuesta. Le parecía señal de una sabiduría más alta, de una capaz de cosas poderosa, incluso de atisbar sobre ella, una pequeña niña, y prestar atención a su pequeña voz congelada.

- Haz algo, por favor... Mantén unida a mi familia... - dijo casi sin saber que lo estaba haciendo- Pero sobre todo, aún sobre mis padres, no permitas que me separen de mi hermana...-

"Aún sobre mis padres". Esas pocas palabras estaban llenas de verdad, poderosas en su propio contexto. Si hubiera podido escoger, al menos tener la oportunidad de expresarlo como un deseo, sin dudarlo se hubiera decantado por la compañía inamovible de Laia por encima de la de Joan y Llura. No podía evitar anidar un sentimiento ligeramente oscuro y apesadumbrado en torno a los dos adultos, situación que convertía la cercanía de su hermana en algo brillante y preciado.
Quizá, llegó a pensar sin llegar más lejos que eso, estaba alimentando algún tipo de resentimiento en contra de sus modelos y protectores. Si así era, no le importaba demasiado seguir haciéndolo. Era sincera, no podía evitarlo.

Detrás de ella, en la cama, hubo un movimiento. Era Laia, que despertaba en ese momento por causa de la voz de Pilar. A mitad de camino entre la realidad y el sueño, la miro detenidamente, sin saber a cuál mundo pertenecía. La reconoció un segundo después, y miró como ella se había alejado hacía la ventana y ahora parecía hablar con alguien. Laia no hizo nada, sino quedarse quieta observando a su hermana. Escuchó lo que decía y estuvo de acuerdo en su interior. Nunca había tenido, no como ahora, la sensación de tener una hermana mayor y lo que eso significaba: protección, un espacio en donde apoyarse, y sobre todo, alguien a quien recurrir incluso con la más pequeña de las preguntas esperando una buena respuesta.
No podía ser de otra manera.
Se despertó del todo un minuto después, cuando Pilar regresaba ya a la cama y se fundía en un fuerte abrazo con ella.

¿Qué clase de deseo podía cumplir la luna? Pensó Pilar mientras sollozaba quedamente sobre del cabello de Laia, y esta hacía lo mismo. ¿Cómo podría materializar su ayuda? Era un bonito deseo, un pensamiento muy alto, pero quizá también fuera mera fantasía, un desesperado suspiro emocional.
Alguien entonces interrumpió aquellos pensamientos. Ese alguien tocó a la puerta, del otro lado de la habitación de las niñas.

- ¡Pilar! ¡Ven, por favor! ¡Rápido!- . Era Joan, su padre.

La jovencita no contestó, sino que redobló la fuerza del abrazo que la estrechaba con Laia. Se sacudió con cada golpe sobre la madera de aglomerado. Llegó a pensar que él entraría y se la llevaría por la fuerza. ¿Se aferraría con suficiente fuerza a Laia? Tendría que intentarlo al menos, luchar lo suficiente.
Pilar no atendió, sino que permitió que Joan siguiera llamándola, cada vez con un tono de voz menos paciente y amigable. Así continuo quizá por unos quince minutos más, hasta que Joan terminó, evidentemente molesto, por alejarse de ahí.

El sol continuó su recorrido y muy pronto amaneció. Afuera, sobre los cielos, el astro permaneció durante todo el día impávido, mudo.

Pilar y Laia no asistieron a la escuela, y nadie pareció interesarse en ello. Desde temprano se perdieron entre los locales del área comercial, visitando a sus pocos amigos disponibles. Luego, comieron en casa de una amiga de la madre de Laia y pasaron las primeras horas de la tarde en el área de juegos - un terraplén de un par de kilómetros de extensión con algunos juegos infantiles y una burda cacha de fútbol- en la zona posterior de la breve comunidad.
Ya luego, tras asegurarse de que podían hacerlo sin alguna clase de interrogatorio de por medio. regresaron a su casa. Un par de horas después, del cuarto de ambas, en donde se habían autoexiliado, procedían solo balbuceos.

La parte final de la tarde había transcurrido calmada, casi en completo silencio.
Dentro de la habitación, las pequeñas se encontraban dentro de una extraña esfera, una que los mantenía en un ánimo lento, como presas de un cansancio que bordeara los linderos de lo triste. Conversaban someramente, como deseando tender puentes entre ellas, evitando que el silencio aislara a una de la otra.
Mientras conversaba con Laia, Pilar recordaba también una conversación padecida con su padre algunos días atrás.
- Nadie se ha muerto por que su familia se separa- , había dicho él cuando aquella conversación comenzaba a palidecer en medio de su inevitable conflicto emocional. Ella enjuagándose las lágrimas, por causa de lo hiriente de esa y otras frases de Joan, recriminó "llorar no por temer a morirse, sino por ver como la estabilidad que ella conocía se diluía entre sus dedos". Y recriminaba llorar porque en la nueva realidad que le tocaba afrontar, se quedaba nuevamente sola. Joan intentó abrazarla, decirle que él estaría siempre con ella, que la soledad no era una posibilidad. Ella, claro, lo rechazo tajantemente. Él había sido, antes, de mamá; después, de un par de mujeres que ella apenas y había conocido, y por último, le había pertenecido a la estúpida de Llura. Ella en sí misma, hasta ahora, solo le pertenecía a alguien más, a Laia. Y ahora las separarían para siempre.
Luego había tenido que correr de su padre, escapar de Joan, hacía cualquier parte.
Y ahora lo hacía de nuevo, solo que en pensamientos y en el breve espacio de aquella habitación.
Desde afuera de la habitación, en algún momento, Pilar les había hecho saber que iría a la ciudad, y que Laia le acompañaría. Tenían algunas cosas que arreglar, asuntos legales, y que regresarían hasta la noche. El tono de voz de Joan, duro, inflexible, no dejaba lugar a dudas. Los dos adultos irían a la ciudad a realizar exactamente eso, algo legal, no a intentar revivir cualquier clase de "chispa" o de cordialidad entre ellos. Las niñas no debían de ilusionarse con eso, como ya había sucedido en su momento. El asunto sencillamente respondía a estímulos fríos y necesarios, nada más.

Ya solas en la casa, la tarde siguió diluyéndose en medio de aquella pesada atmósfera hasta casi tornarse en noche, al tiempo que ellas jugaban brevemente, como si de momento consiguieran olvidar lo penoso de su situación, o al menos lo intentaran. Un par de muñecas baratas y un auto convertible que difícilmente ajustaba al tamaño de las mismas se paseaban entre sus manos, al tiempo que ambas improvisaban diálogos sobre una supuesta visita a la cuidad que disfrutaban sus ficticios personajes. Por la ventana de la habitación se colaban las últimas trazas de luz del día que se extinguía. La noche lo era ya en muchos sentidos. Afuera, parvadas invisibles de pajarillos susurraban quedamente entre el follaje de los árboles, anunciando que se disponían a dormir. El transito y sus bramidos, en la 55, comenzaban a disminuir, transformándose en la simple imagen mental de un arroyo de luces y sonidos motorizados.
Las niñas permanecían sin encender la luz, requiriendo acercarse en un par de ocasiones a la ventaba para seguir con su juego lleno de murmullos. De vez en vez miraban hacía afuera sin buscar nada en particular. Pilar, atendiendo muchos detalles al mismo tiempo, se concentraba levemente en la blanca y poderosa luna que se catapultaba ya por las alturas, invencible a pensar de la temprana hora. Ella recordó la pequeña oración que había levantado la noche anterior, ese "Mantén unida a mi familia... aún sobre mis padres..." que había dejado salir de sí misma con toda la sinceridad y denuedo que conocía. La frase le parecía todavía correcta; el sentimiento, había crecido.
Permanecieron así, juntas, hasta que anocheció casi por completo.

- Pilar, mira, ¿Ves eso?- Laia señaló algo a la distancia; un algo que Pilar no había podido mirar de tan concentrada como estaba en la blancura de la luna, en todo y en anda al mismo tiempo. Giró su vista, y, sí, claro que lo vio. Recortada su visión por el marco de la ventana, muy por encima de la perspectiva en la cual podía ver el contorno del edificio de Prixamar, algo parecía flotar en el aire a una altura indecible. No era algo físico, material, y tampoco era un efecto normal del oscurecimiento. Sobre todo, era inmenso. Ahora podía mirarse, pero resultaba seguro que conforme desapareciera la última traza de luz, se confundiría con la noche hasta volverse invisible.

- ¿Que es?- preguntó Laia, quien nunca había visto nada similar. Pilar no supo responderle en primera instancia. Tampoco había visto nada semejante, pero, solo como marco de referencia descriptivo, no porque fuera tal cosa, le pareció una ola, una inmensa ola que surcara los cielos, de un extremo al otro del horizonte. Algunos años atrás había pasado una temporada vacacional en las playas de Baltenerra, en compañía de su padre. Recordaba como en el sitio justo en donde el horizonte se convertía en océano, inmensas olas, lejanísimas, aparecían y desaparecían lentamente. Quizá cada una de ellas tuviera diez o quince kilómetros de extensión, sucediéndose con toda frecuencia. Parecían ser cosa de otro planeta, u otra dimensión. Pilar pensaba que debía producirse algún ruido al golpear toda esa agua en contra de sí misma, pero como no se sincronizaban con ninguno de los ruidos circundantes, adquirían un aire etéreo aún más marcado. Y de igual manera sucedía con eso que flotaba en las alturas, con esa inmensa ola que flotaba desde donde podían ver y que parecía acercarse cada vez más hasta su punto de referencia. carecía de sonido y aunque la veían moverse, parecía estática al mismo tiempo. Avanzaba con extrañeza y parecía no poder sincronizarse con nada a su alrededor. Daba la impresión, completamente, de estar fuera de contexto

- Pilar ¿De que estará hecha esa cosa?-
- ¿La ola? A eso te refieres - Pilar respondía presa de sus propios pensamientos-, de agua, de vapor, como todas las nubes...-
- Y de oscuridad...- Completó Laia.

Si, claro. Aquella cosa que avanzaba lenta y calladamente parecía, además estar hecha de oscuridad. Tenía un color negro de tonalidad penetrante, como el que adquieren las nubes cuando se formaban tormentas en esa parte del estado, en agosto o septiembre. Las nubes de tormenta eran densas, pesadas y regularmente brillaban desde sus entrañas por causas de los relámpagos que anidaban. Pero esa ola inmensa no parecía tener tales características, ni densa ni pesada. Por el contrario, daba la impresión de ser ligera, quizá apenas como una delgada capa cósmica que comenzara a cernirse sobre todo.
A la lejanía, en donde la noche resultaba ser ya plena, las luces de la ciudad se encendían y dotaban de un ambiente más amable a la vista.
Muy pronto oscureció y la ola celeste se perdió de vista por completo. Lo que habían visto les había parecido algo propio de las noticias de las diez en la televisión. Algún fenómeno que no pasaría desapercibido por el canal, lo mismo que los halos solares y las intensas oleadas de calor que de vez en cuando se reportaban sin falta alguna.
Era algo, además, que bien podía haber sido producido por la luna. Algún efecto similar a las mareas altas.
O a las plegarias contestadas.

- Debe de estar sobre nosotros, ahora- , pensó Pilar poco después. La había visto moverse cubriendo el horizonte y supuso que su trayecto, según la velocidad con que se movía, había sido completado sobre la totalidad del cielo. Laia le confirmó tal pensamiento cuando interrumpió sus pensamientos y señalo la ventana.

- Mira, también le ha afectado.-

Laia indicaba con sus pequeños dedos la ubicación de la luna en las alturas. Era como mirarla a través de un filtro que consiguiera alterarla. El cuerpo celeste había adquirido un tono amarillento, difuso. El mapa selenita había desaparecido casi por completo, reduciéndose apenas a manchones sin sentido. Pilar pensó que algo estaba mal en todo eso. Quizá la ola que habían visto fuera alguna clase de contaminante, alguna sustancia que hubiera escapado de alguna instalación fabril y que ahora estuviese dañando la atmósfera sobre de ellas. No sintió miedo, pero inmediatamente tuvo precaución. ¿Y si era algo que dañase al ser respirado? ¿O con capacidad de quemar, por ejemplo, la piel o los ojos?

- Laia, alejémonos de la ventana...-
- ¿Por qué? ¿Hay algo malo...?-
- No lo sé... solo aléjate...-

Las niñas se acercaron a su litera permitiendo que la luz de la luna que se colaba por la ventana formara un rectángulo de luz sobre del oscuro suelo de la habitación. Se sentaron sobre la cama inferior y desde ahí miraron como aquella luz parecía tener una coloración además azulada, a pesar del tono amarillento de la luz expedida por el astro. Era un tono como el de neblina.
Si, exactamente, como el de un banco de neblina que filtrara la luz del alumbrado de la carratera.

- Presta atención...- dijo Pilar. El aire afuera de la casa estaba volviéndose denso, pesado, tal y como sucedía cuando en los días de invierno la temperatura descendía dramáticamente al anochecer y se formaban bancos de humedad provenientes de los terrenos con vegetación alrededor de la casa. Pero no se sentía frío, no como el necesario para que apareciera tal cosa.
Todo aquello era completamente inusual.
Muy pronto y para sorpresa de ambas, una densa nube de rocío se manifestó del otro lado de la ventana. Las cosas en el exterior apenas podían mirarse, envueltas en la humedad pulverizada que flotaba por todas partes, recreando en apenas momentos después una espesa cortina de aquella neblina tan anticipada.

3

Aún la luna vencía someramente la densidad de aquel fenómeno iluminando febrilmente el interior de la habitación. Pilar se llenó de curiosidad y lentamente, sintiendo como Laia luchaba por no soltarla, se levantó de la cama y se acercó nuevamente al marco de la ventana. Afuera, el mundo había cambiado por completo. Todo se había vuelto oscuro, denso. La neblina flotaba alrededor de todas las cosas y las difuminaba de manera increíble. Ella jamás había presenciado algo similar. No había indicio alguno que le indicara en dónde había estaba la vieja carretera, todo estaba borrado. A la lejanía, entreveía una luz roja parpadeante que señalaba la ubicación del edificio de Prixamar a la distancia. Supuso mirar las luces de algunas de los comercios alrededor del edificio, pero no podía estar segura. En su mismo jardín, frente a la casa, todo estaba transformado. La vegetación parecía haberse derretido y fundido los ficus con la crecida maleza. De entre las ramas fluía un movimiento continuo de neblina y todo estaba oscurecido. El suelo parecía haber adquirido una tesitura muy diferente, lechoso, como si estuviera conformado de fango. Los árboles repentinamente resultaron tétricos, amenazantes. Pilar pensó, sin saber exactamente el por qué, le pareció que solo restaba que en algún lugar de su propio jardín apareciera algún conjunto de lápidas para creer del todo que se encontraba en tierra maldita, en los linderos de un cementerio a media noche.
A la distancia, se levantó un sonido sin forma que Pilar logró reconocer solo hasta escucharlo un par de veces. De un vibrar atenuado y frío, el sonido se transformó en el lastimero aullido de aquel animal en sufrimiento que había rondado por ahí cuando menos desde la noche anterior. Pilar se sacudió sin poder evitarlo. Era la segunda noche que podía escucharlo; el mismo animal había estado presente cerca de su casa, tal vez del otro lado de la 55, ya durante demasiado tiempo. Desde la noche anterior, después de haber escapado de sus padres, refugiándose en su habitación, lo había percibido. Pensó en el porqué ese animal seguía vivo; suponiéndolo victima de algún tipo de accidente, y le impresionaba que ese "perro" -así contextualizaba la fuente del sonido- permaneciera aún en agonía.
Una vez había visto como un perro labrador terminaba de morir en manos de su dueño, un hombre alto que había hecho parada cerca de su casa, en el restaurante de comida rápida. El animal había descendido del auto al lado de su amo, y quizá desconocía los peligros de juguetear cerca de la carretera, ya que no pasaron más de dos minutos de jugueteos y pequeñas incursiones curiosas del animal antes de que un auto a toda velocidad en sentido de la ciudad lo arrollara y le destrozara casi todos los huesos y órganos de la cadera hacía abajo. "No había nada que hacer, sino esperar", había dicho su padre cuando se enteró de aquello y salio de su local a echar un vistazo. Ella se había asustado bastante. El sonido del golpe entre el vehículo -que no se detuvo siquiera a mirar- y el animal había sido como el de un costal lleno de alimento que hubiera caído a gran velocidad sobre un montón de metales esparcidos por el suelo. Joan extendió sus condolencias al hombre cuando ayudaron al labrador a dejar de sufrir; Pilar pensaba que ese era un término demasiado benévolo para lo que en verdad sucedió al mezclar un poco de habilidad, una bolsa de plástico y algo de corazón frío.
- No hay nada que hacer-, pensó ella en ese instante, escuchando al perro en las afuera de su casa, reviviendo la frase de su padre.

El aullido a la distancia incremento su fuerza, como si el imaginario perro en agonía hubiera encontrado su segundo aire e intentara levantarse sobre del pavimento ensangrentado, buscando el camino a casa.
Pilar intentó recrear la situación del animal según la intensidad de sus aullidos. Mentalmente lo miró padecer y temblar sobre sus piernas, pero poco a poco, según lo que escuchaba, no tuvo más remedio que imaginárselo recobrar fuerza y empeño. Muy pronto los aullidos no fueron más débiles, sino que resultaron bravíos y hasta vigorosos. Pilar pensaba ya en aquel animal como algo que estaba creciendo de la nada, volviéndose una montaña de músculos y temblores. Dos minutos después los sonidos se habían vuelto un rugir volcánico, una llamarada que parecía desgarrar la garganta que los estaba produciendo.
Al tiempo que la neblina parecía volverse más densa y la noche más oscura, los aullidos se transformaron en algo brutal. Ya para cuando Laia se acercó a ella, visiblemente asustada, el sonido era sencillamente aterrador.

- Pilar ¿Qué es eso? ¿Que hay allá afuera...?
- No lo sé, suena como, como...-

Una nueva explosión de rabia interrumpió a Pilar. Ya aquello no era un aullido solamente, sino un rugido que traspasaba todo, debilitando la fortaleza de cualquiera que lo escuchara. Las niñas se abrazaron inconscientemente.
Entonces el rugido transformo al animal que Pilar tenia en mente.

Dejo de ser un perro, según lo que estaba escuchando.
Se transformó, inevitablemente, en un lobo.
Un maligno lobo, enorme y brutal.

La luna en las alturas brillaba con toda intensidad. Continuaba envuelta en un tono amarillento, tendiente al anaranjado, difusa y estaba rodeada de nubes. permanecía quieta, como observándolo todo, tratando de adivinar qué es lo que sucedería a continuación.

Los aullidos entonces dejaron de provenir solamente del otro lado de la 55. Una nueva fuente de aquel brutal sonido provino de una distancia diferente, una que quizá estaba mucho más lejos de la casa. Y luego, apareció una más, y luego, dos o tres más en diferentes puntos, y a juzgar por el sonido y su intensidad, muy separadas las unas de las otras. Pilar no supo interpretar aquello de momento, y Laia no le ayudó a conseguirlo. Se aferró a ella con las uñas cuando una nueva explosión de aullidos se manifestó en algún punto indecible alrededor de la casa, esta vez, abrumadoramente cercana.
Pilar iba a decir algo, cualquier cosa cuando, tan cerca de la ventana como estaban, vieron correr aquello a la distancia.

De alguna manera, frente a la casa, sobre la 55, notaron que algo se movía a toda velocidad. No era un auto, tampoco una persona. Pero tenía el tamaño de lo primero, quizá el de un Buick compacto o el de un viejo Peugeot 110. Y también tenia la forma de lo segundo. O casi. Avanzaba dando grandes zancadas, golpeando con los pies desnudos el suelo, apoyándose sobre las palmas de las manos para contrarrestar los tremendos impulsos de sus piernas, tal y como lo haría un canino al avanzar corriendo. Pilar y Laia lo miraron un segundo sin reacción alguna pero apenas sucedió el primer contacto, ambas se paralizaron ante tal imagen. Cuando aquella cosa cruzó exactamente frente a la casa, la luz del alumbrado lo reveló con detalle. Estaba cubierto de un pelaje largo y parduzco que a pesar de su dureza, no alcanzaba a esconder del todo la masa de músculos que estaban cubriendo. Era horrible, asqueroso. parecía un perro al cual le hubieran reventado el hocico y que sangrando avanzara buscando su venganza ultima. Las niñas estaban demasiado lejos para mirar un último detalle, pero ambas, al mismo tiempo, aún creyeron observarlo: los ojos de aquella cosa brillaron debajo de la luz de neón proveniente de la marquesina de uno de los restaurantes, lanzando un destello demencial. Percibieron toda la frialdad del mundo, un sentimiento helado, completamente inhumano e irracional. Esa cosa se perdió de vista en apenas un momento y las niñas no pudieron evitar que un grito anidara entre ellas. De inmediato algo más fuerte que su sorpresa llevó a Pilar a salir de la habitación y a entrar corriendo en la de su padre. Pilar bien sabía que ni Joan ni Llura estaban en la casa, pero no los estaba buscando a ellos, sino la continuidad visual de la ventana en el cuarto de los adultos.
Alcanzó la cornisa y consiguió mirar aquella cosa de nueva cuenta. Se movía a toda velocidad siguiendo la ruta de la 55, como avanzando sobre de ella en dirección de las montañas. Iba recta sobre la línea amarilla intermitente que delineaba un carril de otro. Pilar no sabía que pensar, esa cosa no se parecía a nada que hubiera podido siquiera suponer con anterioridad que existía. Sus pensamientos bullían sin control y no fue sino hasta unos pocos segundos después, cuando se topó con un referente conocido y comprensible, que comprendió que lo que estaba mirando era real. A la distancia brillaron las luces de un vehículo que se acercaba a ellos. Pilar pensó, cuando vio aquellas luces, las cuales reconoció como un transporte pesado, que la criatura que se movía frenéticamente por la carretera desaparecería como por arte de magia, contraponiendo su naturaleza irreal en contra de un objeto que tenia sentido para ella.
Pero no sucedió eso. La criatura no desapareció. Sino por el contrario, se manifestó con mayor intensidad. Pilar miró como aquella cosa se contrario y cambio su actitud física; seguramente acababa de descubrir las luces del vehículo que se acercaba velozmente y de inmediato se levantó sobre sus patas traseras, como un perro que espera recibir un bocadillo de manos de su después de realizar un complicado truco.
La criatura entonces aulló, con toda su fuerza, poniendo de manifiesto la fuerza brutal contenida en su complexión. Una serie de cadenas de músculos se marcaron por toda su fisonomía al tiempo que extendía su cuello estirando su cabeza al aire, violentando su apariencia al hacer patente su hocico enorme y lleno de colmillos. Dio la impresión, en suma, de estar retando a la fuente de las luces.
- Acércate, pelea conmigo...- parecía expresar.

- Es... un lobo... un lobo... hombre... - susurró Pilar inmediatamente, sin poder creer en sus mismas palabras y recordando a la vez las imágenes que había visto sobre tales criaturas en televisión. Frente a sus ojos desfilaron largos hocicos afilados, ojos amarillentos destilando rabia y cuerpos que mezclaban lo canino con lo humano. Se llevó las manos al rostro y retrocedió un paso. Escuchó que Laia lloraba en su habitación llamándola casi a gritos, pero no hizo nada, no podía hacer nada. Se limitó a quedarse viendo lo que allá afuera estaba sucediendo.
El pesado transporte que se acercaba por la 55 no tardó en dibujarse con claridad. Era un trailer propiedad de Prixamar. En la parte trasera del vehículo, una cúpula de acero inoxidable brillaba reflejando el alumbrado público a los costados de la carretera. Quizá el hombre que lo conducía no se percató de la presencia de la criatura hasta que fue muy tarde, o quizá, si la percibió desde el principio, no dio crédito a lo que sus ojos estaban mirando. Mediaban entre ellos quizá no menos de cincuenta metros cuando aquella bestia se impulsó sobre sus patas traseras y dio un salto enorme en dirección del trailer. Golpeó el asfalto unas tres o cuatro veces y lanzando un alarido final, se abalanzó sobre el frente del transporte, justo donde el hombre que conducía permanecía atento e incrédulo al mismo tiempo. Solo un segundo antes del impacto, pudo reaccionar. Dio un giro al volante, intentando evadir a la bestia que saltaba directamente en su contra, pero resultó ser demasiado tarde. El animal se estrelló en contra de los parabrisas, haciéndolos estallar en un millón de violentas astillas de cristal y se incrustó justo en el lugar donde antes había estado la imagen del conductor. Lanzó su hocico abierto y sangrante y alcanzó en una centésima de segundo la carne del hombre quien gritó en ese preciso momento.
El transporte giró violentamente como presa del horror que envolvió la escena y no dejo de hacerlo mientras el animal sacudía violentamente su cuerpo expuesto, agitando sus mandíbulas, seguramente destrozando al conductor, quien, seguro, aún podía sentirlo todo. El trailer entonces rechinó y comenzó a colapsarse por el giro que estaba realizando. Pilar lanzó un alarido cuando vio que el vehículo comenzaba a levantarse del suelo y retrocedió violentamente cuando lo miró que comenzaba a volcarse de lado, perdiendo todo equilibrio.
La bestia seguía clavada en el frente de los parabrisas, mordiendo y aullando espasmódicamente, y no fue hasta que el transporte volcó en medio de una explosión de sonido que se liberó. La fuerza del impacto hizo volar por los aires a la criatura, que salio despedida con el hocico ensangrentado. El vehículo avanzo siguió moviéndose erupcionando chispas y reventando su estructura. Entonces Pilar vio como el trailer se abalanzó con toda su inercia en contra de los primeros restaurantes y comercios del área comercial. Solo tardó un par de segundos en impactarse en contra de la gerencia y el pequeño edificio a su lado. Se incrusto en ambos, casi desapareciendo al instante en las entrañas de concreto y plafón. Pilar gritó y salio corriendo de la habitación de sus padre y alcanzó a llegar al lado de su hermana cuando un brutal terremoto las hizo caer a ambas, aferradas la una a la otra. Afuera, se hizo de día por un segundo. La explosión sacudió el suelo e ilumino todo a su alrededor. Muchas cosas cayeron sobre ellas: objetos provenientes de los closets, artículos que resbalaron y rodaron hasta ellas. Del techo se soltaron largas trazas de recubrimiento y en la ventana se reventaron algunos cristales.
Ambas gritaron y se abrazaron al momento de caer y rodar por el suelo.
Una corriente de aire caliente llenó de inmediato la habitación y el resplandor de fuego las ilumino desde afuera. El trailer debía de haber estado trasportando alguna especie de gas flamable, era seguro, de otra manera no se explicaría la reacción tan violenta y rápida.

- ¡Pilar! ¿Qué sucede?- gritaba Laia cuando pudo escuchar de nueva cuenta. No supo que responderle. No lo sabia, podía jurarlo, no lo sabía.
Entonces, afuera, se escuchó un nuevo aullido. Con más fuerza que los anteriores. No de fuego y destrucción esta vez, sino de horror.

- Es una de esas cosas- reaccionó Pilar, - y esta cerca...-

Tenía razón. El sonido no había venido de muy lejos; al menos, no de más allá de su propio jardín. Se estremeció sin poder evitarlo. La imagen de aquel monstruo en la carretera era lo peor que jamás había pensado mirar, y algo muy dentro de ella supo que, a tan solo unos cuantos metros de distancia, otra de esas cosas estaba asechando, y quizá no era solo una. Recordaba haber escuchado por lo menos cinco o seis diferentes aullidos. ¿Las habrían detectado? Es decir, ¿Aquellas cosas sabrían que existían dos niñas al interior de la casa? ¿Tenía alguna manera de saberlo?
En ese momento se escuchó afuera de la casa un chillido trepidante, seguido por una repentina iluminación artificial. Pilar demoró un segundo en reconocer aquello, pero casi de inmediato supo de que se trataba aquello.

- ¡Vamos! ¡Laia, vamos, rápido!- , grito Pilar a su hermana.

Un vehículo, la vagoneta de Joan, se estacionó violentamente frente a la casa. Las niñas se levantaron del suelo, en donde formaban todavía una extraña especie de ovillo y se acercaron tambaleantes a la puerta de la habitación. En la planta de abajo se escuchó la puerta abrirse de un solo golpe, seguido de inmediatamente por pisadas rápidas y pesadas.

4

- ¡Pilar! ¡Pilar! ¿Dónde estas?- Era Joan, y su voz sonaba urgente e indecisa.
- ¡Aquí! ¡Papá! ¡Aquí estamos! ¡Arriba!- Joan las ubicó y corrió de inmediato por las escaleras. Cuando las encontró, se lanzó hacía ellas en un abrazo desesperado.
- ¡Pequeña, pequeña! ¿Estas bien?- Su voz era una ráfaga de emociones punzo cortantes. Aunque abrazaba a ambas, se refería a Pilar con desesperación, como si, sobre todas las cosas posibles esa noche, hubiese temido no volver a verla de nuevo.
- ¿Y mamá?, Ella ¿Dónde esta?- preguntó Laia en medio del abrazo que se le prodigaba, mientras comenzaba a escaparse del mismo como en busca de su respuesta. Joan no dijo nada, pero reaccionó de inmediato. Tenia la respiración acelerada cuando recortó de improvisto su silencio.
- Bien, esto es lo que vamos a hacer- dijo soltándolas un segundo, todavía tambaleante - Allá afuera esta sucediendo algo terrible, Llura y yo logramos escapar de, de...- sus ojos destellaron, como si estuviera viendo algo que estuviera clavado muy profundo en su mente y recuerdo inmediato; algo que no pudiera definir ni procesar, - ... escapar de lo que sea que esta allá afuera, desde la misma ciudad... la ciudad ya no existe... todo pasó en un segundo... de pronto había gente en las calles y al minuto siguiente solo había sangre y cuerpos... aquellas cosas...-
- ¿Y mamá?- interrumpió velozmente Laia, ahora con la voz convertida en un cristal estallado. Joan la miró y no dijo nada. Se incorporó como un resorte y corrió a su habitación. Las niñas se sintieron repentinamente abandonadas y sin pensarlo, se extendieron en dirección del hombre. Lo siguieron y cuando llegaron al marco de la puerta, miraron como Joan abría la cajonera al costado de su cama. Rebuscaba en esta y de pronto, del fondo extrajo un objeto pesado. Pilar no sabía que su padre tenia aquella cosa en la casa, y de haberlo sabido, le hubiera obligado a deshacerse de eso. El brillante cañón de una colt .45 refuljo en la mano del hombre, segura de su poderío. En un acto mecánico Joan revisó el arma examinando el tambor para comprobar la existencia de parque. Estaba vacía, como debería de estarlo. Inmediatamente sacó de la misma cajonera una caja de cartón corrugado. La abrió y comenzó a extraer, uno tras otro, gruesos cartuchos útiles que fue introduciendo en el arma hasta que muy pronto la cargo del todo.
Se giro hacia las niñas, mirándolas con los ojos muy abiertos, quizá con los sentidos expandidos también.
- Voy a salir de la casa antes que ustedes... Quizá escuchen disparos, no lo sé... Pero en cuanto yo las llame, saldrán detrás de mí y subirán a la vagoneta a toda velocidad...- Luego de decir eso, dejo caer sobre la cama la caja de cartón tras extraer los últimos cartuchos que esta contenía. Miró a su alrededor, como buscando algo que pudiera serle útil. Evidentemente no encontró nada y descartó todo en un movimiento de su cabeza. Luego, se acercó a las niñas y las abrazo de nueva cuenta. Ellas se estremecieron, sobre todo Pilar al sentir en su espalda la pesada frialdad de la Colt en manos de su padre. Quiso rechazar el contacto pero Joan se le adelantó al incorporarse de inmediato. Entonces las apuro a moverse por el pasillo fuera de la habitación. Descendieron las escaleras y llegando cerca de la puerta de la casa, las hizo detenerse en un pequeño espacio invisible para la vista exterior.

Un aullido se escuchó allá afuera, cercanisimo.

Los tres se sobresaltaron.

- ¿Mamá?- preguntó Laia, con voz entrecortada.
Joan no tuvo, en todo caso, siquiera un asomo de respuesta a tal pregunta. Contestó lo primero que le vino a la cabeza, o a la boca, sin pasar por el cerebro.
- Todo sucedió muy rápido... en la carretera, casi volcamos... Nos golpeo aquella cosa... Suban a la vagoneta, al asiento del copiloto, ambas... no miren en el asiento trasero...-
Pilar se congeló sobre sus pies.
Joan no les dio tiempo de nada; De inmediato corrió hacía afuera.
Para las niñas, fue como mirarlo arrojarse al interior de una negra bocaza. Lo miraron extender los brazos y avanzar con el arma amartillada, como si de antemano existiese allá afuera algo a lo cual apuntarle. Joan caminó hacía la noche respirando rápidamente, con pesadez al mismo tiempo. Algo en su cabeza estaba acelerado al máximo sus pulmones, su ritmo cardiaco y, sobre todo, su andar.
Pilar y Laia no supieron qué hacer, al menos durante los cinco o diez segundos inmediatos. Parecían presa de alguna especie de trance, de una burbuja que las inmovilizó al interior de la casa.
Una burbuja que se rompió de inmediato; desde el exterior.
El inconfundible sonido de un arma disparando quebró las paredes de la tenue cobertura alrededor de las niñas, reventándola en mil pedazos. Pilar dio un grito entrecortado y sintió como Laia se le aferró aterrada. El aullido que un momento antes se había escuchado cercano, se escuchó ahora inmediatisimo. Joan detonó e arma una vez más, pero eso fue todo.

Luego, todo fue la presencia del aullido y sus consecuencias.

Un rugido furioso estrujó el aire al tiempo que un crepitar muscular desgarraba la tierra debajo de este. Se escuchó un golpe seco, de torso al descubierto y desde la perspectiva que las niñas tenían al interior de la casa, vieron como algo se movió a toda velocidad por los aires; algo que se estrelló en contra de la vagoneta mal estacionada afuera de la casa. Pilar alcanzó a mirar, no supo si Laia también fue capaz de hacerlo, como Joan -él era "aquella cosa"- voló por los aires en contra de la camioneta. Su cuerpo de estrelló de plano en contra del metal del auto, incrustándose en este y sacudiendo el vehículo por un segundo. Luego, Pilar miró a otra de esas criaturas, idéntica a la que se había incrustado en el frente del trailer de Prixamar, correr y abalanzarse rabiosamente en contra del cuerpo que no terminaba de caer aun del costado de la vagoneta.
Laia expelió un agudísimo grito de horror al mirar todo eso; quizá no al comprender lo qué estaba sucediendo, pero al mirar solamente.
El impacto en el costado de la vagoneta fue brutal. Incluso levantó del suelo el chasis. La criatura abrió el hocico hasta su máximo y justo cuando lo cernía sobre del cuerpo de Joan, Pilar, en el interior de la casa, dio un veloz paso al frente en contra de la puerta cerrándola al instante. Ambas niñas reaccionaron al mismo tiempo y corrieron aterradas hacía las escaleras, gritando y halándose de la ropa mutuamente. Antes de pisar el último escalón superior, el sonido de un enorme hueso quebrándose -o de varios relacionados, como los que conformarían la estructura general de un cráneo- atravesó el aire hasta donde ellas estaban. El estallido de algo muscular le siguió de inmediato, cortándole la respiración a Pilar, quién tuvo fuerza aún para empujar a Laia al interior de la habitación de ambas.
Se abalanzaron sobre una de las camas y se contrajeron sobre de esta y en contra de la pared que la cercaba. Laia comenzó a llorar sin disimulo alguno hasta que Pilar le tapó la boca con ambas manos, como si además de hacerla callar, también pretendiera ahogarla.

- ¡Calla! ¡Cállate! ¡Laia, guarda silencio!-
Allá afuera, en ese preciso instante, cimbrando los pocos cristales completos de la ventana, un espeluznante gruñido se levantó amenazando con ser invencible.
Desde el último extremo del área comercial, la luz del incendio producido por el accidente del transporte de Prixamar iluminó lo que se suponía era la escena al exterior de la casa, reflejando sombras al interior de la habitación de las niñas. La silueta tambaleante -tanto como las llamas- de una hilera de colmillos afilados como cuchillos se reflejó en las paredes, rozando durante un momento la cercanía inmediata de las niñas.

- ¡Muévete Laia! ¡Muevete!- La voz de Pilar era un tizón afilado. Tomó a su hermana y de un tirón la llevó al suelo, luego la jaló tras de sí, como lo haría con un muñeco, hasta quedar ambas debajo de la cama. Laia temblaba sin control y Pilar tuvo que abrazarla para evitar que en aquel pequeño espacio pudiera hacerse daño.

- ¡Tranquilízate por favor! ¡Ten calma!-
- ¡Pilar! ¡Qué esta pasando! ¡Qué son esas cosas!- . Ella aún no lo sabía, a pesar de haber visto ya a la segunda de aquellas criaturas. No quería decir "Lobo - Hombre - Lobo" porque era simplemente risible; solo hubiera conseguido asustar -todavía más- a su hermana. La ventana se estremeció de nueva cuenta, ahora sin aullido de por medio, y medio segundo después estalló en un millón de pedazos. Las niñas gritaron debajo de la cama, justo cuando en el marco apareció de un salto la criatura que acababa de asesinar a Joan. El monstruo se estrelló contra el rectángulo de madera deformándolo al instante pero sin conseguir entrar del todo por este. Había saltado desde el patio frente a la casa, quizá desde el cadáver de la vagoneta hasta el segundo piso de la casa. Desde ahí lanzó un carraspeo demencial y buscó con desesperación lo que bien sabía que estaba ahí: un par de presas vulnerables, muertas de miedo. "Esta persiguiéndonos...", pensó Pilar sin saber porqué lo hacía.
La criatura hizo temblar sus encías, evidenciando sus largos colmillos mientras arremetía contra el marco de la ventana intentando entrar por ahí, pero resultaba demasiado grande para ello. Era como mirar a un gato intentando atravesar la delicada puerta de una casa de muñecas; quizá lograría hacerlo, pero luego, el espacio de la habitación resultaría demasiado estrecho como para que pudiera moverse en cualquier otra dirección. Pilar sin saber cómo, había colocado sus manos sobre la boca de Laia. Ella alcanzaba a mirar de reojo lo que estaba sucediendo, pero su hermana solo estaba escuchando el quebrar de la madera y los jadeos animales provenientes de la pared de la habitación. La sentía retorcerse, intentar cualquier especie de grito; Si hubiera tenido la oportunidad, quizá, imprudente, hubiera intentando tener una mejor visión de aquello y la bestia las hubiera descubierto. No, no la soltaría, por nada del mundo.
La cosa en la ventana desprendió la parte superior del marco, ampliando el boquete.

Solo entonces Pilar pudo dimensionar con verdadera certeza su tamaño.
Pensó en el tamaño de un par de neveras juntas, o en la dimensión extendida de un comedor antiguo. Era gigantesco, quizá más grande que el que había atacado al transporte de Prixamar. El monstruo lanzó un nuevo rugido, como reconociendo que la ventana cedía a su poderío.
Entonces, una nueva explosión, una que hizo retumbar el suelo y las paredes, iluminó el aire afuera de la casa. Alrededor de la criatura, entre los breves espacios que se encontraban entre su musculatura y la madera de la ventana rota, todo se volvió fuego. El animal se retorció al instante y lanzó un agudo gruñido de dolor. Se sacudió violentamente solo para descubrir que ahora le resultaba tan complicado salir como entrar por aquel estrecho paso y comenzó a lanzar zarpazos hacía todos lados. Agitaba su cabeza como si estuviera ahogándose mientras bufaba sin control.

"Afuera, algo explotó y lo ha alcanzado..."- narró Pilar para sí misma.
La bestia aullaba y se sacudía sin otra posible explicación; se estaba quemando, al menos la parte de esta que estaba fuera de la casa. Del pasillo al costado de la habitación provino un resplandor anaranjado. El fuego quizá también había alcanzado la pared exterior de la casa, o quizá provenía del jardín. Pilar miró al monstruo hirviendo de dolor y rabia, intentando asirse de cualquier cosa al interior de aquel pequeño espacio. Solo conseguía golpear el suelo de manera accidental sin conseguir un punto de apoyo que le ayudase a salir de esa trampa. El monstruo bramó, escupió, aulló durante algunos minutos e incluso regurgito un líquido asqueroso en algún momento, mientras implacable, el fuego sobre su cuerpo del otro lado de la ventana se consumía sin que nada pudiera hacerse para evitarlo. Luego la bestia simplemente dejó de moverse; sus enormes brazos cayeron a los costados y con las garras erectas arañó la superficie del suelo en donde las niñas acostumbraban a correr descalzas. Una peste insoportable a pelo quemado y a hueso calcinado inundaba ya la habitación cuando la criatura al fin se quedó completamente quieta. Pilar percibió la alegría más sorpresiva de su corta vida. Se alegró, sin duda, pero de inmediato tuvo la entereza suficiente como para pensar con rapidez.

-Esa cosa se quemó, La casa, por afuera, seguro esta pasando por lo mismo-. Ella no quiso averiguar hasta dónde podía tener razón; cosa que quizá podría descubrir cuando las llamas comenzaran a rebasar el cuerpo de la bestia.

- ¡Laia, vámonos! ¡Ahora mismo!- gritó Pilar al instante jalándola tras de sí. Ambas salieron de debajo de la cama y fue hasta entonces que Laia miró la conclusión de la escena que había estado ahí desarrollándose. Gritó con todas sus fuerzas al mirar a la cosa atrapada y muerta en el marco de la ventana. Pilar no le dio tiempo de nada más; le dio un tirón y la saco de la habitación. La percibió congelada, tanto que incluso le fue necesario arrastrarla por las escaleras hasta llegar a la planta baja de la casa.

Afuera, parecía ser de día.
Una luz y un calor penetrantes se colaban hacía el interior desde toda dirección posible. Seguramente se estaba quemado casi toda el área comercial, desde la misma administración hasta las estaciones de recarga de combustible. Y seguramente una de esas estaciones fue la que explotó hasta los cielos desparramando gasolina ardiendo por todos lados.
La puerta principal de la casa seguía abierta y Pilar atisbaba por ella. Afuera no parecía existir un solo lugar seguro. Permanecer al interior no resultaba una opción a tomar. Aunque no lo percibían en ese momento, era seguro que aquella atmósfera estuviese cargándose de algún tipo de humo tóxico e invisible en ese mismo momento.
A Pilar solo se le ocurrió de momento una salida, un solo posible lugar en donde encontrar un refugio.

- ¡Laia, tenemos que salir de la casa!-
- Qué...-
- ¡Tenemos que irnos inmediatamente!-
- Pero, a dónde vamos a ir...-
- ¡Sígueme! ¡Vamos a seguir las órdenes de papá...!-

"LAS ÓRDENES DE PAPÁ... seguramente Papá era en ese instante la mancha inerte, abultada y deforme detrás de la vagoneta...", susurró mentalmente, y para sí misma Laia, cuando Pilar la tomó de la mano y la obligó a correr tras de ella para salir de ahí. Apenas habían puesto un pie fuera de la casa, cuando el aire se volvió caliente como nunca antes lo había sido, casi como el fuego mismo, un cuchillo dispuesto a tasajearlas. La visión se nubló por causa de la luz, también caliente, que provenía de todas direcciones.
Pilar tuvo que hacer acopio de valor para lo que hizo a continuación. Corrió los breves metros que distanciaban la entrada de la casa que estaban abandonando y la vagoneta a la cual Joan les había ordenado entrar cuando él hubiera despejado el camino, en la condición ideal de los acontecimientos. En cierto sentido, en el más macabro de todos, había cumplido su cometido y ahora resultaba ser el turno de ellas. Sin pensar en nada, en ninguna de las implicación es que todo aquel cuadro representaba, Pilar alcanzó la manecilla de la puerta del vehículo y se concentró en abrirla; se olvido por un segundo de mirar hacía atrás, de buscar si su padre la necesitaba en ese momento; se olvido incluso de atisbar en busca de otra de aquellas terribles criaturas. Lo único que hizo fue enfocar sus fuerzas en accionar el sistema mecánico de la manecilla que les daría paso al interior del vehículo.
El metal comenzaba a calentarse y ya comenzaba a llover un polvo fino desde el cielo cuando Pilar logró abrir la puerta de la vagoneta. dio un nuevo tirón a su hermana y sin saber cómo, ambas entraron en el vehículo en un segundo.

"¡Rápido! ¡Laia, siéntate!". Pilar se arrastró por sobre el asiento del copiloto hasta llegar al volante, pasando por encima de la palanca de cambios de la vagoneta. Laia se quedo congelada en el asiento del copiloto. Simplemente miró a Pilar cuando esta la llamó y no respondió nada; de momento eso resultó ser cosa suficiente. Laia así no servia de mucho, tampoco estorbaba. Ahora, Pilar tenía solo una cosa en mente: hacer avanzar aquel armatoste. Sabía que solo existía un posible lugar seguro en ese momento, y no era la casa ni resultaba ser el interior de aquel vehículo: era el otro lado de la carretera. A diferencia del área comercial, el otro lado de la 55 lucia oscuro y a salvo. Se adivinaban algunos pequeños incendios -seguramente arbustos en llamas y algo de vegetación seca- pero nada más. Las llaves de la vagoneta estaban pegadas, era lógico. Joan las había dejado ahí porque planeaba subir de inmediato acompañado de ellas.
Pilar había visto un millón cómo su padre encendía el vehículo, pero ahora, ahí, sola, el asunto se le figuró un rompecabezas; quizá uno para niños pequeños, con pocas piezas, pero rompecabezas al fin. hizo girar la llave sobre su engrane al costado del volante y se encendieron algunas luces en el tablero, las que indicaban corriente y avería en el motor. Pero el vehículo no arrancó. Regresó la llave a su posición original y lo intentó de nuevo, pero solo obtuvo hacer relucir aquellas luces otra vez. Algo estaba haciendo mal, pero no sabía qué cosa podría ser. O quizá no estaba haciendo todo lo que debía de hacer.

5

Frente a ella estaba la casa. Plena como era. Estaba tan cerca, a no más de cuatro o cinco metros. Pilar vio como un fuego amarillo y naranja se extendía desde la planta alta y comenzaba ya a lamer la puerta de entrada. No podía verlo todo desde la perspectiva del conductor en la vagoneta, pero imaginó que la bestia atrapada en la ventana de su habitación no era ya más que materia orgánica calcinada, y seguramente la casa muy pronto la seguiría. Tenía que moverse rápido.
Buscó un botón, una palanca, cualquier cosa que tuviera que conjugar con el girar de la llave en su engrane. No encontró nada parecido, y la única palanca que tenia a su alcance era la que abría el cofre de la vagoneta; esa la conocía bien. ¿Entonces? "Quizá... alguno de los pedales..." Pilar se estiró, casi todo lo que podía y alcanzó únicamente con la punta del pie uno de los tres pedales que tenia a su disposición. Identificaba el acelerador y el freno, y sin pensarlo mucho optó por el tercero que ahí estaba, desconocido por completo para ella. Presionó con todas sus fuerzas y giró la llave al mismo tiempo.

La vagoneta se sacudió con fuerza al tiempo que hizo sonar el motor. Las niñas se sacudieron también sin poder evitarlo y Pilar perdió su posición. El vehículo se apagó de inmediato al tiempo que Laia comenzaba de nueva cuenta a llorar. Pilar apenas y prestó atención a su hermana. Había dado con la clave. Volvió a pisar aquel pedal e hizo girar la llave. Cuando la vagoneta se sacudió nuevamente Pilar hizo todo lo posible por no soltar el embrague. El vehículo, un segundo después, se encendió y así permaneció cuando Pilar con toda calma liberó presión sobre del pedal. Ella exclamó algo inentendible, algo que sonaba a una pequeña victoria. Lo disfruto un momento, luego prosiguió.
Bien, ahora ¿Qué hacer? Recordaba que Joan movía la palanca al piso situada a su costado. Intentó hacerlo pero un sonido horrible provino del motor frente al vehículo, como el sonido de metal en movimiento que rozara en contra de si mismo. volvió a mover la palanca y además del sonido, esta vez incluso percibió un feroz temblor proveniente del invisible interior mecánico de la vagoneta. Algo estaba haciendo mal de nueva cuenta. Sin saber exactamente el porqué, regresó su atención al desconocido pedal bajo sus pies. Lo presionó y movió la palanca al mismo tiempo. No pasó casi nada, solo cuando como por accidente soltó un poco el embrague. La vagoneta se movió hacia adelante unos cuantos centímetros para luego sacudirse y apagarse. Pilar asustó, pero recobró la calma de inmediato; Ahí estaba la solución.

volvió a encender el vehículo y presionó el embrague nuevamente, hasta que la vagoneta se quedó quieta con el motor encendido. comprendió lo que estaba sucediendo y, además, que no debía de aprender a conducir un automotor en ese momento, sino solo poder llevarlo hasta el otro lado de la carretera. Presionó de nueva cuenta el embrague y colocó la palanca de velocidades en primera. Había visto a su padre hacerlo infinidad de veces y recordaba cómo hacer eso. Tomó el volante y lo hizo girar tanto como pudo. Le costó una eternidad rotarlo lo suficiente como para pensar en que conseguiría enfilarse hacía afuera del jardín si lograba hacer avanzar la vagoneta. Luego comenzó a despegar el pie del pedal. Laia, a su lado, parecía estar en otro mundo, uno completamente del otro lado de la galaxia. Sencillamente la miraba con intermitencia, atendiendo también al incendio de la casa, pero sin expresión en los ojos. En todo caso, la mirada de Llura contenía algunas preguntas sin sonido: ¿Por qué perdemos el tiempo así? ¿Por qué no sencillamente corremos a trote en busca de un escondite seguro? ¿Por qué insistes en hacer todo este ruido? ¿No crees que una de esas cosas nos descubrirá y vendrá por nosotros? Pilar compartía en parte todas aquellas preguntas, pero el tamaño de una sola y sencilla respuesta que ella creía poseer rebasaba el alcance de todas aquellas dudas: Una vez que llegaran al otro lado de la carretera, necesitarían de un buen escondite, algo así como la protección metálica de aquel vehículo. No valía la pena desperdiciarlo si era posible tenerlo a la mano.

El vehículo comenzó a moverse lentamente, trastabillando. La aguja del velocímetro bailoteaba entre la primera delimitación, 5 MPH, y el cero absoluto. Pilar continuó dando vueltas al volante y muy pronto consiguió hacer girar la vagoneta en un semicírculo, enfocando el frente de la misma hacía la carretera, para de inmediato toparse con los ficus de Llura. La niña buscó con los pies - liberado del todo el embrague- el acelerador. Lo pisó cuando lo tuvo bajo su planta y el motor se agitó, revolucionándose considerablemente. Un conductor con experiencia hubiera dado paso a la segunda velocidad, pero para Pilar seguir avanzando así resultaba perfecto. La vagoneta se encaramó sobre los ficus y arbustos que los rodeaban, aplastándolos bajo las llantas y arrancándolos lentamente de raíz. Rebasó el borde del jardín y se encaramó en la acera que delimitaba el terreno de la casa. Tras varias sacudidas la vagoneta invadió el espacio de terrecería que pertenecía de lleno al área comercial, dejando atrás los espacios habitacionales.

El motor de la vagoneta estaba revolucionado al máximo y sulfuraba un graznido impotente. Pilar no le prestó demasiada atención en ningún momento. Estaba avanzando y eso le resultaba suficiente.
Miró a la distancia el primer carril de la 55, el cual estaba a unos veinte metros de distancia. Había avanzado unos cinco o seis metros cuando miró por el espejo retrovisor que prácticamente la totalidad del área comercial ardía de lleno. Le pareció una escena salida de una película de terror: la ciudad se incendiaba mientras un enjambre de monstruos arrasaba con todo por ahí. Ella se pregunto si en alguna parte de toda aquella destrucción existiría alguna clase de héroe tomando acción y encargándose del asunto. Si así fuera, quizá podría conocerlo cuando todo eso terminara, suponiendo que terminara de pronto, así como había comenzado.
La vagoneta se movía erráticamente, dejando tras de sí un rastro de cristal pulverizado y un liquido de un verde químico. Pilar no podía verlo, e incluso, de haberlo hecho, no le hubiera prestado atención. Ella desconocía por completo el concepto "anticongelante". Seguramente el vehículo estaba desangrándose por dentro, y demencialmente lo obligaban a moverse.

"Solo unos cuantos metros más..." repetía Pilar, balbuceando las silabas de aquellas palabras con una muda insistencia. A su costado, Laia permanecía en su propia burbuja, aislada del mundo real.
La vagoneta avanzó con sacudidas ininterrumpidas los últimos metros que restaban antes de llegar a la carretera. Alcanzo muy poco después el primer carril y el paso sobre del asfalto resultó completamente diferente, uniforme, suave. El motor del vehículo chirriaba para cuando Pilar logró alcanzar el otro lado de la 55. Este parecía amenazar con estallar en cualquier momento, pero resistió incluso cuando Pilar siguió avanzando sin pausa, con el pie clavado sobre del acelerador, y comenzó a recorrer de nueva cuenta la polvorienta superficie de la llanura. Por el espejo retrovisor Pilar miro cómo el área comercial - junto con todo lo que ella había conocido y llamado hogar por los últimos años- se consumía hasta los cimientos. Los incendios generalizados iluminaban todo alrededor como un millón de lámparas no hubieran podido hacerlo. El calor era intenso aún del otro lado de la carretera. Tanto, que la piel de las mejillas de las niñas estaba reseca y quemada, como si hubieran pasado un día entero en la playa sin protector solar.
Pero nada importaba en realidad. Pilar solo pensaba en qué momento resultaría oportuno detenerse y dejar de ser un blanco en movimiento para cualquiera de aquellas cosas que suponía aún seguían asechando por la zona. Esas cosas que habían acabado con la vida de Joan, con Llura y con todo el mundo que ella conocía.

En un momento indeterminado y que Pilar nunca lograría acomodar sino intuitivamente dentro de aquella cadena de sucesos, una nueva explosión se sucedió en el área comercial y una luz blanquecina que emanó el calor de decenas de toneladas de combustible.
La explosión y la luz las embistieron a toda velocidad un segundo después. Ambas, Pilar y Laia gritaron al interior de la camioneta y se sacudieron violentamente junto con el vehículo. Pilar se estrelló de lleno en contra del volante y golpeó la cabeza contra el parabrisas. Alcanzó a mirar todavía, antes de que todo se le volviera oscuro, como Laia se aferraba a todo a su alrededor, como evitando caer desde un lugar muy alto.

Luego, todo fue silencio.

Epilogo

El vehículo se detuvo por si solo tras la explosión, y completamente quieto y en silencio, permaneció al borde de la carretera durante el resto de la noche. Para cuando amaneció, el mundo había vuelto a la normalidad, al menos a la que podía ofrecer un mundo nuevo y calcinado.

Una columna de gente, no menos de dos mil personas, que avanzaba por la 55 en dirección de la ciudad, descubrió la vagoneta y a las dos niñas al interior de la misma. Estaban dormidas, seguramente tras haber quedado fuera de sí tras lo que parecía haber sido un aparatoso accidente. La gente que se apiadó de ellas y dedicó un minuto de su tiempo a sacarlas del vehículo también encontró el cuerpo de una mujer de unos treinta y tantos años de edad en el asiento trasero de la vagoneta. La mujer había sido atacada por las criaturas que todos ellos habían visto la noche anterior. Una herida descomunal en su abdomen no dejaba lugar a dudas. Eso había sido la causa de la muerte.

La columna que avanzaba sin fin por la carretera avanzaba rodeaba los cadáveres inertes de aquellas cosas horribles, esas mezclas entre animal y lo que pareció haber sido un hombre al topárselos esparcidos por el camino. Los pelajes se desprendían de la carne amarillenta como si estuviera en franca descomposición, así como secciones enteras de tal carne, al tiempo que los hocicos dejaban escapar algo parecido a la bilis de un animal enfermo. Todos guardaban silencio frente a los asquerosos restos, pero tras rebasarlos, daban rienda o reanudaban conversaciones en las cuales decían cómo habían visto morir aquellas cosas a manos de las armas de los oficiales de policía, de como algunos de ellos habían acabado personalmente con alguna de ellas, de las victimas que habían provocado, y, por increíble que resultaba, de cómo aquellas cosas murieron en agonía tras los primeros rayos de luz del sol, como si el astro les hubiera resultado alguna clase de veneno.

Muchos minutos después, cuando filas de autos ya se movían lentamente por la 55, Pilar y Laia, apenas repuestas y sin mayor sentido de lo que estaba sucediendo -como si ambas se encontraran a la mitad del mismo sueño nebuloso- se incorporaron a la columna de gente cobijadas por la generosa mano de una anciana que se hizo cargo de ellas. Inmediatamente la mujer procuró buscarles comida y la posibilidad de abordar, sin mucho éxito, alguno de los trasportes que iban por ahí, en busca de un mejor sitio que aquella tumba abierta al cielo.
Todo a la vista estaba derruido y muerto. Y en el sentido profundo de la expresión, quizá "todo" había desaparecido.
Para el medio día, aviones militares surcaban el aire en todo momento y el ejército aparecía ordenando el paso de las caravanas civiles. Las fuerzas armadas se mostraban visiblemente diezmadas y heridas tras la efímera batalla que se había suscitado en contra de fuerzas desconocidas la noche anterior. Hombres armados hablaban en clave y se movían en todas direcciones, revisando a todos los heridos en busca de algo que Pilar no podía determinar. Quizá alguna enfermedad o simplemente intentaban realizar un conteo de daños.
No importaba en realidad.
La mirada de Pilar resultaba difusa y carente de objetivo concreto. No sabía que estaba sucediendo y en realidad recordaba poco de lo que había sucedido en las horas pasadas. Su tranquilidad así lo demostraba.
Pero era como si el mundo resultara nuevo. Al menos para ella.
El sol de ese nuevo mundo resultaba intenso, tanto, que levantaba humedad del suelo, creando espejismos en el aire.

La anciana, Marta, llevó a las niñas debajo de la carpa de un puesto militar improvisado al costado de la 55, situada en un punto entre el área comercial en donde ellas habían vivido y la nada. Ahí les consiguió algo de tomar: un compuesto de agua y sales minerales que los militares repartían entre los civiles. Supo amargo en la boca, pero luego Pilar lo trago apenas en dos largos sorbos.
Se recargó en su hermana cuando sintió que el estomago se le revolvía. sintió deseos de vomitar, pero se contuvo; Sabia, sin entender el porqué, que necesitaba ese líquido dentro de sí.

-¿Estas bien, pequeña?-, pregunto Marta al darse cuenta del pálido color que Pilar estaba adquiriendo con rapidez. Ella se sonrió sobre del hombro de Llura, quien la miró con asombro y miedo al instante, descubriendo que algo no estaba bien con su hermana.

"Si, bien... mejor que nunca...", contestó lentamente
"Pero ¿te sientes bien? Estas amarilla..."
"¡Pilar! ¿Qué tienes?" exclamó Laia de inmediato.

Pilar se sonrió antes de sentir que algo le golpeaba suavemente la cabeza.
Se giró con rapidez y no vio nada, no al menos con sus ojos físicos.
Pero sus sentidos espirituales de pronto se abrieron, percibiendo todo eso que hasta ahora le resultaba velado; en un solo y mismo segundo. Y fue precisamente como un golpe en la cabeza. Frente a ella desfiló todo lo acontecido: Pilar, Llura, la separación entre ellos, el momento en ambos que salieron hacía la ciudad, la soledad en compañía de Laia; y los aullidos, el terror y las explosiones. Los colmillos, la sangre, el olor de la bestia calcinada, la vagoneta, la mirada perdida de Laia. Luego, la inconciencia.
Y acto seguido, apareció la insoportable sensación, la certeza de que ella había deseado todo eso, de que un día antes aquello era precisamente lo único que le parecía importante en la vida. Se sorprendió hasta la médula, tal y como le sucedería a quien, tras haber jugueteado tonta e inocentemente con un arma recién adquirida, fuese informado de la peor manera del destino brutal de una de sus balas perdidas.

Antes de desmayarse por segunda vez en menos de veinticuatro horas, susurró unas pocas palabras todavía.

"Estoy bien... si... mejor que nunca... Ahora, nadie me separara de mi hermana... Aún sobre mis padres..."
¿Eso era bueno, o malo? ¿Qué había sucedido? Una palidez agridulce, un temor ácido, se le coló hasta los huesos. Tembló sin poder evitarlo. Quizá existieran miles de causas para lo acontecido, pero ella sabía que, sencillamente, su deseo se había vuelto realidad, y de la peor manera posible.

Fue conciente entonces, de eso, de su responsabilidad.
Se asqueó de si misma. Sin querer evitarlo, buscó cómo volcar el contenido de su estómago.
Sus ojos se volvieron blancos.
Tuvieron que atraparla antes de que cayera al suelo, en medio de un breve estallido de gritos y miedo. Un militar se acercó corriendo e hizo a un lado a Laia y a Marta.
Colocó sus dedos en la garganta y comprobó los signos vitales de Pilar. Mandó traer a gritos a un doctor; este dictaminó a bote pronto cansancio y estrés pos-traumático.
Llevaron a Pilar al área de atención de heridos en medio de un ataque de histeria de Laia.


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TESTIGO MUDO
MAYO - 2009

La luz

La luz se apagara en unas pocas horas.
La luz, en todo el mundo.

Lleva días desvaneciéndose el horizonte;
Las estrellas son cada vez más visibles,
incluso en lo que antes fuera el medio día.
Nadie se lo explica,
nada se comprende,
solo que, según el cálculo,
desaparecerá todo resplandor en pocas horas.

Casi todos han huido, las calles están solas,
entenebrecidas, como a la hora de la tarde.
Hace frío, uno que apenas es físico;
es mental, apenas palpable.
Todos nos hemos escondido, abrazando a los nuestros,
como palomas en invierno,
como leoncillos rodeados de hienas.
Temblando, como animalillos recién nacidos.

Todos, con excepción de unos pocos.
Algunos que esperan sobre los tejados,
en los techos al descubierto,
reunidos alrededor de ellos mismos.
Ellos, esos no temen.

Permanecen a la expectativa,
y no pocas veces han sonreído.
Yo los he visto.
Yo mismo, nadie me lo ha hecho saber.

Los he visto hablar entre ellos,
cada vez con menos sigilo.
Con chillidos de murciélago,
con muecas de escorpión.

Cuando comenzaron los vientos a soplar,
agitando todas las cosas que hay en el mundo,
ellos se alegraron, se extendieron,
se mostraron tal y como son: viles, inmisericordes.

Los he visto afilar colmillos como cuchillos;
entre la ventisca los he oído nombrar gente que conozco.
Han señalado calles, han marcado casas.
Han memorizado descripciones, señas, datos.

Ellos, esos que coronan ya varios edificios.
Los he escuchado, quizá por ultima vez.
Han dicho, entrecortado, con rasguños entre silabas:
"Nos desvaneceremos, justo cuando la oscuridad sea plena.
Iremos por ellos, porque lo merecen.
Cavaremos un pozo, y lo llenaremos de cuerpos.
Todos ellos lo merecen..."

¿Alguno de ellos habrá memorizado mi rostro?
Allá afuera, en donde ya no me atrevo a pisar
¿Existirá alguna marca señalando mi puerta?
¿Qué hare si los escucho acercarse?

La luz se apagara en unas pocas horas.
La luz, en todo el mundo.
Nada ha podido contrarrestar esta penumbra.
La luz artificial es meramente un placebo,
un sedante, no ayuda en nada.
El horror crece minuto a minuto.

Nadie se lo explica,
nada se comprende,
solo que, según el cálculo,
desaparecerá todo resplandor en pocas horas.

Escucho puertas entrechocar,
ventanas que crujen al abrirse.
¿Estaré en lo correcto?
Escucho gente que corre, pequeños gritos deformes.

Solo ellos, esos, están listos;
solo ellos saben que hacer.